La conspiración
Capítulo 115
El hombre no hizo el menor ademán de contestar.
El dispositivo volvió a crepitar.
–¿Delta-Tres? Confirma. ¿Necesitas ayuda?
Casi de inmediato, una nueva voz crepitó en la línea. Ésta también era una voz robótica, aunque distinta por el sonido de un helicóptero que rugía al fondo.
–Aquí Delta-Uno -dijo el piloto-. Voy tras la lancha que acaba de huir.
Delta-Tres, confirmación requerida. ¿Estás abajo? ¿Necesitas ayuda?
Tolland pegó el extremo de la pértiga a la garganta del hombre.
–Diga al helicóptero que se aparte de la lancha. Si matan a mi amigo, usted morirá.
El soldado no pudo evitar una mueca de dolor al llevarse el dispositivo de comunicación a los labios. Miró directamente a Tolland mientras pulsaba el botón y hablaba.
–Aquí Delta-Tres. Estoy bien. Destruye la embarcación que acaba de huir.
115
Gabrielle Ashe volvió al cuarto de baño privado de Sexton y se preparaba ya para salir trepando de su despacho. La llamada telefónica del senador la había dejado ansiosa. Sin duda él había dudado al oírle decir que estaba en su despacho… como si por alguna razón supiera que le estaba mintiendo. En cualquier caso, no había logrado entrar en el ordenador de Sexton y ahora no estaba segura de cuál iba a ser su siguiente movimiento.
«Sexton espera».
Trepó al lavamanos y, ya estaba a punto de elevarse hasta el techo, cuando oyó el tintineo de algo que caía a las baldosas del suelo. Miró abajo, irritada al ver que había tirado un par de gemelos de Sexton que al parecer estaban en el borde del lavamanos.
«Deja las cosas tal como las has encontrado».
Volvió a bajar, cogió los gemelos del suelo y los dejó de nuevo en el lavamanos. Mientras volvía a trepar, se detuvo y se giró a mirar una vez más a los gemelos. En cualquier otra ocasión, los habría ignorado, pero esa noche el monograma de los gemelos le llamó la atención. Como la mayoría de los objetos en los que figuraba el monograma de Sexton, constaban de dos letras entrelazadas. SS. Gabrielle recordó entonces la contraseña inicial
del ordenador de Sexton: SSS. Volvió a visualizar el calendario del senador… POTUS… y el salvapantallas con la Casa Blanca y la optimista banda corriendo por la pantalla ad infinitum.
«Sedgewick Sexton, Presidente de Estados Unidos… Sedgewick n, Presidente de Estados Unidos… Sedgewick Sexton…»
Se quedó donde estaba unos segundos y se preguntó si el senador podía llegar a ser tan confiado.
Consciente de que iba a llevarle sólo un instante comprobarlo, regresó al despacho, fue hasta el ordenador y tecleó una contraseña de siete letras.
POTUSSS
El salvapantallas se desvaneció al instante. Gabrielle clavó los ojos en la pantalla, incrédula. «Nunca subestimes el ego de un político».
116
Corky Marlinson ya no estaba al timón de la Crestliner Phantom mientras ésta avanzaba velozmente en la noche. Sabía que la lancha avanzaría en línea recta con o sin él a la rueda. «El camino de menor resistencia…»
Se encontraba en la popa de la motora, que rebotaba contra la superficie del agua, intentando calibrar el daño que había sufrido en la pierna. Le había entrado una bala por la parte delantera del gemelo. Había salvado la tibia por muy poco. No había herida saliente en la parte posterior del gemelo, de modo que supo enseguida que la bala debía seguir alojada en la pierna. Buscó a su alrededor algo con lo que detener la sangre, pero no encontró nada: unas cuantas aletas, un esnórkel y un par de chalecos salvavidas. Ni un solo equipo de primeros auxilios. Frenético, abrió un pequeño cajón de material y encontró en él algunas herramientas, trapos, cinta aislante, aceite y otros elementos de mantenimiento. Se miró la pierna ensangrentada y se preguntó cuánto más tendría que alejarse para encontrarse en territorio libre de tiburones.
«Todavía mucho más».
Delta-Uno mantuvo el Kiowa a baja altura sobre el océano mientras escrutaba la oscuridad en busca de la Crestliner que se había dado a la fuga.
Dando por hecho que la motora se dirigiría a tierra para intentar poner la mayor distancia posible con el Goya, había seguido su trayectoria original, trayectoria que la alejaba cada vez más del barco.
«Ya tendría que haberle dado alcance».
En condiciones normales, la lancha a la fuga no supondría mayor dificultad que utilizar el radar, pero con los sistemas de bloqueo del Kiowa transmitiendo un paraguas de ruido térmico en una extensión de varios kilómetros, el radar del helicóptero no servía de nada. Por otro lado, apagar el sistema de bloqueo no era una opción viable hasta que tuviera noticias de que todos los que estaban a bordo del Goya habían muerto. Ni una sola llamada de emergencia saldría del Goya esa noche.
«El secreto de este meteorito muere aquí mismo. Ahora mismo».
Afortunadamente, Delta-Uno contaba con otros medios de comunicación para localizar objetivos. Incluso a pesar de tener que vérselas contra aquel extraño telón de fondo de océano calentado, localizar la huella térmica de una lancha motora era tarea sencilla. Activó el escáner. El océano que lo rodeaba registraba una temperatura de treinta y seis grados centígrados.
Afortunadamente, las emisiones de un motor fuera de borda de 250 caballos tenían una temperatura superior.
Corky Marlinson había perdido la sensibilidad en la pierna y en el pie.
Lo único que se le había ocurrido había sido limpiarse el gemelo herido con el trapo y recubrir la herida con varias capas de cinta aislante. Cuando se le acabó la cinta, todo el gemelo, desde el tobillo a la rodilla, estaba envuelto en una apretada vaina plateada. La herida había dejado de sangrar, aunque todavía tenía la ropa y las manos cubiertas de sangre.
Sentado en el suelo de la Crestliner en plena huida, Corky se sentía confuso al ver que el helicóptero todavía no había dado con él. Levantó la mirada y escrutó el horizonte a su espalda, esperando ver el distante Goya y también el helicóptero aproximándose. Sorprendentemente, no vio ni lo uno ni lo otro. Las luces del Goya habían desaparecido. No podía haberse alejado tanto. ¿O sí?
De pronto tuvo la esperanza de que quizá sí lograría escapar. Quizá le hubieran perdido en la oscuridad. ¡Quizá lograra llegar a Tierra!
Fue entonces cuando se dio cuenta de que la estela que dejaba el barco no trazaba una línea recta. Parecía curvarse gradualmente desde la parte trasera de la lancha, como si estuviera dibujando un arco en vez de una recta. En cuanto fue consciente de lo que ocurría, Corky volvió confundido la cabeza para seguir el arco que dibujaba la estela, extrapolando una curva gigantesca sobre el océano. Un instante después, lo vio.
El Goya estaba situado directamente a babor de la lancha, a menos de un kilómetro de distancia. Aterrorizado, se dio cuenta demasiado tarde del error que había cometido. Sin nadie al timón, la popa del Crestliner no había hecho sino realinearse continuamente, siguiendo la dirección de la fuerte corriente: el flujo circular de agua de la megapluma. «¡Me estoy moviendo en un maldito y enorme círculo!»
Había vuelto sobre sus pasos.
En el mismo instante en que fue consciente de que todavía se encontraba en el interior de la megapluma abarrotada de tiburones, Corky recordó las desalentadoras palabras de Tolland. «Lóbulos olfativos teleencefálicos muy desarrollados… los tiburones martillo pueden oler una gota de sangre a un kilómetro y medio de distancia». Se miró la pierna envuelta en cinta aislante y también las manos, ambas ensangrentadas.
El helicóptero no tardaría en alcanzarle.
Corky se arrancó la ropa ensangrentada y avanzó como pudo desnudo hacia popa. Consciente de que ningún tiburón era capaz de nadar a la velocidad del barco, se enjuagó lo mejor que pudo en la fuerte corriente de la estela.
«Una sola gota de sangre…»
Cuando se incorporó, totalmente expuesto a la noche, supo que sólo le quedaba una alternativa. En una ocasión había aprendido que los animales marcaban su territorio con orina porque el ácido úrico era el fluido de olor más potente de los que producía el cuerpo humano.
«Más potente que la sangre», o eso esperaba. Al tiempo que lamentaba no haber bebido más cervezas esa noche, tiró de la pierna herida hasta colocarla sobre la borda e intentó orinar sobre la cinta aislante. «¡Vamos!»
Esperó. «No hay nada como la presión de tener que mearse encima con un helicóptero persiguiéndote».
Por fin lo consiguió. Orinó sobre la cinta aislante, empapándola. Utilizó lo poco que le quedaba en la vejiga para empapar un trapo, que a continuación utilizó para frotarse todo el cuerpo. «Qué delicia».
Sobre su cabeza, en la oscuridad del cielo, apareció un rayo láser rojo que se inclinó hacia él como la cuchilla resplandeciente de una enorme guillotina. El helicóptero, cuyo piloto parecía confundido por el hecho de que Corky hubiera vuelto hacia el Goya, apareció desde un ángulo oblicuo.