La conspiración
Capítulo 47
–¿No te ha preocupado en ningún momento no poder encontrar el camino de regreso? – gritó Tolland-. El habisferio ya es casi invisi…
Sus palabras quedaron interrumpidas por el fuerte siseo de una bengala al encenderse en la mano de Norah. El repentino resplandor rojo y blanco iluminó la plataforma de hielo en un radio de diez metros a su alrededor.
Norah utilizó el talón para cavar un pequeño agujero en la nieve de la superficie, y formó un pequeño parapeto protector del lado de donde soplaba el viento. A continuación hincó la bengala en el agujero.
–Migas de pan de alta tecnología -gritó Norah.
–¿Migas de pan? – preguntó Rachel, protegiéndose los ojos de la repentina luz con la mano.
–Hansel y Gretel -gritó Norah-. Estas bengalas duran una hora. Tiempo más que suficiente para encontrar el camino de regreso.
Y dicho eso, Norah reemprendió la marcha, llevándoles con ella glaciar abajo y sumergiéndoles de nuevo en la oscuridad.
47
Gabrielle Ashe salió hecha una furia del despacho de Marjorie Tench y prácticamente tumbó a una secretaria al salir. Mortificada como estaba, lo único que veía eran las fotografías -imágenes- de brazos y piernas entrelazados. Rostros embargados por el éxtasis.
Gabrielle no tenía la menor idea de cómo habían hecho esas fotos, pero tampoco le cabía duda de su autenticidad. Las habían tomado en el despacho del senador Sexton y parecían sacadas desde arriba con una cámara oculta. «Que Dios me ayude». Una de las fotos la mostraba a ella y a Sexton practicando sexo directamente sobre el escritorio del senador, con sus cuerpos extendidos sobre un amasijo de documentos de aspecto oficial.
Marjorie Tench la alcanzó fuera del Salón de los Mapas. Llevaba en la mano el sobre rojo con las fotos.
–Por su reacción, supongo que cree que estas fotos son auténticas.
La asesora principal del Presidente parecía estar pasándolo en grande.
–Espero que la convenzan de que el resto de datos son igual de precisos.
Proceden de la misma fuente.
Gabrielle sintió que el cuerpo entero se le sonrojaba mientras avanzaba por el pasillo. «¿Dónde demonios está la salida?»
Las larguiruchas piernas de Tench no tuvieron el menor problema para caminar a su ritmo.
–El senador Sexton juró ante el mundo que entre ustedes dos sólo existe una relación platónica. Su declaración televisada resultó de hecho muy convincente -añadió, señalando con aire satisfecho por encima del hombro-.
De hecho, creo que tengo una cinta en mi despacho, en caso de que quiera que le refresque la memoria.
Gabrielle no necesitaba que se la refrescaran. Recordaba la rueda de prensa demasiado bien. La negación de Sexton fue tan inflexible como sincera.
–Es una pena -dijo Tench, que no parecía en absoluto apenada -pero el senador Sexton miró a los ojos al pueblo norteamericano y le mintió descaradamente. El público tiene derecho a saber. Y lo sabrá. Me encargaré de ello personalmente. Ahora la única cuestión es cómo hacérselo saber.
Creemos que lo mejor es que sea usted misma quien se encargue de eso.
Gabrielle estaba perpleja.
–¿De verdad cree que voy a colaborar en el linchamiento de mi propio candidato?
El rostro de Tench se endureció.
–Estoy intentando adelantarme a los demás, Gabrielle. Le estoy dando la oportunidad de ahorrarnos una gran vergüenza a todos manteniendo la cabeza firme y diciendo la verdad. Lo único que necesito es una declaración firmada en la que admita su affair.
Gabrielle se detuvo de golpe.
–¿Qué?
–Por supuesto. Una declaración firmada nos da la fuerza necesaria para lidiar con el senador discretamente, manteniendo al país alejado de este feo asunto. Mi oferta es muy sencilla: firme una declaración y estas fotos nunca verán la luz del día.
–¿Quiere una declaración?
–Técnicamente necesitaría una declaración jurada, aunque tenemos un notario en el edificio que podría…
–Está usted loca -dijo Gabrielle, que ya volvía a caminar.
Tench siguió andando junto a ella. Ahora parecía más enfadada.
–El senador Sexton caerá de un modo u otro, Gabrielle, ¡y le estoy ofreciendo la oportunidad de salir de esto sin tener que ver su trasero