La conspiración

Dan Brown · Capítulo 3 de 138

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La conspiración

«Prst Dironrinmedtte»

Rachel levantó los ojos y no pudo reprimir una mueca al ver actuar a su padre. Sabía perfectamente a dónde llevaba aquello. «Malditos periodistas», pensó. La mitad estaban en la nómina de algún partido. La pregunta del reportero era de las que suelen denominarse un «pomelo»: una pregunta supuestamente agresiva y dura, pero que en realidad no era más que un favor pactado al senador: una volea lenta que su padre podía dar de pleno, lanzando la bola fuera del recinto y aclarando de paso algunas cosas.

–Bueno, señor… -dijo el periodista, carraspeando y fingiendo cierta incomodidad ante la pregunta-. El conflicto es que su hija trabaja para su adversario.

El senador Sexton estalló en carcajadas, quitándole importancia a la cuestión.

–En primer lugar, Ralph, el Presidente y yo no somos adversarios.

Simplemente somos dos compatriotas que tienen diferentes ideas de cómo gobernar el país al que tanto amamos.

Al reportero se le iluminó la cara. Tenía el titular que estaba buscando.

–¿Y en segundo lugar?

–En segundo lugar, mi hija no es empleada del Presidente. Está contratada por el servicio de inteligencia. Compila informes de inteligencia y los envía a la Casa Blanca. De hecho, es un cargo bastante bajo. – Hizo una pausa para mirar a Rachel-. En realidad, querida, creo que nunca has visto en persona al Presidente, ¿verdad?

Rachel clavó en él unos ojos como brasas.

El busca gorjeó de nuevo, obligando a Rachel a fijar la mirada en el mensaje entrante que aparecía ahora en la pantalla de cristal líquido.

«PRST DIRONRINMEDTTE»

Descifró la escritura abreviada al instante y frunció el ceño. El mensaje era de lo más inesperado, y sin duda se trataba de malas noticias. Al menos tenía la excusa perfecta para irse.

–Señores -dijo-. Se me parte el corazón, pero tengo que irme. Llego tarde al trabajo.

–Señorita Sexton -dijo rápidamente el reportero-. Antes de que se marche, me preguntaba si podría comentar algo sobre los rumores que apuntan a que ha sido usted quien ha organizado este desayuno con su padre para discutir la posibilidad de dejar su actual empleo y trabajar para él.

Rachel se sintió como si acabaran de echarle café hirviendo a la cara. La pregunta la pilló totalmente por sorpresa. Miró a su padre y percibió en su sonrisa forzada que la pregunta estaba preparada. Estuvo a punto de saltar por encima de la mesa y clavarle un tenedor.

El periodista le pegó la grabadora a la cara.

–¿Señorita Sexton?

Rachel clavó sus ojos en los del reportero.

–Ralph, o como demonios te llames, a ver si esto te queda claro: no tengo la menor intención de abandonar mi empleo para trabajar con el senador Sexton, y si publicas lo contrario necesitarás un calzador para quitarte esa grabadora del culo.

Al reportero se le agrandaron los ojos. Apagó la grabadora y disimuló una sonrisa.

–Gracias a los dos -dijo antes de desaparecer.

Rachel lamentó de inmediato su arranque de rabia. Había heredado el mal genio de su padre y lo odiaba por ello. «Tranquila, Rachel. Tú tranquila».

Su padre la miraba con ojos glaciales e inquisitivos.

–No estaría de más que aprendieras algunos modales.

Rachel empezó a coger sus cosas.

En cualquier caso, el senador parecía haber terminado con ella. Cogió el móvil para hacer una llamada.

–Adiós, cariño. Pasa a verme por el despacho un día de éstos. Y cásate, por el amor de Dios. Ya tienes treinta y tres años.

–¡Treinta y cuatro! – le replicó Rachel-. Tu secretaria me envió una tarjeta de felicitación.

El senador ahogó una risa triste.

–Treinta y cuatro. Ya eres casi una vieja solterona. ¿Sabes?, cuando yo tenía tu edad, ya me había…

–¿Casado con mamá, además de haberte follado también a la vecina?

Las palabras sonaron más alto de lo que Rachel pretendía y su voz quedó suspendida en toda su crudeza en un vacío de silencio mudo. Los comensales cercanos se giraron a mirar.

En los ojos del senador Sexton se adivinó un destello helado: dos cristales de hielo clavándose en ella.

–Vete con cuidado, jovencita.