La cinta roja
Le ciel est aristocratique
M uchos autores, tan sesudos ellos, desdeñan hablar en sus libros de modas, peinados u otras fruslerías que consideran frívolas o demasiado «mujeriles». Yo, por mi parte, siempre he reivindicado la frivolidad, que me parece el mejor antídoto contra los rigores y desdichas de este valle de lágrimas; y, en cuanto a
lo mujeril, qué quieren que les diga, soy mujer y me encanta serlo. Por eso, si unas
páginas más atrás, al hablar de la toma de la Bastilla lo hice valiéndome del orinal del
marqués de Sade, ahora, para narrar los muy serios acontecimientos posteriores a la
toma de la prisión me dispongo a disertar sobre pelucas y libreas. Y es que, como se
verá muy pronto, ambas prendas simbolizaban algo muy denostado y también
contrario a los nuevos e imperantes aires de renovación; representaban los modos y
modas del Ancien Régime, cuya ostentación e hipocresía decadente todo el mundo
estaba de acuerdo en enterrar.
Como ya he señalado al principio de estas memorias, aun antes de los estallidos
que habrían de cambiar Francia ya los fabricantes de pelucas se habían quejado al
Rey de su situación: «Algunos caballeros, sire, empiezan a ir ahora con la cabeza
descubierta y ello es un signo de indecoro manifiesto y una afrenta a Su Majestad»,
escribieron en una carta conjunta enviada a Luis XVI. Y en efecto lo era, puesto que
el buen rey Luis siguió usando peluca y empolvando su cabeza hasta poco antes de
que ésta rodara bajo la cuchilla de la Louisette. Por eso, y en contraste, en la Francia
revolucionaria todos (excepto, curiosamente, el señor Robespierre, que siguió
empolvando su cabellera hasta el día en que subió al patíbulo) comenzaron, de un día
para otro, a ir con la cabeza descubierta. Y es que si, por un lado, prescindir de la
peluca significaba una ruptura con el pasado y con la monarquía, por otro
simbolizaba algo igualmente deseable: los aires de fraternidad y el deseo de
asemejarse (aunque sólo fuera en la estética) al pueblo llano.
También la librea, prenda por excelencia de la clase alta, fue arrinconada por
aquel entonces y debido a las mismas razones. La palabra librea en sí ya es
reveladora: viene de livrée, es decir, «cosa librada o entregada al criado». Y es
interesante señalar que estas casacas confeccionadas en seda o terciopelo eran usadas
por los caballeros, pero también por los criados, hasta el estallido de la Revolución. A
partir de ese momento, los caballeros la sustituyeron por otras chaquetas más simples
y de tela oscura, como las que usaba el Tercer Estado. Prendas negras o gris oscuro
que se acompañaban de calzón del mismo color y medias negras, lo que confería a
sus portadores un severo (y en mi opinión inquietante) aspecto de aves de mal agüero.
Tal indumentaria se completaba además con el uso en la mano derecha de un bastón
que el caballero solía descargar en no pocas ocasiones, y «fraternalmente», sobre las
costillas del obtuso criado para hacerle comprender que ahora era un ciudadano libre por lo que no debía seguir llevando la tan denostada y abolida librea.
Todos estos modos y modas masculinas se veían ahora pasear por el París
posterior a la toma de la Bastilla unidos a la costumbre de las damas de imitar a las
pescaderas no sólo en su forma de hablar, que se llamaba poissard, sino también en
su atuendo. Rojo, azul y blanco eran los colores de todas las temporadas, invierno y
verano, otoño y primavera, mientras que los vestidos se inspiraban en las anchas y
burdas faldas de las mujeres del pueblo. El cabello masculino también seguía la moda
de los que a partir de ese momento comenzaron a llamarse sans-culottes. Éstos
llevaban el pelo largo hasta los hombros y gran bigote. En cuanto a la expresión sans-
culotte, se refiere al hecho de que los hombres del pueblo no usaban pantalones a la
rodilla, sino largos hasta los tobillos, atuendo que solía completarse con una chaqueta
corta o carmagnole, gorro frigio rojo y zuecos. En cuanto a las tejedoras o
tricoteuses, que tan famosas se habrían de hacer en la Revolución, creo que también
merecen unas líneas. Desde el principio del nuevo régimen, las sesiones de la
Asamblea de Representantes debían ser públicas y, para asegurarse la presencia del
pueblo, la Convención pagaba cincuenta sueldos por día a las mujeres para que
asistieran a dichas reuniones. Por decreto, a estas mujeres se las autorizaba a tejer
durante las sesiones, y de ahí su nombre. Más tarde se harían tristemente famosas
porque se les pagaría por insultar a los reos que eran conducidos a la guillotina.
También ellas adoptaron muy pronto su particular atuendo revolucionario compuesto
de gorro frigio y banda tricolor sobre sus vestidos de tela basta, que algunas damas
imitaban en telas finas para «contribuir» así al espíritu igualitario de la época.
Coincidieron todas estas nuevas formas de vestir con otros hechos interesantes
que iban a cambiar la forma de relacionarse las personas. Por aquel entonces, además
de suprimirse todos los títulos nobiliarios (incluido, huelga decir, nuestro recién
adquirido marquesado de Fontenay), desterrados quedaron también los decadentes
«madame» y «monsieur». La costumbre era dirigirse los unos a los otros con un
simple «ciudadana X» o «ciudadano Z», lo que facilitaba mucho la tan deseada
confraternización. Incluso se erradicó el usted. A partir de ese momento todos
comenzamos a tutearnos familiarmente para que nuestras vidas respiraran égalité y
también fraternité. De este modo, por la calle la gente se saludaba sin conocerse,
todos reíamos y, al menos en apariencia, Francia entera era una fiesta.
Sin embargo, si hubo una celebración en concreto en la que los nuevos modos y
modas se pusieron de manifiesto de forma más que evidente, ésta fue la muy célebre
fiesta de la Federación Nacional convocada para conmemorar el primer aniversario
de la toma de la Bastilla.
–No puedes faltar de ninguna manera, Thérésia –me había dicho unas semanas antes de la fecha Alex Lameth mientras intentaba convencerme de que lo acompañara
al Champ de Mars, enclave en el que iba a tener lugar la celebración–. ¡Tienes que
ver lo que es aquello! Desde hace días la ciudad entera colabora con los preparativos.
Se está construyendo un inmenso anfiteatro, todo muy natural y muy sensible. Lo
preside un gran montículo de tierra y césped en el que hombres, mujeres y niños
trabajan codo con codo para demostrar su afecto y alegría por tan gran ceremonia de
fraternidad nacional. ¡Pero si hasta se ha podido ver por allí al Rey! Imagínate a Su
Majestad con una pala en la mano (un poco a desgana, todo hay que decirlo, nunca
aprenderá este Luis a ser un buen ciudadano), pero destripando terrones como los
demás.
–¿Destripando terrones con una pala? –pregunté verdaderamente sorprendida.
Desde la caída de la Bastilla, yo me había sumado de modo entusiasta a la
efervescencia y el optimismo reinantes. Acudía todas las semanas a las reuniones del
Club de 1789 y colaboraba con otras iniciativas de carácter ciudadano, pero de
pronto, por alguna razón que sólo acierto a llamar intuitiva, aquella imagen tan
«fraternal» del Rey cavando no acababa de tranquilizarme–. ¿Y qué más se está
preparando para tan importante día? –pregunté sin hacer mucho caso a mi intuición y
con mi mejor sonrisa.
–Es increíble –respondió Lameth con ojos chispeantes–. Lo nunca visto. La
ciudad entera trabaja día y noche: nobles, pescaderas, tenderos, curas, estudiantes,
prestamistas, actores, prostitutas, banqueros… El que no tira de la carretilla maneja el
pico o la pala o acarrea sacos de arena. Allí estamos todos, Thérésia, los La Fayette,
los Mirabeau, los Saint-Fargeau, ¡sólo faltas tú!
Confieso que no fui a los preparativos –la albañilería y la horticultura, aunque
sean patrióticas, nunca fueron lo mío–, pero desde luego sí estuve en la fiesta. Y
acudí vestida «a la ciudadana», con la amplia falda a la moda y plumas blancas y
azules adornando mi sombrero. La ocasión sin duda lo valía. Allí estaba tout Paris,
como hubiera dicho madame Boisgeloup, desde el aprendiz más humilde hasta el más
noble caballero. Me agradó comprobar además, al echar un vistazo al palco real
situado a mi izquierda, que la Reina había elegido para la ceremonia un atavío casi
idéntico al mío. Su traje era de un, quizá, demasiado aristocrático color burdeos, pero
las plumas de su cabeza, en cambio, eran tricolores y tan revolucionarias como las
mías.
El día había amanecido gris y amenazaba lluvia, pero nada pareció deslucir el
gran acontecimiento, al menos al principio. Trescientas mil personas (quinientas mil
según otros cálculos más optimistas) se dieron cita en el Champ de Mars, que lucía
espléndido después de tantos preparativos. Reparé en que la mayoría de los presentes
llevaba el llamado gorro frigio, que, según me explicó alegremente Blondinet,
comenzaba a hacerse muy popular porque estaba inspirado en los bonetes que usaran antaño los esclavos romanos que lograban alcanzar su libertad. Vale la pena señalar
además que dieciocho mil guardias nacionales, con mi amigo La Fayette al frente,
tomaron parte en un gran desfile patriótico que dio paso más tarde a la celebración de
una misa. Arriba, en el altar, tan bizarro como siempre y arrastrando con gran
majestad su pierna tullida, pude ver a Talleyrand presto a oficiar misa acompañado en
esta ocasión por sesenta capellanes, todos ellos sacerdotes constitucionales,
naturalmente. El gesto de elevar los brazos durante la consagración me permitió
percatarme por primera vez de que, en efecto, tal como se contaba por ahí, el jurado
obispo de Autun no lucía bajo la casulla el alba blanca, como es habitual, sino una
tricolor a juego con las escarapelas que campeaban en los sombreros o en las solapas
de todos los presentes.
Fue más o menos hacia la comunión cuando empezaron a caer las primeras gotas.
Algunos criados de la familia real intentaron entonces desplegar sus paraguas para
proteger a los reyes, pero la muchedumbre protestó airadamente: «¡Nada de
paraguas! ¡Queremos verles la cara!».
Me volví para mirar a los soberanos. El Rey estaba serio, con una gran escarapela
tricolor posada en su sombrero como una incongruencia. Su cara era la de alguien que
no sabe bien qué hacer o a quién mirar. Su ojos iban del pueblo llano engalanado a
los ci-devant nobles (o, lo que es lo mismo, «los ex nobles»), que vestían de negro y
parecían una procesión funeraria. Por fin, algo distrajo la atención del Rey y también
la de todos los presentes.
Era La Fayette en su caballo blanco que se acercaba caracoleando hasta llegar al
estrado. El llamado héroe del Nuevo Mundo no miró al Rey, tampoco a ninguno de
nosotros; estaba demasiado inmerso en la representación de su papel de gran figura
aclamada por la multitud. Descabalgó, subió las escaleras del escenario bellamente
construido días atrás por los ciudadanos, incluido el Rey, y se dispuso a jurar
fidelidad a la Nación, y a la Ley; juramento que fue coreado con júbilo por todos los
presentes. Empezaba ahora a arreciar la lluvia, pero a nadie pareció importarle. En
ese momento, La Fayette se acercó al Rey para ofrecerle que jurara también. Luis
XVI miró primero al cielo y luego a María Antonieta, que tenía una gélida sonrisa en
sus labios. Todos lo vimos vacilar e incluso llevarse la mano a la escarapela tricolor,
como si aquello le estorbara o le ahogase. Por fin logró trocar el gesto en una especie
de saludo tímido a la concurrencia y la muchedumbre prorrumpió en aplausos.
Extendió entonces la mano. «Yo juro…», dijo, y a continuación sus palabras
quedaron silenciadas por un gran trueno seguido de varios relámpagos.
Ahora sí que llovía a mares. Las bellas terrazas de tierra, tan naturales y
bucólicas, empezaron a deshacerse como azucarillos en el agua. Las plumas de mi
tocado hacía rato que se habían desmayado sobre mi cabeza, la gente corría en
desbandada buscando cobijo y hasta Talleyrand, con sus albas tricolores, intentaba sin mucho éxito mantener cierta compostura, si no eclesiástica, al menos revolucionaria,
a la hora de sortear los charcos.
Entonces fue cuando una voz a mi derecha dijo algo que me hizo girarme. Se
trataba de un anciano caballero con peluca y librea, debía de tener lo menos setenta
años y se resguardaba del viento y la lluvia con un gran paraguas verde, el denostado
color de los nobles. «¿Ve usted, madame? –dijo señalando las nubes con un gesto
burlón y sabio–. On dirait que le ciel est aristocratique».
Cuando por fin Alex, Félix y yo pudimos llegar, calados hasta los huesos, a
nuestro carruaje y ya estábamos a buen recaudo, intenté comentar con ellos lo que
había dicho el anciano. «¡En verdad se diría que el cielo es aristocrático!», dije, pero
ninguno de los dos pareció ver gracia alguna en aquella ironía. Tanto Alex como
Blondinet, con sus bellos rizos rubios chorreando agua, se robaban la palabra para
admirarse de lo magnífico que estaba el Champ de Mars a pesar del diluvio, de la
majestuosa entrada de La Fayette en su caballo blanco y de lo vistosa que había
resultado la misa de Talleyrand, concelebrada con tantos sacerdotes jurados. Yo
asentía a todo con la cabeza, pero lo cierto es que la forma en que aquel alarde de
triunfo revolucionario había sido disuelto por una tormenta no podía por menos que
hacerme cavilar. Mis amigos parisinos decían siempre que yo tenía algo de gitana y
de adivina, que mi sangre española me permitía anticipar cosas que otros no veían.
Los franceses siempre exageran el exotismo de los extranjeros: haber nacido en
Carabanchel no aporta, desde luego, tantos poderes enigmáticos como nacer en el
Sacromonte, que yo sepa, pero aun así debo decir que una cierta inquietud se había
despertado en mi interior. Miré por la ventanilla intentando distraerme.
Remontábamos ahora lentamente la Rue Saint-Honoré con nuestro carruaje rodeado
de patriotas de toda edad y condición que, llenos de alegría, celebraban su nacimiento
civil. Los gritos eran de júbilo, de entusiasmo en el futuro, de amor a la naturaleza y,
sin embargo, entre sus voces fueron colándose poco a poco otras que coreaban una
canción que nació esa misma tarde y que estaba destinada a ser, junto a La
Marsellesa, un himno de la Revolución. Su nombre es Ça ira y dice así:
Ah! ça ira, ça ira, ça ira!
En dépit des aristocrates et de la pluie,
ah! ça ira, ça ira, ça ira!
Nous nous mouillerons, mais ça finira.
Aquella noche al llegar a casa abracé a Devin de Fontenay, mi marido, como no
lo había hecho desde los primeros días de nuestro noviazgo.
–¿Estás bien, Thérésia? –me preguntó con la frialdad que acompañaba siempre
nuestras conversaciones, pero también con no poca extrañeza.
–Abrázame –le dije–. Abrázame fuerte, te lo ruego.
Él me miró con esos ojos suyos azules y helados en los que no brillaba hacia mí más afecto que el que se le tiene a un objeto propio y muy bello pero que ya no
despierta emoción alguna.
–He intentado decírtelo muchas veces, pero tú preferías aceptar la visión ingenua
de esos pisaverdes que te rodean y que se dicen tan «avanzados». De esos aprendices
de brujo que coquetean con la libertad hasta que ésta se desata y lo arrasa todo. Lo
que está ocurriendo en París… –dijo. Y a continuación dio rienda suelta a toda una
serie de temores propios de la clase que él representaba, la de quien ha sido consejero
real y, a pesar de un cierto coqueteo con los jacobinos, tiembla al oír hablar de
patriotas y de escarapelas tricolores y de explosiones de júbilo. Habló de lo que
estaba pasando en la calle. De la peligrosa contradicción que existía entre un pueblo
que por mucha fiesta y mucha algarabía que hubiera, lo cierto es que no tenía pan que
dar a sus hijos cuando llegaba a casa cansado de cantar Ça ira. También de lo fácil
que era para las clases acomodadas dejarse engañar por las situaciones de euforia y
del peligro de coquetear con las pasiones más sensibles del ser humano. Nuestra
conversación de aquella noche fue paradigmática de lo que nos ocurría a todos por
aquellos tiempos. Nos debatíamos entre la esperanza y la desazón, la euforia y el
temor, mientras que el pueblo lo hacía entre la quimera y la desconfianza, la ilusión y
el hambre. Un día todos pensábamos que, en efecto, Ça ira; es decir, que todo iría
bien. Al siguiente no podíamos por menos que temer que la ilusión y el deseo de
cambio de todos los franceses hubiera despertado a un monstruo cuya cara nadie
conocía aún. ¿Sería verdad aquello que decía el señor Moratín de que el camino del
infierno está siempre empedrado de buenas intenciones? ¿Y qué habría sido, por
cierto, de mi buen amigo, el de los amores tristes, el de los buenos consejos?
Frente al optimismo desbordado de mis dos amantes y el pesimismo agorero de
mi marido, yo echaba en falta el punto de vista ponderado y sensato de aquel viejo
camarada que siempre acertaba en sus diagnósticos.