La cinta roja

Carmen Posadas · Capítulo 11 de 56

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La cinta roja

Vamos a cambiar Francia para cambiar el mundo

Vamos a cambiar Francia para

 

cambiar el mundo

 

T al como era previsible en un país con tanta ansia de cambio, los cahiers se convirtieron de inmediato en uno de los temas favoritos de conversación en los salones de la época. Mis dos amigos más... cercanos, digamos, Alex Lameth y Félix Lepeletier, gustaban discutirlos a todas horas, incluso durante nuestros paseos más

agradables. «Comprenderás, Thérésia», me decían. Y aquí debo hacer un pequeño

inciso para explicar el porqué de esta forma de llamarme. A mí siempre me ha

gustado pronunciar mi nombre, Teresa, así, en español, y no Thérèse, Titi o Theté ni

ninguno de sus diminutivos en francés. Y es que, al igual que me esforcé en

conservar a lo largo de toda mi vida un suave acento castellano, me empeñé también

en mantener mi nombre con su sonido original. Pero la lengua de los franceses es

poco dúctil a los sonidos de mi tierra, y lo más cerca que logré que llegaran mis

amigos parisinos a su pronunciación fue a este extraño Thérésia o, en el mejor de los

casos, Thérisia. Hasta el momento sólo mi amado Laborde había logrado domeñar su

dulce lengua para que mi nombre sonara en sus labios tal como yo deseaba.

–Has de saber, Thérésia –me dijo pues mi amigo Alex Lameth mientras

paseábamos por el Palais Royal–, que he decidido junto a otros amigos colaborar en

la redacción de un cahier. Hay tantas cosas que cambiar en este caduco país que lo

mejor es hacerlo a fondo.

–Vamos –le interrumpió mi otro amigo, Félix Lepeletier, con claro desdén–, ahora

me dirás que estás pensando unirte a esos estrafalarios caballeros que pretenden

afiliarse no al Primer Estado de los nobles, tal como les corresponde, ¡sino al del

vulgo del Tercero!

Caminábamos, como digo, por los jardines del Palais Royal y yo me interesaba en

sus conversaciones políticas pero sólo a medias. Hacía una tarde gloriosa de

primavera y mi curiosidad iba por otros derroteros. Como, por ejemplo, por conocer

algunas de las nuevas atracciones que recientemente habían llegado al Palais y de las

que se hacían eco todas las publicaciones mundanas.

Debo apuntar, por si no lo he dicho antes, que el Palais Royal era uno de los

lugares más curiosos y estrafalarios del París de entonces y también, sin duda, el más

espectacular centro del placer y de la política en toda Europa. Fue el duque de

Orléans, el mismo que, una vez iniciada la Revolución, firmaría la muerte de su

primo Luis XVI y al que la historia recuerda con el muy revolucionario nombre de

Philippe Égalité, quien abrió sus jardines y galerías al público. Y hay que decir que

fue la combinación del talento empresarial del entonces duque con su pródiga, por no

decir manirrota, forma de ser la que había logrado crear aquella hermosa fantasía.

Se trataba de una curiosa mezcla de espectaculares jardines con cafés, teatros y

tiendas que se alternaban con antros de mucha más dudosa actividad. Una larga

galería conocida como Camp des Tartares, por ejemplo, albergaba tanto a prostitutas

como a ladronzuelos, y sin embargo era, a su vez, lugar de paseo reservado a grandes

damas y elegantes caballeros. En realidad, dependiendo de a qué hora se visitara

dicha galería, podía uno topar bien con un tipo de público, bien con otro. Lo más

curioso de este lugar era la posibilidad de maravillarse ante una increíble galería de

«monstruos» que allí se exhibían. Como el hombre-masa, un alemán de cerca de

doscientos kilos que podía verse encerrado en una jaula, o la Belle Zulema, una

momia que, según se contaba, tenía más de tres mil años. Por unos sous o céntimos

podía el curioso visitante acercarse a comprobar cómo su maravilloso y desnudo

cuerpo estaba en perfecto estado de conservación, tal como si acabara de exhalar su

último suspiro. Yo sabía por Félix que la Belle, a pesar de su increíble aspecto, no era

más que una figura de cera, pero el resto del público lo ignoraba y solía incluso

derramar unas piadosas lágrimas ante tan serena belleza. Y es que este tipo de

esculturas «casi vivas» hacía furor en el París de entonces. Por otro puñado de sous,

el público podía admirar también la fiel réplica en cera de la familia real ricamente

ataviada y tomando el té en Versalles; o la imagen de otros personajes muy conocidos

de la sociedad de entonces, como nuestro amigo el marqués de La Fayette fumando

una entonces muy extraña pipa traída de las Américas.

Recuerdo incluso un día en que allí mismo, en el Palais Royal, Félix me presentó

a una amiga suya, una mujer extremadamente tímida, de nombre Marie, que más

tarde pasaría a la posteridad como madame Tussaud. En aquellos años se la conocía

por su nombre de soltera, Marie Grosholz, y trabajaba a las órdenes del señor Curtius,

un médico que era dueño de aquellas figuras casi vivientes. A pesar de su timidez,

Marie era ya entonces profesora de dibujo de madame Élisabeth, hermana del Rey, lo

que, por cierto, al llegar la Revolución le traería serios, por no decir terribles,

problemas: encarcelada por realista en los años noventa, se le encomendó la lúgubre

tarea de hacer máscaras mortuorias de las cabezas –a menudo de sus amigos– recién

cortadas por la guillotina. Afortunadamente, esta fúnebre maestría suya le permitiría

años más tarde abrir un museo de cera en Londres con su nombre, que, según me

dicen, se ha hecho muy famoso.

El Palais era también el lugar preferido de los oradores. Subidos a una silla, otros

a una mesa, se dirigían a las masas hablando de política con voz vibrante y verbo

escogido. Fue ahí donde tuve la ocasión de reparar en un joven de rostro pálido, ojos

profundos y hermosos cabellos largos y sin empolvar. Según me contó Félix se

llamaba Camille Desmoulins y había comenzado a labrarse un nombre entre los

partidarios de las reformas. Su padre, que no contaba con muchos medios

económicos, había hecho esfuerzos por enviarlo al Lycée Louis-le-Grand de París con la esperanza de que más tarde estudiara leyes, pero a él le atraía más el mundo de la

palabra y de la oratoria. ¡Y qué bien hablaba! Recuerdo haberme quedado extasiada

oyéndolo desgranar uno de sus discursos.

–¡Escuchad, escuchad, desde París a Lyon, Ruán y Burdeos, Calais y Marsella!

De un confín a otro del país un grito universal se oye: ¡todos quieren ser libres!

Eso dijo y, a continuación, demostrando que era una criatura impulsiva que

obedecía a los mandatos de la naturaleza y no a los de la cultura, se volvió hacia las

ramas de un castaño cercano y exclamó «¡Adelante!» al tiempo que arrancaba un

puñado de hojas del árbol. «¡Hagámonos todos con ellas unas escarapelas del color

de la esperanza!».

Me pareció tan apuesto en esa actitud y tan bellas eran sus palabras que sentí un

delicioso estremecimiento que recorría mi cuerpo. Si así son los nuevos hommes

politiques, yo también deseo vibrar con ellos, me dije, al tiempo que hacía votos para

que algún día mi camino volviera a cruzarse con el de aquel joven.

 

En el Palais Royal se podían ver también diversas obras de teatro y espectáculos de

todo tipo. Estos establecimientos eran, además, el lugar ideal para constatar el cambio

vertiginoso de las modas. Y el más notable por aquellas fechas no concernía tanto a la

moda femenina como a la masculina. Muy a mi pesar, porque yo era admiradora de

una cierta riqueza o al menos de una cierta imaginación en el vestir, y los caballeros

ahora se vestían... como cuervos. O al menos eso parecía.

–No lo entiendo, Blondinet –le dije ese día a Félix mientras paseábamos del brazo

por el Palais. Era tan rubio y apuesto mi amigo que yo lo llamaba así, Blondinet–. Sí,

tesoro –continué–. Para mí es un misterio que prefieras usar esas levitas negras y

medias retintas antes que los trajes de raso bordado que llevabas hasta hace muy

poco. No te voy a querer nada vestido de modo tan fúnebre, no te mereces ni un beso.

A Blondinet normalmente le encantaban esos tontos reproches infantiles míos

hechos medio en broma medio en serio, pero esa vez ni se rió. Debía de tener la

cabeza en otra parte, por lo que me vi obligada a insistir.

–Y tampoco estoy muy contenta con nuestras conversaciones. ¿Acaso creéis

Lameth y tú que vengo a pasear por el Palais para que me habléis de política? ¿Qué

pensáis, que pueden importarme esos cahiers de los que todo el mundo habla y que ni

siquiera sé qué son?

Dije esto mientras miraba de reojo a mis amigos, y me di cuenta de que sus

rostros no reflejaban ni la menor sombra de las sonrisas que normalmente solían

alumbrarlos. Había, es cierto, una indudable excitación en ellos, pero ésta no parecía

tener nada que ver con mi persona.

Mis admiradores más generosos, cuando hablan de mí, suelen atribuirme una inteligencia rápida y una visión bastante acertada de todo lo que se avecinaba en

Francia. Yo agradezco sus halagos, pero debo desdecirlos. No creo tener la

inteligencia tan aguda como la de otras mujeres notables de mi época. Desde luego,

no poseo la de Germaine de Staël; ni siquiera la de madame Roland, futura alma de

los girondinos, pero tengo en cambio eso que llaman instinto. Un sexto sentido

animal, diría yo, para detectar, por ejemplo, cuándo cambian los vientos. Y sin duda

eran muchos los vientos que estaban comenzando a rolar en aquella primavera de

1789. Por eso, esa tarde, mientras paseábamos por el Palais Royal, al ver la expresión

de mis dos amigos decidí de pronto dejar a un lado las coqueterías banales que tan

buenos resultados me habían dado hasta entonces con los hombres (y que tan buenos

dividendos me iban a procurar también más tarde, dicho sea de paso) y cambié de

estrategia. Si los tiempos requerían hablar de política, hablaría de política, ¿por qué

no?

–Cuenta, tesoro, explícame bien qué son esos cahiers y por qué no se habla de

otra cosa en toda Francia. ¿Es verdad que la convocatoria de los Estados Generales

está motivada por los enormes dispendios de la corte? ¿Una vez más la culpa de todo

la tiene Madame Déficit?

–Si por Madame Déficit te refieres, como hace todo el mundo, a la Reina, la

respuesta es no –me contestó Félix aún muy serio–. Si por el contrario te refieres a la

situación económica del país, la respuesta es el sí más decidido. Es muy fácil,

Thérésia, echarle la culpa de todo lo que pasa en Francia a l'autrichienne, y la

mayoría de las personas que conocemos así lo hacen, pero sería bueno que esas

mismas gentes supieran que...

–Pero con seguridad –le interrumpí yo– no son las personas como nosotros las

que contribuyen a divulgar que la culpa de todo la tiene María Antonieta. En todo

caso serán los otros, los miembros de ese Tercer Estado del que tanto se habla

últimamente quienes así lo hacen.

–¿Ves las personas que pasean por esta galería, Thérésia? ¿Has observado la

extraña mezcla que forman? Por aquí pueden verse a marquesas que secretean junto a

caballeros burgueses; burgueses que se ríen a carcajadas compartiendo platea con el

pueblo llano en los teatros, y luego están las damas de la corte, entre las que ahora es

moda hablar como pescaderas; o los médicos y abogados, que se visten como

clérigos; y los clérigos, que parecen abogados...

–Sí –respondí yo, riendo–; incluso tú, Félix Lepeletier, vestido así todo de negro

como un cuervo, pareces un chupatintas, por no decir algo peor.

–Es el signo de los tiempos, Thérésia. En Francia existen tres estados, pero ya no

están claramente diferenciados como antes. Incluso una buena parte de los

aristócratas del Primer Estado están pensando en pasarse al estado de gente común,

para desde allí poder modificar mejor este viejo régimen que hace agua por todas partes. Son necesarios muchos cambios en el país y no se puede confiar ni en el

Primer Estado ni en el Segundo, esto es, ni en los aristócratas ni en los curas, para

que lo hagan. Somos cada vez más los que creemos que sólo será posible reformar

Francia desde el Tercer Estado.

 

Yo entonces no entendí a qué se refería con esas palabras ni por qué los nobles iban a

renunciar a sus privilegios para alinearse junto al pueblo llano. Más tarde aprendería

que muchos de esos nobles que presumían de avanzados eran los que más abogaban

por renovar las viejas estructuras y lo hacían con mucha más insistencia que las

clases inferiores. Deseaban reformar la educación, por ejemplo; también conseguir la

igualdad de todos ante la ley, suprimir la censura y las tan arbitrarias lettres de cachet.

Incluso la mayoría, y a pesar de que en principio la medida parecía ir en contra de sus

intereses, abogaba por cambiar todo lo referente a temas fiscales. Según ellos, había

que racionalizar la imposición y recaudación de impuestos de los que esos mismos

nobles estaban exentos. Impuestos que, en gran parte de Francia, se cobraban de

forma ineficaz y sobre todo fraudulenta por parte de recaudadores privados. Por lo

visto, el Rey había intentado cambiar estas viejas estructuras desde hacía años, pero a

finales de los ochenta la impopularidad del Gobierno era tal que ya no podía

capitanear dichas reformas.

Aun así, o tal vez precisamente por eso, el deseo de cambio era tan generalizado

que todos dieron la bienvenida a la convocatoria de los Estados Generales como

modo de lograrlo. En realidad, en el año anterior al estallido de la Revolución,

Francia entera estaba de acuerdo en que la única solución era recurrir a una gran

asamblea, y por eso en todo el país había comenzado una actividad febril para

redactar aquellos famosos cahiers con sus propuestas sobre qué había que cambiar en

Francia. Lamentablemente, y como han señalado todos los estudiosos de este período,

cuando son muchas y de distinto signo las fuerzas que desean un cambio a veces todo

salta por los aires. Los ingleses, por ejemplo, hacen un bonito juego de palabras para

explicar las causas del estallido que estábamos a punto de vivir en Francia; ellos

dicen que «anger and hunger» fueron la causa del comienzo de la Revolución:

«Enojo y hambre». El enojo era el de todos los que no se ponían de acuerdo sobre

cómo cambiar las cosas; el hambre, la que sufrían innumerables franceses después de

las penurias vividas por las heladas, las riadas y las sequías.

Así, en los primeros meses de 1789, mientras los reformistas escribían sus cahiers

discutiendo sobre si la culpa de todos los males la tenían unos u otros, galgos o

podencos, comenzaron a producirse a lo ancho y largo del país distintas revueltas. En

abril y mayo, por ejemplo, tuvieron lugar varios ataques a los carromatos que

transportaban el grano, lo que a su vez produjo más escasez y hambruna. En París, por su parte, se produjeron unos altercados que acabaron con decenas de muertos y

un número aún mayor de heridos. Tal era el estado de cosas, que lo sucedido a

continuación en junio y julio fue, si no inevitable, al menos previsible.

Cuentan que en la apertura de los famosos Estados Generales y al no ponerse de

acuerdo los distintos miembros sobre la forma en que habían de efectuarse las

votaciones, el Tercer Estado se constituyó en Asamblea Nacional, esto es, se separó

de los otros dos estados para actuar por su cuenta. En los días siguientes, además,

diversos miembros reformistas del Primer y del Segundo Estado decidieron unirse a

ellos. El Rey entonces reaccionó con dureza prohibiéndoles la entrada al lugar de

reunión, lo que tuvo como consecuencia que los expulsados decidieran congregarse

aparte, en un local en el que se jugaba a la pelota. Allí, bajo la presidencia del

astrónomo Jean Sylvain Bailly, los delegados rebeldes se comprometieron a no

disolverse hasta dar a Francia una Constitución. La posteridad conoce este hecho

como el juramento del juego de Pelota.

–¡Y deberías haber visto lo que fue aquello, Thérésia! ¡La esperanza y la ilusión

brillaban en los ojos de todos nosotros, los reunidos en aquella sala sin distinción de

clase ni de creencias! Sí, codo con codo, unos y otros, unidos todos por una misma

convicción, por un mismo entusiasmo. Éramos multitud, pero seremos aún más de día

en día. ¡Francia ha cambiado, Francia es otra!

Estas palabras, y otras con las que se describía lo ocurrido en tan históricos

momentos, las pronunciaron Lameth y Lepeletier apenas unos días después de

nuestro paseo por el Palais Royal. Nos encontrábamos esta vez en nuestra casa

campestre de Fontenay-aux-Roses, merendando sobre la hierba. Yo había hecho traer

de la ciudad un nuevo invento, una máquina que hacía helados a base de revolver

leche con vainilla sobre un recipiente lleno de hielo picado, lo que era un lujo caro

puesto que había que traer el hielo de las nieves perpetuas y con mil precauciones.

Mis amigas y yo nos habíamos puesto para la ocasión nuestros mejores vestidos de

muselina y los más hermosos sombreros de paja, pero nuestros acompañantes

masculinos no parecían apreciar tan hermosos detalles. Hasta Blondinet tenía la

cabeza muy lejos de mí en esos momentos. ¿Y Lameth? Peor aún. Según me dijo en

un aparte en que intenté tomarle de la mano, muy pronto Félix y él tendrían que dejar

de acudir a mis reuniones porque era mucho y muy trascendente lo que estaba

ocurriendo en París.

–Así que todo esto ha empezado porque os reunisteis a jugar a la pelota –comentó

Marianne Calmet intentando fingirse interesada. Mi amiga Marianne siempre había

tenido un talento innato para robar la atención de los hombres de temas tediosos y

devolverlos al delicioso terreno del flirteo–. Con lo que a mí me gusta el juego de

pelota... ¿Puedo ir con vosotros la próxima vez? –insistió acompañando la petición

con la que a mí me pareció la más adorable e incitadora de las sonrisas.

Pero ni Félix ni Alex ni ninguno de los otros caballeros presentes parecieron

siquiera oírla. Hablaban entre ellos, se robaban la palabra:

–Y lo peor de todo –decían– fue la orden del Rey de mandar a sus guardias de

corps para que disolvieran violentamente la reunión. Lo único que consiguió con esa

medida fue que varios de nosotros, con La Fayette a la cabeza, nos opusiéramos

espada en mano. Daría cualquier cosa por ver la cara que puso el monarca allá en

Versalles al enterarse de la noticia. ¿Qué habrá dicho ese gordinflón que ni siquiera es

capaz de poner orden en su casa y hacer callar a su mujer? Y por cierto, ahora que la

mencionáis, ¿cómo creéis que habrá tomado Madame Déficit los recientes

acontecimientos?

–Yo –intervino Marianne con calor– ignoro qué habrá hecho o dicho Madame

Déficit, pero sí os puedo decir qué habría hecho yo en su lugar: urgir a mi marido a

hacerse respetar. No parece buen síntoma eso de que los nobles, espada en mano,

impidan a la guardia real realizar su cometido, aunque éste sea dispersar a los

miembros del pueblo llano. Dios mío, ¿qué puede ocurrir a continuación?

–Pues os diré lo que ya ha ocurrido –respondió Blondinet–. Ni más ni menos que

lo siguiente: una cincuentena de nosotros, entre los que están todos vuestros amigos,

hemos seguido los pasos del duque de Orléans para unirnos al Tercer Estado.

¿Unirse al duque? Mis amigas y yo nos miramos sorprendidas. Todas conocíamos

bien a Orléans: era el primo díscolo del Rey, el dueño del Palais Royal, el centro del

París frívolo. Pero la más sorprendida era Marianne.

–Supongo que es una broma –dijo–. ¿El duque de Orléans con el pueblo llano?

¿No le basta con el dinero que gana con su galería de monstruos, con sus «bellas

momificadas» y con sus figuras de cera, que también quiere «cambiar» Francia?

–A mí no me sorprende tanto su actitud –intervino Claire, otra de mis amigas.

Claire era callada y bella, apenas intervenía en las conversaciones. Por eso todos

se volvieron a escuchar lo que decía.

–En realidad, hace tiempo que el duque juega a ser reformista. Su Palais alberga

mucho más que monstruos de feria y bellas momificadas. ¿Acaso no oyen allí

encendidos discursos a cargo de gentes como Camille Desmoulins y su amigo

Danton?

–Tiene razón Claire –apuntó Marianne mirando a Blondinet y luego a Lameth–.

Realmente, no entiendo lo que está pasando cuando incluso el propio primo del Rey

se apunta al Tercer Estado. ¿Me podéis decir qué significa todo esto? ¿A qué jugáis

todos vosotros?

No fue bienvenida su pregunta. Nuestros dos amigos empezaron a alternarse

hablando con una vehemencia que, hasta hacía muy poco, sólo ponían en sus

juramentos de amor eterno. En cambio, ahora hablaban de otras pasiones, de libertad,

de fraternidad, de la necesidad de proclamar a los cuatro vientos que todos los hombres, sin importar su cuna, eran iguales. Hablaban de proclamar los Derechos del

Hombre tal como habían hecho los patriotas en América. Hablaban por fin de la

absoluta necesidad de sacar a Francia de la situación en la que estaba. Y, según ellos,

si los cambios necesarios no podían llevarse a cabo de forma pacífica, entonces no

habría más remedio que hacerlos por la fuerza.

–¿Y qué quiere decir exactamente hacerlo por la fuerza? –preguntó Claire,

dirigiendo sus palabras primero a Blondinet y luego, al no recibir respuesta, a

Alexandre, pero ni uno ni otro nos escuchaban. Para ellos, en ese momento no éramos

más que tontas mujeres que, como todas, no entendíamos ni sabíamos nada, y menos

de política.

 

Aquella tarde, sobre la hierba de mi bello jardín de Fontenay-aux-Roses, quedaron

los restos de nuestra merienda sin que nadie se tomara la molestia de mandar a

recogerlos. Los recipientes que habían contenido el helado de vainilla, las cestas

adornadas con grandes lazos azules en las que se habían servido los panecillos

calientes y los bizcochos, también los vinos dulces de Málaga con los que yo solía

obsequiar a mis invitados... Sí, todo quedó allí a merced de las hormigas y casi sin

catar. Anochecía. Marianne, Claire y yo alisamos nuestros vestidos de muselina y

recogimos nuestros sombreros de paja. Los hombres se habían marchado ya

dejándonos atrás. Se habían alejado departiendo, gritando casi, de modo que durante

un rato algunas palabras sueltas llegaban aún a nuestros oídos. Palabras como

«impuestos», como «reformas» o como «fraternidad». Pero nos llegaban también

otras palabras no tan hermosas aunque igualmente entusiastas que las anteriores,

como «insurrección», «venganza» o «sangre». Era el 13 de julio y hacía mucho calor

en París. Aunque no tanto como haría al día siguiente, 14 de julio de 1789.