La conspiración

Dan Brown · Capítulo 126 de 138

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La conspiración

Capítulo 123

Enfurecido al ver que la Casa Blanca se negaba a utilizar las pruebas que él mismo les había facilitado, Pickering intentó hacer saltar el escándalo filtrando un rumor según el cual Sexton se había acostado con Gabrielle Ashe. Desgraciadamente, el senador declaró su inocencia mostrando una indignación que resultó tan convincente que el Presidente terminó teniendo que disculparse por la filtración personalmente. Al final, William Pickering había resultado más perjudicial que beneficioso. Herney le dijo que si volvía a interferir en la campaña, se vería en la obligación de censurarle. Naturalmente, la gran ironía era que Pickering ni siquiera sentía la menor simpatía por el presidente Herney. Los intentos del director de la ONR por ayudar a relanzar su campaña presidencial respondían simplemente a sus miedos ante el destino de la NASA. Zach Herney era el menor de dos males.

«¿Habrá cometido Pickering algún asesinato?»

Herney no se atrevió a imaginar esa posibilidad.

–¿Presidente? – dijo uno de sus asistentes-. He llamado a Lawrence Ekstrom como ha ordenado, y le he hablado de lo ocurrido con Marjorie Tench.

–Gracias. l ^

–Le gustaría hablar con usted, señor.

Herney seguía furioso con Ekstrom por haberle mentido sobre el EDOP.

–Dígale que hablaré con él por la mañana.

–El señor Ekstrom quiere hablar con usted ahora mismo, señor -dijo el asistente, visiblemente incómodo-. Se le nota muy alterado.

«¿Que está alterado?» Herney notó que estaba a punto de estallar y perder los estribos. Cuando por fin decidió aceptar la llamada del director de la NASA, se preguntó qué otra cosa podía haber salido mal esa noche.

123

A bordo del Goya, Rachel estaba aturdida. La perplejidad que la embargaba como una espesa niebla empezaba a disiparse. La cruda realidad que le acababa de ser desvelada la había dejado desprotegida y asqueada.

Miró al desconocido que tenía delante y apenas fue capaz de oír su propia voz.

–Necesitábamos reconstruir la imagen de la NASA -decía Pickering-.

Su popularidad y financiación, cada vez más exiguas, se habían vuelto

peligrosas a demasiados niveles. – Hizo una pausa y clavó sus ojos grises en los de ella-. Rachel, la NASA necesitaba un triunfo desesperadamente. Y

alguien tenía que hacer que éste ocurriera.

«Había que hacer algo», pensó Pickering.

El meteorito no era sino un acto final desesperado. Pickering y otros habían intentado salvar a la NASA, presionando para incorporar a la agencia espacial a la comunidad de inteligencia, donde disfrutaría de una mayor financiación y de mayor seguridad, pero la Casa Blanca se oponía una y otra vez a la idea, viendo en ella un asalto a la ciencia pura.

«Idealismo miope». Con la creciente popularidad del discurso anti-NASA de Sexton, Pickering y su equipo de traficantes de influencias sabían que se les acababa el tiempo. Decidieron entonces que capturar la imaginación del contribuyente y del Congreso era la única forma que quedaba de rescatar la imagen de la NASA y de salvarla de la subasta. Si la agencia espacial iba a sobrevivir, necesitaría una inyección de grandeza, algo que recordara al contribuyente los días gloriosos del Apolo y la NASA. Y si Zach Herney iba a vencer al senador Sexton en las urnas, iba a necesitar ayuda.

«He intentado ayudarle», se dijo Pickering, acordándose de todas las pruebas incriminatorias que había enviado a Marjorie Tench.

Desgraciadamente, Herney había prohibido su uso, obligándole con ello a tomar medidas drásticas.

–Rachel -dijo-, la información que acaba de enviar por fax desde el barco es peligrosa. Tiene que entenderlo. Si esa información sale de aquí, parecerá que la Casa Blanca y la NASA son cómplices de lo ocurrido. La violenta reacción que recibirán tanto el Presidente como la NASA será desmesurada. Ellos no saben nada, Rachel. Son inocentes. Creen que el meteorito es auténtico.

Pickering ni siquiera había intentado incluir a Herney ni a Ekstrom en la maniobra porque ambos eran demasiado idealistas para haber accedido a tomar parte en cualquier tipo de engaño, fuera cual fuera su potencial para salvar a la presidencia o a la agencia espacial. El único crimen cometido por el director Ekstrom había sido convencer al supervisor de la misión del EDOP para que mintiera sobre el software de detección de anomalías, iniciativa que sin duda lamentó en el momento en que se dio cuenta del nivel de análisis al que iba a someterse el meteorito en cuestión.

Frustrada ante la insistencia de Herney por llevar adelante una campaña limpia, Marjorie Tench conspiró con Ekstrom sobre la mentira del EDOP

con la esperanza de que un pequeño éxito del EDOP pudiera ayudar al Presidente a contener la creciente ventaja de Sexton.

«¡Si Tench hubiera utilizado las fotos y los datos de soborno que le di, nada de esto habría ocurrido!»

El asesinato de Tench, por muy lamentable que resultara, se había escrito en cuanto Rachel la había llamado para compartir con ella las acusaciones de fraude. Pickering sabía que Tench investigaría implacablemente hasta llegar al fondo de los motivos que habían llevado a Rachel a defender tan ultrajantes afirmaciones, y ésa era una investigación que obviamente él no podía permitir. Por irónico que resultara, Tench iba a servir mejor a su Presidente muerta. Su violento final ayudaría a cimentar un voto de simpatía por la Casa Blanca, así como a arrojar vagas sospechas de juego sucio sobre la desesperada campaña de Sexton, que acababa de ser humillado en público por la propia Marjorie Tench en la CNN.

Rachel se mantuvo en sus trece, dedicando una mirada glacial a su jefe.

–Tiene que comprender -dijo Pickering- que si llega a conocerse la noticia del fraude del meteorito, destruirá usted a un presidente que no tiene la culpa de nada, y lo mismo pasará con la agencia espacial. Además, colocará a un hombre muy peligroso en el Despacho Oval. Necesito saber dónde ha enviado ese fax con los datos.

A medida que pronunciaba esas palabras, una extraña expresión se dibujó en el rostro de Rachel. Era la congoja y el espanto de alguien que acababa de darse cuenta del grave error que ha estado a punto de cometer.

Después de haber rodeado la popa y de haber vuelto por el lado de proa, Delta-Uno estaba ahora en el hidrolaboratorio, desde donde había visto salir a Rachel cuando el helicóptero había aterrizado en cubierta. En el laboratorio, un ordenador mostraba una inquietante imagen: una representación policromática del vórtice palpitante de aguas profundas suspendido sobre el suelo oceánico en algún punto por debajo del Goya.

«Razón de más para salir de aquí», pensó, moviéndose ahora hacia su objetivo.

El fax se hallaba sobre un mostrador situado en la parte más alejada de la pared. La bandeja del aparato estaba llena de un montón de papeles,

exactamente como Pickering había supuesto. Delta-Uno los cogió. Encima de todo había una nota de Rachel. Constaba de sólo dos líneas. La leyó.

«Directa al grano», pensó.

Mientras hojeaba las páginas, se quedó a la vez perplejo y consternado de ver hasta qué punto Rachel y Tolland habían descubierto la farsa del meteorito. Quienquiera que viera esas copias impresas no tendría la menor duda de lo que significaban. Afortunadamente, Delta-Uno ni siquiera necesitó pulsar la tecla de rellamada para descubrir dónde habían ido a parar. El último número de fax aparecía aún en la ventanilla del aparato.

«Un prefijo de Washington D.C.»

Copió con sumo cuidado el número de fax, cogió los papeles y salió del laboratorio.

Tolland notaba que le sudaban las manos mientras apuntaba con la ametralladora al pecho de William Pickering. El director de la ONR seguía presionando a Rachel para que le dijera dónde había enviado los datos, y Tolland estaba empezando a tener la inquietante sensación de que Pickering quería ganar tiempo. «¿Para qué?»

–La Casa Blanca y la NASA son inocentes -repitió Pickering-. Colabore con nosotros. No permita que mis errores destruyan la poca credibilidad que le queda a la NASA. La NASA parecerá culpable si todo esto llega a saberse. Usted y yo podemos llegar a un acuerdo. El país necesita el meteorito. Dígame a dónde ha enviado el fax antes de que sea demasiado tarde.

–¿Para que pueda matar a alguien más? – dijo Rachel-. Me da usted asco.

Tolland estaba atónito ante la fuerza de Rachel. Despreciaba a su padre, pero sin duda no tenía ninguna intención de hacer correr al senador el menor peligro. Desgraciadamente, el plan de Rachel de enviar un fax a su padre pidiendo ayuda se le había vuelto en contra. Incluso aunque se diera el caso de que el senador fuera a su despacho, viera el fax y llamara al Presidente con la noticia del fraude del meteorito y le obligara a detener el ataque, nadie en la Casa Blanca tendría la menor idea de lo que Sexton estaba diciendo, ni siquiera de dónde estaban.

–Se lo pediré una vez más -dijo Pickering, clavando en Rachel una mirada amenazadora-. La situación es demasiado compleja para que pueda usted entenderla en toda su dimensión. Ha cometido un enorme error