La conspiración

Dan Brown · Capítulo 41 de 138

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La conspiración

Capítulo 40

–No hay otra explicación posible. Tiene que haber alguna grieta. El peso de la plataforma de hielo sobre el océano debe de estar provocando la entrada al agujero de agua de mar rica en plancton.

«Una grieta enorme», pensó Rachel. Si ahí el hielo tenía un espesor de ciento cincuenta metros y la profundidad del agujero era de sesenta, la hipotética grieta tenía que atravesar noventa metros de hielo. «Las muestras extraídas por Norah Mangor no revelaban ninguna grieta».

–Hazme un favor -le dijo Tolland a Corky-. Ve a buscar a Norah. Espero que sepa algo sobre este glaciar que no nos haya dicho. Y encuentra también a Ming. Quizá él pueda decirnos qué son estos diminutos bichos que brillan.

Corky se marchó.

–Será mejor que te des prisa -le gritó Tolland, volviendo a mirar al agujero-. Juraría que esta bioluminiscencia se desvanece.

Rachel miró al agujero. Sin duda, el verde ya no parecía brillar con tanta intensidad.

Tolland se quitó el anorak y se tumbó en el hielo junto al agujero Rachel lo observó, confundida.

–¿Mike?

–Quiero saber si está entrando agua salada.

–¿Tumbándote en el hielo y sin abrigo?

–Sí -fue la respuesta de Tolland. Se arrastró sobre el estómago hasta el borde del agujero. Sostuvo una manga del abrigo por encima de la fosa y dejó que la otra colgara hasta que el puño rozó el agua-. He aquí la mejor prueba de salinidad utilizada por los mejores oceanógrafos del mundo. Se llama: «chupar una chaqueta mojada».

En el exterior del habisferio, sobre la cornisa de hielo, Delta-Uno luchaba con los controles para mantener el microrobot volador en el aire sobre el grupo que ahora se había congregado alrededor del foso de extracción. A tenor del sonido de las conversaciones que tenían lugar más abajo, supo que las cosas estaban saliendo rápidamente a la luz.

–Llamad al controlador -dijo-. Tenemos un grave problema.

40

En su adolescencia, Gabrielle Ashe había recorrido innumerables veces las estancias de la Casa Blanca abiertas al público mientras soñaba en

secreto que algún día trabajaría en la mansión presidencial y que formaría parte de la élite que gestionaba el futuro del país. Sin embargo, en aquel momento habría preferido estar en cualquier otro lugar del mundo.

Mientras el agente del Servicio Secreto de la Puerta Este la conducía hasta un ornamentado vestíbulo, Gabrielle se preguntaba qué demonios estaba intentando probar su anónimo informador. Invitarla a la Casa Blanca era una locura. «¿Y si alguien me ve?» Últimamente se había dejado ver con bastante frecuencia en los medios de comunicación como la mano derecha del senador Sexton. Sin duda alguien la reconocería.

–¿Señorita Ashe?

Gabrielle levantó los ojos. Un guardia de seguridad de rostro amable la saludó con una sonrisa de bienvenida.

–Mire hacia allí, por favor -dijo, señalando.

Gabrielle miró hacia donde él señalaba y quedó cegada por un destello.

–Gracias.

El guardia la llevó hasta un escritorio y le dio un bolígrafo.

–Por favor, firme en el libro de visitas -dijo, empujando hacia ella una pesada libreta forrada en piel.

Gabrielle miró la libreta. La página que tenía ante sus ojos estaba en blanco. Se acordó de haber oído en una ocasión que todos los visitantes de la Casa Blanca firmaban su propia página en blanco para mantener la privacidad de su visita. Firmó con su nombre.

«Aquí se esfuma cualquier posibilidad de un encuentro privado».

Gabrielle pasó por un detector de metales y a continuación recibió una leve palmadita.

–Disfrute de la visita, señorita Ashe.

Gabrielle siguió al agente del Servicio Secreto veinticinco metros a lo largo de un pasillo de suelo embaldosado hasta un segundo escritorio de seguridad. Allí, otro guardia extrajo una acreditación que estaba saliendo en ese instante de una máquina laminadora. Le hizo un agujero por el que introdujo un cordón y se lo pasó a Gabrielle por la cabeza, colgándoselo del cuello. El plástico seguía caliente. La foto de la identificación era la que le habían tomado quince segundos antes, al fondo del pasillo.

Gabrielle estaba impresionada. «¿Quién dice que el gobierno no es eficiente?»

Siguieron adelante. El agente del Servicio Secreto se adentró aún más en el complejo de la Casa Blanca. Ella se sentía más incómoda con cada paso que daba. No había duda de que, quienquiera que le hubiera hecho esa misteriosa invitación, no le preocupaba en absoluto la privacidad del encuentro. A Gabrielle le habían facilitado un pase oficial, había firmado en el libro de visitas y ahora la conducían a la vista de todo el mundo por la primera planta de la Casa Blanca, donde se arracimaban los visitantes.

–Y éste es el Salón de Porcelana -le decía una guía a un grupo de turistas-. Alberga la colección de piezas decoradas en rojo, con un valor de novecientos cincuenta y dos dólares la unidad, que perteneció a Nancy Reagan y que desató el debate sobre el consumo ostentoso en 1981.

El agente del Servicio Secreto la llevó hacia una enorme escalera de mármol, dejando atrás al grupo de visitantes. Otro grupo ascendía por la escalera.

–Están ustedes a punto de entrar en el Salón Este -decía la guía-, la sala de trescientos metros cuadrados donde Abigail Adams colgó en una ocasión la colada de John Adams. A continuación pasaremos al Salón Rojo, donde Dolley Madison emborrachaba a los jefes de Estado de visita antes de que James Madison negociara con ellos.

Los turistas se rieron.

Gabrielle dejó atrás la escalera siguiendo al agente, pasó luego entre una serie de cordones de separación y entró en una sección más privada del edificio. Accedieron entonces a una sala que Gabrielle sólo había visto en los libros y en la televisión. Contuvo la respiración.

«¡Dios mío! ¡El Salón de los Mapas!»

Ningún tour guiado visitaba jamás aquel salón. En cada pared había unos enormes paneles de madera que podían abrirse, mostrando, uno tras otro, todos los mapas del mundo. Aquél era el lugar donde Roosevelt había trazado el destino de la Segunda Guerra Mundial. Por otro lado, también era el salón desde el que Clinton había reconocido públicamente su aventura con Mónica Lewinsky. Gabrielle apartó esa idea de la cabeza. Pero lo más importante era que el Salón de los Mapas era una estancia de paso hacia el Ala Oeste, el área de la Casa Blanca desde donde se manejaban los hilos del poder. En ningún momento se había imaginado que acabaría precisamente allí. Estaba convencida de que su e-mail procedía de algún joven y audaz