La conspiración

Dan Brown · Capítulo 117 de 138

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La conspiración

Capítulo 113

casi las 04:00». A esa hora, Gabrielle sabía que quien llamaba no podía ser otro que Sexton. Obviamente estaría preguntándose dónde demonios estaba.

«¿Lo cojo o dejo que suene?» Si contestaba, tendría que mentir, pero si no lo hacía, Sexton empezaría a sospechar.

Contestó.

–¿Hola?

–¿Gabrielle? – Sexton sonaba impaciente-. ¿Qué es lo que la retiene?

–El monumento a FDR -dijo Gabrielle-. He estado atascada aquí con el taxi y ahora estamos en…

–Pues por cómo suena, no parece estar en un taxi.

–No -dijo Gabrielle, que ahora notaba cómo se le aceleraba el pulso-.

No estoy en el taxi. Decidí pasar por mi despacho y coger algunos documentos de la NASA que pueden resultar relevantes para el EDOP. Pero no doy con ellos.

–Bueno, dése prisa. Quiero convocar una rueda de prensa para esta mañana y tenemos que concretar los detalles.

–No tardaré -dijo Gabrielle.

Se produjo una pausa en la línea.

–¿Está usted en su despacho? – preguntó el senador, que de pronto parecía confundido.

–Sí. Diez minutos más y estaré de camino.

Otra pausa.

–Muy bien. La veo luego.

Gabrielle colgó, demasiado preocupada para percibir el fuerte y claro triple tictac del valioso reloj del abuelo del senador, situado a tan sólo unos metros de ella.

113

Michael Tolland no se dio cuenta de que Rachel estaba herida hasta que vio sangre en su brazo cuando tiró de ella para ponerla a salvo detrás del Tritón. A juzgar por la expresión catatónica de su rostro, Tolland percibió que Rachel no sentía ningún dolor. La sujetó bien y giró sobre sus talones en busca de Corky. El astrofísico cruzó como pudo la cubierta para reunirse con ellos con la mirada perdida de terror.

«Tenemos que encontrar algún sitio donde ponernos a salvo», pensó Tolland, que todavía no había sido capaz de asimilar en su totalidad el

horror de lo que acababa de ocurrir. Instintivamente, sus ojos se elevaron rápidamente por los diferentes niveles de cubiertas que tenían encima. Las escaleras que llevaban al puente estaban al descubierto y el propio puente era una caja de cristal: un ojo de buey transparente desde el cielo.

Refugiarse en él sería un suicidio, lo cual dejaba sólo una alternativa.

Durante un fugaz instante, Tolland lanzó una esperanzada mirada al Tritón, preguntándose si podrían sumergirse los tres en el agua y alejarse de las balas.

«Qué absurdo». En el Tritón sólo cabía una persona, y la operación para hacer pasar el sumergible por la trampilla de cubierta para depositarlo en la superficie del océano, situada a unos quince metros por debajo tardaba más de diez minutos. Además, sin los compresores y las baterías adecuadamente recargadas era inoperativo.

–¡Vuelven a atacar! – gritó Corky con un chillido de miedo, señalando al cielo.

Tolland ni siquiera levantó la mirada. Señaló un mamparo cercano, donde una rampa de aluminio descendía entre las diferentes cubiertas.

Corky no necesitó que se lo indicaran dos veces. Bajó la cabeza, salió disparado hacia la abertura y desapareció por la rampa. Tolland rodeó con brazo firme la cintura de Rachel y le siguió. Los dos desaparecieron hacia la cubierta inferior justo en el preciso instante en que el helicóptero regresaba, rociando de balas la cubierta superior.

Tolland ayudó a Rachel a bajar la rampa de rejilla hasta alcanzar la plataforma suspendida del fondo del barco. En cuanto llegaron, notó que el cuerpo de Rachel se tensaba de repente. Giró sobre sus talones, temiendo que quizá hubiera sido alcanzada por alguna bala rebotada.

Cuando le vio la cara, se dio cuenta de que se trataba de algo muy distinto. Siguió su petrificada mirada hacia abajo e inmediatamente comprendió.

Rachel se había quedado inmóvil. Sus piernas se negaban a moverse.

Tenía la mirada clavada en el extraño mundo que se abría a sus pies. Debido a su diseño SWATH, el Goya carecía de casco. En vez de eso, flotaba sobre unas quillas como un catamarán gigantesco. Acababan de bajar desde cubierta a una pasarela de rejilla suspendida sobre un abismo, separada del mar embravecido por unos nueve metros de vacío. El ruido producido por los embates del mar era ensordecedor. El terror de Rachel se veía además