La cinta roja

Carmen Posadas · Capítulo 14 de 56

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La cinta roja

Le ciel est aristocratique

 

M uchos autores, tan sesudos ellos, desdeñan hablar en sus libros de modas, peinados u otras fruslerías que consideran frívolas o demasiado «mujeriles». Yo, por mi parte, siempre he reivindicado la frivolidad, que me parece el mejor antídoto contra los rigores y desdichas de este valle de lágrimas; y, en cuanto a

lo mujeril, qué quieren que les diga, soy mujer y me encanta serlo. Por eso, si unas

páginas más atrás, al hablar de la toma de la Bastilla lo hice valiéndome del orinal del

marqués de Sade, ahora, para narrar los muy serios acontecimientos posteriores a la

toma de la prisión me dispongo a disertar sobre pelucas y libreas. Y es que, como se

verá muy pronto, ambas prendas simbolizaban algo muy denostado y también

contrario a los nuevos e imperantes aires de renovación; representaban los modos y

modas del Ancien Régime, cuya ostentación e hipocresía decadente todo el mundo

estaba de acuerdo en enterrar.

Como ya he señalado al principio de estas memorias, aun antes de los estallidos

que habrían de cambiar Francia ya los fabricantes de pelucas se habían quejado al

Rey de su situación: «Algunos caballeros, sire, empiezan a ir ahora con la cabeza

descubierta y ello es un signo de indecoro manifiesto y una afrenta a Su Majestad»,

escribieron en una carta conjunta enviada a Luis XVI. Y en efecto lo era, puesto que

el buen rey Luis siguió usando peluca y empolvando su cabeza hasta poco antes de

que ésta rodara bajo la cuchilla de la Louisette. Por eso, y en contraste, en la Francia

revolucionaria todos (excepto, curiosamente, el señor Robespierre, que siguió

empolvando su cabellera hasta el día en que subió al patíbulo) comenzaron, de un día

para otro, a ir con la cabeza descubierta. Y es que si, por un lado, prescindir de la

peluca significaba una ruptura con el pasado y con la monarquía, por otro

simbolizaba algo igualmente deseable: los aires de fraternidad y el deseo de

asemejarse (aunque sólo fuera en la estética) al pueblo llano.

También la librea, prenda por excelencia de la clase alta, fue arrinconada por

aquel entonces y debido a las mismas razones. La palabra librea en sí ya es

reveladora: viene de livrée, es decir, «cosa librada o entregada al criado». Y es

interesante señalar que estas casacas confeccionadas en seda o terciopelo eran usadas

por los caballeros, pero también por los criados, hasta el estallido de la Revolución. A

partir de ese momento, los caballeros la sustituyeron por otras chaquetas más simples

y de tela oscura, como las que usaba el Tercer Estado. Prendas negras o gris oscuro

que se acompañaban de calzón del mismo color y medias negras, lo que confería a

sus portadores un severo (y en mi opinión inquietante) aspecto de aves de mal agüero.

Tal indumentaria se completaba además con el uso en la mano derecha de un bastón

que el caballero solía descargar en no pocas ocasiones, y «fraternalmente», sobre las

costillas del obtuso criado para hacerle comprender que ahora era un ciudadano libre por lo que no debía seguir llevando la tan denostada y abolida librea.

Todos estos modos y modas masculinas se veían ahora pasear por el París

posterior a la toma de la Bastilla unidos a la costumbre de las damas de imitar a las

pescaderas no sólo en su forma de hablar, que se llamaba poissard, sino también en

su atuendo. Rojo, azul y blanco eran los colores de todas las temporadas, invierno y

verano, otoño y primavera, mientras que los vestidos se inspiraban en las anchas y

burdas faldas de las mujeres del pueblo. El cabello masculino también seguía la moda

de los que a partir de ese momento comenzaron a llamarse sans-culottes. Éstos

llevaban el pelo largo hasta los hombros y gran bigote. En cuanto a la expresión sans-

culotte, se refiere al hecho de que los hombres del pueblo no usaban pantalones a la

rodilla, sino largos hasta los tobillos, atuendo que solía completarse con una chaqueta

corta o carmagnole, gorro frigio rojo y zuecos. En cuanto a las tejedoras o

tricoteuses, que tan famosas se habrían de hacer en la Revolución, creo que también

merecen unas líneas. Desde el principio del nuevo régimen, las sesiones de la

Asamblea de Representantes debían ser públicas y, para asegurarse la presencia del

pueblo, la Convención pagaba cincuenta sueldos por día a las mujeres para que

asistieran a dichas reuniones. Por decreto, a estas mujeres se las autorizaba a tejer

durante las sesiones, y de ahí su nombre. Más tarde se harían tristemente famosas

porque se les pagaría por insultar a los reos que eran conducidos a la guillotina.

También ellas adoptaron muy pronto su particular atuendo revolucionario compuesto

de gorro frigio y banda tricolor sobre sus vestidos de tela basta, que algunas damas

imitaban en telas finas para «contribuir» así al espíritu igualitario de la época.

Coincidieron todas estas nuevas formas de vestir con otros hechos interesantes

que iban a cambiar la forma de relacionarse las personas. Por aquel entonces, además

de suprimirse todos los títulos nobiliarios (incluido, huelga decir, nuestro recién

adquirido marquesado de Fontenay), desterrados quedaron también los decadentes

«madame» y «monsieur». La costumbre era dirigirse los unos a los otros con un

simple «ciudadana X» o «ciudadano Z», lo que facilitaba mucho la tan deseada

confraternización. Incluso se erradicó el usted. A partir de ese momento todos

comenzamos a tutearnos familiarmente para que nuestras vidas respiraran égalité y

también fraternité. De este modo, por la calle la gente se saludaba sin conocerse,

todos reíamos y, al menos en apariencia, Francia entera era una fiesta.

 

Sin embargo, si hubo una celebración en concreto en la que los nuevos modos y

modas se pusieron de manifiesto de forma más que evidente, ésta fue la muy célebre

fiesta de la Federación Nacional convocada para conmemorar el primer aniversario

de la toma de la Bastilla.

–No puedes faltar de ninguna manera, Thérésia –me había dicho unas semanas antes de la fecha Alex Lameth mientras intentaba convencerme de que lo acompañara

al Champ de Mars, enclave en el que iba a tener lugar la celebración–. ¡Tienes que

ver lo que es aquello! Desde hace días la ciudad entera colabora con los preparativos.

Se está construyendo un inmenso anfiteatro, todo muy natural y muy sensible. Lo

preside un gran montículo de tierra y césped en el que hombres, mujeres y niños

trabajan codo con codo para demostrar su afecto y alegría por tan gran ceremonia de

fraternidad nacional. ¡Pero si hasta se ha podido ver por allí al Rey! Imagínate a Su

Majestad con una pala en la mano (un poco a desgana, todo hay que decirlo, nunca

aprenderá este Luis a ser un buen ciudadano), pero destripando terrones como los

demás.

–¿Destripando terrones con una pala? –pregunté verdaderamente sorprendida.

Desde la caída de la Bastilla, yo me había sumado de modo entusiasta a la

efervescencia y el optimismo reinantes. Acudía todas las semanas a las reuniones del

Club de 1789 y colaboraba con otras iniciativas de carácter ciudadano, pero de

pronto, por alguna razón que sólo acierto a llamar intuitiva, aquella imagen tan

«fraternal» del Rey cavando no acababa de tranquilizarme–. ¿Y qué más se está

preparando para tan importante día? –pregunté sin hacer mucho caso a mi intuición y

con mi mejor sonrisa.

–Es increíble –respondió Lameth con ojos chispeantes–. Lo nunca visto. La

ciudad entera trabaja día y noche: nobles, pescaderas, tenderos, curas, estudiantes,

prestamistas, actores, prostitutas, banqueros… El que no tira de la carretilla maneja el

pico o la pala o acarrea sacos de arena. Allí estamos todos, Thérésia, los La Fayette,

los Mirabeau, los Saint-Fargeau, ¡sólo faltas tú!

Confieso que no fui a los preparativos –la albañilería y la horticultura, aunque

sean patrióticas, nunca fueron lo mío–, pero desde luego sí estuve en la fiesta. Y

acudí vestida «a la ciudadana», con la amplia falda a la moda y plumas blancas y

azules adornando mi sombrero. La ocasión sin duda lo valía. Allí estaba tout Paris,

como hubiera dicho madame Boisgeloup, desde el aprendiz más humilde hasta el más

noble caballero. Me agradó comprobar además, al echar un vistazo al palco real

situado a mi izquierda, que la Reina había elegido para la ceremonia un atavío casi

idéntico al mío. Su traje era de un, quizá, demasiado aristocrático color burdeos, pero

las plumas de su cabeza, en cambio, eran tricolores y tan revolucionarias como las

mías.

El día había amanecido gris y amenazaba lluvia, pero nada pareció deslucir el

gran acontecimiento, al menos al principio. Trescientas mil personas (quinientas mil

según otros cálculos más optimistas) se dieron cita en el Champ de Mars, que lucía

espléndido después de tantos preparativos. Reparé en que la mayoría de los presentes

llevaba el llamado gorro frigio, que, según me explicó alegremente Blondinet,

comenzaba a hacerse muy popular porque estaba inspirado en los bonetes que usaran antaño los esclavos romanos que lograban alcanzar su libertad. Vale la pena señalar

además que dieciocho mil guardias nacionales, con mi amigo La Fayette al frente,

tomaron parte en un gran desfile patriótico que dio paso más tarde a la celebración de

una misa. Arriba, en el altar, tan bizarro como siempre y arrastrando con gran

majestad su pierna tullida, pude ver a Talleyrand presto a oficiar misa acompañado en

esta ocasión por sesenta capellanes, todos ellos sacerdotes constitucionales,

naturalmente. El gesto de elevar los brazos durante la consagración me permitió

percatarme por primera vez de que, en efecto, tal como se contaba por ahí, el jurado

obispo de Autun no lucía bajo la casulla el alba blanca, como es habitual, sino una

tricolor a juego con las escarapelas que campeaban en los sombreros o en las solapas

de todos los presentes.

Fue más o menos hacia la comunión cuando empezaron a caer las primeras gotas.

Algunos criados de la familia real intentaron entonces desplegar sus paraguas para

proteger a los reyes, pero la muchedumbre protestó airadamente: «¡Nada de

paraguas! ¡Queremos verles la cara!».

Me volví para mirar a los soberanos. El Rey estaba serio, con una gran escarapela

tricolor posada en su sombrero como una incongruencia. Su cara era la de alguien que

no sabe bien qué hacer o a quién mirar. Su ojos iban del pueblo llano engalanado a

los ci-devant nobles (o, lo que es lo mismo, «los ex nobles»), que vestían de negro y

parecían una procesión funeraria. Por fin, algo distrajo la atención del Rey y también

la de todos los presentes.

Era La Fayette en su caballo blanco que se acercaba caracoleando hasta llegar al

estrado. El llamado héroe del Nuevo Mundo no miró al Rey, tampoco a ninguno de

nosotros; estaba demasiado inmerso en la representación de su papel de gran figura

aclamada por la multitud. Descabalgó, subió las escaleras del escenario bellamente

construido días atrás por los ciudadanos, incluido el Rey, y se dispuso a jurar

fidelidad a la Nación, y a la Ley; juramento que fue coreado con júbilo por todos los

presentes. Empezaba ahora a arreciar la lluvia, pero a nadie pareció importarle. En

ese momento, La Fayette se acercó al Rey para ofrecerle que jurara también. Luis

XVI miró primero al cielo y luego a María Antonieta, que tenía una gélida sonrisa en

sus labios. Todos lo vimos vacilar e incluso llevarse la mano a la escarapela tricolor,

como si aquello le estorbara o le ahogase. Por fin logró trocar el gesto en una especie

de saludo tímido a la concurrencia y la muchedumbre prorrumpió en aplausos.

Extendió entonces la mano. «Yo juro…», dijo, y a continuación sus palabras

quedaron silenciadas por un gran trueno seguido de varios relámpagos.

Ahora sí que llovía a mares. Las bellas terrazas de tierra, tan naturales y

bucólicas, empezaron a deshacerse como azucarillos en el agua. Las plumas de mi

tocado hacía rato que se habían desmayado sobre mi cabeza, la gente corría en

desbandada buscando cobijo y hasta Talleyrand, con sus albas tricolores, intentaba sin mucho éxito mantener cierta compostura, si no eclesiástica, al menos revolucionaria,

a la hora de sortear los charcos.

Entonces fue cuando una voz a mi derecha dijo algo que me hizo girarme. Se

trataba de un anciano caballero con peluca y librea, debía de tener lo menos setenta

años y se resguardaba del viento y la lluvia con un gran paraguas verde, el denostado

color de los nobles. «¿Ve usted, madame? –dijo señalando las nubes con un gesto

burlón y sabio–. On dirait que le ciel est aristocratique».

Cuando por fin Alex, Félix y yo pudimos llegar, calados hasta los huesos, a

nuestro carruaje y ya estábamos a buen recaudo, intenté comentar con ellos lo que

había dicho el anciano. «¡En verdad se diría que el cielo es aristocrático!», dije, pero

ninguno de los dos pareció ver gracia alguna en aquella ironía. Tanto Alex como

Blondinet, con sus bellos rizos rubios chorreando agua, se robaban la palabra para

admirarse de lo magnífico que estaba el Champ de Mars a pesar del diluvio, de la

majestuosa entrada de La Fayette en su caballo blanco y de lo vistosa que había

resultado la misa de Talleyrand, concelebrada con tantos sacerdotes jurados. Yo

asentía a todo con la cabeza, pero lo cierto es que la forma en que aquel alarde de

triunfo revolucionario había sido disuelto por una tormenta no podía por menos que

hacerme cavilar. Mis amigos parisinos decían siempre que yo tenía algo de gitana y

de adivina, que mi sangre española me permitía anticipar cosas que otros no veían.

Los franceses siempre exageran el exotismo de los extranjeros: haber nacido en

Carabanchel no aporta, desde luego, tantos poderes enigmáticos como nacer en el

Sacromonte, que yo sepa, pero aun así debo decir que una cierta inquietud se había

despertado en mi interior. Miré por la ventanilla intentando distraerme.

Remontábamos ahora lentamente la Rue Saint-Honoré con nuestro carruaje rodeado

de patriotas de toda edad y condición que, llenos de alegría, celebraban su nacimiento

civil. Los gritos eran de júbilo, de entusiasmo en el futuro, de amor a la naturaleza y,

sin embargo, entre sus voces fueron colándose poco a poco otras que coreaban una

canción que nació esa misma tarde y que estaba destinada a ser, junto a La

Marsellesa, un himno de la Revolución. Su nombre es Ça ira y dice así:

 

Ah! ça ira, ça ira, ça ira!

En dépit des aristocrates et de la pluie,

ah! ça ira, ça ira, ça ira!

Nous nous mouillerons, mais ça finira.

 

Aquella noche al llegar a casa abracé a Devin de Fontenay, mi marido, como no

lo había hecho desde los primeros días de nuestro noviazgo.

–¿Estás bien, Thérésia? –me preguntó con la frialdad que acompañaba siempre

nuestras conversaciones, pero también con no poca extrañeza.

–Abrázame –le dije–. Abrázame fuerte, te lo ruego.

Él me miró con esos ojos suyos azules y helados en los que no brillaba hacia mí más afecto que el que se le tiene a un objeto propio y muy bello pero que ya no

despierta emoción alguna.

–He intentado decírtelo muchas veces, pero tú preferías aceptar la visión ingenua

de esos pisaverdes que te rodean y que se dicen tan «avanzados». De esos aprendices

de brujo que coquetean con la libertad hasta que ésta se desata y lo arrasa todo. Lo

que está ocurriendo en París… –dijo. Y a continuación dio rienda suelta a toda una

serie de temores propios de la clase que él representaba, la de quien ha sido consejero

real y, a pesar de un cierto coqueteo con los jacobinos, tiembla al oír hablar de

patriotas y de escarapelas tricolores y de explosiones de júbilo. Habló de lo que

estaba pasando en la calle. De la peligrosa contradicción que existía entre un pueblo

que por mucha fiesta y mucha algarabía que hubiera, lo cierto es que no tenía pan que

dar a sus hijos cuando llegaba a casa cansado de cantar Ça ira. También de lo fácil

que era para las clases acomodadas dejarse engañar por las situaciones de euforia y

del peligro de coquetear con las pasiones más sensibles del ser humano. Nuestra

conversación de aquella noche fue paradigmática de lo que nos ocurría a todos por

aquellos tiempos. Nos debatíamos entre la esperanza y la desazón, la euforia y el

temor, mientras que el pueblo lo hacía entre la quimera y la desconfianza, la ilusión y

el hambre. Un día todos pensábamos que, en efecto, Ça ira; es decir, que todo iría

bien. Al siguiente no podíamos por menos que temer que la ilusión y el deseo de

cambio de todos los franceses hubiera despertado a un monstruo cuya cara nadie

conocía aún. ¿Sería verdad aquello que decía el señor Moratín de que el camino del

infierno está siempre empedrado de buenas intenciones? ¿Y qué habría sido, por

cierto, de mi buen amigo, el de los amores tristes, el de los buenos consejos?

Frente al optimismo desbordado de mis dos amantes y el pesimismo agorero de

mi marido, yo echaba en falta el punto de vista ponderado y sensato de aquel viejo

camarada que siempre acertaba en sus diagnósticos.