La cinta roja
Primeras citas
A l día siguiente de nuestra primera entrevista en la Maison Nationale, el ciudadano Tallien visitó a la ciudadana Cabarrús. Lo hizo al caer la tarde, sin escolta y embozado en una larga capa, con la precaución propia de quien, apenas un par de semanas antes, había escrito la siguiente nota patriótica alertando a los
hombres a su servicio de los peligros que entrañaban las amistades femeninas:
«Y por la presente se hace saber que los más severos actos de justicia deben caracterizar cada paso de los
representantes del pueblo y sus servidores. Para ello deben cerrar sus oídos a toda forma de solicitación
por parte de esa porción de la población llamada las mujeres, para quienes la seducción es su primer (y
muchas veces único) don natural».
Mucho debía de gustarle al représentant en mission Tallien mi primer (y quién
sabe si único) «don natural» para arriesgar tanto con sus visitas. Visitas, por otro lado,
que al menos en esta primera etapa de nuestra relación que me dispongo a narrar
fueron tan castas como nadie podría suponer. Mis buenos convecinos no contaban,
como es lógico, con dotes adivinatorias, y durante ese corto espacio de tiempo,
cuando yo salía con mi pequeño Théodore a algún recado o a tomar el aire, en sus
mal disimulados codazos y cuchicheos resultaba muy sencillo leer lo que secreteaban:
«Mirad –decían–, es la ci-devant, marquesa de Fontenay, que acaba de convertirse en
amante de Tallien...». «¿De ese asesino?». «¿Qué pensará de esto su buen tío
Dominique?». «¿Cómo es posible que una mujer tan exquisita como ésta tenga tratos
con semejante patán?». «¡Oh, amigo mío, es que la Revolución y el Terror hacen
extraños compañeros de cama!».
Piensa mal y acertarás, dice un adagio de mi tierra, y sin embargo, como bien
sabemos todos cuando nos ha tocado ser calumniados alguna vez, no siempre es
cierto. Y en este caso la verdad es que, al menos durante la primera semana de
nuestra relación, el sanguinario Jean-Lambert Tallien, representante de París y pieza
clave del Comité de Vigilancia, se conformó con visitar mi casa todas las tardes y...
mirarme. Sí, así es. En silencio, casi con devoción, solía sentarse junto a la ventana y
luego dejaba resbalar sus ojos por la curva de mi cuello, por la de mi cintura, para
luego volver a subir la vista hasta mi cara, siempre sin articular palabra. No puedo
decir que yo estuviera desacostumbrada a la veneración masculina, al contrario, pero
jamás había experimentado una adoración parecida. En ocasiones me tomaba las
manos y, con ellas entre las suyas, hablaba de su infancia, del olor a heno recién
cortado y de la felicidad de un muchacho que nada tenía excepto sus sueños. Yo
estaba tan sorprendida que me limitaba a observarle, y si los gritos callejeros que
subían hasta mi ventana con súplicas de clemencia mezcladas con voces de los
verdugos no me hubieran devuelto a la realidad, habría llegado a pensar que estábamos en un mundo aparte, que aquél no era el asesino de tantos de mis
conciudadanos ni la mano sin escrúpulos que manejaba la guillotina; tampoco el
hombre del que dependía la suerte de todos los bordeleses.
Frenelle, que conocía mis pocos remilgos a la hora de tomar un amante, no podía
creer tanta castidad y se reía de mí y, sobre todo, de él. «Ya está aquí Chichi, votre
petit caniche», decía, porque, según ella, la expresión desamparada del rostro de
Tallien le recordaba mucho a un perrillo faldero de ese nombre que tenía una vieja
marquesa para la que había trabajado en tiempos. «Madame debería tener la caridad
de hacerle al menos una cucamona de vez en cuando a Chichi o morirá de tristeza y
ya no podremos pedirle que libere de la Louisette a otro infeliz condenado como hizo
con vuestro primo Juan o con madame Boyer».
Y es que es importante señalar que, desde el primer día, tanto Frenelle como yo
nos dimos cuenta de que podíamos valernos de tan rendida admiración para lograr de
Tallien ciertos certificados de ciudadanía, así como salvoconductos, para algunos
infortunados que de otro modo hubieran acabado en el patíbulo. Tal circunstancia me
hizo albergar esperanzas de poder ayudar a otras muchas personas en situaciones
desesperadas. Sin embargo, como no podía ser de otro modo, dada la existencia del
temido Comité de Vigilancia, noticias de las secretas visitas del ciudadano Tallien a
una ci-devant marquesa llegaron muy pronto a París. Si fue su colega Ysabeau quien
escribió a la capital o si fue Brune, el general del ejército revolucionario a cuyo
amparo entraron ambos en Burdeos, quien lo hizo, nunca lo llegamos a saber.
Frenelle era de la opinión de que el chivato había sido el general Brune, según ella a
causa de los celos que tenía a Tallien por su amistad conmigo, pero yo, que conocía
bien la mirada penetrante e inmune a toda seducción del ex monje Ysabeau, apuesto a
que fue su mano la que redactó la carta. En ella se informaba de que en Burdeos ya
no se sofocaban con tanto entusiasmo como antes las desviaciones
antirrevolucionarias. Que la guillotina funcionaba con mucha menos presteza que en
otras ciudades y que tanto abandono por parte de su representante en misión tenía
nombre de mujer.
Ocurrió entonces que una noche glacial de noviembre y para sorpresa de mis
vecinos, que me creían protegida por el hombre más poderoso de Burdeos, el carruaje
del Comité de Vigilancia se detuvo ante mi puerta. Los golpes de culata resonaron
inmediatamente por toda la casa, y mientras Frenelle acudía a abrir, yo preferí correr
al cuarto de Théodore y despertarlo. Luego, salí con el niño en brazos al descansillo y
desde donde me encontraba, medio oculta en las sombras, alcancé a oír tanto las
voces de los «visitantes» como la de Frenelle.
–Venimos a buscarla –dijo una de ellas sin que hiciera falta explicar a quién se
refería.
–No hay nadie más que yo en esta casa –respondió Frenelle.
–Sabemos que está aquí, dejad paso –bravuconeó la misma voz.
–¡No hay nadie, os digo! ¿Tan cobardes sois que habéis venido seis hombres
armados a buscar a una indefensa mujer? ¿Sabe de esto el ciudadano Tallien?
Yo para entonces ya había bajado dos o tres peldaños de las escaleras con mi hijo
en brazos y de este modo pude ver cómo uno de aquellos hombres, pica en mano,
apartaba de un manotazo a Frenelle mientras que, con gesto que no necesitaba más
explicaciones, señalaba transversalmente su garganta:
–Cállate o...
–Dejadla en paz –intervine entonces–. Yo soy Teresa Cabarrús.
En ese momento, la luz de las antorchas que traían aquellos hombres me permitió
ver sus caras. Eran las mismas que durante tantas noches había podido espiar desde
mi ventana mientras recorrían nuestra calle deteniéndose aquí y allá delante de las
puertas de otros infelices de los que nunca más se había tenido noticia.
–Hablad con el ciudadano Tallien. ¡Él os dirá que esta casa está bajo su
protección! –gritaba ahora Frenelle en un vano intento de disuadirlos–: ¡Llevadme a
mi si es una mujer lo que queréis!
Mi buena amiga dio un paso más hacia ellos, pero yo temí que si los provocaba en
exceso no tuvieran piedad con nosotras, menos aún con un niño que ahora lloraba sin
consuelo abrazado a mi cuello. Muy lentamente comencé a hablar al oído de mi hijo
procurando no perder de vista a ninguno de aquellos tipos:
–Por lo que más quieras, vida mía –le susurré–, no llores. Mamá debe hablar con
estos hombres. Veas lo que veas y ocurra lo que ocurra, no te muevas, mi amor.
Ahora debes ir con Frenelle, ¿me entiendes? No va a pasar nada.
Entonces, después de depositar a mi hijo en los brazos de Frenelle, comencé a
caminar hacia ellos. Uno que parecía más humano que los demás dijo: «Será mejor
que toméis algo de abrigo, la noche es fría», y yo se lo agradecí con una sonrisa. Me
eché una capa por encima y acto seguido comencé a caminar hacia él con mis dos
muñecas extendidas. Sin decir palabra, aquel hombre las ató a mi espalda y así
salimos a la helada noche.
–¿Adónde la llevan? –preguntaba una y otra vez Frenelle sin recibir respuesta–.
¡Decidme al menos adónde os dirigís! –insistía hasta que, por fin, el mismo hombre
en el que había creído yo adivinar una actitud compasiva pronunció un nombre que
por aquel entonces en Burdeos todos temíamos:
–A la fortaleza de Há, ciudadana.
Se refería al lugar en el que se retenía a los prisioneros antes de ser ajusticiados.