La cinta roja
Un gran baile de víctimas
L os entretenimientos que más interés despertaban en la sociedad de entonces eran los llamados bals des victimes , en los que, como si de un exorcismo se tratara, los invitados se dedicaban a escenificar de forma entre humorística y morbosa lo que habían sido los horrores de la era Robespierre. Para poder asistir a esas fiestas
era indispensable tener un pariente, cuanto más cercano mejor, que hubiera perdido la
vida en la guillotina, y tal era el furor por ellas que la gente falsificaba incluso
documentos para conseguir una entrada. A estos bailes, la mayoría públicos, era
costumbre acudir ataviados de luto y con algún signo luctuoso, como por ejemplo una
cinta roja atada al cuello para simbolizar el tajo de la Louisette. «Ataviados» es aquí
palabra engañosa, puesto que sirve en realidad para describir sólo el vestuario de los
caballeros. Ellos, a pesar de los toques extravagantes de sus ropajes, al menos iban
vestidos; nosotras, las damas, en cambio, íbamos más bien desvestidas. Recuerdo, por
ejemplo, una tenue mía que tuvo mucho éxito en una fiesta organizada por madame
de Staël y que consistía en una bella representación de Hécate. Al contarle que
pensaba acudir así ataviada, Germaine de Staël se había sorprendido ante el personaje
elegido por mí.
–Querida, ya que has decidido disfrazarte de bruja, bien podías haber elegido
convertirte en Circe o en cualquier otra hechicera famosa por su belleza; la vieja y fea
Hécate, en cambio, no te hará justicia.
Siempre me gustó epatar a Germaine y en aquella ocasión lo logré con creces.
Aparecí en su fiesta como una vieja decrépita y harapienta para, al cabo de unos
minutos, despojándome de mis harapos, lucir casi desnuda con tan sólo una malla
transparente que simulaba una finísima tela de araña. Cuento esta anécdota para
explicar que los bailes de víctimas, que siempre giraban en torno a temas lúgubres,
requerían mucha imaginación y también una cuidada escenografía. Algunos se
celebraban cerca de los cementerios o de viejas cárceles para dar desde el principio el
adecuado marco a tan funeraria fiesta. Los que tenían lugar en casas particulares,
exigían un esfuerzo añadido de organización por parte de los anfitriones y, como es
natural, un gasto considerable. Pero en aquel entonces tal cortapisa no existía, todo el
mundo gastaba a manos llenas los dineros logrados en negocios turbios. Recuerdo
como particularmente bella y dramática, por ejemplo, la fiesta organizada por otra de
las estrellas emergentes del momento, madame Villers. En su caso, ella optó por
recubrir el suelo de una tela roja que semejaba sangre y que ondulaba bajo nuestros
pies al caminar hinchada y deshinchada por grandes fuelles. Durante la cena (en la
que se sirvieron sólo vísceras y frutos rojos), una orquesta de cámara amenizaba
nuestro lúgubre banquete tocando la marcha fúnebre. Tal era el despliegue de
imaginación morbosa, que sorprender a los invitados se estaba convirtiendo en una misión inalcanzable. Aun así, la ocasión merecía un esfuerzo especial por mi parte y
durante varios días estuve trabajando en silencio sin confiarle a nadie, ni siquiera a
Rose, la idea que tenía en la cabeza.
Llegó por fin el día y la fortuna tuvo a bien regalarme una noche perfecta llena de
estrellas, cálida pero con una suave brisa. El jardín estaba muy bello iluminado por
cientos de antorchas y desde la ventana de mi habitación me entretuve en observar a
la luz de éstas cómo empezaban a llegar nuestros invitados. Una de las primeras en
aparecer fue Germaine de Staël, impresionante en su caracterización de... en fin, eso
tendría que preguntárselo más tarde, porque de momento iba cubierta con una larga
capa (negra, naturalmente). Según sus gustos intelectuales, lo más probable es que
bajo dicha prenda se escondiera un disfraz de Medea o de Clitemnestra o de alguna
otra dama con las manos profusamente manchadas de sangre. Vi después a Rose, que,
contraria a su costumbre, llegó bastante temprano. La futura emperatriz de Francia no
tenía mucho dinero por aquel entonces. Aun así, era ya todo lo manirrota que le
permitía su pequeña pensión de viudedad (y las dádivas de sus amantes, dicho sea de
paso). Como eso no le bastaba, tenía por costumbre redondear su presupuesto
dedicándose al trueque y debía de haber tenido un golpe de fortuna de uno u otro
signo, porque esa noche iba espléndida. Esa noche había elegido un favorecedor
vestido azabache que dejaba al descubierto su bello pecho, salvo las areolas. Éstas
lucían recubiertas de minúsculos brillantes; falsos, naturalmente, pero reflejaban su
luz de un modo muy hermoso que resplandecía gracias a las antorchas. Con ella venía
Barras. Todos sabíamos que Rose y él tenían eso que en Francia llaman una amitié
amoureuse, un término que adoro y que refleja lo muy civilizados que son los
franceses en los asuntos galantes. Una amistad amorosa es aquella que incluye cama,
amor y pasión, pero que deja fuera eso tan pesado que podemos llamar exclusividad.
Nada de fidelidad, nada de celos, nada de drama. Baste decir que en el París de aquel
entonces la moral no estaba invitada a nuestras fiestas; era algo engorroso y molesto
que todos preferíamos dejar a la puerta. Además, a Rose su liaison con Barras le
permitía gozar de la ayuda económica de su amigo, lo que era más que conveniente
dadas sus precarias finanzas. Pero dejemos de hablar de las finanzas de la futura
emperatriz de Francia y de sus amitiés amoureuses para observar quién más hace su
entrada en La Chaumiére al baile de víctimas.
Una pareja de petimetres vestidos con levitas negras de altísimos cuellos que
venían detrás de Barras y Josefina aceleraron su paso para saludar con aspavientos al
que poco a poco se estaba convirtiendo en el hombre más importante de Francia.
Barras, sin embargo, apenas los miró. Saludó á la victime como era de rigor e
inmediatamente los despidió con lo que me pareció un muy aristocrático gesto de la mano. Entonces yo me entretuve en observarle bien desde mi escondite. Ahora que la
gente poco a poco volvía a presumir de sus orígenes aristocráticos, el porte y la
apostura de Barras no dejaban lugar a dudas: pregonaba que era vizconde y educado
con esmero. Muchos lo consideraban la gran esperanza política del momento, pero
debo decir que algo en aquel hombre me producía escalofríos. Tal vez durante la
cena, me dije, debería dedicar un tiempo a conversar con él. Ojos como ésos es
aconsejable mantenerlos pegados a un bello escote o a unas bien torneadas piernas. Y
es que tengo para mí que cuando un hombre, por muy peligroso que sea, se entrega al
dulce placer de conquistar a una dama, olvida aunque sea durante ese rato otras lides
igualmente atractivas para él, como la intriga o incluso la traición.
Yo le había pedido a Tallien que bajara temprano y que se ocupara de recibir a
nuestros invitados mientras ultimaba mi toilette. Con seguridad, me decía a mí
misma, una vez pasado el efecto producto del miedo y la desesperación, gracias a los
cuales había conseguido convencer de su inocencia a la Convención, Tallien volvería
a ser el hombre socialmente torpe de siempre. Pero yo confiaba en que la puesta en
escena que había preparado para aquella velada lograse que nuestros invitados se
dedicaran a admirar la decoración y no a juzgar a Tallien. Y es que esa noche todo
estaba pensado para provocar sorpresa, incluso estupor. Para empezar, el hall de
entrada estaba decorado de modo que los huéspedes tuvieran la impresión de que se
adentraban en La Force, la cárcel en la que Josefina y yo habíamos estado
prisioneras. A tal efecto, había hecho colocar aquí y allá pesados grilletes y otros
instrumentos de tortura, así como paja en el suelo e incluso alguna inmunda rata
disecada. Hasta aquí, nada hacía presagiar un alarde de imaginación ni mayor ni
distinto de lo que era habitual en los llamados bailes de víctimas con su estética
lúgubre. A esta primera impresión engañosa contribuía además la música que tocaba
una pequeña orquesta instalada en una esquina: un réquiem de Bach. La sorpresa
vendría después, cuando todas las «víctimas» vestidas de negro y con sus cintas rojas
al cuello pasaran a la siguiente estancia. Porque allí había yo preparado una variante a
tan fantasmal desfile de muertos: los esperaba nada menos que el paraíso. O lo que es
lo mismo: un decorado que reproducía el Más Allá al que accedían nuestros amados
difuntos, aquellos que habían dejado su cabeza en la guillotina. Yo había hecho cubrir
las cuatro paredes de nuestro salón de baile con tules blancos tachonados de estrellas
plateadas. Poco antes de que los invitados entraran, estaba previsto encender cientos
de velas que se reflejarían en veinte grandes espejos instalados a poca distancia unos
de otros a lo largo de toda la sala, hasta lograr una luminosidad tan intensa como la
luz del día. En cuanto se abrieran las puertas, además, una orquesta de mayor tamaño
que la primera, situada en un balconcillo superior, tenía previsto interpretar la
Primavera, de Vivaldi, mientras un centenar de camareros ataviados de blanco
servirían champagne en altas copas en forma de flauta. Incluso la forma de las copas estaba deliberadamente elegida. Las copas de champagne más habituales en las casas
de entonces eran las bajas y redondas, por estar inspiradas en el tamaño y forma del
pecho de la Pompadour. Sin embargo, nada en fiesta tan «celestial» debía hacer
pensar que el matrimonio Tallien tenía inclinaciones monárquicas, de modo que yo
me había hecho fabricar unas altas y estilizadas copas a las que llaman flûtes.
En cuanto al menú, lejos de servir vísceras como se estilaba entonces –y Dios
mío, a quién se le había ocurrido poner de moda semejante porquería por muy en
concordancia que estuviera con la estética de victimes–, consistía en lo siguiente:
llegado el momento de pasar al comedor, los invitados descubrirían que yo había
hecho instalar, además de las veinte mesas redondas destinadas a los comensales, dos
enormes consolas al estilo renacentista en las que podrían admirarse manjares de muy
diverso tipo, pero con una particularidad: todos del color del oro. Como pulardas
rellenas de foie-gras, por ejemplo, o huevos en salsa de Madeira, o grandes fuentes de
arroz al azafrán; también esturión napado en dos tonos de amarillo, faisán a las uvas y
hasta caviar persa, que me costó una fortuna y que no todo el mundo supo apreciar.
En la consola de la izquierda podrían admirarse los postres, y éstos eran también del
mismo y celestial color. Como un soufflé frío al Armañac, o una mousse de
albaricoque, o un pastel de chocolate blanco con coulis de naranja a los que
acompañarían además varias fuentes barrocas en las que podría verse una profusión
de frutas de todo tipo recubiertas de una finísima capa de azúcar dorado.
Sí, todo esto verían mis invitados dentro de unos minutos. Pero de momento yo
estaba arriba terminando de arreglarme mientras ellos se encontraban en el hall
rodeados de ratas disecadas, grilletes, música fúnebre y, como única anticipación de
lo que les esperaba en las habitaciones contiguas, la posibilidad de beber champagne
de sus flûtes. Caminaban, se saludaban al son de la música, sonreían, comentaban,
pero en la mente de todos, apuesto, había una misma pregunta: ¿dónde estaba la
anfitriona?
Cuando ya estuve lista para bajar, indiqué a Frenelle que ordenara a los criados
que abrieran las puertas de par en par para permitir que los invitados accedieran por
fin al paraíso. Desde donde estaba, y entre los acordes de la Primavera, casi podía oír
sus comentarios de sorpresa y también de incredulidad: ¿qué tipo de baile de víctimas
era aquél en el que lo fúnebre brillaba por su ausencia y en el que no había anfitriona?
Por fin, cuando consideré que ya el champagne y Vivaldi habían comenzado a
hacer su habitual efecto de entibiar (o enturbiar) corazones, descendí la escalera al
tiempo que hacía señas a la orquesta para que interpretaran Cosi fan tutte, de Mozart,
que me pareció el acompañamiento ideal para lo que yo quería transmitir esa noche a
mis invitados.
Las puertas se abrieron entonces y yo me detuve unos segundos en el umbral a
observar la escena. En el salón principal, la luz de las velas reflejadas en los espejos y
en las cientos de estrellas plateadas hacía resplandecer toda la estancia. Ahora todos
los ojos se volvían para mirarme, y entonces yo respiré hondo y, entre aquella ingente
marea de casacas negras y vestidos enlutados, entre madame de Staël disfrazada de
Medea y Josefina de viuda alegre, comencé a abrirme paso. O, mejor dicho, me limité
a avanzar muy despacio mientras, como si del mar Rojo se tratara, aquella pleamar de
ropas negras fue dividiéndose a derecha e izquierda dejándome paso. Sonaba un aria
de Cosi fan tutte y mucho me complació ver en la cara de los caballeros una
inequívoca muestra de admiración mientras me dedicaban sus mejores sonrisas o
hacían reverencias. Algunos saludaban á la victime, esto es, con ese enérgico sacudir
de cabeza que recordaba el corte de la guillotina, o bien se llevaban un dedo al cuello
para significar un tajo. Otros, por el contrario, y a pesar de lo mal visto que aún
estaba hacerlo, tomaban mi mano para besarla tal como se hacía antes del diluvio, lo
que denotaba, una vez más, cómo comenzaba a languidecer la moda revolucionaria.
Pero lo más sorprendente (y agradable para mí) fue ver la cara de mis congéneres
femeninas.
–¡Habrase visto desfachatez igual! –le oí cuchichear a Juliette de La Tour, una
jovencita que acaparaba últimamente muchas miradas–. Creo que nunca podré
perdonarla por esto...
–¿No decía bien claramente la invitación que se trataba de un bal des victimes? –
resopló otra mujer de una cierta edad desde detrás de su abanico negro y grande como
las alas de un cuervo–. ¿Cómo se atreve a aparecer vestida así?
–Miradla –decía una tercera–, es increíble, inaudito...
Lo curioso del caso es que el traje que yo había escogido para esa noche y que
tanta conmoción masculina (y también femenina) estaba causando no era uno
particularmente escandaloso. Si en otras ocasiones había yo elegido sorprender a mis
amigos ataviada de vestal o de Diana cazadora con apenas unas pocas pulgadas de
tela cubriendo mi cuerpo, esta vez habían sido necesarios muchos pies de muselina
para confeccionar mi atuendo. Tenía un escote poco pronunciado y un corte bajo el
pecho al estilo que más tarde se conocería como «imperio». Tampoco podía decirse
que tuviera abertura alguna que permitiera ver mis piernas ni los dedos de los pies,
llenos de sortijas como otras veces. La falda caía hasta el suelo y luego se prolongaba
en una cola, pero ésta era igualmente discreta. En realidad, si resultaba tan fuera de lo
común dicho vestido, no era por su factura, sino por el enorme contraste que producía
con la apariencia del resto de los invitados. Porque si todos iban á la victime, es decir,
de negro riguroso, yo iba de blanco inmaculado, adornada tan sólo por una cascada
de perlas de distintos tamaños, un regalo de mi padre, que no me había atrevido a
lucir desde la muerte del buen Luis XVI.
Una vez más llegaron hasta mí los cuchicheos femeninos.
–¡Dejarnos a todas en ridículo y vestidas como pájaros de mal agüero, eso es lo
que ha hecho! ¡Nunca podré olvidarlo! –se decían unas a otras en voz baja–. ¡Nunca!
–Y luego, al ir yo a besarlas con la más amplia de mis sonrisas, cambiaban a duras
penas el discurso–: ¡Querida, estás espléndida, guapísima! ¿Cómo se te ocurrió esta
idea? Eres única...
Los comentarios masculinos eran aún más admirativos y sin duda también más
sinceros: «¡Qué idea tan brillante, ma belle, pareces un ángel entre tantas tinieblas!».
Es un hecho sabido que las mujeres nos vestimos para las mujeres y nos
desvestimos para los hombres, pero yo esa noche rompí la regla. No me había vestido
para ellas ni desde luego entraba en mis planes desvestirme para complacer a ninguno
de aquellos caballeros. Lo que deseaba era sorprender a unos y a otros, y, sobre todo,
recordarles la fecha que estábamos celebrando: el aniversario del 9 de Thermidor.
Todo un año había transcurrido desde el fin del Terror y de tanto sufrimiento y, a mi
modo de ver, era ya hora más que cumplida de dejar de jugar a víctimas.
En cuanto hube saludado a todo el mundo, llegó el momento de pasar al comedor.
Si el salón estaba decorado en blanco y plata, el comedor lo estaba en blanco y oro y
su visión levantó, afortunadamente, el mismo murmullo de admiración. La cena
servida poco después transcurrió bien. A ello ayudaba, y no poco, la originalidad de
los platos, de modo que hasta las mujeres mudaron el gesto para alabarlos. «Querida
–me dijo Germaine de Staël, que podía ser pedante y tediosa pero a la que desde
luego nunca le dolieron prendas en decir todo lo que pensaba–, al descubrir la
jugarreta que nos has preparado me faltó poco para despellejarte viva, pero este
faisán a las uvas merece cien años de perdón. En cuanto a esta mousse de
albaricoque, ¡el maestro Rousseau estaría más que orgulloso del uso que haces de los
tesoros de la naturaleza!».
Este y otros comentarios me hicieron albergar la esperanza de haber logrado
cumplir mis dos objetivos de la noche: uno muy frívolo, otro muy necesario. El
primero era seguir siendo la mejor anfitriona de París; el segundo, apoyar a Tallien y
lograr que todos olvidaran sus coqueteos con los realistas. Miré a mi alrededor.
«Cuidado», me dije, porque mi intuición me avisaba una vez más de que algo
imperceptible comenzaba a cambiar en París y había que ser muy precavido. Tal
como decía Germaine de Staël, allí estaban todos revueltos: el cordero paciendo con
el lobo y el cabrito con el leopardo, o, lo que es lo mismo, comiendo manjares
dorados y haciendo de victimes. Allí se encontraban, no había duda, todos los
personajes más relevantes del momento. Los miembros de la Convención, los
émigrés recién llegados del extranjero, también los jacobinos, aún muy influyentes,
así como esa nueva fauna que ya conocemos llamados los muscadins, que
coqueteaban con los realistas. Dados los últimos acontecimientos, hacía falta mucho valor para declararse abiertamente monárquico, pero a estos jóvenes petimetres no
parecía importarles hacerlo cada vez más abiertamente.
¿Cómo –me decía yo– podía sostenerse una situación en la que las fuerzas eran
tan distintas y divergentes? ¿Y cómo Tallien y yo podíamos ganar el favor de unos y
otros? En las fiestas posrevolucionarias el momento de los brindis era decisivo. Más
que un acto simbólico, era la oportunidad para pulsar la opinión de las gentes y ganar
voluntades. Yo esperaba con inquietud para ver por dónde soplaban los vientos al
tiempo que confiaba en que el champagne, los bellos decorados y, por qué no,
también mi «angelical» aspecto ayudaran a nuestra definitiva rehabilitación. Así
había ocurrido otras veces. Los invitados a mis fiestas, en especial los masculinos, tal
vez entraran en casa algo tibios respecto de su anfitriona, pero desde luego todos
salían de allí convenientemente caldeados.
Sin embargo, en cuanto empezaron los brindis noté que algo no iba bien. En los
toasts protocolarios apenas se citaba a Tallien y los diputados que tomaban la palabra
se limitaban a hacer votos por sus propias esperanzas en el futuro. De hecho, no hubo
mención alguna a los anfitriones, ni siquiera nos dispensaron esa mínima amabilidad.
Quienes habíamos visto caer tantas cabezas por el súbito cambio en la apreciación de
la mayoría, sabíamos lo volubles que eran las voluntades y cómo no había que dejar
el menor resquicio a la animadversión; tampoco a la indiferencia. No hay más
remedio, me dije entonces, que jugarse el todo por el todo. Tal vez me hubiera
equivocado provocando, innecesariamente a las mujeres con mi atuendo, y todos
sabemos cuán peligrosas pueden ser cuando se las agravia. Sin embargo, de los
rencores femeninos tendría que ocuparme en otro momento. Ahora lo urgente era
ganar el favor masculino. Hice una señal a mi buen Bidos para que sirviera más
champagne y a los músicos para que tocaran de nuevo a Mozart mientras yo me
disponía a proponer un brindis. Me puse en pie. Era muy consciente de que todas las
miradas estaban fijas en mí y en mi vestido blanco. El mundo es sin duda de los
hombres, pensé, pero a veces nosotras conseguimos cosas que ellos nunca lograrían.
«Un minuto un héroe y al otro un villano, cuidado, Teresa...», añadí, y luego,
tragando saliva, miré al frente.
No recuerdo las palabras iniciales que dirigí a la concurrencia pero sí el
sentimiento que puse en ellas. Hablé de que un año sin Terror había vuelto a traer la
paz a Francia; insistí en que ahora lo importante era olvidar todas las rencillas; que
era el momento de perdonar las ofensas y mirar juntos en la misma dirección, hacia
delante, hacia el lugar que la Historia tenía destinado a este glorioso pueblo capaz de
romper sus cadenas y crear una sociedad nueva. Hablé luego de algo que siempre
alcanzaba los corazones de todos sin excepción: de la valentía de nuestros soldados
luchando en los diversos frentes que Francia tenía abiertos contra los que querían
ahogar nuestra Revolución. Hablé y hablé hasta que tuve que parar para tomar aliento porque las lágrimas corrían por mis mejillas; yo, que siempre las he odiado.
En realidad no sé qué obró el milagro. Si las palabras que me dictaba la
desesperación o mis lágrimas, o tal vez fuera el discreto corte de mi vestido blanco
entre tantas damas de negro y semidesnudas, pero lo cierto es que se hizo un silencio.
Entonces pude ver cómo las miradas agrias se suavizaban y los rictus severos se
volvían amables. Entre todas ellas elegí fijarme en dos: en la de Tallien y en la del
hombre que estaba a mi derecha y que no era otro que Paul François Nicolas, ci-
devant conde de Barras. La de este último tenía ese brillo entre frío y lleno de
determinación de los cazadores que calibran y sopesan una futura pieza. «Debo tener
cuidado con este hombre», me dio tiempo a pensar antes de que mi vista se deslizara
hacia la mesa de mi izquierda, que presidía Tallien. Él estaba semihundido en su silla
y se diría que mi discurso, si por un lado no había podido menos que complacerle,
por otro le producía horror. Horror de comprobar cómo, una vez más, todos lo veían
como una rémora, un estorbo o, lo que es peor, como el perrito de madame Cabarrús.
Tallien, el héroe que nunca lograba serlo más de dos días seguidos, el gauche, el
patán, el...
Un escalofrío hizo que desviara la mirada y, al hacerlo, ésta se encontró por
segunda vez con los ojos de Barras. Sí, debía tener mucho cuidado con un hombre
como aquél...