La cinta roja

Carmen Posadas · Capítulo 23 de 56

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La cinta roja

La muerte se viste de muchos trajes

 

P ara comprender bien los importantes sucesos históricos que se avecinan creo que sería oportuno explicar someramente lo que estaba pasando en otras ciudades de Francia cuando Jean-Lambert Tallien se introdujo en mi vida o, mejor dicho, yo me introduje en la suya. Como ya sabemos, al ver que las provincias se

resistían a su autoridad, París había mandado a diversos représentants en mission

para someterlas. Hablo de ciudades como Lyon, Nantes, Marsella y tantas otras. A

pesar de los expolios, a pesar también de las detenciones y de las muchas condenas a

muerte dictadas por Tallien e Ysabeau, Burdeos fue una ciudad afortunada si la

comparamos con lo que estaba ocurriendo por esas mismas fechas en otras villas;

como Marsella, por ejemplo, ahora rebautizada por sus representantes en misión con

el epíteto de «la ciudad sin nombre» por sus pecados. O como Lyon, que tuvo por

verdugo máximo a Joseph Fouché. Allí, los sans-culottes se vanagloriaban de que

treinta y dos cabezas rodaban cada veinticinco minutos. Sin embargo, como este

método de aniquilación resultaba muy lento y los vecinos de las calles adyacentes a

donde estaba situada la guillotina se quejaban de que la sangre obturaba los desagües,

se decidió recurrir a otro método más expeditivo. En la Plaine des Brotteaux, grupos

de hasta sesenta prisioneros fueron atados en fila y cañoneados a corta distancia. A

los que sobrevivían a aquella orgía de cuerpos horriblemente mutilados se los

remataba a bayoneta para no malgastar munición.

El ahorro de munición era primordial, puesto que debía reservarse para ser

utilizada en los distintos frentes que Francia tenía abiertos contra las potencias

extranjeras. Por esta razón, los representantes de París empezaron a pergeñar otras

formas de ajusticiamiento en masa contra la población civil. En Nantes, por ejemplo,

se inventaron las llamadas «deportaciones verticales» o «bautizos revolucionarios».

Éstos consistían en apiñar en barcazas a flote en el río Loira a un buen número de

prisioneros maniatados y cargados de cadenas para luego agujerear las naves y

observar cómo los desventurados se hundían entre gritos de súplica. Previamente a

estos «bautizos» se había aligerado a las víctimas de todas sus pertenencias, incluida

la ropa que llevaban puesta. Así, el hecho de que se les ahogase desnudos acabó

inspirando otro tipo de martirio, llamado esta vez «matrimonios republicanos», que

consistía en atar desnudos y frente a frente a jóvenes de distinto sexo para ver cómo

se hundían abrazados hasta morir. Las cifras de los que perecieron de este modo

varían mucho, pero se estima que fueron no menos de dos mil, y muy posiblemente la

cifra alcance los cuatro mil.

Como antes he señalado, en Burdeos los asesinatos en masa no fueron tan

terribles como en otras ciudades. De los dos representantes en misión enviados por

París, el que más fama de sanguinario se granjeó en un principio fue Tallien, pero los bordeleses no tardaron en darse cuenta del peligro que escondía su otro socio, el más

austero y taimado Claude-Alexandre Ysabeau, antiguo monje capuchino. Puede

decirse que uno y otro eran como la noche y el día. El primero, exuberante,

voluptuoso y fácilmente sobornable, tenía al menos debilidades humanas, lo que le

hacía parecer más accesible y también, por qué no, más atractivo. El otro, en cambio,

presumía de emular a Robespierre. Y emular al hombre más poderoso y temido de

Francia en ese momento pasaba por fingirse incorruptible, virtuoso y, por supuesto,

completamente inmune a los encantos femeninos, o por lo menos a los míos. No soy

mujer que suela perder el tiempo intentando seducir a quien no lo desea. Por eso,

después de mi primera entrevista con Tallien, cuando ya me marchaba, éste me

presentó brevemente a su compañero y después de ensayar con él parecidas lisonjas a

las que había usado con el primero no logré arrancarle ni una palabra, desistí

cambiando mis sonrisas por desdén. «¿Qué importa –me dije al salir de la Maison

Nationale– que aquel feo y resentido Ysabeau vuelva su cara al verme si yo cuento

con la admiración del hombre más importante de Burdeos?».