La cinta roja

Carmen Posadas · Capítulo 6 de 56

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La cinta roja

Aprendiendo a ser una dama

 

A l empezar a contar mi vida en París es importante que reseñe que mi casera y tutora, madame Boisgeloup, pertenecía a lo que entonces se llamaba nobleza de toga o aristocracia de segundo rango, puesto que su marido –muerto apenas unos meses antes de mi llegada– había sido consejero del Rey en el Parlamento de París.

Por aquel entonces la nobleza de toga, es decir, los abogados, notarios y demás

profesiones similares, se había convertido en importante puente de unión entre la

aristocracia y las clases inferiores gracias a su talento. Y también a su dinero; todo

hay que decirlo, que permitió que tuvieran lugar no pocos matrimonios entre los

herederos de la aristocracia y los de aquella nueva y pujante clase. Dicha clase estaba

destinada, por cierto, a jugar un papel muy importante en la Revolución, puesto que

muchos de ellos, sabedores de las desigualdades existentes no sólo en Francia, sino

en toda Europa, deseaban acabar con los privilegios de los antiguos nobles, a quienes

consideraban caducos y ociosos.

Sin embargo, en aquellos años de 1786 y 1787 lejos estaba yo de saber una

palabra sobre nuevas clases o movimientos sociales. A lo que me dedicaba por aquel

entonces era a perfeccionar mis aburridos conocimientos musicales y a recitar versos

de Racine, a la espera de que madame Boisgeloup considerara que estaba ya

preparada para presentarme en sociedad. ¿Y qué sociedad sería ésa? Desde luego, una

viuda de la nobleza de toga era una persona de una cierta posición social, pero en

ningún modo de primera fila. Si mi padre había supuesto que pagando generosamente

a madame su tutela ésta me iba a facilitar la «pesca» de un marido de primer rango,

me temo que su optimismo sólo demostraba su gran desconocimiento de la sociedad

francesa. Es cierto que la nobleza de toga tenía, como antes he dicho, acceso incluso

a la corte, pero siempre que se tratara de un abogado o juez en ejercicio. Una viuda,

en cambio, veía cómo, una vez enterrado su marido, se enterraban también con él

todas sus aspiraciones sociales. Aun así, a pesar de estas y otras dificultades, lo cierto

es que madame Boisgeloup, como se verá, resultó ser una alcahueta muy eficaz.

 

Quienes se han interesado por retratar mi vida, tan amables ellos, tienden a conceder

el mérito de mi pronto éxito en sociedad únicamente a mis encantos y a mi belleza;

pero no sería yo justa si olvidara las buenas labores celestinas de la señora

Boisgeloup. Era ella una mujer de aire enérgico y estrategia casi militar y, aunque

algún malpensado podría opinar que su forma de tratarme, casi maternal, era debida a

los buenos dineros que mi padre le prodigaba desde Madrid, yo pienso que otra en su

lugar posiblemente hubiera sido bastante menos cariñosa con mi persona. Aunque tal vez la palabra exacta no sea «cariñosa». Creo que madame Boisgeloup, que, por

cierto, adoraba todo lo que tuviera que ver con el reino vegetal –las plantas, las flores,

los árboles–, me cultivaba más o menos como a una de sus verdes criaturas. Lo que

quiero decir es que, de vez en cuando, la sorprendía ojeándome con la misma

expresión que ponía, por ejemplo, al preparar un bello bouquet para su gabinete. Me

miraba estudiando cómo potenciar mis encantos, tal como haría al arreglar un ramo:

habría que añadir un crisantemo aquí, dos o tres lilas allá, una rosa desmayada

acullá..., y así hasta lograr una pequeña obra de arte. Pero bien podría decirse que, si

yo fui su bouquet, ella fue sin duda una generosa y artística jardinera a la que mucho

debo. Desde el primer momento se dedicó a planear cómo sacarme el mayor partido,

y su estrategia consistió, para empezar, en llevarme a los mejores modistos con

intención de que me confeccionaran unos cuantos trajes.

–La moda madrileña –me decía– es demasiado chusca, trop coloriste, ma chére;

tal vez podamos conservar de todo esto que has traído en tu equipaje una redecilla de

madroños para el pelo, por ejemplo, o un par de camisas de hilo, pero el resto,

querida, hay que adaptarlo a los gustos modernos: fuera faldas recargadas, fuera

corpiños rígidos y grandes miriñaques; ahora todo es mucho más souple.

Para ser una viuda de sesenta y tantos años, madame Boisgeloup tenía una idea

muy avanzada de la moda. Ella lo atribuía a su vieja y gran amistad con una de las

mujeres más importantes de toda Francia, me refiero a madame Rose Bertin, modista

de María Antonieta. Yo nunca llegué a saber si lo que madame Boisgeloup llamaba

«gran amistad» era lo que comúnmente se entiende por tal o sólo una vieja relación

casual que se remontaba a un compartido y oscuro pasado, pero, sea como fuere, el

nombre Rose Bertin brotaba a cada rato de sus labios. «¡Cómo puede haber gente tan

maligna!», se escandalizaba madame, trajinando en su jardín al tiempo que pasaba de

vez en cuando por su congestionada cara un pañuelito de puntillas que mucho me

recordaba al de mi madre y su eau de Cologne. «¡Mira que decir que la Reina y Rose

son unas manirrotas cuando tout Paris sabe que la favorita de Luis XV, la maldita Du

Barry, llegaba a gastar cien mil libras al año sólo en encajes!».

Pronto descubrí que los comentarios más escandalizados de madame Boisgeloup

se acompañaban siempre de la mundana muletilla tout Paris. Y como yo nada sabía

por aquel entonces y tout estaba dispuesta a aprender, a ella le encantaba ilustrarme, y

a mí, escucharla.

–Y tout Paris –chismorreaba madame mientras cortaba el tallo de unas

margaritas– sabe que a Rose la llaman la ministra de la moda y que en Versalles pasa

«por delante de la mayoría de los ministros de verdad. Uno de estos días te voy a

llevar a su atelier de la Rue Saint-Honoré para que la conozcas. Nadie que aspire a

tener éxito en sociedad, querida, puede lograrlo sin pasar antes por su taller de

costura.

Aunque fueron multitud las veces que madame Boisgeloup invocó el nombre de

la gran Bertin y siempre para insistir en que nadie podía siquiera soñar con ser

alguien sin pasar por su taller, lo cierto es que nunca me llevó allí. En cambio, con

insistente frecuencia, siguió contándome que era una desfachatez que la gente

murmurara de la prodigalidad de la Reina con su modista, puesto que tout Paris sabía

que los gastos en Versalles eran inmensos y descomunales, en todos los ámbitos.

–¿Cómo pueden decir –insistía ella con grandes aspavientos de sus regordetes

brazos– que es un dispendio que la Reina encargue cuatro pares de zapatos nuevos

por semana o treinta metros diarios de cintas o doce trajes de montar al año si es

sabido que hay criados que viven, ¡y muy bien!, sólo de vender velas sin usar y

también de pollos sin catar?

–¿De vender velas y pollos? –preguntaba yo asombrada–. ¿Qué quiere decir eso,

madame?

Entonces madame me explicaba que en palacio se cambiaban a diario las velas de

todas las habitaciones, se hubieran usado o no, y siendo tan enorme el número que se

necesitaba para mantener iluminado Versalles vender dichas bujías no usadas se había

convertido en un pingüe negocio para algunos.

–Y lo mismo ocurre con los pollos, querida –me informaba madame Boisgeloup–.

Desde que una noche la Reina encargó una pechuguita asada para su perro, y a pesar

de que a su petit chien no le gustó nada el ave, en Versalles cada anochecer se asan

varios pollos por si al perrito se le antoja.

Todas estas informaciones curiosas acababan siempre con una reverencial alusión

a madame Bertin, aquella gran dama; pero, como digo, nunca llegué a conocerla y ni

siquiera pisé su famoso atelier. Conocí en cambio a otros modistos también

afamados, como el célebre monsieur Picard, y fue él quien se encargó de

confeccionar mis primeros trajes.

–¡Esta niña ha nacido para la muselina! –exclamó nada más verme aquel señor

mientras me estudiaba desde detrás de su máscara. Máscara, sí, porque se contaba

que monsieur Picard había sufrido en la infancia un terrible accidente al incendiarse

las cortinas de su lecho, quedando su rostro completamente desfigurado. Un escultor

se había encargado de confeccionarle una finísima careta de porcelana y desde

entonces el modisto lucía una eterna sonrisa de labios muy rojos y mejillas contraídas

y sonrosadas que no encajaba en absoluto con su forma de hablar. Y es que tan

enérgico y enfático era el tono de su voz que incluso cuando alababa a alguien

parecía enfadadísimo.

–¡Ha nacido para la muselina! –repetía mientras se empeñaba en envolverme

como un gusano de seda en una larga pieza de tela para ver el efecto de su futura

creación–. A ver, Colette –añadió a continuación volviéndose hacia una de las

oficialas, una temerosa muchacha de más o menos mi edad–, suéltale el pelo a esta maravillosa criatura para que veamos cómo luce tan hermosa cabellera sobre esta tela

recién llegada de las Antillas.

Así fue como me enteré de labios de la máscara de monsieur Picard que en

Versalles hacía furor este tejido que se adaptaba tan bien a la moda pastoril inspirada

en el señor Rousseau. Las damas, con María Antonieta a la cabeza, se vestían con

esta tenue tela casi transparente incluso durante los meses de invierno, por lo que se

hacía necesario emplear doble cantidad de leña en todas las estancias de palacio para

que ninguna de ellas acabara acatarrada o con pleuresía.

–¡Y a ti, muchacha, ni se te ocurra empolvarte esta divina cabellera! –me dijo a

continuación monsieur Picard lanzándome otra aterradora mirada desde detrás de su

máscara–. ¡Flores!, ¡cintas!, ¡lazos!, ¡un bello sombrero de paja! Ésos son los únicos

adornos que debe lucir una cabellera como ésta, te prohíbo otra cosa. Mira, mira este

autorretrato al carboncillo que me ha regalado madame Vigée-Lebrun, he aquí el

aspecto al que tú debes aspirar.

Yo, gracias a otro de los «tout Paris sabe» de madame Boisgeloup, estaba al tanto

de que Élisabeth Vigée-Lebrun era una muy célebre pintora que había retratado varias

veces a María Antonieta y a otras muchas damas de la corte. Y también sabía que por

ahí se cuchicheaba en voz baja que tan renombrada artista era además hija aventajada

de Lesbos. Por lo visto, en su atelier se reunían muchas damas a gozar de los placeres

de la pintura y también de los de su muy femenina compañía. Ella era, además, una

de las abanderadas de la nueva moda «natural» que, dicho sea de paso, estaba

causando gran inquietud y malestar en ciertos gremios. Como entre los fabricantes de

pelucas, por ejemplo, que hasta hacía muy poco ganaban verdaderas fortunas

proveyendo tanto a hombres como a mujeres de tan indispensable prenda. Ahora, en

cambio, dichos artesanos habían tenido que solicitar ayuda real para subsistir porque,

según decían, su oficio amenazaba ruina. Y lo mismo ocurría con los fabricantes de

sedas, quienes se quejaban de que la Reina estaba faltando a su real obligación para

con ellos puesto que ya no encargaba tantos trajes de este tejido como antes. «¡Qué

malestar ni qué pamplinas! –exclamaba monsieur Picard al oír estas quejas–. No me

da ninguna pena toda esa gente. Que se adapten a los nuevos tiempos. ¡Renovarse o

morir, ése es mi lema!».

 

Sin embargo, a pesar del entusiasmo de monsieur Picard, «malestar» era una palabra

que se oía cada vez con más frecuencia por aquellos días, casi tanto como las

palabras «rumor» o «escándalo», unidas todas ellas a la figura de María Antonieta.

Aun así, y siempre según madame Boisgeloup, lo curioso, lo paradójico y también lo

terrible del caso era que los dimes, diretes y las mil maledicencias que circulaban

respecto de la Reina tenían en realidad un origen minúsculo, muy estrecho, «tan estrecho, querida –y para pronunciar la palabra que viene a continuación mi casera

bajaba mucho la voz–, como el prepucio de su real marido».

Yo ni siquiera sabía qué significaba aquello del prepucio, pero sin duda madame

Boisgeloup debía de considerar que a mis trece años, y ya embarcada en la adulta

tarea de «pescar» marido, contaba con edad más que suficiente para enterarme de

detalles anatómicos, así como de algunos secretos de alcoba que tal vez me fueran

útiles más adelante.

–Porque tout Paris sabe, ma chére, que si la Reina es ahora considerada una

adúltera y una frívola, gran parte de la culpa la tiene el hecho de que su matrimonio

no fue consumado carnalmente hasta nada menos que ¡ocho! años después de

celebrarse.

–¿Cómo es posible, madame Boisgeloup?

–«Pimosis» –repuso mi amiga, demostrando que su gran sabiduría natural era un

tanto ajena a la anatomía y a los nombres médicos–. Sí, mi querida niña, pimosis es

un pequeño defecto congénito que padecen algunos hombres y que dificulta el acto

carnal, volviéndolo doloroso, cuando no imposible, ¿comprendes? No todo el mundo

sabe, aunque debería saberlo, para no ir por ahí levantando calumnias innecesarias,

que si la Reina estuvo tantos años sin tener hijos, sin duda el peor pecado que puede

cometer una reina, y si se ha volcado en los tapetes de juego y en las amistades

inconvenientes, es porque el Rey, durante todo ese tiempo, ¡no le tocó ni un cabello!

Mis conocimientos en materia amatoria eran escasos, pero no tanto como para

ignorar que aquello de no tocar ni un cabello era más que una simple metáfora. Así lo

corroboró al punto el resto del discurso de madame Boisgeloup:

–En efecto, querida mía, pasaban los años y el Rey no sólo no mantenía

relaciones sexuales con su mujer, sino que no se le conocía ni siquiera una amante.

¡Un rey de Francia casto, dónde se ha visto semejante cosa! Otros ha habido que no

concibieron hijos con sus esposas hasta pasados diez o quince años de la boda, como

Enrique II con Catalina de Medici, por ejemplo. Pero todos ellos tenían sanos y

robustos bastardos con sus favoritas para demostrar que la infertilidad no era asunto

suyo. Sin embargo, nuestro buen Luis XVI, rien de rien. C'était un scandale! Y lo

más increíble del caso, niña, es que se sabía que él adoraba a su esposa, la quería de

verdad, sólo que la dichosa pimosis era muy dolorosa y le obligaba a retirarse antes

de tiempo de las reales entrañas y, claro, así, rien de rien... No son pocos los

chistecillos y rimas que corren desde hace años al respecto. Como, por ejemplo, los

que se publican en Les nouvelles de la Cour, uno de los muchos pasquines

escandalosos que se venden en París. En él se llegó a contar, por ejemplo, cómo

madame de Lamballe, la mejor amiga de la Reina, trabajaba «con sus pequeños

dedos» para aliviar la frustración de la soberana. Otras publicaciones que circulan por

ahí se hicieron eco, por su parte, de estos versos apócrifos que muchos atribuyen a la madre de María Antonieta, la emperatriz María Teresa de Austria, pero yo estoy

segura de que son falsos porque riman pésimamente:

 

Para mi hija tener un delfín

poco importa que el hacedor

delante esté del trono o detrás, al fin.

 

»Tal era el estado de cosas entre la pareja real hace unos años –continuó madame

Boisgeloup– que tuvo que venir el mismísimo José II, hermano de la Reina, a poner

fin a tan lamentable situación. Dicen que habló con el Rey y que le dijo que debía

someterse a una mínima operación mucho más indolora de lo que él temía. Hay quien

sostiene, por el contrario, que el Rey nunca se sometió a intervención alguna para

solucionar su problema, y que fueron las contundentes (y brutales) palabras de su

cuñado las que obraron el milagro. «¡El rey de Francia –dicen que le espetó el

austríaco a su cuñado– merece ser azotado hasta que eyacule de pura rabia, como

hacen los burros!». En fin, querida, sea como fuere y pimosis o no pimosis, el caso es

que al poco tiempo la Reina quedó por fin encinta. Pero me temo que para entonces

su fama de casquivana y frívola había crecido ya demasiado. Luego, para colmo, vino

el escándalo del collar que tú conoces, por el que la acusaron hasta de tener amores

sacrílegos con un cardenal y...

 

De todas estas conversaciones con madame sobre temas mundanos y políticos

saqué yo varias cosas en claro. La primera, algunas recomendaciones interesantes

sobre la función reproductora de las mujeres, y la segunda, la gran importancia que

en la vida de las personas mayores tenían las pequeñas cosas: París hacía años que

hervía con canciones y libelos procaces contra l’autrichienne, y esto se debía, por un

lado, a una pequeña porción de piel, y, por otro, a un collar; dos cosas de muy

reducido tamaño como para causar tan grandes males. Si ése es el mundo de los

adultos, me dije yo entonces, más vale ir tomando buena nota, porque por lo visto las

pequeñas brisas podían con suma facilidad convertirse en huracanes.

 

Pero volvamos una vez más a los preparativos para mi entrada en sociedad y a los

desvelos de madame Boisgeloup para convertirme en la más bella de las flores.

Cuando por fin, gracias a monsieur Picard, mi vestuario estuvo listo y sin que

terminaran empero las aburridas clases de música, declamación y filosofía que

madame Boisgeloup consideraba esenciales para completar mi educación,

empezamos a frecuentar nuestros primeros salones. Salones no muy elegantes en un

principio, todo hay que decirlo, pero en los que tuve la fortuna de conocer un día a madame Stéphanie Félicité Du Crest, condesa de Genlis, una dama muy introducida

en los círculos de la corte. Esta señora, que era de noble cuna, había sufrido tiempo

atrás los rigores de pertenecer a una familia arruinada. Aun así tuvo la suerte –o,

mejor dicho, la gran habilidad– de saber abrirse camino en sociedad gracias a un raro

don: tocaba el arpa. Por lo visto, debido a su virtuosismo con dicho instrumento que,

según me explicó madame Boisgeloup, había estado en desuso en Francia casi desde

el Renacimiento, logró inmediatamente destacar en los más distinguidos salones,

siempre ávidos de sensaciones nuevas, de originalidades. La condesa era la institutriz

de los hijos del duque de Orléans y se rumoreaba que también su amante.

 

Nada más conocernos, la condesa de Genlis y yo entablamos amistad, tal vez

porque yo también tenía un don «raro», aunque, a decir verdad, el mío era más bien...

una invención de mi casera.

–Vamos a ver, niña, ¿sabes bailar el bolero? –me había preguntado un día

madame Boisgeloup durante mis meses de aburrido aprendizaje.

–En absoluto, madame, lo ignoro –le contesté.

–Pues a partir de ahora no sólo sabrás, sino que lo harás con mucho donaire –

sentenció mi tutora.

–¿Qué me quiere decir? –pregunté muy sorprendida.

Pero ella lo tenía todo planeado. Con la ayuda de una ilustre fregona cordobesa

que se ocupaba primordialmente de abrillantar los salones de nuestra casa parisina,

inventamos un baile, mitad insinuante mitad acrobático, en el que no faltaban las

castañuelas.

–Voilá le célébre boléro espagnol! –sentenció madame Boisgeloup al cabo de

unas semanas.

Y debo reconocer que aquello no se me daba mal del todo. Se dice siempre que

por los cuerpos mediterráneos corre música a raudales, y aunque el mío sólo es

mediterráneo a medias, lo cierto es que cumplía con el adagio. Al conocernos en uno

de esos oscuros salones que madame Boisgeloup y yo frecuentábamos al principio de

mi ingreso en sociedad, madame de Genlis quedó encantada con mis contoneos. Le

parecieron trés charmants, trés piquants, y dijo que yo le recordaba mucho a ella

cuando intentaba abrirse camino en sociedad con la sola ayuda de su arpa. «Venid la

semana próxima; en casa se recibe los jueves, y no olvidéis traer las castañuelas», nos

rogó mientras entregaba a madame Boisgeloup una bonita tarjeta rosa con su

dirección privada.

Y fue así como, de la manera más imprevista, me vi cambiando de salones. De los

mustios y poco interesantes de otras viudas de nobleza de toga y compañeras de

naufragio de madame Boisgeloup a los chispeantes y muy concurridos de la condesa

de Genlis. Y para ello no fueron necesarios ni el dinero de mi padre ni las recomendaciones de nadie, tan sólo unas castañuelas y unos arteros movimientos

aprendidos de una ilustre fregona. París, me dije entonces, recordando a mi buen

amigo el señor Moratín, era sin duda una ciudad ávida de cambio o, lo que es lo

mismo, abierta a todas las innovaciones, sobre todo las más estrafalarias.