La cinta roja
Malas noticias de Madrid
O casión tendría yo en los próximos días de recordar aún más al señor Moratín. Un par de semanas después de la gran fiesta de la Federación Nacional, dos cartas llegaron de Madrid. Una era de mi madre, la otra precisamente de don Leandro. El contenido de ambas era similar y, en una entre lágrimas y en la otra entre
sabias reflexiones, se me comunicaba que mi padre había sido detenido y
encarcelado. La primera que abrí fue la de Moratín; suerte que así lo hiciera, puesto
que era mucho más clara que la de mi madre, trufada, como era habitual en ella, de
quejas y sollozos.
La misiva de don Leandro rezaba así:
Querida niña:
El 25 de los corrientes el ministro Lerena ha ordenado la encarcelación del director del Banco de San
Carlos y de la Compañía Real de Filipinas, vuestro padre. El ministro Lerena, viejo enemigo suyo, ha
adoptado una disposición por la que consiguió acabar con la prosperidad de los dos establecimientos que
él, vuestro padre, logró fundar.
La jugada maestra del ministro ha sido pasar una real pragmática que permite la importación de
muselinas a España. Para justificar tal medida, hasta ahora prohibida, se expone que, en el estado actual de
la economía, no es posible proporcionar surtido de muselinas suficiente por medio de las fábricas
nacionales ni tampoco con las que se importasen de Filipinas. Tal aserto es completamente falso, puesto
que los almacenes de la compañía de vuestro padre contienen cantidades de muselinas que bastarían para
el consumo de cuatro o cinco años. Pero, al levantar la prohibición, la competencia que tuvo que aguantar
la Compañía de Filipinas ha arruinado a la misma y, además, está causando al Banco de San Carlos
pérdidas considerables, puesto que vuestro padre, para aliviar la situación y seguro de que sus importantes
amigos cercanos al Rey intercederían en su favor, consideró oportuno trasvasar momentáneamente dinero
del Banco a la Compañía.
Triunfa así el espíritu vengativo de los enemigos de vuestro padre a pesar de que, como ha señalado en
una amable carta el conde de Floridablanca, buen amigo suyo, «Cabarrús ha sufrido una anulación sin
límites y la inquina de un partido contrario y formidable que ha trabajado y trabaja por destruirle y destruir
todos sus proyectos». Sea como fuere, querida niña, y a pesar de sus buenas palabras, nada ha hecho el
conde hasta el momento por evitar la caída de vuestro progenitor, que se encuentra ahora prisionero en el
castillo de Batres acusado «de realizar extracciones ilícitas de plata y ser el responsable de las dificultades
del Banco de resultas de sus malversaciones».
La carta continuaba relatando cómo mi madre y mis hermanos iban a ser
prontamente desterrados a Valencia, desde donde pensaban escribir al Rey suplicando
que les fuera permitido trasladarse a Bayona para allí, cerca de la familia de mi padre,
poder seguir viviendo con «una cierta economía por haber sido desposeídos de todos
sus bienes».
Se me nublaron de pronto los ojos. Yo sabía que los negocios de mi padre habían
bordeado siempre el abismo, la ilegalidad, tal como ocurre con todos los
emprendedores osados. También tenía alguna noticia (o, dicho con más exactitud,
alguna sospecha) de sus otras actividades secretas, aunque desconocía de qué índole
podían ser. Como, por ejemplo, las tan misteriosas que los trajeron, a Moratín y a él, a París poco antes de mi boda. No obstante, de ahí a pensar que llegaría un día en que
tuviera que enfrentarse a la cárcel, el oprobio y la ruina mediaba un mundo. Y sin
embargo ese día había llegado, era evidente que se trataba del fin de sus sueños y
también de los de toda mi familia.
Estuve llorando a solas hasta que me dormí. No deseaba compartir con nadie mi
pena. Ni con mis amantes, que pensaban que vivíamos en el mejor de los mundos
posibles, ni por supuesto con mi marido, que no veía más que oscuros nubarrones por
todas partes. Temía además que Fontenay, al saber de la suerte de mi familia,
recordara de pronto cierta cláusula de nuestro muy «romántico» contrato
matrimonial. Por él, mi padre se había comprometido a abonarle, además de la
cantidad inicial de cuatrocientas mil libras, otras cien mil pagaderas en diez años sin
intereses. Ahora que la ruina hacía imposible tales pagos, ¿qué impedía, me
preguntaba yo, a Jean-Jacques volverse contra mí? No había amor entre nosotros,
sólo conveniencia, y el yugo matrimonial lo llevábamos cada uno repartiendo su peso
con terceras personas (con cuartas en mi caso). La infidelidad y el adulterio, lo sabía
yo muy bien, son un delicioso juego al que sólo pueden jugar las mujeres adineradas.
A mis escasos diecisiete años aún sin cumplir, el cínico mundo de los adultos me
había enseñado esta lección: una dama rica que tiene amantes es una gran dama, una
mujer pobre que los tiene no es más que una furcia.
Al día siguiente, cuando ya había llorado todo lo que podía llorar, tuve que
enfrentarme a mi vida de siempre. Tal vez en las calles y en la campiña francesas se
pasara hambre y estrechez, pero en los salones elegantes de París, los aprendices de
brujo, tal como los llamaba mi marido, seguían reuniéndose y discutiendo los asuntos
de alta política que tanto entusiasmaban a todos con el ánimo de arreglar el mundo y
salvar a Francia. Y mis salones tenían que abrirse aquella tarde como cualquier jueves
para recibir a lo mejor de cada casa: a los jacobinos, por ejemplo, a quienes todos
consideraban los más osados y exaltados y cuyo nombre provenía del convento ahora
vacío en el que solían reunirse. También a los amigos de Mirabeau, que, de momento,
apoyaban incondicionalmente al Rey. A los de La Fayette, los más optimistas.
Igualmente a los que más tarde se conocería como girondinos, reflexivos y
ponderados; en definitiva, a todos los padres de esta nueva patria que tantos padres
tenía. Debía yo poner por tanto al mal tiempo buena cara y evitar que se notaran mis
tribulaciones, mi noche sin dormir, mis muchas lágrimas; tenía, a toda costa, que
disimular, fingir y, sobre todo, sonreír, siempre sonreír.
Mientras elegía para la noche uno de mis más bellos vestidos de muselina blanca,
comencé de nuevo a llorar en silencio. ¿Qué sería ahora de mi padre y de mi familia?
¿Qué sería también de mí lejos de ellos, sin dinero y en tiempos de tantas mudanzas? La suave caricia de la tela me hizo pensar entonces en la gran ironía de ciertas cosas.
Muselina era el tejido que María Antonieta, siguiendo una moda importada de las
Antillas francesas, había introducido en todas las cortes de Europa. La que nos hacía
parecer bellas, despreocupadas, naturales. Y dicha tela, o lo que es igual, su
importación para que todas estuviéramos así de bellas y naturales, era también la
causante de la ruina de mi padre, según rezaba la carta del señor Moratín. ¿Podría yo
mantener en secreto mi desgracia? ¿Lograría evitar que la noticia de la encarcelación
llegara a oídos de mi marido? Por un momento esa idea me llenó de esperanza, pero
inmediatamente tuve que rechazarla. Jean-Jacques tenía buenos contactos con la
embajada de Francia en Madrid, por lo que la noticia, si no le había llegado ya, no
tardaría en arribar y mi silencio no haría más que empeorar las cosas.
–¿Estáis bien, madame? –Frenelle, mi criada, me miraba con preocupación.
Yo, hasta entonces, nunca había sido partidaria de compartir mis secretos con
nadie, ni siquiera con mi buena Frenelle. Las dos teníamos aproximadamente la
misma edad y, gracias a ese extraño fenómeno que se produce a menudo entre dos
personas que conviven de forma estrecha, nos parecíamos mucho físicamente, lo que
iba a serme de gran utilidad corriendo el tiempo. Más que criada y señora éramos
cómplices en muchas cosas. Sin embargo, una esposa infiel (Dios mío, qué peligrosa
sonaba ahora esa expresión que antes fuera tan frívolamente deliciosa), una esposa
infiel, digo, si es inteligente, aprende pronto que es preferible mantener a sus criados
más próximos en la mayor ignorancia. Si son leales, no podrán dar información por
mucho que se les conmine, y si son infieles, su ignorancia los convertirá sin duda en
los mejores y más convincentes testigos de nuestra inocencia.
–No es nada, Frenelle –le dije–. Acércame ese camafeo que tú sabes, creo que
hoy voy a necesitar llevarlo cerca de mi corazón.
Habían pasado casi cuatro años desde la partida de mi amor Jean-Alex Laborde
para América, pero aun así yo seguía pensando en él. El tiempo es un gran escultor,
dicen, y yo por mi parte había descubierto cuánta verdad hay en esa afirmación por el
modo en que había cincelado y engrandecido la figura de mi querido Laborde. Por
eso recurría a su silhouette en forma de camafeo cada vez que necesitaba sentirme
amparada o debía acometer una empresa difícil. Esa noche lo abroché por tanto en el
interior de mi corpiño mientras terminaba de vestirme con la ayuda de Frenelle y a
continuación me detuve para comprobar el resultado en el espejo. Estaba muy bella,
para qué negarlo, pues la muselina es una tela que favorece especialmente a las que,
como yo, tenemos curvas. Comprobé también que mis ojos no delataban demasiado
mi preocupación y por fin, apretando contra mi pecho la imagen de Jean-Alex, me
dispuse a bajar la escalera.
Mi hija María Luisa, que tanto me ayuda (y apremia) con la redacción de estas
memorias, apareció el otro día con un recorte tomado de una vieja revista en la que un testigo de la época narra la escena que se desarrolló al entrar yo en la sala en la
que estaban reunidos nuestros invitados. Es curiosa la diferencia entre cómo se
cuentan las cosas y cómo las vive uno. Rara vez coinciden ambos relatos, pero a mí
me encanta cuando tengo la posibilidad de ver una misma situación desde dos puntos
de vista. Por eso creo que es interesante que transcriba lo que ese testigo narró y que
luego explique cuáles fueron mis razones para actuar de tal modo.
«De repente se abre la puerta y la dueña de casa, madame de Fontenay, aparece precipitada y convulsa.
Lleva el bellísimo pelo oscuro suelto sobre los hombros y éste le llega hasta la cintura, como si fuera una
salvaje y muy hermosa amazona. El traje de muselina blanca que viste se abre brevemente para dejar
entrever el nacimiento de sus jóvenes senos, redondos, perfectos. En la sala se detienen las conversaciones,
cesa la música y todos la miran sorprendidos. Teresa mira a su alrededor y, al descubrir entre los invitados
a La Fayette, inmediatamente va hacia él.
–Ciudadano general… –le dice tendiendo hacia él sus manos en un claro gesto de súplica mientras las
lágrimas corren por sus mejillas de virgen dolorosa–. Ciudadano general, ¡prestadme cien mil de vuestros
guardias nacionales para ir a liberar a mi padre, preso en España!
A continuación, Teresa, y ante la severa mirada de su marido, no tarda en desgranar su historia y todo
el mundo queda estupefacto. ¿Cómo es posible?, se escandalizan los presentes. ¿Preso don Francisco
Cabarrús? ¿El director del Banco de San Carlos y de la Compañía Real de Filipinas? ¿El riquísimo
banquero cuya fortuna es la envidia de toda España? ¿Qué oscuros intereses, qué intrigas palaciegas han
podido causar tan gran injusticia? Ahora, varios caballeros y no pocas damas se dan en consolar a la bella
mientras que el marqués de Fontenay, al que la noticia ha tomado por sorpresa, se afana en leer la misiva
que su esposa le extiende. En esa carta llegada desde Madrid se da noticia de cómo el excelente súbdito
francés que tanto ha hecho por mejorar el esclerótico sistema financiero español ha dado con sus huesos en
la cárcel.
Se escandaliza aún más la concurrencia con dichos detalles. Alguien muy principal comenta indignado
cómo un atropello de tal naturaleza sólo podría acaecer en un lugar retrógrado y absolutista como es
España, donde no ha llegado aún y posiblemente nunca llegue la luz del progreso. Una dama se vuelve
entonces hacia La Fayette e invocando la procedencia francesa de Francisco Cabarrús conmina al héroe a
que preste oídos a lo que Teresa, en un arrebato de hija desesperada y valiente, acaba de solicitarle.
–¡Invasión! –grita y su voz es coreada por varios–. ¡Que nuestros bravos guardias nacionales marchen
sobre Madrid para dar una lección a esos ignorantes españoles!
Se hace un nuevo silencio expectante. La bella Teresa está aún más bella si cabe reclinada su cabeza
sobre suaves almohadones mientras espera la reacción del héroe. Pero La Fayette, que tiene la prudencia
de los que ya están en el poder, calma a los exaltados con frases apaciguadoras mientras prodiga a la dueña
de casa las más tiernas palabras.
–Sabed, señora –dice–, que nuestro corazón y nuestro aliento son vuestros para siempre. Y, tras
estrechar la mano de Fontenay, se despide de todos prometiendo «seguir de cerca los acontecimientos».
Todo lo narrado aquí es verdad punto por punto, así tuvo lugar la escena. Y digo
bien «escena», puesto que, en el gran tinglado de la farsa que era el París de entonces,
yo, a mis dieciséis años, acababa de ofrecer al público una de las primeras
representaciones teatrales de las que más tarde sería maestra: «¡Ciudadano general,
prestadme cien mil de vuestros guardias nacionales para ir a liberar a mi padre, preso
en España!». Aún hoy sonrío al recordar mis palabras. Con ellas y con el espectáculo
de mis cabellos al viento y de mis ojos arrasados en llanto presentaba yo una romántica estampa, sin duda muy del gusto de la época. Como ya he dicho, no soy
amiga del llanto y lo prodigo poco, pero siempre he sabido fingirlo muy bellamente.
Además, tengo observado que las lágrimas de las mujeres que son de natural risueño,
como yo, resultan mucho más conmovedoras que las de las damas lloronas. Así se lo
intenté explicar en varias ocasiones a mi gran amiga Josefina de Beauharnais durante
nuestros años de intimidad, pero la futura emperatriz de Francia nunca siguió mi
consejo. En cualquier caso, tampoco le fue nada mal con sus llantos, sollozos e
hipidos, hay que reconocerlo. Su entregado esposo, Napoleón Bonaparte, siempre
consideró aquellos melindres trés sensibles, trés romantiques.
Pero tiempo habrá de hablar de Josefina y sus muchas lágrimas. Las que ahora
importan son las mías y, como digo, resultaron ese día decididamente eficaces. Y es
que haber hecho exhibición pública de ellas sirvió en esa ocasión a dos fines. Por un
lado, para lograr la siempre deseable compasión de la gente ante una adversidad
familiar vergonzosa que, de otro modo, hubiera sido cuchicheada de forma malévola
a mis espaldas. Y por otro, para neutralizar cualquier acción indeseada por parte de
mi esposo. Porque ahora que era pública y notoria la injusticia que se había cometido
con mi padre, él no tendría más remedio que apoyarme en todo y ponerse de mi lado.
Así lo requería su condición de caballero, aunque los caballeros de aquel entonces se
llamaran ciudadanos y fueran sin librea.
Sin embargo, a pesar de que aquella batalla la gané con largueza, existe un triste
epílogo para esta historia. Pocas horas más tarde, cuando ya todos se habían
marchado y Fontenay y yo nos habíamos retirado cada uno a sus habitaciones, la
manilla de la puerta que comunicaba la mía con la suya cedió dando paso a su silente
figura. Apenas alcanzaba a verlo a través de los pliegues de las cortinas de mi cama,
pero aun así pude observar cómo se detenía con una expresión que bien puede
calificarse de deseo. Cerré los ojos con fuerza. Su visita era un hecho infrecuente por
aquel entonces. Fontenay tenía tantas o más amantes que yo y, una vez nacido nuestro
primer hijo, no había ya muchas razones para cumplir con eso que tan prosaicamente
llaman «el débito conyugal».
Descorrió las cortinas del lecho y apartó las sábanas para mirar mi cuerpo. Yo me
aferraba al camafeo de mi amado Laborde esperando el momento en que sus manos,
sus labios iniciaran sobre mí todos los previsibles y sincopados recorridos de un
deseo sin amor. Con los ojos cerrados, con el cuerpo laxo e inerte de quien no se
opone pero tampoco colabora, fingí estar dormida y me dejé hacer. Sus manos,
temblonas, comenzaron a desatar primero las cintas de mi camisa de noche hasta
desnudarme por completo y luego, tras observarme así unos segundos, comenzó a
recorrer mi torso no con besos ni con caricias, sino con toda su lengua, igual que un
perro. Nunca lo había visto actuar de ese modo e imaginé que estaba borracho, pero
su aliento, aunque húmedo y acre, no delataba vestigio alguno de licor. «Dios mío, ayúdame», pensé cuando primero sus dedos y a continuación su sexo empezaron a
abrirse paso entre mi carne. Ya era imposible fingirme dormida. Podía sentir su baba
en mi boca y el peso de su cuerpo sobre el mío mientras continuaba con sus embates,
abriéndose paso con inusual violencia. Ni siquiera se había tomado la molestia de
despojarse de sus ropas; estaba completamente vestido, incluidas las botas, y yo
desnuda, pero a pesar del dolor y la humillación, ni una queja salió de mis labios. Ni
cuando me violentó una vez, ni cuando lo hizo una segunda, ni tampoco cuando
continuó con sus extraños lamidos de can y otras prácticas que no menciono porque
aún hoy procuro olvidarlas. No, ni una lágrima brotó de mis ojos, esos que tanto
habían llorado por la desgracia de mi padre; desgracia y deshonra que –no había más
que ver la reacción de mi marido– también se habían convertido en causa de las mías.
Que la violación existe dentro del matrimonio es algo que saben muchas mujeres,
pero yo hasta entonces no había tenido que sufrirla nunca. Al fin y al cabo, Jean y yo
éramos eso que se conoce como un matrimonio «abierto» y nuestras sesiones de amor
conyugal tenían algo de cortesanas y mucho de frío y, a la vez, compartido sentido
del deber. Era cosa instaurada, por ejemplo, que los hombres de nuestra clase se
embarcaran en ellas diciendo que lo hacían por «cumplir con mi legítima» o por
«visitar el establo», según dos expresiones populares de la época. Nosotras, por
nuestra parte, y puesto que estaba tan de moda todo lo inglés, utilizábamos una frase
muy conocida en el idioma de Shakespeare. «¿Qué haces tú –me había preguntado un
día no muy lejano madame de Staël– cuando tu marido visita el establo?». Yo
entonces era muy niña y no tenía respuesta para según qué cosas, de modo que, a la
gallega, le devolví la pregunta con un «¿Y vos qué hacéis?». «Muy sencillo, querida;
hago como nuestras amigas las inglesas: I look at the ceiling and think of England».
La frase la pronunció en su idioma original, pero, al adoptarla yo también como
propia, pude constatar que la mayoría de mis amigas la conocían y la usaban
traducida y convenientemente adaptada: cuando había que cumplir con el débito
conyugal, todas, «mirábamos al techo y pensábamos en la patria».
Era así, con una mezcla de humor y resignación, como maridos y mujeres de
ciertas clases sociales procedíamos a copular. Y una vez acabado tan latoso trámite,
nos agradecíamos mutuamente con cortesía: «Merci, madame». «Merci á vous,
monsieur».
Sin embargo, lo de aquella noche estaba muy lejos de ser un trámite y ese día
aprendí, dolorosamente, una lección que no pocas mujeres conocen: que los hombres,
incluso los que no nos aman –o tal vez habría que decir precisamente éstos–, gustan
cobrarse en sexo determinados favores, como el que Jean me había brindado horas
atrás, por ejemplo, al fingirse el marido ideal ante nuestros invitados una vez
descubierta la desgracia de mi padre. A algunos hombres, me dije entonces, les
produce un incomprensible placer violentar a mujeres que no les aman, y por las que tampoco ellos sienten especial afecto, sólo para demostrar quién es más fuerte. Se
había tratado sin duda de un acto de poder, de sometimiento, del que yo me defendí
con la única arma con la que cuenta una mujer forzada que no puede ni debe protestar
o rebelarse: con la imaginación. Hasta el momento en que las caricias se convirtieron
en violencia, me esforcé en imaginar que sus besos eran los besos de mi otro Jean;
sus caricias, las de otras manos; sus gritos de placer, los de mi amado. Sí, las mujeres
casadas sabemos mucho de violaciones dentro del matrimonio, pero ellos no saben
nada de la libertad de nuestros pensamientos, y ésa es nuestra pequeña pero no del
todo desdeñable venganza.
Cuando por fin se fue, tan en silencio como había venido, me costó mucho
conciliar el sueño y, cuando al cabo de unas horas logré adormilarme, lo hice llorando
y aferrada al camafeo con la silueta de mi adorado Laborde. Por un momento, en
aquel intranquilo duermevela, la imagen de mis dos amantes, Alexandre Lameth y
Félix Lepeletier, apareció para confundirse con la de mi amado y eso me hizo
comprender, dolorosamente, cuán importante era la una y cuán débiles las otras dos.
Nunca los había querido en realidad. ¿Volvería a amar a alguien alguna vez? Parecía
del todo imposible.
El padre de Teresa, Francisco Cabarrús, en el retrato de Francisco de Goya que se conserva en el Banco de España.
El dramaturgo Leandro Fernández de Moratín fue secretario de Francisco Cabarrús. Se dice que un temprano desengaño amoroso fue lo que le llevó a escribir El sí de las niñas.
Cuando Teresa llego a París estaba acabando la moda que hacía del peinado de las aristócratas una verdadera tortura. Las pelucas eran tan grandes y voluminosas que las damas se veían obligadas a viajar con la cabeza gacha en sus carruajes para no estropear el efecto de sus aparatosos tocados.
En el pasaporte francés que Teresa se hizo, con catorce años, para su viaje de bodas aparece la siguiente descripción, afortunadamente muy detallada, porque en aquella época era imposible incluir el retrato de los viajeros en estos documentos: «Estatura, cinco pies cuatro pulgadas; cabello rizado y abundante de un castaño oscuro, ojos del mismo color grandes y expresivos, rostro blanco y bello, cejas arqueadas, frente bien hecha, nariz regular, boca generosa, barba redonda.»
La muerte de la princesa Lamballe, víctima de las masacres del 3 de septiembre, fue uno de los episodios más terribles de comienzos de la Revolución. El cadáver de la antigua amiga de María Antonieta fue decapitado. La cabeza, perfectamente peinada y maquillada, fue elevada en una pica hasta la prisión donde se encontraba la Reina «para darle el último beso a su amada»
Miles de personas se dieron cita la mañana del 21 de enero de 1793 para asistir a la decapitación de Luis XVI. Cuando el rey de Francia intentó dirigirse a la muchedumbre, sus palabras fueron acalladas con un redoble de tambores. Tras la ejecución, muchos ciudadanos mojaron sus pañuelos con la sangre del monarca, unos para guardarla como reliquia, otros para pasearla por las calles en señal de triunfo.
Frío e implacable, el ciudadano Robespierre, para unos un místico virtuoso y para otros un sanguinario, fue el artífice de lo que sellamó el régimen del Terror. auqnue comenzó condenando la pena de muerte, durante su corto «reinado» fueron ajusticiados miles de personas. A su muerte, Teresa se conviertió en Notre-Dame de Thermidor.
Aunque en un principio fue camarada de Roberpierre, Danton era su antítesis en lo personal. Mujeriego y seductor, jefe de los cordeliers, comenzó defendiendo una política de violencia, pero terminó convirtiéndose en indulgente, lo que le costó la cabeza.
Sin duda, Camille Desmoulins fue uno de los personajes más románticos de la Revolución. Encarnaba los valores de libertad e idealismo y estaba dotado de una gran elocuencia. sus encendidos descursos se han hecho famosos. Amigo y compañero de Danton, fueron guillotinados el mismo día. Sus últimas palabras fueron para su bella esposa, Lucille: «Veo mis brazos alrededor de tu cuerpo, mis atadas manos abrazándote, mi cercenada cabeza sobre tu regazo, y de este modo moriré».
Jean-Lambert Tallien fue un personaje fundamental en la biografía de Teresa. Se conocieron en Burdeos, donde ella estaba refugiada y él había sido enviado como representante en misión para someter a las provincias a la «ortodoxia revolucionaria». Su pasión por Teresa fue tal que ella consiguió que librara de la prisión y la muerte a multitud de condenados. Esa misma pasión guiaría sus actos para encabezar el golpe que acabó con Robespierre y el régimen del Terror.
Con el mismo afán de eficacia que caracterizaba tantas otras disposiciones, los revolucionarios se aplicaron en encontrar un método de ejecución rápida y «humanitaria». La guillotina, llamada así por el médico Joseph-Ignace Guillotin, quien recomendó su uso, fue su aliada perfecta.
Los codnenados a muerte se debatían entre el horror y la dignidad: unos lloraban por su suerte mientras otros se dedicaban a escenificar su subida al patíbulo. En la cárcel ensayaban los discursos y las reverencias que pensaban dedicar al público que asistía a las ejecuciones.