La conspiración

Dan Brown · Capítulo 84 de 138

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La conspiración

Capítulo 81

Tench farfulló algo que sonó muy similar a «Y una mierda».

–¿Está usted intentando decirme, Marjorie, que el comunicado que el Presidente ha dado a conocer esta noche ha sido absolutamente veraz?

Se produjo un largo silencio en la línea. Pickering sabía que la tenía pillada.

–Escuche, ambos sabemos que esto es una bomba de relojería a punto de estallar. Pero todavía no es demasiado tarde. Podemos llegar a algunos compromisos.

Tench siguió sin decir nada durante varios segundos. Finalmente, suspiró.

–Deberíamos vernos.

«La tengo», pensó Pickering.

–Hay algo que quiero mostrarle -dijo Tench-. Y creo que ayudará a aclarar este asunto.

–Iré a verla a su despacho.

–No -dijo Tench apresuradamente-. Ya es tarde. Su presencia aquí levantaría sospechas. Prefiero que todo este asunto quede entre nosotros.

Pickering leyó entre líneas. «El Presidente no sabe nada de esto».

–Puede venir aquí, si lo desea -dijo.

Tench pareció desconfiar. – Encontrémonos en algún lugar discreto.

Pickering había esperado algo así.

–El monumento a Franklin Delano Roosevelt queda cerca de la Casa Blanca -dijo Tench-. Sin duda estará desierto a esta hora de la noche.

Pickering lo pensó unos segundos. El monumento a FDR estaba a mitad de camino entre los monumentos a Jefferson y a Lincoln, en una parte de la ciudad extremadamente segura. Tras una larga pausa, Pickering accedió.

–Nos encontraremos allí dentro de una hora -dijo Tench, despidiéndose-. Y venga sólo.

En cuanto colgó, Marjorie Tench llamó a Ekstrom, el director de la NASA. La voz de Tench sonaba tensa mientras iba relatando la mala noticia.

–Pickering podría ser un problema.

81

De pie frente al escritorio de Yolanda Colé en la sala de producción de la ABC, marcando el número de información telefónica, Gabrielle Ashe

estaba rebosante de esperanza renovada.

De confirmarse, las acusaciones que Sexton acababa de compartir con ella contaban con un potencial impactante. ¿Que la NASA había mentido sobre el EDOP? Gabrielle había visto la rueda de prensa y recordó que le había parecido extraña, aunque se había olvidado de ella por completo. El EDOP no era una cuestión vital unas semanas antes. Esa noche, sin embargo, se había convertido en la cuestión por excelencia.

Sexton necesitaba ahora información interna y la necesitaba rápido.

Esperaba que su «informador» se la consiguiera. Y ella le había asegurado al senador que haría todo lo que estuviera en su mano. Naturalmente, el problema era que su informador era Marjorie Tench, la cual no iba a ser de ninguna ayuda. Así que tendría que conseguir la información de algún otro modo.

–Información telefónica -dijo la voz al otro lado de la línea. Gabrielle le dijo lo que necesitaba. La operadora le proporcionó el número de tres hombres llamados Chris Harper en Washington. Gabrielle lo intentó con los tres.

El primer número correspondía a un despacho de abogados. En el segundo no contestó nadie. El tercero sonaba ya. Respondió una mujer al primer timbre. – Residencia Harper.

–¿Señora Harper? – dijo Gabrielle lo más cortésmente que pudo-.

Espero no haberla despertado.

–¡Por Dios, no! No creo que nadie pueda dormir esta noche. La señora Harper parecía excitada. Gabrielle pudo oír la televisión a lo lejos.

Cobertura del meteorito.

–Supongo que querrá usted hablar con Chris. A Gabrielle se le aceleró el pulso.

–Sí, señora.

–Pues me temo que no está en casa. Ha salido corriendo al trabajo en cuanto el Presidente acabó de leer el comunicado -dijo la mujer, riéndose por lo bajo-. Aunque, naturalmente, dudo que nadie esté trabajando ahora.

Será, más que nada, una fiesta. El comunicado le ha pillado por sorpresa, ya sabe. De hecho, ha sido una sorpresa para todos. El teléfono lleva toda la noche sonando. Apuesto a que a estas alturas todo el equipo de la NASA ya está allí.

–¿En el complejo de E Street? – preguntó Gabrielle, dando por hecho que la mujer se refería al edificio principal de la NASA.

–Eso es. Llévese un gorro de fiesta.

–Gracias. Le localizaré allí.

Gabrielle colgó. Corrió a la sala de producción, donde encontró a Yolanda, que acababa de terminar de preparar a un grupo de expertos en el espacio que estaban a punto de ofrecer un entusiasta análisis sobre el meteorito.

Yolanda sonrió al verla acercarse.

–Tienes mejor aspecto -dijo-. ¿Estás empezando a ver la luz?

–Acabo de hablar con el senador. Su reunión de esta noche no era lo que yo pensaba.

–Ya te he dicho que Tench estaba jugando contigo. ¿Cómo se ha tomado el senador la noticia del meteorito?

–Mejor de lo que imaginaba.

Yolanda pareció sorprendida.

–Y yo que creía que a estas alturas ya se habría tirado delante de algún autobús.

–Dice que puede que haya alguna pega en los datos facilitados por la NASA.

Yolanda soltó un resoplido de duda.

–¿Ha visto la misma rueda de prensa que he visto yo? ¿Cuánta más confirmación y reconfirmación puede llegar alguien a necesitar para convencerse?

–Me voy a la NASA a comprobar algo.

Las cejas perfiladas de Yolanda se arquearon, dibujando un par de arcos admonitorios.

¿La mano derecha del senador Sexton va a entrar en el edificio central de la NASA? ¿Esta noche? ¿Has oído hablar de la lapidación pública?

Gabrielle le habló de las sospechas de Sexton que apuntaban a que Chris Harper, el director de sección del EDOP había mentido sobre la reparación del software de detección de anomalías.

Sin duda Yolanda no se lo creyó.

–Cubrimos esa rueda de prensa, Gabs, y debo admitir que esa noche Harper no era el mismo, pero la NASA dijo que se encontraba bastante mal.