La cinta roja
Aprendiendo a ser una dama
A l empezar a contar mi vida en París es importante que reseñe que mi casera y tutora, madame Boisgeloup, pertenecía a lo que entonces se llamaba nobleza de toga o aristocracia de segundo rango, puesto que su marido –muerto apenas unos meses antes de mi llegada– había sido consejero del Rey en el Parlamento de París.
Por aquel entonces la nobleza de toga, es decir, los abogados, notarios y demás
profesiones similares, se había convertido en importante puente de unión entre la
aristocracia y las clases inferiores gracias a su talento. Y también a su dinero; todo
hay que decirlo, que permitió que tuvieran lugar no pocos matrimonios entre los
herederos de la aristocracia y los de aquella nueva y pujante clase. Dicha clase estaba
destinada, por cierto, a jugar un papel muy importante en la Revolución, puesto que
muchos de ellos, sabedores de las desigualdades existentes no sólo en Francia, sino
en toda Europa, deseaban acabar con los privilegios de los antiguos nobles, a quienes
consideraban caducos y ociosos.
Sin embargo, en aquellos años de 1786 y 1787 lejos estaba yo de saber una
palabra sobre nuevas clases o movimientos sociales. A lo que me dedicaba por aquel
entonces era a perfeccionar mis aburridos conocimientos musicales y a recitar versos
de Racine, a la espera de que madame Boisgeloup considerara que estaba ya
preparada para presentarme en sociedad. ¿Y qué sociedad sería ésa? Desde luego, una
viuda de la nobleza de toga era una persona de una cierta posición social, pero en
ningún modo de primera fila. Si mi padre había supuesto que pagando generosamente
a madame su tutela ésta me iba a facilitar la «pesca» de un marido de primer rango,
me temo que su optimismo sólo demostraba su gran desconocimiento de la sociedad
francesa. Es cierto que la nobleza de toga tenía, como antes he dicho, acceso incluso
a la corte, pero siempre que se tratara de un abogado o juez en ejercicio. Una viuda,
en cambio, veía cómo, una vez enterrado su marido, se enterraban también con él
todas sus aspiraciones sociales. Aun así, a pesar de estas y otras dificultades, lo cierto
es que madame Boisgeloup, como se verá, resultó ser una alcahueta muy eficaz.
Quienes se han interesado por retratar mi vida, tan amables ellos, tienden a conceder
el mérito de mi pronto éxito en sociedad únicamente a mis encantos y a mi belleza;
pero no sería yo justa si olvidara las buenas labores celestinas de la señora
Boisgeloup. Era ella una mujer de aire enérgico y estrategia casi militar y, aunque
algún malpensado podría opinar que su forma de tratarme, casi maternal, era debida a
los buenos dineros que mi padre le prodigaba desde Madrid, yo pienso que otra en su
lugar posiblemente hubiera sido bastante menos cariñosa con mi persona. Aunque tal vez la palabra exacta no sea «cariñosa». Creo que madame Boisgeloup, que, por
cierto, adoraba todo lo que tuviera que ver con el reino vegetal –las plantas, las flores,
los árboles–, me cultivaba más o menos como a una de sus verdes criaturas. Lo que
quiero decir es que, de vez en cuando, la sorprendía ojeándome con la misma
expresión que ponía, por ejemplo, al preparar un bello bouquet para su gabinete. Me
miraba estudiando cómo potenciar mis encantos, tal como haría al arreglar un ramo:
habría que añadir un crisantemo aquí, dos o tres lilas allá, una rosa desmayada
acullá..., y así hasta lograr una pequeña obra de arte. Pero bien podría decirse que, si
yo fui su bouquet, ella fue sin duda una generosa y artística jardinera a la que mucho
debo. Desde el primer momento se dedicó a planear cómo sacarme el mayor partido,
y su estrategia consistió, para empezar, en llevarme a los mejores modistos con
intención de que me confeccionaran unos cuantos trajes.
–La moda madrileña –me decía– es demasiado chusca, trop coloriste, ma chére;
tal vez podamos conservar de todo esto que has traído en tu equipaje una redecilla de
madroños para el pelo, por ejemplo, o un par de camisas de hilo, pero el resto,
querida, hay que adaptarlo a los gustos modernos: fuera faldas recargadas, fuera
corpiños rígidos y grandes miriñaques; ahora todo es mucho más souple.
Para ser una viuda de sesenta y tantos años, madame Boisgeloup tenía una idea
muy avanzada de la moda. Ella lo atribuía a su vieja y gran amistad con una de las
mujeres más importantes de toda Francia, me refiero a madame Rose Bertin, modista
de María Antonieta. Yo nunca llegué a saber si lo que madame Boisgeloup llamaba
«gran amistad» era lo que comúnmente se entiende por tal o sólo una vieja relación
casual que se remontaba a un compartido y oscuro pasado, pero, sea como fuere, el
nombre Rose Bertin brotaba a cada rato de sus labios. «¡Cómo puede haber gente tan
maligna!», se escandalizaba madame, trajinando en su jardín al tiempo que pasaba de
vez en cuando por su congestionada cara un pañuelito de puntillas que mucho me
recordaba al de mi madre y su eau de Cologne. «¡Mira que decir que la Reina y Rose
son unas manirrotas cuando tout Paris sabe que la favorita de Luis XV, la maldita Du
Barry, llegaba a gastar cien mil libras al año sólo en encajes!».
Pronto descubrí que los comentarios más escandalizados de madame Boisgeloup
se acompañaban siempre de la mundana muletilla tout Paris. Y como yo nada sabía
por aquel entonces y tout estaba dispuesta a aprender, a ella le encantaba ilustrarme, y
a mí, escucharla.
–Y tout Paris –chismorreaba madame mientras cortaba el tallo de unas
margaritas– sabe que a Rose la llaman la ministra de la moda y que en Versalles pasa
«por delante de la mayoría de los ministros de verdad. Uno de estos días te voy a
llevar a su atelier de la Rue Saint-Honoré para que la conozcas. Nadie que aspire a
tener éxito en sociedad, querida, puede lograrlo sin pasar antes por su taller de
costura.
Aunque fueron multitud las veces que madame Boisgeloup invocó el nombre de
la gran Bertin y siempre para insistir en que nadie podía siquiera soñar con ser
alguien sin pasar por su taller, lo cierto es que nunca me llevó allí. En cambio, con
insistente frecuencia, siguió contándome que era una desfachatez que la gente
murmurara de la prodigalidad de la Reina con su modista, puesto que tout Paris sabía
que los gastos en Versalles eran inmensos y descomunales, en todos los ámbitos.
–¿Cómo pueden decir –insistía ella con grandes aspavientos de sus regordetes
brazos– que es un dispendio que la Reina encargue cuatro pares de zapatos nuevos
por semana o treinta metros diarios de cintas o doce trajes de montar al año si es
sabido que hay criados que viven, ¡y muy bien!, sólo de vender velas sin usar y
también de pollos sin catar?
–¿De vender velas y pollos? –preguntaba yo asombrada–. ¿Qué quiere decir eso,
madame?
Entonces madame me explicaba que en palacio se cambiaban a diario las velas de
todas las habitaciones, se hubieran usado o no, y siendo tan enorme el número que se
necesitaba para mantener iluminado Versalles vender dichas bujías no usadas se había
convertido en un pingüe negocio para algunos.
–Y lo mismo ocurre con los pollos, querida –me informaba madame Boisgeloup–.
Desde que una noche la Reina encargó una pechuguita asada para su perro, y a pesar
de que a su petit chien no le gustó nada el ave, en Versalles cada anochecer se asan
varios pollos por si al perrito se le antoja.
Todas estas informaciones curiosas acababan siempre con una reverencial alusión
a madame Bertin, aquella gran dama; pero, como digo, nunca llegué a conocerla y ni
siquiera pisé su famoso atelier. Conocí en cambio a otros modistos también
afamados, como el célebre monsieur Picard, y fue él quien se encargó de
confeccionar mis primeros trajes.
–¡Esta niña ha nacido para la muselina! –exclamó nada más verme aquel señor
mientras me estudiaba desde detrás de su máscara. Máscara, sí, porque se contaba
que monsieur Picard había sufrido en la infancia un terrible accidente al incendiarse
las cortinas de su lecho, quedando su rostro completamente desfigurado. Un escultor
se había encargado de confeccionarle una finísima careta de porcelana y desde
entonces el modisto lucía una eterna sonrisa de labios muy rojos y mejillas contraídas
y sonrosadas que no encajaba en absoluto con su forma de hablar. Y es que tan
enérgico y enfático era el tono de su voz que incluso cuando alababa a alguien
parecía enfadadísimo.
–¡Ha nacido para la muselina! –repetía mientras se empeñaba en envolverme
como un gusano de seda en una larga pieza de tela para ver el efecto de su futura
creación–. A ver, Colette –añadió a continuación volviéndose hacia una de las
oficialas, una temerosa muchacha de más o menos mi edad–, suéltale el pelo a esta maravillosa criatura para que veamos cómo luce tan hermosa cabellera sobre esta tela
recién llegada de las Antillas.
Así fue como me enteré de labios de la máscara de monsieur Picard que en
Versalles hacía furor este tejido que se adaptaba tan bien a la moda pastoril inspirada
en el señor Rousseau. Las damas, con María Antonieta a la cabeza, se vestían con
esta tenue tela casi transparente incluso durante los meses de invierno, por lo que se
hacía necesario emplear doble cantidad de leña en todas las estancias de palacio para
que ninguna de ellas acabara acatarrada o con pleuresía.
–¡Y a ti, muchacha, ni se te ocurra empolvarte esta divina cabellera! –me dijo a
continuación monsieur Picard lanzándome otra aterradora mirada desde detrás de su
máscara–. ¡Flores!, ¡cintas!, ¡lazos!, ¡un bello sombrero de paja! Ésos son los únicos
adornos que debe lucir una cabellera como ésta, te prohíbo otra cosa. Mira, mira este
autorretrato al carboncillo que me ha regalado madame Vigée-Lebrun, he aquí el
aspecto al que tú debes aspirar.
Yo, gracias a otro de los «tout Paris sabe» de madame Boisgeloup, estaba al tanto
de que Élisabeth Vigée-Lebrun era una muy célebre pintora que había retratado varias
veces a María Antonieta y a otras muchas damas de la corte. Y también sabía que por
ahí se cuchicheaba en voz baja que tan renombrada artista era además hija aventajada
de Lesbos. Por lo visto, en su atelier se reunían muchas damas a gozar de los placeres
de la pintura y también de los de su muy femenina compañía. Ella era, además, una
de las abanderadas de la nueva moda «natural» que, dicho sea de paso, estaba
causando gran inquietud y malestar en ciertos gremios. Como entre los fabricantes de
pelucas, por ejemplo, que hasta hacía muy poco ganaban verdaderas fortunas
proveyendo tanto a hombres como a mujeres de tan indispensable prenda. Ahora, en
cambio, dichos artesanos habían tenido que solicitar ayuda real para subsistir porque,
según decían, su oficio amenazaba ruina. Y lo mismo ocurría con los fabricantes de
sedas, quienes se quejaban de que la Reina estaba faltando a su real obligación para
con ellos puesto que ya no encargaba tantos trajes de este tejido como antes. «¡Qué
malestar ni qué pamplinas! –exclamaba monsieur Picard al oír estas quejas–. No me
da ninguna pena toda esa gente. Que se adapten a los nuevos tiempos. ¡Renovarse o
morir, ése es mi lema!».
Sin embargo, a pesar del entusiasmo de monsieur Picard, «malestar» era una palabra
que se oía cada vez con más frecuencia por aquellos días, casi tanto como las
palabras «rumor» o «escándalo», unidas todas ellas a la figura de María Antonieta.
Aun así, y siempre según madame Boisgeloup, lo curioso, lo paradójico y también lo
terrible del caso era que los dimes, diretes y las mil maledicencias que circulaban
respecto de la Reina tenían en realidad un origen minúsculo, muy estrecho, «tan estrecho, querida –y para pronunciar la palabra que viene a continuación mi casera
bajaba mucho la voz–, como el prepucio de su real marido».
Yo ni siquiera sabía qué significaba aquello del prepucio, pero sin duda madame
Boisgeloup debía de considerar que a mis trece años, y ya embarcada en la adulta
tarea de «pescar» marido, contaba con edad más que suficiente para enterarme de
detalles anatómicos, así como de algunos secretos de alcoba que tal vez me fueran
útiles más adelante.
–Porque tout Paris sabe, ma chére, que si la Reina es ahora considerada una
adúltera y una frívola, gran parte de la culpa la tiene el hecho de que su matrimonio
no fue consumado carnalmente hasta nada menos que ¡ocho! años después de
celebrarse.
–¿Cómo es posible, madame Boisgeloup?
–«Pimosis» –repuso mi amiga, demostrando que su gran sabiduría natural era un
tanto ajena a la anatomía y a los nombres médicos–. Sí, mi querida niña, pimosis es
un pequeño defecto congénito que padecen algunos hombres y que dificulta el acto
carnal, volviéndolo doloroso, cuando no imposible, ¿comprendes? No todo el mundo
sabe, aunque debería saberlo, para no ir por ahí levantando calumnias innecesarias,
que si la Reina estuvo tantos años sin tener hijos, sin duda el peor pecado que puede
cometer una reina, y si se ha volcado en los tapetes de juego y en las amistades
inconvenientes, es porque el Rey, durante todo ese tiempo, ¡no le tocó ni un cabello!
Mis conocimientos en materia amatoria eran escasos, pero no tanto como para
ignorar que aquello de no tocar ni un cabello era más que una simple metáfora. Así lo
corroboró al punto el resto del discurso de madame Boisgeloup:
–En efecto, querida mía, pasaban los años y el Rey no sólo no mantenía
relaciones sexuales con su mujer, sino que no se le conocía ni siquiera una amante.
¡Un rey de Francia casto, dónde se ha visto semejante cosa! Otros ha habido que no
concibieron hijos con sus esposas hasta pasados diez o quince años de la boda, como
Enrique II con Catalina de Medici, por ejemplo. Pero todos ellos tenían sanos y
robustos bastardos con sus favoritas para demostrar que la infertilidad no era asunto
suyo. Sin embargo, nuestro buen Luis XVI, rien de rien. C'était un scandale! Y lo
más increíble del caso, niña, es que se sabía que él adoraba a su esposa, la quería de
verdad, sólo que la dichosa pimosis era muy dolorosa y le obligaba a retirarse antes
de tiempo de las reales entrañas y, claro, así, rien de rien... No son pocos los
chistecillos y rimas que corren desde hace años al respecto. Como, por ejemplo, los
que se publican en Les nouvelles de la Cour, uno de los muchos pasquines
escandalosos que se venden en París. En él se llegó a contar, por ejemplo, cómo
madame de Lamballe, la mejor amiga de la Reina, trabajaba «con sus pequeños
dedos» para aliviar la frustración de la soberana. Otras publicaciones que circulan por
ahí se hicieron eco, por su parte, de estos versos apócrifos que muchos atribuyen a la madre de María Antonieta, la emperatriz María Teresa de Austria, pero yo estoy
segura de que son falsos porque riman pésimamente:
Para mi hija tener un delfín
poco importa que el hacedor
delante esté del trono o detrás, al fin.
»Tal era el estado de cosas entre la pareja real hace unos años –continuó madame
Boisgeloup– que tuvo que venir el mismísimo José II, hermano de la Reina, a poner
fin a tan lamentable situación. Dicen que habló con el Rey y que le dijo que debía
someterse a una mínima operación mucho más indolora de lo que él temía. Hay quien
sostiene, por el contrario, que el Rey nunca se sometió a intervención alguna para
solucionar su problema, y que fueron las contundentes (y brutales) palabras de su
cuñado las que obraron el milagro. «¡El rey de Francia –dicen que le espetó el
austríaco a su cuñado– merece ser azotado hasta que eyacule de pura rabia, como
hacen los burros!». En fin, querida, sea como fuere y pimosis o no pimosis, el caso es
que al poco tiempo la Reina quedó por fin encinta. Pero me temo que para entonces
su fama de casquivana y frívola había crecido ya demasiado. Luego, para colmo, vino
el escándalo del collar que tú conoces, por el que la acusaron hasta de tener amores
sacrílegos con un cardenal y...
De todas estas conversaciones con madame sobre temas mundanos y políticos
saqué yo varias cosas en claro. La primera, algunas recomendaciones interesantes
sobre la función reproductora de las mujeres, y la segunda, la gran importancia que
en la vida de las personas mayores tenían las pequeñas cosas: París hacía años que
hervía con canciones y libelos procaces contra l’autrichienne, y esto se debía, por un
lado, a una pequeña porción de piel, y, por otro, a un collar; dos cosas de muy
reducido tamaño como para causar tan grandes males. Si ése es el mundo de los
adultos, me dije yo entonces, más vale ir tomando buena nota, porque por lo visto las
pequeñas brisas podían con suma facilidad convertirse en huracanes.
Pero volvamos una vez más a los preparativos para mi entrada en sociedad y a los
desvelos de madame Boisgeloup para convertirme en la más bella de las flores.
Cuando por fin, gracias a monsieur Picard, mi vestuario estuvo listo y sin que
terminaran empero las aburridas clases de música, declamación y filosofía que
madame Boisgeloup consideraba esenciales para completar mi educación,
empezamos a frecuentar nuestros primeros salones. Salones no muy elegantes en un
principio, todo hay que decirlo, pero en los que tuve la fortuna de conocer un día a madame Stéphanie Félicité Du Crest, condesa de Genlis, una dama muy introducida
en los círculos de la corte. Esta señora, que era de noble cuna, había sufrido tiempo
atrás los rigores de pertenecer a una familia arruinada. Aun así tuvo la suerte –o,
mejor dicho, la gran habilidad– de saber abrirse camino en sociedad gracias a un raro
don: tocaba el arpa. Por lo visto, debido a su virtuosismo con dicho instrumento que,
según me explicó madame Boisgeloup, había estado en desuso en Francia casi desde
el Renacimiento, logró inmediatamente destacar en los más distinguidos salones,
siempre ávidos de sensaciones nuevas, de originalidades. La condesa era la institutriz
de los hijos del duque de Orléans y se rumoreaba que también su amante.
Nada más conocernos, la condesa de Genlis y yo entablamos amistad, tal vez
porque yo también tenía un don «raro», aunque, a decir verdad, el mío era más bien...
una invención de mi casera.
–Vamos a ver, niña, ¿sabes bailar el bolero? –me había preguntado un día
madame Boisgeloup durante mis meses de aburrido aprendizaje.
–En absoluto, madame, lo ignoro –le contesté.
–Pues a partir de ahora no sólo sabrás, sino que lo harás con mucho donaire –
sentenció mi tutora.
–¿Qué me quiere decir? –pregunté muy sorprendida.
Pero ella lo tenía todo planeado. Con la ayuda de una ilustre fregona cordobesa
que se ocupaba primordialmente de abrillantar los salones de nuestra casa parisina,
inventamos un baile, mitad insinuante mitad acrobático, en el que no faltaban las
castañuelas.
–Voilá le célébre boléro espagnol! –sentenció madame Boisgeloup al cabo de
unas semanas.
Y debo reconocer que aquello no se me daba mal del todo. Se dice siempre que
por los cuerpos mediterráneos corre música a raudales, y aunque el mío sólo es
mediterráneo a medias, lo cierto es que cumplía con el adagio. Al conocernos en uno
de esos oscuros salones que madame Boisgeloup y yo frecuentábamos al principio de
mi ingreso en sociedad, madame de Genlis quedó encantada con mis contoneos. Le
parecieron trés charmants, trés piquants, y dijo que yo le recordaba mucho a ella
cuando intentaba abrirse camino en sociedad con la sola ayuda de su arpa. «Venid la
semana próxima; en casa se recibe los jueves, y no olvidéis traer las castañuelas», nos
rogó mientras entregaba a madame Boisgeloup una bonita tarjeta rosa con su
dirección privada.
Y fue así como, de la manera más imprevista, me vi cambiando de salones. De los
mustios y poco interesantes de otras viudas de nobleza de toga y compañeras de
naufragio de madame Boisgeloup a los chispeantes y muy concurridos de la condesa
de Genlis. Y para ello no fueron necesarios ni el dinero de mi padre ni las recomendaciones de nadie, tan sólo unas castañuelas y unos arteros movimientos
aprendidos de una ilustre fregona. París, me dije entonces, recordando a mi buen
amigo el señor Moratín, era sin duda una ciudad ávida de cambio o, lo que es lo
mismo, abierta a todas las innovaciones, sobre todo las más estrafalarias.