La cinta roja

Carmen Posadas · Capítulo 24 de 56

Páginas del PDF

La cinta roja

Primeras citas

 

A l día siguiente de nuestra primera entrevista en la Maison Nationale, el ciudadano Tallien visitó a la ciudadana Cabarrús. Lo hizo al caer la tarde, sin escolta y embozado en una larga capa, con la precaución propia de quien, apenas un par de semanas antes, había escrito la siguiente nota patriótica alertando a los

hombres a su servicio de los peligros que entrañaban las amistades femeninas:

 

«Y por la presente se hace saber que los más severos actos de justicia deben caracterizar cada paso de los

representantes del pueblo y sus servidores. Para ello deben cerrar sus oídos a toda forma de solicitación

por parte de esa porción de la población llamada las mujeres, para quienes la seducción es su primer (y

muchas veces único) don natural».

 

Mucho debía de gustarle al représentant en mission Tallien mi primer (y quién

sabe si único) «don natural» para arriesgar tanto con sus visitas. Visitas, por otro lado,

que al menos en esta primera etapa de nuestra relación que me dispongo a narrar

fueron tan castas como nadie podría suponer. Mis buenos convecinos no contaban,

como es lógico, con dotes adivinatorias, y durante ese corto espacio de tiempo,

cuando yo salía con mi pequeño Théodore a algún recado o a tomar el aire, en sus

mal disimulados codazos y cuchicheos resultaba muy sencillo leer lo que secreteaban:

«Mirad –decían–, es la ci-devant, marquesa de Fontenay, que acaba de convertirse en

amante de Tallien...». «¿De ese asesino?». «¿Qué pensará de esto su buen tío

Dominique?». «¿Cómo es posible que una mujer tan exquisita como ésta tenga tratos

con semejante patán?». «¡Oh, amigo mío, es que la Revolución y el Terror hacen

extraños compañeros de cama!».

Piensa mal y acertarás, dice un adagio de mi tierra, y sin embargo, como bien

sabemos todos cuando nos ha tocado ser calumniados alguna vez, no siempre es

cierto. Y en este caso la verdad es que, al menos durante la primera semana de

nuestra relación, el sanguinario Jean-Lambert Tallien, representante de París y pieza

clave del Comité de Vigilancia, se conformó con visitar mi casa todas las tardes y...

mirarme. Sí, así es. En silencio, casi con devoción, solía sentarse junto a la ventana y

luego dejaba resbalar sus ojos por la curva de mi cuello, por la de mi cintura, para

luego volver a subir la vista hasta mi cara, siempre sin articular palabra. No puedo

decir que yo estuviera desacostumbrada a la veneración masculina, al contrario, pero

jamás había experimentado una adoración parecida. En ocasiones me tomaba las

manos y, con ellas entre las suyas, hablaba de su infancia, del olor a heno recién

cortado y de la felicidad de un muchacho que nada tenía excepto sus sueños. Yo

estaba tan sorprendida que me limitaba a observarle, y si los gritos callejeros que

subían hasta mi ventana con súplicas de clemencia mezcladas con voces de los

verdugos no me hubieran devuelto a la realidad, habría llegado a pensar que estábamos en un mundo aparte, que aquél no era el asesino de tantos de mis

conciudadanos ni la mano sin escrúpulos que manejaba la guillotina; tampoco el

hombre del que dependía la suerte de todos los bordeleses.

Frenelle, que conocía mis pocos remilgos a la hora de tomar un amante, no podía

creer tanta castidad y se reía de mí y, sobre todo, de él. «Ya está aquí Chichi, votre

petit caniche», decía, porque, según ella, la expresión desamparada del rostro de

Tallien le recordaba mucho a un perrillo faldero de ese nombre que tenía una vieja

marquesa para la que había trabajado en tiempos. «Madame debería tener la caridad

de hacerle al menos una cucamona de vez en cuando a Chichi o morirá de tristeza y

ya no podremos pedirle que libere de la Louisette a otro infeliz condenado como hizo

con vuestro primo Juan o con madame Boyer».

Y es que es importante señalar que, desde el primer día, tanto Frenelle como yo

nos dimos cuenta de que podíamos valernos de tan rendida admiración para lograr de

Tallien ciertos certificados de ciudadanía, así como salvoconductos, para algunos

infortunados que de otro modo hubieran acabado en el patíbulo. Tal circunstancia me

hizo albergar esperanzas de poder ayudar a otras muchas personas en situaciones

desesperadas. Sin embargo, como no podía ser de otro modo, dada la existencia del

temido Comité de Vigilancia, noticias de las secretas visitas del ciudadano Tallien a

una ci-devant marquesa llegaron muy pronto a París. Si fue su colega Ysabeau quien

escribió a la capital o si fue Brune, el general del ejército revolucionario a cuyo

amparo entraron ambos en Burdeos, quien lo hizo, nunca lo llegamos a saber.

Frenelle era de la opinión de que el chivato había sido el general Brune, según ella a

causa de los celos que tenía a Tallien por su amistad conmigo, pero yo, que conocía

bien la mirada penetrante e inmune a toda seducción del ex monje Ysabeau, apuesto a

que fue su mano la que redactó la carta. En ella se informaba de que en Burdeos ya

no se sofocaban con tanto entusiasmo como antes las desviaciones

antirrevolucionarias. Que la guillotina funcionaba con mucha menos presteza que en

otras ciudades y que tanto abandono por parte de su representante en misión tenía

nombre de mujer.

Ocurrió entonces que una noche glacial de noviembre y para sorpresa de mis

vecinos, que me creían protegida por el hombre más poderoso de Burdeos, el carruaje

del Comité de Vigilancia se detuvo ante mi puerta. Los golpes de culata resonaron

inmediatamente por toda la casa, y mientras Frenelle acudía a abrir, yo preferí correr

al cuarto de Théodore y despertarlo. Luego, salí con el niño en brazos al descansillo y

desde donde me encontraba, medio oculta en las sombras, alcancé a oír tanto las

voces de los «visitantes» como la de Frenelle.

–Venimos a buscarla –dijo una de ellas sin que hiciera falta explicar a quién se

refería.

–No hay nadie más que yo en esta casa –respondió Frenelle.

–Sabemos que está aquí, dejad paso –bravuconeó la misma voz.

–¡No hay nadie, os digo! ¿Tan cobardes sois que habéis venido seis hombres

armados a buscar a una indefensa mujer? ¿Sabe de esto el ciudadano Tallien?

Yo para entonces ya había bajado dos o tres peldaños de las escaleras con mi hijo

en brazos y de este modo pude ver cómo uno de aquellos hombres, pica en mano,

apartaba de un manotazo a Frenelle mientras que, con gesto que no necesitaba más

explicaciones, señalaba transversalmente su garganta:

–Cállate o...

–Dejadla en paz –intervine entonces–. Yo soy Teresa Cabarrús.

En ese momento, la luz de las antorchas que traían aquellos hombres me permitió

ver sus caras. Eran las mismas que durante tantas noches había podido espiar desde

mi ventana mientras recorrían nuestra calle deteniéndose aquí y allá delante de las

puertas de otros infelices de los que nunca más se había tenido noticia.

–Hablad con el ciudadano Tallien. ¡Él os dirá que esta casa está bajo su

protección! –gritaba ahora Frenelle en un vano intento de disuadirlos–: ¡Llevadme a

mi si es una mujer lo que queréis!

Mi buena amiga dio un paso más hacia ellos, pero yo temí que si los provocaba en

exceso no tuvieran piedad con nosotras, menos aún con un niño que ahora lloraba sin

consuelo abrazado a mi cuello. Muy lentamente comencé a hablar al oído de mi hijo

procurando no perder de vista a ninguno de aquellos tipos:

–Por lo que más quieras, vida mía –le susurré–, no llores. Mamá debe hablar con

estos hombres. Veas lo que veas y ocurra lo que ocurra, no te muevas, mi amor.

Ahora debes ir con Frenelle, ¿me entiendes? No va a pasar nada.

Entonces, después de depositar a mi hijo en los brazos de Frenelle, comencé a

caminar hacia ellos. Uno que parecía más humano que los demás dijo: «Será mejor

que toméis algo de abrigo, la noche es fría», y yo se lo agradecí con una sonrisa. Me

eché una capa por encima y acto seguido comencé a caminar hacia él con mis dos

muñecas extendidas. Sin decir palabra, aquel hombre las ató a mi espalda y así

salimos a la helada noche.

–¿Adónde la llevan? –preguntaba una y otra vez Frenelle sin recibir respuesta–.

¡Decidme al menos adónde os dirigís! –insistía hasta que, por fin, el mismo hombre

en el que había creído yo adivinar una actitud compasiva pronunció un nombre que

por aquel entonces en Burdeos todos temíamos:

–A la fortaleza de Há, ciudadana.

Se refería al lugar en el que se retenía a los prisioneros antes de ser ajusticiados.