La conspiración

Dan Brown · Capítulo 121 de 138

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La conspiración

Capítulo 117

Corky se puso a toda prisa un chaleco salvavidas de alta flotación y se dirigió hacia la parte posterior de la veloz embarcación. En el suelo manchado de sangre del barco, a tan sólo unos metros de donde ahora estaba de pie, apareció un brillante punto rojo.

Había llegado el momento.

A bordo del Goya, Michael Tolland no vio cómo su Crestliner Phantom 2100 estallaba en llamas y se elevaba dando volteretas en el aire, envuelta en fuego y humo. Pero sí oyó la explosión.

117

Normalmente, a esas horas el Ala Oeste estaba tranquila, pero la inesperada aparición del Presidente, en albornoz y zapatillas, había sacado a los ayudantes y al personal residente de sus «camas de guardia» y de las áreas de descanso.

–No logro dar con ella, Presidente -dijo un joven ayudante, que entró corriendo tras él al Despacho Oval. Había buscado por todas partes-. La señora Tench no contesta al busca ni al móvil.

El Presidente parecía exasperado.

–¿Habéis buscado en…?

–Ha salido del edificio, señor -anunció otro ayudante, entrando a toda prisa-. Fichó hace cosa de una hora. Creemos que quizá haya ido a la ONR.

Una de las operadoras dice que Pickering y ella han estado hablando esta noche.

–¿William Pickering? – El Presidente pareció desconcertado. De Tench y de Pickering podían decirse muchas cosas, excepto que tuvieran algún trato-. ¿Le habéis llamado?

–Tampoco contesta, señor. La centralita de la ONR no da con él. Dicen que el móvil de Pickering ni siquiera suena. Es como si hubiera desaparecido de la faz de la Tierra.

Herney clavó la mirada en sus ayudantes durante un instante y a continuación fue hasta el bar y se sirvió un vaso de bourbon. Cuando se llevó el vaso a los labios, entró corriendo un agente del Servicio Secreto.

–¿Presidente? No pensaba despertarlo, pero debería saber que esta noche han hecho estallar una bomba en un coche junto al monumento a FDR.

–¿Qué? – Herney a punto estuvo de dejar caer el vaso-. ¿Cuándo?

–Hace una hora -anunció el agente con rostro compungido-. Y el FBI acaba de identificar a la víctima.

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Delta-Tres soltó un chillido de dolor. Se sintió como flotando entre un cenagoso estado de conciencia. «¿Será esto la muerte?» Intentó moverse pero se sintió paralizado, casi incapaz de respirar. Sólo veía figuras borrosas. Su mente retrocedió, volviendo a revivir la explosión de la Crestliner en el mar, viendo la rabia en los ojos de Michael Tolland, allí de pie sobre él, pegándole el extremo de la pértiga al cuello.

«Sin duda Tolland me ha matado…»

Y, aún así, el espantoso dolor que sentía en el pie le decía que estaba muy vivo. Poco a poco, fue recordándolo todo. Al oír la explosión de la Crestliner, Tolland había soltado un grito de rabia y de angustia por su amigo perdido. Luego, volviendo su desolada mirada hacia él, se había arqueado como preparándose para clavarle la pértiga en la garganta, pero cuando iba a hacerlo pareció vacilar, como si su propia moral se lo impidiera. Presa de una brutal frustración y de la furia, Tolland lanzó el palo a lo lejos y le clavó la bota sobre el pie deshecho.

Lo último que Delta-Tres recordaba era haber vomitado de dolor al tiempo que todo su cuerpo caía en un negro delirio. Ahora estaba volviendo en sí, sin la menor idea de cuánto tiempo llevaba inconsciente. Sintió los brazos atados tras la espalda con un nudo tan fuerte que sólo podía haber sido hecho por un marinero. También tenía las piernas amarradas, dobladas tras él y atadas a las muñecas, dejándolo en un arco inmovilizado hacia atrás. Intentó gritar, pero de su boca no salió un solo sonido. Se la habían llenado con algo.

Delta-Tres no lograba imaginar qué era lo que estaba ocurriendo. Fue entonces cuando sintió una brisa fresca y vio las luces brillantes. Se dio cuenta de que estaba sobre la cubierta principal del Goya. Se retorció, intentando buscar ayuda, y se encontró con una visión espantosa: su propio reflejo. Bulboso y deforme en la reflectante burbuja de plexiglás del sumergible de aguas profundas del Goya. El sumergible estaba suspendido justo delante de él y fue entonces consciente de que estaba tumbado sobre una trampilla gigantesca enclavada en cubierta, lo cual resultaba mucho menos inquietante que la pregunta más obvia:

«Si yo estoy en cubierta… ¿dónde está entonces Delta-Dos?»

Delta-Dos había empezado a inquietarse.

A pesar de que, en la transmisión del CrypTalk su compañero afirmaba estar bien, el disparo no había sido el de una ametralladora. Obviamente, o Tolland o Rachel Sexton habían disparado un arma. Delta-Dos se desplazó hasta poder echar un vistazo a la rampa por la que había descendido su compañero y vio sangre.

Con el arma al hombro, había descendido a la cubierta inferior, donde había seguido el rastro de sangre por una pasarela que llevaba a la popa del barco. Allí, el rastro le había llevado de nuevo arriba, por otra rampa, hasta la cubierta principal. Estaba desierta. Presa de un creciente recelo, había seguido el largo borrón carmesí por la cubierta lateral hasta la popa del barco, donde pasaba junto a la boca de la rampa original por la que había descendido.

«¿Qué demonios ocurre aquí?» El rastro parecía dibujar un círculo gigante.

Moviéndose con cautela y apuntando con el arma al frente, pasó por delante de la entrada a la sección del barco que albergaba los laboratorios.

El rastro seguía hacia la cubierta de proa. Con sumo cuidado, dio un amplio rodeo, doblando la esquina. Su mirada siguió el rastro de la sangre.

Entonces lo vio.

«¡Dios del cielo!»

Delta-Tres estaba allí tumbado, atado y amordazado, tirado de cualquier manera justo delante del pequeño submarino del Goya. Incluso desde la distancia, Delta-Dos pudo ver que a su compañero le faltaba una buena porción del pie derecho.

Receloso de estar a punto de caer en alguna trampa, Delta-Dos levantó el arma y se movió hacia delante. Ahora Delta-Tres se retorcía en el suelo, intentando hablar. Por muy irónico que resultara, probablemente la forma en que lo habían atado, con las rodillas fuertemente dobladas a la espalda, le estaba salvando la vida. Daba la sensación de que el pie le sangraba mucho menos.

A medida que Delta-Dos se aproximaba al submarino, disfrutaba del infrecuente lujo de poder ver su propia espalda; toda la cubierta del barco estaba reflejada en la cúpula de la cabina redonda del submarino. Delta-Dos

llegó hasta su forcejeante compañero. Vio entonces la advertencia en sus ojos, pero ya era demasiado tarde.

El destello plateado surgió de la nada.

De pronto, una de las pinzas de manipulación del Tritón salió despedida hacia delante y se cerró sobre el muslo izquierdo de Delta-Dos con una fuerza aplastante. Delta-Dos intentó liberarse, pero la pinza se le hundió aún más en la carne. Gritó de dolor, sintiendo que se le rompía un hueso. Volvió los ojos hacia la cabina del submarino. Entonces lo vio, atisbando entre el reflejo de cubierta, instalado en las sombras del interior del Tritón.

Michael Tolland estaba dentro del submarino, al mando de los controles.

«Qué mala idea», pensó Delta-Dos, hirviendo de rabia y bloqueando el dolor para llevarse la metralleta al hombro. Apuntó hacia arriba y a la izquierda, al pecho de Tolland, ahora a sólo metro y medio de él, sentado al otro lado de la cúpula de plexiglás del submarino. Apretó el gatillo y la ametralladora rugió. Enloquecido de rabia por haberse visto engañado, Delta-Dos siguió apretando el gatillo hasta que el último cartucho cayó sobre cubierta y el arma chasqueó, vacía. Sin aliento, soltó el arma y miró la cúpula con los impactos de bala que tenía delante.

–¡Muerto! – siseó el soldado, luchando por liberar la pierna del abrazo de la pinza. Cuando se retorció, la pinza metálica le cercenó la piel, abriéndole un amplio tajo-. ¡Joder! – Intentó coger el CrypTalk que llevaba en el cinturón, pero cuando se lo llevó a los labios, un segundo brazo robótico se abrió de golpe y se lanzó hacia él, cerrándose alrededor de su brazo derecho. El CrypTalk cayó a cubierta.

Fue entonces cuando Delta-Dos vio al fantasma en la ventana que tenía delante. Un rostro pálido que se inclinó de lado y que asomó por un borde del cristal ileso. Perplejo, Delta-Dos miró al centro de la cúpula y vio entonces que las balas ni siquiera habían podido atravesar la gruesa capa de vidrio. La cúpula estaba tatuada con pequeñas muescas.

Un instante más tarde, se abrió la escotilla superior del sumergible y Michael Tolland salió por él. Parecía tembloroso aunque ileso. Bajó por la rampa de aluminio, saltó a cubierta y echó una mirada a la ventana de la cúpula de su submarino.

–Dos mil quinientos kilos por centímetro cuadrado -dijo-. Yo diría que se necesita un arma más potente.