La cinta roja
Tallien
–Y decidme, Cabarrús, ¿se sabe ya quiénes son estos representantes que ha nombrado París y que pronto estarán entre nosotros? ¿Ysabeau y Talleir... o Tallien? Creo que este último nombre me resulta familiar.
–Es muy posible que así sea, amigo mío, pues mucho me temo que es miembro
destacado de las facciones más extremistas, partidario de Robespierre o del difunto
Marat, a quien Dios tenga en el infierno.
–Sí, gracias a Él y a nuestra heroína Charlotte Corday ése ya está cocinándose en
las calderas de Pedro Botero. Pero volvamos al mundo de los vivos, que cada vez se
parece más al reino del príncipe de las tinieblas. ¿Quién decís que es este Tallien?
–Yo tengo datos bastante poco tranquilizadores sobre él, escuchad bien todos...
En aquellos últimos días de agosto los muros de la casa de mi tío Dominique
Cabarrús se habían convertido en silenciosos testigos de ciertas reuniones
clandestinas que tenían por objeto intercambiar información sobre los últimos
avatares políticos. Olvidadas quedaban ya las escasas semanas en las que, como en
mi antigua casa de Fontenay-aux-Roses, sus sólidos muros presumían sólo de ser
testigos de flirteos mundanos o arrullos galantes. Los que entre aquellas cuatro
paredes nos reuníamos ahora cuidábamos muy mucho de mantener cerradas las
cortinas para que la luz no delatara nuestras veladas secretas y procurábamos
despedirnos a hora prudente para evitar sospechas. Éramos a veces seis personas, a
veces diez, nunca más de eso por precaución. Entre ellas estaban, además de mi tío y
su muy silenciosa mujer, varios ciudadanos de Burdeos preocupados por los últimos
acontecimientos y en especial por la llegada de aquellos dos nuevos representantes de
París.
–¿Y decís que tenéis referencias de al menos uno de estos individuos? –inquirió el
ciudadano Megot, que era terrateniente y comerciante en lanas.
–Sí –respondió el ciudadano Charrier, que se dedicaba a la exportación de vinos y
por tanto mantenía tratos frecuentes con París y también con otras grandes ciudades–.
Y mis referencias, siento decirlo, no son nada tranquilizadoras. ¿Queréis saber de
verdad quién es este Tallien que ahora nos envía la capital para «devolvernos a la
obediencia revolucionaria y patriótica»?
Instintivamente todos arrimamos nuestras sillas y el ciudadano Charrier encendió
su pipa con parsimonia, consciente de que contaba con la atención expectante de
todos los allí reunidos.
–Pues es –comenzó diciendo– un perfecto oportunista que reúne todas las
cualidades necesarias hoy en día para medrar en París. Mi cuñado, que vive allí y
sabe todo sobre aquellos que empiezan a descollar en política, dice que presume de
ser hijo del marqués de Bercy.
–Querido amigo –le interrumpió entonces el ciudadano Alvion, que era armador
como mi tío–, ser hijo de un noble no parece la mejor credencial para medrar en el
París revolucionario.
–Es que ni siquiera es verdad que sea noble –respondió Charrier–. En realidad es
hijo de un criado del marqués, pero el hecho de que éste le hubiera proporcionado
estudios hizo pensar a Tallien que tal vez por sus venas corría «secretamente» sangre
de los Bercy. Claro que, en cuanto triunfó la Revolución, bien que se empleó él en
olvidar a su supuesto y noble padre. Primero se hizo procurador, luego escribiente y
más tarde fundó un periódico extremista de nombre L'Ami des Citoyens.
–Un periodista como Marat –intervino Megot al tiempo que fruncía
ostensiblemente la nariz–; bendito sea una vez más el nombre de Charlotte Corday.
Todos los autores de esos periodicuchos inmundos son gente de pésima calaña que se
dedica sólo a fomentar el odio.
–Peor que eso, amigo mío. Aún no os he contado lo más relevante de este tal
Tallien. El año pasado, durante las Masacres de Septiembre en París, nuestro hombre
ocupaba el cargo de secretario de la Comuna y como tal fue el responsable de gran
número de ejecuciones. Pero, no contento con eso, se dice que presenció (algunos
dicen incluso que alentó) otras muchas muertes a manos de la turba sin hacer nada
por evitarlas. Sea como fuere, lo cierto es que, en premio a tan buenos servicios, poco
después lo hicieron diputado de la Convención por el departamento de Seine-et-Oise.
Desde su escaño, y distinguiéndose por su violencia en la Cámara (y mirad que es
difícil distinguirse por dicho atributo en una asamblea como la de París), llegó a pedir
que se prohibiera a Luis XVI tener siquiera abogado defensor durante su proceso. En
fin, que toda esta extraordinaria hoja de servicios culminó poco más tarde con su
nombramiento como representante del Comité de Salvación Pública en Tours, con la
encomienda de acabar allí con los girondinos...
–¡Igual que pretenderá hacer aquí! –volvió a interrumpirle con vehemencia
Megot–. ¡No podemos permitirlo! Los ciudadanos de Burdeos tenemos todos que...
–Dejad que termine Charrier –terció mi tío viendo que los ánimos se iban
caldeando en exceso y sin duda preocupado por que la reunión se alargase más allá de
lo que la prudencia aconsejaba.
–Sí –continuó Charrier mientras volvía a encender parsimoniosamente su pipa
como si no fuera tarde, como si no temiera ser descubierto por los representantes del
Comité de Salvación Pública con imprevisibles consecuencias–. No os quepa duda, la
misión que traerá a este Tallien hasta aquí será el deseo de los jacobinos, que ahora
ostentan el poder en la Convención, de acabar con los girondinos, que son los que
mandan en las provincias y por tanto resultan una amenaza. En Burdeos son pocos los
jacobinos y menos aún los sans-culottes, pero seguro que tanto Tallien como su
compañero Ysabeau se han estado carteando con ellos desde hace meses para saber qué está pasando en nuestra ciudad. Apuesto a que ya les han informado de que
Gaudet, Pétion, Buzot y otros girondinos desterrados se esconden aquí con la
anuencia de la Comisión Popular de Burdeos.
–Lo mejor sería organizar una resistencia, no nos podemos dejar doblegar por
París ni por esos sanguinarios jacobinos y estoy seguro de que la mayoría de los
bordeleses son de mi opinión.
–Sí, amigo mío, pero otros muchos piensan que sería preferible llegar a un arreglo
con la Asamblea y no correr riesgos –intervino Charrier–. ¿Acaso no sabéis las
últimas noticias de lo que está pasando por ejemplo en Lyon? Allí los representantes
de París han hecho público un decreto según el cual, y cito textualmente: «La ciudad
de Lyon será devastada. Toda la parte habitada por ricos, destruida, quedando en pie
sólo las casas de los pobres y las viviendas de los patriotas asesinados». Sí, amigos
míos, eso dice tal decreto, una copia del cual me ha hecho llegar mi socio lionés.
Leed, ved cómo acaba.
Charrier pasó entonces el papel que tenía en la mano a mi tío Dominique y éste
leyó: «Así, el nombre de Lyon será borrado del índice de ciudades de la República y
todas las facciones políticas serán abolidas».
Nos miramos sin saber qué decir y por fin el señor Megot se atrevió a preguntar:
–¿Pero qué os hace pensar que aquí ocurrirá lo mismo?
–El simple hecho de que en Burdeos existen nada menos que veintiocho facciones
políticas distintas y nadie se pone de acuerdo sobre qué actitud tomar. Unos abogan
por abrir las puertas a los representantes de París sin ejercer oposición; otros, por
hacerles frente; muchos, por pedir ayuda a ciudades próximas y resistir juntos... Sin
embargo, yo creo que lo mejor de todo sería esperar a que entren y ver qué pasa, al
menos durante unos días. Existe un dato muy importante que puede estar a nuestro
favor: este tal Tallien es tan corrupto como vanidoso. Por lo visto, en Tours dio rienda
suelta a sus violentas pasiones escandalizando a toda la ciudad con sus orgías. Pero,
al mismo tiempo, dio rienda suelta también a otro tipo de pasiones que lo hacen más
«accesible», digamos, como su ansia por el dinero. Siendo así, estamos ante un tipo
que es fácil de comprar. Todo el mundo sabe que en Tours traficaba con
salvoconductos y con pasaportes vendiéndolos a precio de oro a las pobres gentes que
deseaban desesperadamente huir de las matanzas. También se sabe que instauró
fructuosas relaciones con los jefes realistas, lo que demuestra que es un hombre más
que venal. Conocer de qué pie cojea el enemigo es sumamente útil a la hora de
vérselas con él.
Yo, por mi parte, escuchaba estas conversaciones tal como hacíamos entonces todas
las mujeres que deseábamos estar enteradas de lo que ocurría: en silencio y fingiéndome entregada a alguna tarea mujeril como bordar o servir té a los invitados,
pero con los oídos bien abiertos. Debo decir que la mención del nombre de Tallien no
significó nada para mí la primera vez que lo escuché de labios de los amigos de mi
tío. Sólo lo había oído en una ocasión y en circunstancias tales que no lo recordaba en
absoluto. Tampoco pude reconocerlo el día en que llegó a la ciudad porque no acudí a
ver su entrada, y eso que, según todas las crónicas, fue de lo más espectacular y gozó
de todos los ingredientes de teatralidad tan del gusto revolucionario. Según me
contaron más tarde, Tallien y su compañero Ysabeau irrumpieron en la ciudad
precedidos de tres regimientos de infantería: mil quinientos hombres al mando del
general Brune, gran amigo de Danton. Éste encabezaba el cortejo y detrás de él, en
carruaje descubierto, viajaban los tan temidos representantes en misión. Tallien e
Ysabeau destacaban por la pomposa brillantez de sus uniformes. Ambos lucían ancho
pantalón blanco y chaqueta azul con banda roja, botas altas y, en la cabeza, el
característico sombrero revolucionario en pico con la escarapela tricolor. Pero lo más
notable según los curiosos era la larga cabellera ondulada de Tallien, entre la que
brillaban unos gruesos pendientes de oro al estilo de las Antillas.
La comitiva penetró en la ciudad a través de una brecha ya existente en las
murallas, escenificando así una romana y muy triunfal entrada, como si la brecha la
hubieran abierto ellos. Se cuenta también que los pocos jacobinos de la ciudad se
esforzaron, con sus manifestaciones de júbilo, en dar la impresión de que se les
dispensaba un recibimiento caluroso. Pero ni ellos ni los recién llegados lograron
engañar a nadie. La mayoría de las ventanas de Burdeos permanecieron
significativamente cerradas durante el paso de la comitiva, y si no hubo resistencia
armada, desde luego tampoco hubo el menor gesto de simpatía.
Una vez instalados en el antiguo gran Seminario, ahora llamado más acorde con
los tiempos Maison Nationale, la primera orden emitida por los emisarios de París dio
a los bordeleses buena idea de cuál sería su línea de actuación. Comenzaron por
repartir entre los ciudadanos unos afiches que cada familia estaba obligada a pegar en
su casa en lugar bien visible. En ellos, y escrito en el papel oficial del Comité, con su
reborde tricolor, podía leerse el siguiente lema: Liberté, égalité, fraternité... ou la
mort. junto a esta inscripción era obligatorio, además, colgar otro papel aún más
inquietante: uno en el que figurasen los nombres de todas las personas que allí vivían,
para que nada ni nadie pudiera escapar a la vigilancia revolucionaria.
Fechas tan inciertas no recomendaban, según palabras de un sabio compatriota mío,
hacer mudanza, y sin embargo fue por esos días cuando yo abandoné la casa de mi tío
Dominique. Un dinero que mi padre me había hecho llegar y ese sabio proverbio
español que aconseja no estirar demasiado la hospitalidad ajena comparando a los huéspedes con el pescado, me decidió a hacerlo. Me instalé por tanto en un petit hotel
de nombre Franklin cercano al bulevar de los Jardines Públicos y con una hermosa
vista. Mi alojamiento constaba de un par de habitaciones espaciosas y muy soleadas,
y en uno de los balcones, como si de un buen presagio se tratara, crecía una planta de
naranjo. Este detalle, que me recordó de inmediato mi lejana casa de Carabanchel,
fue decisivo para elegir dicho acomodo, y allí me trasladé con mi fiel Frenelle y el
pequeño Théodore.
Tío Dominique iba a visitarme todas las mañanas. Creo que echaba de menos mi
compañía. También lo hacían, según él, sus amigos Charrier, Megot y los demás, que
continuaban reuniéndose para comentar en voz baja los últimos avatares políticos.
Decían ellos que la calma que se había producido tras la llegada de los representantes
de París no presagiaba nada bueno, sino más bien todo lo contrario. Con seguridad,
ambos individuos estaban esperando nuevas instrucciones de París para empezar a
actuar y éstas no podían demorarse más de un par de días. Por espías cercanos a los
representantes en misión, el señor Megot se había enterado, por ejemplo, de que
Tallien acababa de escribir una carta a Robespierre en la que auguraba que «la
regeneración de Burdeos sería uno de los acontecimientos más felices para la
República». Lamentablemente para todos nosotros, muy pronto sabríamos en qué
consistía tanta «felicidad».
La primera demostración la tuvimos diez días después de la llegada de Tallien e
Ysabeau. Fue una mañana de otoño ya cercana al invierno y recuerdo que ese día
Frenelle regresó del mercado muy acalorada a pesar de la inclemencia del tiempo.
–Teresa –me dijo, y yo inmediatamente levanté la vista de mi labor de aguja
porque, salvo durante los ya lejanos días en París, cuando el peligro en las calles
aconsejaba utilizar tan sólo nombres de pila, ella nunca me llamaba así–. Acabo de
verla: está en la antigua plaza del Delfín, esa que ahora llaman plaza Nacional.
–¿A quién te refieres, Frenelle?
–A la guillotina, madame –repuso ella, volviendo a utilizar el apelativo con el que
habitualmente solía dirigirse a mí–. Es más grande incluso que la de París, con su
plataforma móvil, sus dos postes erectos, un cepo para ajustar bien el cuello y luego
la misma cuchilla triangular...
–No es posible –repuse yo, sabiendo de sobra que el comentario era retórico; pero
en tiempos difíciles lo retórico se vuelve, hélas!, nuestro único refugio–. ¿Qué se
comenta en las calles, Frenelle?, ¿qué dicen las buenas gentes?
–Ay, madame, ¡se dicen tantas cosas! Que si los jacobinos bordeleses, esos
traidores, han recibido a los representantes de París con gritos de «¡Viva la
Montaña!». Que si desde entonces los tipos de París han estado trabajando en silencio
para crear un nuevo tribunal revolucionario al que llaman Comité de Vigilancia. Y,
por lo visto, éste no se diferencia en nada del Comité de Salvación Pública que en París dicta su ley jacobina y revolucionaria. Dicen también que mañana mismo se
hará pública la llamada ley de sospechosos, que permitirá detener a todos aquellos
que por su conducta, sus relaciones o simplemente por sus palabras parezcan
sospechosos de ser enemigos de la libertad. Esto afectará no sólo a los que puedan ser
realistas, sino también a los extranjeros como vos, madame. Y hasta una pobre mujer
poco cultivada como yo sabe lo que eso significa. Volverá a pasar aquí lo mismo que
ya vivimos en París: las denuncias, las detenciones, las muertes. ¿Qué será de
nosotras ahora sin al menos el amparo de un hombre que nos proteja? ¿No podríais
escribir a vuestro antiguo marido, madame? ¿Pedirle que os reclame desde las
Antillas? ¿Suplicarle que nos lleve con él?
La sola idea era descabellada. Yo no sabía una palabra de Jean-Jacques desde
hacía meses y ni siquiera deseaba que se pronunciara su nombre, sobre todo delante
del niño, ahora que por fin había dejado de hablar de él.
–Qué tonterías dices, Frenelle. ¿Acaso no me crees capaz de cuidar yo sola de
nosotras y de mi hijo?
Frenelle no respondió. Por supuesto que no me consideraba capaz de tal hazaña.
Dos mujeres de apenas veinte años con un niño, una de ellas extranjera –aristócrata,
además, según los cánones de la Revolución–, la candidata perfecta por tanto a ser
detenida de acuerdo con esa recién pergeñada ley de sospechosos. Naturalmente,
siempre contaba con la posibilidad de volver a casa de mi tío Dominique en busca de
ayuda o incluso de asilo, pero los acontecimientos a partir de ese momento
comenzaron a sucederse de modo tan veloz que se produjo en mí y también en toda la
ciudad de Burdeos una especie de calma aterrada e hipnótica igual a la de un insecto
que se sabe atrapado en una telaraña y que sólo espera, con una mezcla de
fascinación y parálisis, la llegada de lo inexorable.
Así, un día, la hoja de la Louisette instalada en la plaza Nacional, justo delante de la
ventana de los representantes de París, se izó muy lentamente y, a partir de ese
momento, ya no paró de caer una, otra y otra vez sobre los habitantes de la ciudad de
Burdeos. Funcionaba día y noche. «¡La sangre de nuestros hermanos derramada
desde el principio de la Revolución clama venganza!», decían los representantes de
París mientras comenzaban a rodar las primeras cabezas. Monsieur Lavau Gayon,
jefe de la administración de Marina, tuvo el dudoso honor de iniciar la lista de
decapitados bordeleses. El diputado Biroteau fue el segundo, seguido por Girey-
Dupré, periodista. Al cuarto, el muy querido alcalde de la ciudad, el señor Saige, se le
dispensó un raro honor: someterlo a juicio sumarísimo. Su crimen era ser considerado
un hombre rico. Dicen que al subir al cadalso el viejo caballero miró con desprecio a
sus verdugos y luego, sacando de su bolsillo un bello reloj cuajado de brillantes, se lo entregó a Tallien, representante del pueblo y delegado del virtuoso Robespierre,
diciendo: «Prefiero entregaros en propia mano lo último que me queda de todo lo que
me habéis robado. Tened».
A continuación de Saige vinieron otros aristócratas seguidos de varios banqueros,
y a partir de ahí la guillotina se volvió menos elitista, más... popular en el más terrible
sentido del término. Así, fueron desfilando bajo su acero personas de toda edad, sexo
y condición: curas refractarios, tenderos, modistas, artesanos, comerciantes, parteras,
todos detenidos gracias a la ley de sospechosos. La ley decía lo siguiente: «Son
reputadas personas sospechosas aquellas que por su conducta, relaciones, palabras y
escritos se hayan mostrado partidarias de la tiranía o el federalismo y los enemigos de
la libertad. Aquellos que no puedan justificar sus medios de existencia y el
cumplimiento de sus deberes cívicos; aquéllos a los que se les haya rehusado el
certificado de civismo; los funcionarios destituidos o suspendidos por la Convención;
los anteriormente miembros de la nobleza y también los maridos, esposas, padres o
agentes de los que hayan emigrado entre julio del 89 y mayo del 92, aunque hayan
vuelto a Francia...».
Las razones para ser detenido eran, como se ve, multitud, y en Burdeos puede
decirse que prácticamente toda la población estaba comprendida en alguno de los
apartados de dicha ley. Porque ésta no sólo castigaba a los federalistas, es decir, a
todos los habitantes de las provincias desafectas contra los que se hizo la famosa
declaración de que la República era única e indivisible. También castigaba a los
tibios, a aquellos que no habían enarbolado las picas para defender a los extremistas y
a sus representantes más encarnizados, a cualquiera, en suma, que despertara la
sospecha de los jacobinos de París.
Personalmente, la ley me alcanzaba por varias razones, a cual más grave para
aquellos guardianes de la fe revolucionaria. En primer lugar, por haberme trasladado
de París a un lugar tan señaladamente federalista como Burdeos. En segundo, por ser
ex marquesa de Fontenay y, aunque podía argumentarse que ahora estaba divorciada,
una disolución de matrimonio tan apresurada como la mía, hecha pública unos días
antes de nuestra fuga de París, era más que sospechosa. Además, mi antiguo marido
había sido nada menos que consejero del Rey y, para colmo, ahora se encontraba
exiliado en las Antillas, desde donde resultaba evidente que no iba a desarrollar una
encendida propaganda de Robespierre y de los jacobinos. A todos estos elementos en
mi contra había que añadir uno más e igualmente grave: mi condición de extranjera.
De española y quién sabe si también de espía, porque, ¿acaso no era mi padre un
posible masón y además consejero del Rey de España? ¿Y acaso no era éste un
Borbón, al igual que el guillotinado Luis XVI, quien se sentaba en el trono de
España, nación que, para más escarnio, había lanzado sus huestes contra Francia
junto a otras potencias extranjeras?
Sola, divorciada, extranjera y espía... con estos atributos me enfrentaba yo a la
nueva situación reinante en toda Francia.