La cinta roja

Carmen Posadas · Capítulo 47 de 56

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La cinta roja

Menosprecio y descortesía

 

C on la marcha de Tallien a Egipto cesaron también aquellas pesadillas que antes me atormentaban. Me refiero a las que de vez en cuando me visitaban para revivir el día en que, del brazo de Junot y junto a Josefina, alguien en la calle me había increpado gritando: «¡Viva Nuestra Señora de Septiembre!». Cierto es que ya la

gente no me distinguía al pasar con los amables epítetos de antes, sino con un forzado

silencio. Pero como el ser humano posee un indudable talento para olvidar lo malo y

buscar signos positivos que le reafirmen en sus convicciones, yo me tranquilizaba

pensando que aquella cruel acusación había sido sólo un incidente aislado, apenas

una voz discordante entre una multitud que me adoraba. Así parecían confirmarlo

además otros muchos signos positivos, como el hecho de que continuara siendo el

centro de la moda en una sociedad, la parisina, para la que dicha palabra era casi

religión. Pagana, sin duda, pero religión al fin y al cabo. Cierto es que ahora tenía que

compartir mi particular Olimpo con otra diosa cada vez más popular: la ciudadana

Bonaparte, pero ¿acaso no era ésta mi mejor amiga? A ella la nueva ausencia de su

marido la colocaba, dicho sea de paso, en la muy envidiable situación de ser la esposa

del hombre más popular del momento y, al mismo tiempo, una dama sola que podía

pasear con diversos amigos y divertirse a su antojo.

Y es que divertirse seguía siendo la consigna general, sobre todo en ciertos

círculos, más aún ahora que Francia era ya una gran potencia militar. Sin embargo,

aunque las arcas comenzaban a llenarse con el botín de guerra, también eran muchos

los caudales que se quedaban por el camino, de modo que cada vez eran más

frecuentes las voces que se alzaban para denunciar la escandalosa corrupción. Como

la del viejo Mallet du Pan, por ejemplo, a quien tanto le gustaba vocear: «¡Cada día

es más afrentosa la diferencia entre los vientres vacíos del pueblo y los malditos

vientres podridos del gobierno!», «¡Sodoma y Gomorra, amigos míos!». Y a

continuación se dedicaba a poner de relieve ciertos datos relacionados con la moral

que, según él, hablaban por sí mismos. Como el elevado número de divorcios que se

producía en París, sobre todo después de que la Convención tirara por la borda el

último lazo que constreñía la libertad personal permitiendo, de un solo golpe, que seis

mil maridos y esposas «incompatibles» se divorciaran en tan sólo doce meses. O los

cuatro mil niños abandonados que aparecían anualmente en las calles de París. O los

cuarenta y cuatro mil bastardos de otros departamentos. Tout le monde s'aime, tout le

monde se divorce. Todo el mundo se ama, todo el mundo se divorcia, se decía

entonces. Un ciudadano parisino, por ejemplo, llegó a casarse con cuatro hermanas,

una detrás de la otra, y un segundo solicitó autorización para contraer nupcias con la

madre de sus dos anteriores esposas.

En cuanto al dinero que comenzaba a llegar del exterior y el uso que de él se hacía, éste era tan escandaloso como las costumbres imperantes. Al gran número de

agiotistas, especuladores y acaparadores de todo tipo de mercancías se unían ahora

los financieros que se dedicaban a enriquecerse con los suministros al ejército.

«¡Botas de suelas tan finas como hojas de papel y ropas de abrigo confeccionadas de

paño podrido!», así describe aquellas mercancías el tronante Mallet du Pan, pero tal

vez exagerase un tanto, porque hay que tener en cuenta que Mallet du Pan era un

agente secreto de los realistas que deseaba a cualquier precio acabar con el Directorio

y con todos sus corruptos amigos.

Entre estos suministradores del ejército había por cierto un caballero que hacía

tiempo se había convertido en asiduo a nuestras reuniones. Se llamaba Gabriel-Julien

Ouvrard y su aspecto físico distaba mucho del tipo que la caricatura ha fijado para los

hombres de su profesión. No era ostentoso en sus maneras ni burdo en su trato;

tampoco era viejo ni gordo, sino muy joven, apenas veintiocho años, y tenía un físico

más que agradable, así como una prudencia que bien podía confundirse con

elegancia. Todo lo contrario, dicho sea de paso, que Barras, quien por esas mismas

fechas se encontraba redecorando de arriba abajo una de sus carísimas propiedades en

las afueras de París, la llamada Grosbois, que había pertenecido a Monsieur, es decir,

al hermano del guillotinado Luis XVI. Durante meses, un batallón de carpinteros,

albañiles, tapiceros, broncistas, pintores, jardineros y operarios de todo tipo

trabajaron sin descanso para entregar al ciudadano Barras, que antaño votara la

muerte de Luis XVI, un palacio digno de un rey. En realidad, podría decirse que todo

lo que había en aquella magnífica residencia parecía desmentir la reciente historia de

Francia. La opulencia y la ostentación eran tan similares a las del Antiguo Régimen

que resultaba difícil creer que entre aquel lujo desmedido y éste casi obsceno hubiera

tanta sangre, tanto sufrimiento y tantos cadáveres. Grosbois se convirtió muy pronto

en el centro de reunión de todos los hombres relevantes del momento. Por allí podía

verse a los diversos integrantes de la sociedad de entonces: los convencionales, los

militares brillantes (salvo Napoleón, que seguía a la sombra de las pirámides),

también los émigrés, que habían vuelto a Francia y ahora ocupaban de nuevo un lugar

destacado en sociedad. Entre ellos estaba, como ya hemos visto, el ciudadano

Talleyrand, reconvertido ahora en ministro de Asuntos Exteriores del Directorio.

Porque, igual que las aves retornan cuando comienza a caldear el sol tras el crudo

invierno, también este avispado pájaro estaba de regreso y con él sus suaves modales.

Así, un día de los primeros en que todos nos encontrábamos disfrutando de uno de los

nuevos y más bellos salones de Grosbois, recuerdo que se acercó a mí con estas

palabras:

–Querida, hace tiempo que quería deciros que estáis tan bella como la última vez

que nos vimos antes del diluvio. ¡Pero si incluso se diría que os encontráis en la

misma deliciosa situación de entonces! Ved si no: estáis aquí, de pie, junto a una mesa de juego mirando el ir y venir de los naipes mientras vuestro hombre despluma

a los incautos. Realmente, ma chére, hay que reconocer que plus ça change, plus c'est

la même chose[9].

Aun suponiendo que su comentario no tuvieran intención de herirme y sólo se

tratara de un pequeño chiste de esos que tanto gustan a los personajes mundanos, lo

cierto es que sus palabras fueron una bofetada en pleno rostro. Sin duda, el encuentro

«antes del diluvio» del que hablaba había tenido lugar en Fontenay-aux-Roses cuando

yo estaba casada con mi primer marido. Fontenay era entonces consejero del Rey,

empedernido jugador de cartas y un mujeriego que jamás me había amado. ¿Y cuál

era mi situación actual? Yo no era ni siquiera la esposa, sino la amante del hombre

fuerte del régimen actual. Barras, al igual que Fontenay, era jugador, pero no sólo con

los naipes y con los corazones femeninos como aquél, sino con todo tipo de turbios

negocios Y por último, al igual que ocurría con Fontenay, Barras nunca me había

amado.

Yo, por mi parte, no me había hecho ilusiones respecto de sus sentimientos. Otros

muchos errores he podido cometer en mi vida, pero desde luego no el de engañarme

acerca de lo que sienten los hombres por mí. Siempre supe que Barras sólo tenía un

amor, y era ese que se le aparecía cada mañana en el espejo mientras su criado lo

rasuraba. Yo era para él otra cosa que nada tenía que ver con los sentimientos. Un

adorno, una anfitriona brillante para sus muchas fiestas, el complemento perfecto

para su éxito; en otras palabras, poco más que una bella pluma en el su ya de por sí

ostentoso sombrero de héroe de la República.

Como en tantas ocasiones en mi vida cuando ésta se volvía amarga, sonreí. Más

aún, reí a carcajadas ante la ocurrencia de Talleyrand. No podía dejar que ninguna de

aquellas personas para las que el éxito era su único dios, adivinaran que la valiente

madame Thermidor, la compasiva Señora del Buen Socorro –y, sobre todo, la que

ellos más admiraban–, la muy bella Teresa Cabarrús, sufría.

–Tenéis razón –le dije al ex obispo, ex revolucionario y ahora ministro de

Francia–, qué frase tan acertada la vuestra, amigo mío, prometedme que seguiremos

con esta conversación más tarde. Ahora debo asegurarme de que todo está listo para

que podamos pasar al comedor a su hora. ¿Os gusta el faisán, Talleyrand?

 

Mientras me dirigía hacia la puerta del comedor con tan tonta excusa me volví para

observar aquel mundo que yo había elegido como mío. Allí estaban todos los actores

principales de la actual comedia francesa: madame Récamier, vestida de rosa pastel

representando su sempiterno papel de virgen intacta con la repetitiva estrategia de

excitar y luego desdeñar a los hombres; Paul Barras, apostando en una mano de whist

lo que un hombre honrado tardaba un año en ganar, pero que representaba tan sólo una ínfima cantidad de lo que él había acumulado impostando el inverosímil papel de

político honesto en la Convención; Germaine de Staël, con su turbante a la criolla que

de ningún modo lograba suavizar sus rasgos equinos y filosofando con un émigré

sobre la miseria humana mientras bebían champagne; y por fin Rose, la actual

Josefina Bonaparte. Podía verla allí, junto a la ventana, rodeada de un sinfín de

aduladores. Era el centro de atención, en especial de los que intuían que, muy pronto,

los vientos comenzarían de nuevo a rolar. Ella, por su parte, los escuchaba muy atenta

y muy solícita, dedicándoles por turnos esa sonrisa de enigmática Gioconda que yo

misma le había enseñado a perfeccionar y que no escondía misterio alguno salvo una

muy mala dentadura.

Sí, ése era mi mundo, el que había surgido a la sombra de la guillotina después de

que tantos miles de personas la hubieran regado con su sangre. Uno en el que yo

brillaba no por mis buenas obras, pues todo se olvida con suma rapidez, sino por mi

belleza y sobre todo por estar cerca del poder. No cabía duda de que tenía razón

Talleyrand y la cínica frase plus ça change, plus c'est la même chose: cuanto más

cambian las cosas, más continúan siendo lo que eran antes.

–¿Estáis bien, madame? Tened, se os acaba de caer el abanico. Un rostro tan bello

debería tener siempre a mano tan útil implemento no sólo para no deslumbrar

demasiado a quienes lo miran, sino también para ocultarse cuando sus pensamientos

requieren un momento de privacidad.

Era Gabriel Ouvrard quien así se dirigía a mí tendiéndome el abanico de nácar

que se me había caído. Agradecí su gesto, pero fui incapaz de contestar. En París,

ahora como antes del diluvio, se estilaban las respuestas ingeniosas o, en su defecto,

las boutades u ocurrencias, pero ni una cosa ni otra me venía a la cabeza. A falta de

palabras sonreí mientras me detenía unos segundos en estudiar el rostro de aquel

hombre. Lo que me acababa de decir podía interpretarse como un atrevimiento o

como una gentileza; elegí tomarlo como lo segundo, pues me pareció más acorde con

la sonrisa franca y admirativa que me dedicaba. Él siempre había sido

extremadamente atento y generoso conmigo.

–Mil gracias –dije, y añadí–: Hacía tiempo que no os veía, Ouvrard. Imagino que

ahora que nuestros gloriosos soldados ganan todas las batallas vuestra tarea como

suministrador del ejército se habrá multiplicado. Decidme, ¿os gustaría que diéramos

un paseo? Dadme vuestro brazo, hace una tarde espléndida.

 

Aquella noche volví a soñar. En mi pesadilla, la voz que gritaba «¡Viva Nuestra

Señora de Septiembre!» era ahora la de Barras, que reía a carcajadas mientras una

muchedumbre entusiasta admiraba mi atuendo de merveilleuse, mi pelo entretejido de

diminutas perlas, las joyas que cubrían mi pecho y los dedos de mis pies llenos de sortijas. Poco a poco se fue dispersando la multitud hasta que quedamos él y yo,

solos, frente a frente. Entonces, tomando mi cara entre sus manos, cuajadas también

de anillos, pude ver cómo Barras bajaba la voz para decir, casi en un susurro: «Lo

siento, querida, voy a tener que prescindir de ti. Te has convertido en un lujo

demasiado caro, trop cher, ma belle, vraiment trop cher». Y luego reía con esa risa

suya que yo, oh Dios mío, aún tanto amaba. Pero el sueño no acababa ahí. A

continuación pude reparar en cómo Barras se volvía hacia otra figura que estaba junto

a él para decirle: «Una mujer como ella os convendría mucho a vos, Ouvrard. Ahora

que sois tan indecentemente rico gracias a mi amistad, a la patria y a los soldados de

Francia, os irá de maravilla un adorno como Teresa Cabarrús. Tened, os la regalo. ¿O

preferís tal vez que nos la juguemos al whist? Claro que si no aceptáis mi generoso

ofrecimiento, lamentándolo mucho, la concesión que tenéis para suministrar bienes al

ejército podría caducar...».

Me desperté con esa inexplicable sensación de peligro que más responde a un

instinto animal que a una verdadera amenaza. El corazón me latía con fuerza y por

mucho que intenté calmarme diciéndome que aquello no era más que otra de mis

pesadillas, cada vez que cerraba los ojos volvía a ver el rostro de Barras

pronunciando aquellas crueles palabras: «Trop cher, ma belle, trop cher». Salté de la

cama, apenas eran las siete de la mañana. Por aquel entonces yo, al igual que todas

mis amigas, tenía la costumbre de levantarme tarde, rara vez antes del mediodía y en

ocasiones bien entrada la tarde. Por eso debió de ser una sorpresa para Frenelle que la

llamara tan temprano y así pareció traslucirse en su pregunta:

–¿Estáis bien, madame?

–Sólo es otra de mis pesadillas –le dije, pero me cuidé mucho de confesarle que

ésta no era como las anteriores, sino que tenía como protagonista a mi amante. Y es

que si no lo he dicho antes lo diré ahora: Frenelle siempre odió a Barras. Desde el

comienzo de nuestra relación, y sobre todo ahora que ella y yo pernoctábamos con

más frecuencia en casa de Barras que en la mía, Frenelle se limitaba a desempeñar

estrictamente sus labores domésticas y a tratarme con una lejana deferencia que al

principio me impacientó y que más tarde procuré ignorar. Lejos quedaban ya los

tiempos en que éramos cómplices y amigas o, más aún, compañeras de aventuras. Ya

no era para ella «Teresa», sólo «madame».

–¿Deseáis que abra las cortinas, madame?

–Gracias, Frenelle...

Se dirigió hacia la ventana y una vez que se hizo la luz miró hacia el lecho.

Entonces pude comprobar cómo en sus labios asomaba una sonrisa cuyo significado

no me fue difícil adivinar: Frenelle se congratulaba al comprobar que Barras, la

noche anterior, no había compartido mi cama. Sin embargo, si este hecho era para ella

motivo de alegría, para mí lo era de gran pesar. Hacía tres días que no me visitaba, demasiados ya.

–Hay una carta para vos –dijo a continuación Frenelle y en el mismo tono

impersonal añadió–: Arribó ayer a La Chaumiére y Bidos la ha traído hasta aquí esta

mañana. La dejaré junto a la bandeja del desayuno y si no deseáis nada más...

Se retiró sin esperar mi respuesta y yo la dejé marchar. Eran demasiadas las

preocupaciones que rondaban mi cabeza como para ocuparme de Frenelle. Sin

embargo, un nuevo motivo de pesar me esperaba al rasgar aquel sobre, puesto que la

carta era de Tallien y decía así:

 

Bella niña mía:

Nada puede ser más desgraciado que nuestras vidas aquí. Carecemos de todo. Desde hace cinco días no

logro cerrar mis ojos, debemos dormir sobre la mera tierra. Nos comen las moscas, los piojos, las chinches

y toda especie de insectos. El papel en el que escribo está húmedo de mis lágrimas. Adiós, mi bella niña, el

dulce recuerdo de ti y la esperanza de volver a veros a ti y a nuestra hijita me mantienen con vida, así

como mi único deleite es pensar en tu casa de La Chaumiére; nunca te deshagas de ella, te lo ruego.

Tu infeliz Tallien

 

La carta me llenó de infinita tristeza, no sólo por la miseria que traslucía, sino

también por su última frase. «Nunca te deshagas de La Chaumiére», apuntaba en ella

Tallien, pero lo cierto era que acababa de hacerlo. Había vendido esa casa que ambos

compartimos con la intención de comprar, más adelante, otra cerca de la de Josefina.

Pero también con la secreta esperanza de que el hecho de que mis hijos y yo

pasáramos cada vez mayor tiempo en este rimbombante palacio de Grosbois en el que

ahora me encontraba fuera algo así como la oficialización de mi entente con Barras.

Sin embargo, lo único que había logrado con mi estratagema era no tener casa propia,

mientras que Barras apenas visitaba mi lecho. Al igual que un fallido estratega que

yerra sus cálculos y es ya por siempre prisionero de un movimiento equivocado, yo

había quemado mis naves. ¿Qué me esperaba ahora?