La conspiración

Dan Brown · Capítulo 35 de 138

Páginas del PDF

La conspiración

Capítulo 33

–Señor, no estoy en absoluto preparada. No puedo…

–Simplemente dígales la verdad. ¿Tan duro es eso?

–Pero…

–Rachel -dijo el Presidente, inclinándose hacia la pantalla-. Recuerde: vive usted de compilar y difundir datos. Es a lo que se dedica. Simplemente hable de lo que está ocurriendo ahí arriba. Alargó la mano para manipular un interruptor de su equipo de transmisión de vídeo, pero se detuvo-. Y creo que le gustará saber que la he colocado en una posición de poder.

Rachel no comprendió lo que el Presidente le estaba diciendo, pero ya era demasiado tarde para preguntar. El Presidente pulsó el interruptor.

La pantalla que Rachel tenía delante se quedó en blanco durante un instante. Cuando volvió a encenderse, Rachel se encontró mirando una de las imágenes más inquietantes que había visto en su vida. Directamente delante de ella estaba el Despacho Oval de la Casa Blanca. Estaba abarrotado. Sólo quedaba sitio de pie. Al parecer, todo el equipo de la Casa Blanca al completo estaba presente. Y todos ellos la miraban. En ese momento, fue consciente de que los veía desde encima del escritorio del Presidente.

«Hablando de una posición de poder». Rachel ya había empezado a sudar. A tenor de la expresión de los rostros del personal de la Casa Blanca, estaban tan sorprendidos de verla como ella de verlos a ellos.

–¿Señorita Sexton? – se oyó gritar a una voz rasposa.

Rachel buscó entre el mar de rostros hasta dar con la persona que había hablado. Se trataba de una mujer huesuda que acababa de tomar asiento en primera fila. Marjorie Tench. El característico aspecto de la mujer era inconfundible, incluso en mitad de una multitud.

–Gracias por unirse a nosotros, señorita Sexton -dijo Marjorie Tench, que sonaba pagada de sí misma-. El Presidente nos ha dicho que tiene usted una noticia que darnos.

33

Disfrutando de la oscuridad, el paleontólogo Wailee Ming estaba sentado solo, sumido en silenciosa reflexión en su área privada de trabajo.

Tenía todos los sentidos alerta ante la perspectiva del evento de esa noche.

«Pronto seré el paleontólogo más famoso del mundo». Esperaba que

Michael Tolland, en una muestra de generosidad, hubiera incluido sus comentarios en el documental.

Mientras Ming saboreaba su inminente fama, percibió una leve vibración en el hielo que tenía bajo los pies y que le hizo levantarse de un salto. El instinto de percepción de terremotos que había desarrollado al vivir en Los Ángeles le hacía hipersensible a las palpitaciones más leves del suelo. Sin embargo, en ese momento se sintió estúpido al darse cuenta de que la vibración era perfectamente normal. «No es más que hielo desprendiéndose», se recordó, soltando un suspiro. Todavía no se había acostumbrado a ello. Cada ciertas horas, una explosión lejana retumbaba en la noche cuando en algún lugar de la frontera glacial un enorme bloque de hielo se resquebrajaba y caía al mar. Norah Mangor tenía una hermosa forma de definirlo. «Nuevos icebergs naciendo…»

Ya de pie, Ming estiró los brazos. Miró al otro lado del habisferio y a lo lejos, bajo el resplandor de los focos de las cámaras, vio que tenía lugar una celebración. No era demasiado amigo de las fiestas y se encaminó en dirección opuesta.

El laberinto de áreas de trabajo desiertas parecía ahora una ciudad fantasma. La cúpula al completo desprendía un aire casi sepulcral. Un escalofrío parecía habérsele instalado dentro y se abrochó el abrigo largo de pelo de camello hasta el cuello.

Más arriba vio el foso de extracción, el punto del que se habían sacado los fósiles más magníficos de la historia de la humanidad. El gigantesco trípode de metal había sido retirado y la piscina estaba sola, rodeada de postes como un bache en un inmenso aparcamiento de hielo. Ming se acercó despacio al hoyo y, manteniéndose a una distancia prudente, echó una mirada a la piscina de sesenta metros de profundidad de agua helada.

No tardaría en volver a helarse, borrando todo rastro que indicara que alguien había estado allí.

A él le pareció que la piscina de agua era un hermoso espectáculo.

Incluso a oscuras.

«Sobre todo a oscuras».

Ming vaciló al pensarlo. Y entonces lo asimiló.

«Algo va mal».

Cuando se concentró más atentamente en el agua, sintió que la satisfacción daba paso a un repentino remolino de confusión. Parpadeó,