La cinta roja

Carmen Posadas · Capítulo 40 de 56

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La cinta roja

Un gran baile de víctimas

 

L os entretenimientos que más interés despertaban en la sociedad de entonces eran los llamados bals des victimes , en los que, como si de un exorcismo se tratara, los invitados se dedicaban a escenificar de forma entre humorística y morbosa lo que habían sido los horrores de la era Robespierre. Para poder asistir a esas fiestas

era indispensable tener un pariente, cuanto más cercano mejor, que hubiera perdido la

vida en la guillotina, y tal era el furor por ellas que la gente falsificaba incluso

documentos para conseguir una entrada. A estos bailes, la mayoría públicos, era

costumbre acudir ataviados de luto y con algún signo luctuoso, como por ejemplo una

cinta roja atada al cuello para simbolizar el tajo de la Louisette. «Ataviados» es aquí

palabra engañosa, puesto que sirve en realidad para describir sólo el vestuario de los

caballeros. Ellos, a pesar de los toques extravagantes de sus ropajes, al menos iban

vestidos; nosotras, las damas, en cambio, íbamos más bien desvestidas. Recuerdo, por

ejemplo, una tenue mía que tuvo mucho éxito en una fiesta organizada por madame

de Staël y que consistía en una bella representación de Hécate. Al contarle que

pensaba acudir así ataviada, Germaine de Staël se había sorprendido ante el personaje

elegido por mí.

–Querida, ya que has decidido disfrazarte de bruja, bien podías haber elegido

convertirte en Circe o en cualquier otra hechicera famosa por su belleza; la vieja y fea

Hécate, en cambio, no te hará justicia.

Siempre me gustó epatar a Germaine y en aquella ocasión lo logré con creces.

Aparecí en su fiesta como una vieja decrépita y harapienta para, al cabo de unos

minutos, despojándome de mis harapos, lucir casi desnuda con tan sólo una malla

transparente que simulaba una finísima tela de araña. Cuento esta anécdota para

explicar que los bailes de víctimas, que siempre giraban en torno a temas lúgubres,

requerían mucha imaginación y también una cuidada escenografía. Algunos se

celebraban cerca de los cementerios o de viejas cárceles para dar desde el principio el

adecuado marco a tan funeraria fiesta. Los que tenían lugar en casas particulares,

exigían un esfuerzo añadido de organización por parte de los anfitriones y, como es

natural, un gasto considerable. Pero en aquel entonces tal cortapisa no existía, todo el

mundo gastaba a manos llenas los dineros logrados en negocios turbios. Recuerdo

como particularmente bella y dramática, por ejemplo, la fiesta organizada por otra de

las estrellas emergentes del momento, madame Villers. En su caso, ella optó por

recubrir el suelo de una tela roja que semejaba sangre y que ondulaba bajo nuestros

pies al caminar hinchada y deshinchada por grandes fuelles. Durante la cena (en la

que se sirvieron sólo vísceras y frutos rojos), una orquesta de cámara amenizaba

nuestro lúgubre banquete tocando la marcha fúnebre. Tal era el despliegue de

imaginación morbosa, que sorprender a los invitados se estaba convirtiendo en una misión inalcanzable. Aun así, la ocasión merecía un esfuerzo especial por mi parte y

durante varios días estuve trabajando en silencio sin confiarle a nadie, ni siquiera a

Rose, la idea que tenía en la cabeza.

 

Llegó por fin el día y la fortuna tuvo a bien regalarme una noche perfecta llena de

estrellas, cálida pero con una suave brisa. El jardín estaba muy bello iluminado por

cientos de antorchas y desde la ventana de mi habitación me entretuve en observar a

la luz de éstas cómo empezaban a llegar nuestros invitados. Una de las primeras en

aparecer fue Germaine de Staël, impresionante en su caracterización de... en fin, eso

tendría que preguntárselo más tarde, porque de momento iba cubierta con una larga

capa (negra, naturalmente). Según sus gustos intelectuales, lo más probable es que

bajo dicha prenda se escondiera un disfraz de Medea o de Clitemnestra o de alguna

otra dama con las manos profusamente manchadas de sangre. Vi después a Rose, que,

contraria a su costumbre, llegó bastante temprano. La futura emperatriz de Francia no

tenía mucho dinero por aquel entonces. Aun así, era ya todo lo manirrota que le

permitía su pequeña pensión de viudedad (y las dádivas de sus amantes, dicho sea de

paso). Como eso no le bastaba, tenía por costumbre redondear su presupuesto

dedicándose al trueque y debía de haber tenido un golpe de fortuna de uno u otro

signo, porque esa noche iba espléndida. Esa noche había elegido un favorecedor

vestido azabache que dejaba al descubierto su bello pecho, salvo las areolas. Éstas

lucían recubiertas de minúsculos brillantes; falsos, naturalmente, pero reflejaban su

luz de un modo muy hermoso que resplandecía gracias a las antorchas. Con ella venía

Barras. Todos sabíamos que Rose y él tenían eso que en Francia llaman una amitié

amoureuse, un término que adoro y que refleja lo muy civilizados que son los

franceses en los asuntos galantes. Una amistad amorosa es aquella que incluye cama,

amor y pasión, pero que deja fuera eso tan pesado que podemos llamar exclusividad.

Nada de fidelidad, nada de celos, nada de drama. Baste decir que en el París de aquel

entonces la moral no estaba invitada a nuestras fiestas; era algo engorroso y molesto

que todos preferíamos dejar a la puerta. Además, a Rose su liaison con Barras le

permitía gozar de la ayuda económica de su amigo, lo que era más que conveniente

dadas sus precarias finanzas. Pero dejemos de hablar de las finanzas de la futura

emperatriz de Francia y de sus amitiés amoureuses para observar quién más hace su

entrada en La Chaumiére al baile de víctimas.

Una pareja de petimetres vestidos con levitas negras de altísimos cuellos que

venían detrás de Barras y Josefina aceleraron su paso para saludar con aspavientos al

que poco a poco se estaba convirtiendo en el hombre más importante de Francia.

Barras, sin embargo, apenas los miró. Saludó á la victime como era de rigor e

inmediatamente los despidió con lo que me pareció un muy aristocrático gesto de la mano. Entonces yo me entretuve en observarle bien desde mi escondite. Ahora que la

gente poco a poco volvía a presumir de sus orígenes aristocráticos, el porte y la

apostura de Barras no dejaban lugar a dudas: pregonaba que era vizconde y educado

con esmero. Muchos lo consideraban la gran esperanza política del momento, pero

debo decir que algo en aquel hombre me producía escalofríos. Tal vez durante la

cena, me dije, debería dedicar un tiempo a conversar con él. Ojos como ésos es

aconsejable mantenerlos pegados a un bello escote o a unas bien torneadas piernas. Y

es que tengo para mí que cuando un hombre, por muy peligroso que sea, se entrega al

dulce placer de conquistar a una dama, olvida aunque sea durante ese rato otras lides

igualmente atractivas para él, como la intriga o incluso la traición.

Yo le había pedido a Tallien que bajara temprano y que se ocupara de recibir a

nuestros invitados mientras ultimaba mi toilette. Con seguridad, me decía a mí

misma, una vez pasado el efecto producto del miedo y la desesperación, gracias a los

cuales había conseguido convencer de su inocencia a la Convención, Tallien volvería

a ser el hombre socialmente torpe de siempre. Pero yo confiaba en que la puesta en

escena que había preparado para aquella velada lograse que nuestros invitados se

dedicaran a admirar la decoración y no a juzgar a Tallien. Y es que esa noche todo

estaba pensado para provocar sorpresa, incluso estupor. Para empezar, el hall de

entrada estaba decorado de modo que los huéspedes tuvieran la impresión de que se

adentraban en La Force, la cárcel en la que Josefina y yo habíamos estado

prisioneras. A tal efecto, había hecho colocar aquí y allá pesados grilletes y otros

instrumentos de tortura, así como paja en el suelo e incluso alguna inmunda rata

disecada. Hasta aquí, nada hacía presagiar un alarde de imaginación ni mayor ni

distinto de lo que era habitual en los llamados bailes de víctimas con su estética

lúgubre. A esta primera impresión engañosa contribuía además la música que tocaba

una pequeña orquesta instalada en una esquina: un réquiem de Bach. La sorpresa

vendría después, cuando todas las «víctimas» vestidas de negro y con sus cintas rojas

al cuello pasaran a la siguiente estancia. Porque allí había yo preparado una variante a

tan fantasmal desfile de muertos: los esperaba nada menos que el paraíso. O lo que es

lo mismo: un decorado que reproducía el Más Allá al que accedían nuestros amados

difuntos, aquellos que habían dejado su cabeza en la guillotina. Yo había hecho cubrir

las cuatro paredes de nuestro salón de baile con tules blancos tachonados de estrellas

plateadas. Poco antes de que los invitados entraran, estaba previsto encender cientos

de velas que se reflejarían en veinte grandes espejos instalados a poca distancia unos

de otros a lo largo de toda la sala, hasta lograr una luminosidad tan intensa como la

luz del día. En cuanto se abrieran las puertas, además, una orquesta de mayor tamaño

que la primera, situada en un balconcillo superior, tenía previsto interpretar la

Primavera, de Vivaldi, mientras un centenar de camareros ataviados de blanco

servirían champagne en altas copas en forma de flauta. Incluso la forma de las copas estaba deliberadamente elegida. Las copas de champagne más habituales en las casas

de entonces eran las bajas y redondas, por estar inspiradas en el tamaño y forma del

pecho de la Pompadour. Sin embargo, nada en fiesta tan «celestial» debía hacer

pensar que el matrimonio Tallien tenía inclinaciones monárquicas, de modo que yo

me había hecho fabricar unas altas y estilizadas copas a las que llaman flûtes.

En cuanto al menú, lejos de servir vísceras como se estilaba entonces –y Dios

mío, a quién se le había ocurrido poner de moda semejante porquería por muy en

concordancia que estuviera con la estética de victimes–, consistía en lo siguiente:

llegado el momento de pasar al comedor, los invitados descubrirían que yo había

hecho instalar, además de las veinte mesas redondas destinadas a los comensales, dos

enormes consolas al estilo renacentista en las que podrían admirarse manjares de muy

diverso tipo, pero con una particularidad: todos del color del oro. Como pulardas

rellenas de foie-gras, por ejemplo, o huevos en salsa de Madeira, o grandes fuentes de

arroz al azafrán; también esturión napado en dos tonos de amarillo, faisán a las uvas y

hasta caviar persa, que me costó una fortuna y que no todo el mundo supo apreciar.

En la consola de la izquierda podrían admirarse los postres, y éstos eran también del

mismo y celestial color. Como un soufflé frío al Armañac, o una mousse de

albaricoque, o un pastel de chocolate blanco con coulis de naranja a los que

acompañarían además varias fuentes barrocas en las que podría verse una profusión

de frutas de todo tipo recubiertas de una finísima capa de azúcar dorado.

 

Sí, todo esto verían mis invitados dentro de unos minutos. Pero de momento yo

estaba arriba terminando de arreglarme mientras ellos se encontraban en el hall

rodeados de ratas disecadas, grilletes, música fúnebre y, como única anticipación de

lo que les esperaba en las habitaciones contiguas, la posibilidad de beber champagne

de sus flûtes. Caminaban, se saludaban al son de la música, sonreían, comentaban,

pero en la mente de todos, apuesto, había una misma pregunta: ¿dónde estaba la

anfitriona?

Cuando ya estuve lista para bajar, indiqué a Frenelle que ordenara a los criados

que abrieran las puertas de par en par para permitir que los invitados accedieran por

fin al paraíso. Desde donde estaba, y entre los acordes de la Primavera, casi podía oír

sus comentarios de sorpresa y también de incredulidad: ¿qué tipo de baile de víctimas

era aquél en el que lo fúnebre brillaba por su ausencia y en el que no había anfitriona?

Por fin, cuando consideré que ya el champagne y Vivaldi habían comenzado a

hacer su habitual efecto de entibiar (o enturbiar) corazones, descendí la escalera al

tiempo que hacía señas a la orquesta para que interpretaran Cosi fan tutte, de Mozart,

que me pareció el acompañamiento ideal para lo que yo quería transmitir esa noche a

mis invitados.

Las puertas se abrieron entonces y yo me detuve unos segundos en el umbral a

observar la escena. En el salón principal, la luz de las velas reflejadas en los espejos y

en las cientos de estrellas plateadas hacía resplandecer toda la estancia. Ahora todos

los ojos se volvían para mirarme, y entonces yo respiré hondo y, entre aquella ingente

marea de casacas negras y vestidos enlutados, entre madame de Staël disfrazada de

Medea y Josefina de viuda alegre, comencé a abrirme paso. O, mejor dicho, me limité

a avanzar muy despacio mientras, como si del mar Rojo se tratara, aquella pleamar de

ropas negras fue dividiéndose a derecha e izquierda dejándome paso. Sonaba un aria

de Cosi fan tutte y mucho me complació ver en la cara de los caballeros una

inequívoca muestra de admiración mientras me dedicaban sus mejores sonrisas o

hacían reverencias. Algunos saludaban á la victime, esto es, con ese enérgico sacudir

de cabeza que recordaba el corte de la guillotina, o bien se llevaban un dedo al cuello

para significar un tajo. Otros, por el contrario, y a pesar de lo mal visto que aún

estaba hacerlo, tomaban mi mano para besarla tal como se hacía antes del diluvio, lo

que denotaba, una vez más, cómo comenzaba a languidecer la moda revolucionaria.

Pero lo más sorprendente (y agradable para mí) fue ver la cara de mis congéneres

femeninas.

–¡Habrase visto desfachatez igual! –le oí cuchichear a Juliette de La Tour, una

jovencita que acaparaba últimamente muchas miradas–. Creo que nunca podré

perdonarla por esto...

–¿No decía bien claramente la invitación que se trataba de un bal des victimes? –

resopló otra mujer de una cierta edad desde detrás de su abanico negro y grande como

las alas de un cuervo–. ¿Cómo se atreve a aparecer vestida así?

–Miradla –decía una tercera–, es increíble, inaudito...

Lo curioso del caso es que el traje que yo había escogido para esa noche y que

tanta conmoción masculina (y también femenina) estaba causando no era uno

particularmente escandaloso. Si en otras ocasiones había yo elegido sorprender a mis

amigos ataviada de vestal o de Diana cazadora con apenas unas pocas pulgadas de

tela cubriendo mi cuerpo, esta vez habían sido necesarios muchos pies de muselina

para confeccionar mi atuendo. Tenía un escote poco pronunciado y un corte bajo el

pecho al estilo que más tarde se conocería como «imperio». Tampoco podía decirse

que tuviera abertura alguna que permitiera ver mis piernas ni los dedos de los pies,

llenos de sortijas como otras veces. La falda caía hasta el suelo y luego se prolongaba

en una cola, pero ésta era igualmente discreta. En realidad, si resultaba tan fuera de lo

común dicho vestido, no era por su factura, sino por el enorme contraste que producía

con la apariencia del resto de los invitados. Porque si todos iban á la victime, es decir,

de negro riguroso, yo iba de blanco inmaculado, adornada tan sólo por una cascada

de perlas de distintos tamaños, un regalo de mi padre, que no me había atrevido a

lucir desde la muerte del buen Luis XVI.

Una vez más llegaron hasta mí los cuchicheos femeninos.

–¡Dejarnos a todas en ridículo y vestidas como pájaros de mal agüero, eso es lo

que ha hecho! ¡Nunca podré olvidarlo! –se decían unas a otras en voz baja–. ¡Nunca!

–Y luego, al ir yo a besarlas con la más amplia de mis sonrisas, cambiaban a duras

penas el discurso–: ¡Querida, estás espléndida, guapísima! ¿Cómo se te ocurrió esta

idea? Eres única...

Los comentarios masculinos eran aún más admirativos y sin duda también más

sinceros: «¡Qué idea tan brillante, ma belle, pareces un ángel entre tantas tinieblas!».

Es un hecho sabido que las mujeres nos vestimos para las mujeres y nos

desvestimos para los hombres, pero yo esa noche rompí la regla. No me había vestido

para ellas ni desde luego entraba en mis planes desvestirme para complacer a ninguno

de aquellos caballeros. Lo que deseaba era sorprender a unos y a otros, y, sobre todo,

recordarles la fecha que estábamos celebrando: el aniversario del 9 de Thermidor.

Todo un año había transcurrido desde el fin del Terror y de tanto sufrimiento y, a mi

modo de ver, era ya hora más que cumplida de dejar de jugar a víctimas.

En cuanto hube saludado a todo el mundo, llegó el momento de pasar al comedor.

Si el salón estaba decorado en blanco y plata, el comedor lo estaba en blanco y oro y

su visión levantó, afortunadamente, el mismo murmullo de admiración. La cena

servida poco después transcurrió bien. A ello ayudaba, y no poco, la originalidad de

los platos, de modo que hasta las mujeres mudaron el gesto para alabarlos. «Querida

–me dijo Germaine de Staël, que podía ser pedante y tediosa pero a la que desde

luego nunca le dolieron prendas en decir todo lo que pensaba–, al descubrir la

jugarreta que nos has preparado me faltó poco para despellejarte viva, pero este

faisán a las uvas merece cien años de perdón. En cuanto a esta mousse de

albaricoque, ¡el maestro Rousseau estaría más que orgulloso del uso que haces de los

tesoros de la naturaleza!».

Este y otros comentarios me hicieron albergar la esperanza de haber logrado

cumplir mis dos objetivos de la noche: uno muy frívolo, otro muy necesario. El

primero era seguir siendo la mejor anfitriona de París; el segundo, apoyar a Tallien y

lograr que todos olvidaran sus coqueteos con los realistas. Miré a mi alrededor.

«Cuidado», me dije, porque mi intuición me avisaba una vez más de que algo

imperceptible comenzaba a cambiar en París y había que ser muy precavido. Tal

como decía Germaine de Staël, allí estaban todos revueltos: el cordero paciendo con

el lobo y el cabrito con el leopardo, o, lo que es lo mismo, comiendo manjares

dorados y haciendo de victimes. Allí se encontraban, no había duda, todos los

personajes más relevantes del momento. Los miembros de la Convención, los

émigrés recién llegados del extranjero, también los jacobinos, aún muy influyentes,

así como esa nueva fauna que ya conocemos llamados los muscadins, que

coqueteaban con los realistas. Dados los últimos acontecimientos, hacía falta mucho valor para declararse abiertamente monárquico, pero a estos jóvenes petimetres no

parecía importarles hacerlo cada vez más abiertamente.

¿Cómo –me decía yo– podía sostenerse una situación en la que las fuerzas eran

tan distintas y divergentes? ¿Y cómo Tallien y yo podíamos ganar el favor de unos y

otros? En las fiestas posrevolucionarias el momento de los brindis era decisivo. Más

que un acto simbólico, era la oportunidad para pulsar la opinión de las gentes y ganar

voluntades. Yo esperaba con inquietud para ver por dónde soplaban los vientos al

tiempo que confiaba en que el champagne, los bellos decorados y, por qué no,

también mi «angelical» aspecto ayudaran a nuestra definitiva rehabilitación. Así

había ocurrido otras veces. Los invitados a mis fiestas, en especial los masculinos, tal

vez entraran en casa algo tibios respecto de su anfitriona, pero desde luego todos

salían de allí convenientemente caldeados.

Sin embargo, en cuanto empezaron los brindis noté que algo no iba bien. En los

toasts protocolarios apenas se citaba a Tallien y los diputados que tomaban la palabra

se limitaban a hacer votos por sus propias esperanzas en el futuro. De hecho, no hubo

mención alguna a los anfitriones, ni siquiera nos dispensaron esa mínima amabilidad.

Quienes habíamos visto caer tantas cabezas por el súbito cambio en la apreciación de

la mayoría, sabíamos lo volubles que eran las voluntades y cómo no había que dejar

el menor resquicio a la animadversión; tampoco a la indiferencia. No hay más

remedio, me dije entonces, que jugarse el todo por el todo. Tal vez me hubiera

equivocado provocando, innecesariamente a las mujeres con mi atuendo, y todos

sabemos cuán peligrosas pueden ser cuando se las agravia. Sin embargo, de los

rencores femeninos tendría que ocuparme en otro momento. Ahora lo urgente era

ganar el favor masculino. Hice una señal a mi buen Bidos para que sirviera más

champagne y a los músicos para que tocaran de nuevo a Mozart mientras yo me

disponía a proponer un brindis. Me puse en pie. Era muy consciente de que todas las

miradas estaban fijas en mí y en mi vestido blanco. El mundo es sin duda de los

hombres, pensé, pero a veces nosotras conseguimos cosas que ellos nunca lograrían.

«Un minuto un héroe y al otro un villano, cuidado, Teresa...», añadí, y luego,

tragando saliva, miré al frente.

No recuerdo las palabras iniciales que dirigí a la concurrencia pero sí el

sentimiento que puse en ellas. Hablé de que un año sin Terror había vuelto a traer la

paz a Francia; insistí en que ahora lo importante era olvidar todas las rencillas; que

era el momento de perdonar las ofensas y mirar juntos en la misma dirección, hacia

delante, hacia el lugar que la Historia tenía destinado a este glorioso pueblo capaz de

romper sus cadenas y crear una sociedad nueva. Hablé luego de algo que siempre

alcanzaba los corazones de todos sin excepción: de la valentía de nuestros soldados

luchando en los diversos frentes que Francia tenía abiertos contra los que querían

ahogar nuestra Revolución. Hablé y hablé hasta que tuve que parar para tomar aliento porque las lágrimas corrían por mis mejillas; yo, que siempre las he odiado.

En realidad no sé qué obró el milagro. Si las palabras que me dictaba la

desesperación o mis lágrimas, o tal vez fuera el discreto corte de mi vestido blanco

entre tantas damas de negro y semidesnudas, pero lo cierto es que se hizo un silencio.

Entonces pude ver cómo las miradas agrias se suavizaban y los rictus severos se

volvían amables. Entre todas ellas elegí fijarme en dos: en la de Tallien y en la del

hombre que estaba a mi derecha y que no era otro que Paul François Nicolas, ci-

devant conde de Barras. La de este último tenía ese brillo entre frío y lleno de

determinación de los cazadores que calibran y sopesan una futura pieza. «Debo tener

cuidado con este hombre», me dio tiempo a pensar antes de que mi vista se deslizara

hacia la mesa de mi izquierda, que presidía Tallien. Él estaba semihundido en su silla

y se diría que mi discurso, si por un lado no había podido menos que complacerle,

por otro le producía horror. Horror de comprobar cómo, una vez más, todos lo veían

como una rémora, un estorbo o, lo que es peor, como el perrito de madame Cabarrús.

Tallien, el héroe que nunca lograba serlo más de dos días seguidos, el gauche, el

patán, el...

Un escalofrío hizo que desviara la mirada y, al hacerlo, ésta se encontró por

segunda vez con los ojos de Barras. Sí, debía tener mucho cuidado con un hombre

como aquél...