La conspiración

Dan Brown · Capítulo 115 de 138

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La conspiración

Capítulo 111

Desde el cielo, a unos cien metros del barco, materializándose en el oscuro vacío, un rayo fino como un lápiz de luz roja cayó sobre la noche, buscando la cubierta del Goya. En cuanto encontró su objetivo, el rayo se detuvo junto a uno de los lados del helicóptero de la Guardia de Costas.

La imagen tardó sólo un instante en quedar registrada. En ese espantoso instante, Rachel sintió que toda la acción que tenía lugar en la cubierta del Goya se difuminaba formando un colage de formas y sonidos: Tolland y Corky corriendo hacia ella, Xavia gesticulando enloquecidamente en el interior del helicóptero, el rígido láser rojo rasgando el cielo de la noche.

Era demasiado tarde.

Rachel se giró hacia Corky y Tolland, que ahora corrían a toda velocidad hacia el helicóptero. Se lanzó entonces hacia delante para cortarles el paso, con los brazos extendidos en un intento por detenerlos. La colisión produjo el mismo efecto que el descarrilamiento de un tren y los tres cayeron contra la cubierta en una maraña de brazos y piernas.

A lo lejos apareció un destello de luz blanca. Rachel vio, sin apenas dar crédito y presa del horror, cómo una línea absolutamente recta de fuego de combate seguía la trayectoria del rayo láser directamente hacia el helicóptero.

Cuando el misil Hellfire se estrelló contra el fuselaje, el helicóptero estalló en pedazos como un juguete. La ola de calor y ruido producto del impacto retumbó sobre cubierta, acompañada de una lluvia de metralla en llamas. El esqueleto incendiado del helicóptero se inclinó hacia atrás sobre la cola deshecha, vaciló un instante y luego cayó por la parte trasera del barco, estrellándose contra el océano envuelto en una siseante nube de vapor.

Rachel cerró los ojos, incapaz de respirar. Podía oír cómo los restos en llamas del aparato gorjeaban y balbuceaban al hundirse, arrastrados lejos del Goya por las fuertes corrientes. En medio de aquel caos, oyó gritar a Tolland. Sintió cómo las fuertes manos del oceanógrafo intentaban tirar de ella hacia el suelo. Pero no pudo moverse.

«El piloto de la Guardia de Costas y Xavia están muertos».

«Nosotros somos los siguientes».

111

La tempestad había amainado por fin en la Plataforma de Hielo Milne, y el habisferio estaba en calma. Aun así, el director de la NASA, Lawrence Ekstrom, ni siquiera había intentado conciliar el sueño. Había pasado las horas solo, recorriendo la cúpula, mirando el interior del pozo de extracción y pasando las manos por las estrías de la gigantesca roca chamuscada.

Por fin, se decidió.

Ahora estaba sentado frente al videófono en el tanque CSP y miraba a los cansados ojos del presidente de Estados Unidos. Zach Herney nevaba puesto un albornoz y no parecía en absoluto contento. Ekstrom sabía que lo estaría muchísimo menos en cuanto oyera lo que tenía que contarle.

Cuando Ekstrom terminó de hablar, el rostro de Herney mostraba una expresión incómoda, como sí pensara que todavía estaba demasiado dormido para haberle comprendido correctamente.

–Un momento -dijo Herney-. Debe de haber habido un fallo en la conexión. ¿Acaba usted de decirme que la NASA interceptó las coordenadas de ese meteorito de una transmisión radiofónica de emergencia… y que luego fingió que el EDOP había descubierto el meteorito?

Solo en la oscuridad, deseando que su cuerpo despertara de aquella pesadilla, Ekstrom guardó silencio.

Evidentemente, el silencio no era la respuesta que esperaba el Presidente.

–Por el amor de Dios, Larry. Dígame que esto no es verdad.

A Ekstrom se le secó la boca.

–El meteorito fue descubierto, Presidente. Eso es lo único que importa.

–¡Le he dicho que me diga que esto no es verdad!

El susurro fue convirtiéndose en un rugido apagado en los oídos de Ekstrom. «Tenía que decírselo», se dijo el director. «Las cosas van a empeorar mucho antes de poder solucionarse».

–Señor, el error sufrido por el EDOP le estaba hundiendo en los sondeos de intención de voto. Cuando interceptamos una transmisión radiofónica que mencionaba un gran meteorito alojado en el hielo, vimos la oportunidad de recuperar el terreno perdido.

Herney parecía atónito.

–¿Fingiendo un descubrimiento del EDOP?