La hora azul

John Godey · Capítulo 9 de 15

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La hora azul

Capítulo 9

 

ERAN pocos minutos después de medianoche cuando Calvert salió del taxímetro. El departamento de Leonetti estaba situado sobre su galería (la Galería Lion, con un Manet en exhibición suavemente iluminado desde abajo) y mirando hacia arriba pudo ver una luz que se filtraba entre los pliegues de un cortinado color aguamarina que adornaba la ventana. Penetró en el pequeño vestíbulo pintado de rojo y apretó el timbre donde decía Leonetti.

Sonó inmediatamente y Calvert abrió la puerta y entró. Mientras caminaba oyó una puerta que se abría arriba y la voz de Leonetti retumbó con rabia.

—Maldita sea, Joel, ¿te tienes que olvidar siempre la llave?

Calvert siguió subiendo y dio vuelta al codo de la escalera. Leonetti estaba parado en la puerta semiabierta en robe de chambre. Sus cejas tupidas se arquearon por la sorpresa, como signos de pregunta y sonrió al mismo tiempo.

—Bueno, Mr. Calvert. Esto es inesperado pero agradable. Entre. Entre…

Se apartó de la puerta y Calvert lo siguió por un largo pasillo adornado por ambos lados con cuadros. Se detuvo esperando a que Leonetti cerrara la puerta, al fondo del pasillo se veía una parte del living a donde se dirigieron. No oyó ningún ruido en el departamento y, cuando Leonetti se acercó, no pudo discernir nada en su sonrisa. Si Grace estaba aquí —⁠si ya había venido y partido⁠— no lo pudo leer en la cara de Leonetti a menos que este «deseara» que él lo supiera.

Leonetti enganchó su brazo en el de Calvert y lo condujo al living.

—¿Me imagino que está aquí por negocios?

—Sí. —La sonrisa de Leonetti era ligeramente triunfante pero si era por una victoria ya ganada o por victoria anticipada Calvert no estaba seguro. El living amueblado enteramente en estilo moderno estaba iluminado suavemente por las luces de las paredes. Se encontraba vacío.

Leonetti tomó el sombrero y el sobretodo de Calvert y los tiró sobre una silla. Le indicó un sillón y empujó hacia él una silla liviana.

—¿Qué le parece un trago?

—No, gracias.

—Como quiera.

Leonetti se sentó. Había una urgencia en sus ojos mientras que sus movimientos deliberados parecían dar otra idea: como si estuviera ejercitando un dominio sobre sus emociones, como si estuviera prolongando la actual consumación del éxito para gozar mejor de su sabor.

Observándolo cuidadosamente Calvert dijo:

—Temía que estuviera durmiendo.

—Muy considerado de parte suya. — ⁠La sonrisa de Leonetti era burlona⁠—. No es que no hubiera estado encantado de que me hubiera despertado. El caso es que estaba esperando a mi hijo.

—¿Joel?

Leonetti hizo una mueca.

—No debo aburrirle con mis problemas familiares —⁠volvió a sonreír⁠—. Mi hijo Joel es un boxeador profesional.

—¿En serio? —contestó Calvert. Miró alrededor de la habitación con detenimiento como para descubrir alguna señal dé la presencia de Grace.

La voz de Leonetti era monótona.

—Nuestra familia, que es florentina ha estado manejando la pintura y —⁠había orgullo en su voz⁠— pintando ellos mismos durante dos centurias. Joel con esa herencia, ha elegido llegar a ser un boxeador profesional.

Calvert advirtió que Leonetti se había callado y volvió sus ojos hacia él, a su oscuro ceño de desafío, como si hubiera esperado que ese juicio fuera discutido.

—No es muy usual —dijo cortésmente Calvert. Leonetti obviamente estaba en su tema favorito, lo sentía hondamente y Calvert se alegró de ello. Hasta que vio la genuina sorpresa de Leonetti por su llegada, él apenas se atrevió a esperar que Grace no hubiera llegado. Ahora que existía una gran posibilidad de que ella no lo hiciera, tenía que analizar su posición, alejar de Leonetti del asunto y si no estaba seguro de que Grace tuviera el recibo, guardarse el dato para sí.

Los negros ojos de Leonetti despedían furia.

—No hay nada que yo pueda hacer. No existe precedente. Ahora tiene veinte años, abandonó el colegio en el segundo año y ha estado boxeando como profesional, bajo otro nombre ¡gracias a Dios!, durante casi un año.

—¿Lo ha visto pelear?

Leonetti lo miró con fijeza.

—Sí. Una vez concurrí a un club pequeño y me senté bien adelante, esperando que lo golpearan hasta hacerlo pulpa, que lo reventaran y humillaran. —⁠Exhaló un suspiro y su tensión se aflojó un tanto⁠—. ¿Sabe cómo el amor puede ser puesto en otros términos? Ahí estaba él, semidesnudo, y mi instinto como padre me impulsaba a querer protegerlo, cobijarlo y sin embargo yo estaba sentado deseando verlo destruido. —⁠Se inclinó hacia adelante⁠—. ¿Me comprende Calvert? Aparte del deseo consciente de que abandonara el boxeo si lo golpeaban, el impulso era suicida. Lo destruía. Destruía ese reflejo en mí. Me destruía a mí. Me asustaba. Me levanté y salí aterrorizado. Asustado por mi vida… —⁠Se acomodó en su silla y sonrió pálido, tenso⁠—. Lo que ocurrió fue que ganó. Raramente pierde.

—Ahora quisiera ese trago —⁠dijo Calvert.

—Lo he aburrido.

Leonetti se levantó y regresó con un botellón y dos vasos.

—¿Cómo se metió su hijo en eso?

Leonetti se estremeció.

—Alguna falla, algo que anduvo mal. Lo que me tortura es la idea de que tal vez yo haya sido el responsable.

Calvert levantó su vaso. Leonetti titubeó un instante, sus pensamientos se ahondaron y luego levantó los hombros y extendió su vaso hacia Calvert. Bebieron. Leonetti dejó su vaso y se inclinó hacia adelante, sus ojos de nuevo penetrantes, su sonrisa apareció entre sus labios como si, pensó Calvert, tuviera sus emociones pulcramente ubicadas en compartimientos separados y hubiera cerrado en ese momento la puerta a uno de esos compartimientos y reabierto otro. El interés había vuelto a su semblante y no hizo ningún esfuerzo para disimularlo.

—Y ahora —su sonrisa se ensanchó⁠— llegamos al motivo de su visita.

Calvert aspiró con fuerza.

—¿Sigue usted dispuesto a pagar cuarenta y cinco mil dólares por el recibo?

Leonetti levantó el vaso y lo apretó dentro de su mano.

—Esa era mi oferta esta noche, Mr. Calvert…

—¿Sí? —Calvert apretó su copa con fuerza.

Leonetti sonrió.

—Si usted me permite que lo señale, esta noche «yo» quería comprar, «usted» no quería vender…

Continuó sonriendo, moviendo la cara de un lado a otro, tristemente, con un reproche burlón y Calvert empezó a sentir que la furia lo invadía y deseó de repente levantarse y aplastarle la cara. Casi con esfuerzo físico, como si estuviera luchando consigo mismo en sentido literal, consiguió permanecer sentado, para conservar cierta compostura exterior.

Con voz ronca, las dos manos rodeando su vaso dijo:

—Vamos al grano, Leonetti. Maldita sea, ¡vamos al grano!

Leonetti lo miró sorprendido.

—Parece estar agitado.

Las palmas de la mano de Calvert transpiraban. —⁠Vamos al grano.

—Muy bien. Esta tarde, porque usted no deseó vender, cuarenta y cinco mil dólares no era suficiente dinero. Esta noche, porque usted ha venido a verme, porque usted quiere vender es un precio excesivo. —⁠Se puso rígido⁠—. ¿Lo encuentra divertido?

—Lo siento —contestó Calvert pero encontró difícil dejar de sonreír. Levantó su vaso y siguió sonriendo mientras bebía. Dejó su vaso⁠—. Por favor siga con lo que estaba diciendo.

Leonetti lo miró todavía ofendido.

—Puesto que quiere que vaya al grano, mi precio es ahora treinta mil dólares.

—Es un buen corte —dijo Calvert suavemente.

—Voy a ser generoso —prosiguió Leonetti⁠—. Sin que me lo pida… treinta y cinco mil dólares.

Calvert se levantó.

—He cambiado de idea: no soy vendedor. —⁠Se retiró del sillón y se dirigió a buscar su sobretodo y su sombrero consciente de que los ojos de Leonetti lo seguían. Tomó su sombrero y su sobretodo y regresó hacia Leonetti que seguía sentado⁠—. Siento haberle tomado su tiempo.

Solamente los ojos de Leonetti, profundamente hundidos en sus carnosas bolsas colgantes, se habían movido desde que Calvert se puso de pie. Ahora empujó su silla y se colocó al lado de Calvert.

Su voz era baja, confidencial.

—No voy a tratar de detenerlo. Treinta y cinco mil dólares. No voy a aflojar —⁠lo miró a Calvert medio avergonzado.

—Buenas noches —se despidió Calvert.

Se dio vuelta y salió del living. Oyó a Leonetti que venía tras él, respirando con fuerza pero no se detuvo. Leonetti lo alcanzó cuando su mano estaba sobre el pomo de la puerta, sus ojos repentinamente alarmados, llenos de ansiedad e indecisión.

—Escuche. ¿Usted vino esperando cuarenta y cinco mil?

—No soy vendedor esta noche, Leonetti.

Calvert abrió la puerta.

Leonetti tomó con fuerza su brazo.

—Usted está loco.

—Buenas noches —Calvert retiró su brazo del apretón de Leonetti.

—Vuelvo a los cuarenta y cinco mil dólares. Está bien. Volveré a los cuarenta y cinco mil dólares.

Calvert sacudió la cabeza.

En los ojos de Leonetti se asomaron como oscuras nubes el azoramiento y la derrota.

—Usted está loco. Usted está totalmente loco. Cincuenta. ¿Me oye? Cincuenta mil.

—Buenas noches.

Calvert atravesó la puerta y empezó a bajar las escaleras. Leonetti salió y por un momento Calvert pensó que lo iba a seguir por los escalones. Pero se apoyó contra la baranda; con ojos grandes y saltones observó a Calvert en su bajada con una apariencia extraña y algo salvaje: su abultado labio inferior caído por una estúpida extrañeza.

Una sombra se movió del otro lado de la puerta cuando Calvert abrió la interior y caminó dentro del hall. La calle estaba casi desierta cuando él penetró en la fría noche. Se le ocurrió por un segundo y luego apartó el pensamiento con fastidio, que Player podía estar todavía persiguiéndolo, que la sombra que se había movido del otro lado de la puerta había sido la de Player.

Caminó hacia la curva y llamó a un taxi que pasaba. Entró y echó una última mirada fuera de la ventanilla. Bajo la débil iluminación del Manet, en una ventana del departamento, Leonetti miraba para abajo, sus manos aferradas con fuerza al cortinado perfectamente visible por la luz que le venía de atrás. El taxi giró en la curva. Calvert se dobló en el asiento para mirar afuera del borde de la ventanilla. Había alguien que cruzaba la puerta de la casa de Leonetti.

Max salió de la casa en el momento que Calvert pagaba al taxista. Calvert se dio vuelta inquisitivo. Max dijo:

—Adelante. Primero páguele.

El taxi partió.

—¿Qué pasa, Max?

Max lo tomó por el brazo y caminó con él hacia el escalón que lo conducía a la puerta enrejada de la casa. Colocó su mano en el pomo pero no la abrió.

—Esa muchacha está adentro en el hall, Mr. Calvert. La rubia que estuvo aquí la otra noche con el tipo.

Calvert frunció los labios y pareció pensativo.

—¿Cuándo llegó aquí?

—Un poco antes de las doce. Vino con el mismo tipo, el tipo pálido del bigotito. Discutieron up poco y él se fue en cuanto llegaron. Ha estado sentada aquí esperando desde un poco antes de medianoche. ¿Quiere pasar sin que ella lo vea?

—No.

—Si usted quiere ocultarse puedo dejar abierta la puerta de escape del sótano.

—No. —Se dirigió hacia la puerta pero Max la sostenía con una mano⁠—. Entremos, Max.

—En cuanto a haberle dado a Mrs. Calvert esta noche ese sobre…

—Le dije que se olvidara.

—¿Cómo no voy a pensar que no quería que ella lo tuviera si usted viene y me pregunta dónde está ella? Si usted vino y le dijo a ella…

—Le dije que lo olvidara. No fue culpa suya. Fue mi culpa.

—Escuche —Max titubeó—. No ha hecho nada y no sé de qué se trata, pero si sucede algo, hágame el favor de dejarme fuera de todo. No es que yo haya hecho nada, pero no puedo permitirme verme envuelto en cualquier cosa que sea… —⁠se detuvo otra vez y no miró de frente a Calvert⁠—. Estoy fichado.

—Usted no ha hecho nada, Max.

Max hizo una mueca.

—Algunas veces no se necesita hacer nada… si uno está fichado.

—Yo lo voy a tener alejado de todo si pasa cualquier cosa — ⁠Calvert impaciente puso su mano sobre la puerta⁠—. Entremos y veamos qué quiere.

Max abrió la puerta y se colocó a un lado para permitir a Calvert que entrara. Lucy Boston estaba enroscada en un profundo sillón rojo. Estaba dormida. Calvert se paró frente a ella, mirándola. Sus pestañas eran oscuras contra las mejillas, su pelo rubio caía libremente sobre su abrigo marrón rojizo. Sus manos estaban juntas al estilo de los mandarines dentro de las amplias mangas de su abrigo.

La muchacha abrió los ojos y elevó la vista hacia Calvert en una abierta e inquisitiva mirada.

—Buenos días —le dijo Calvert.

Ella sonrió con cansancio.

—No sirvo para sentarme a esperar a alguien. —⁠Retiró sus manos de las mangas del abrigo y estirando las piernas con un movimiento involuntario como si odiara abandonar el confort del sillón. Calvert le extendió la mano y ella la tomó para levantarse. Retiró el pelo de su frente⁠—. Tenía que hablarle.

—Está bien.

Ella parecía desconcertada, luego como dudando dijo:

—¿Aquí? No creo…

—Podemos subir. —La inflexión de su voz fue la mitad de la pregunta. Ella aprobó. Calvert se dio vuelta hacia Max que había estado rondando cerca de la puerta⁠—. Llévenos arriba ¿quiere Max?

Las valijas de cuero de chancho seguían estando cerca de la puerta y fue la primera cosa que Calvert vio cuando encendió la luz. Anotó en su mente que debía de retirarlas fuera de la vista. Era como tener una parte de Grace en el departamento.

Lucy Boston rehusó beber y se quedó con el abrigo puesto. Se sentó sobre sus piernas mirando a Calvert con una amplia mirada que le daba un aire no tanto de inocencia sino de candor.

—Antes de que le diga nada, Mr. Calvert, permítame que le confiese que decidí esperarle y hablarle, por un impulso.

Calvert la miró con fijeza y no replicó una palabra.

—Ni mi padre, ni Ned…

—Ned lo sabe. ¿Él la trajo aquí o no?

—¡Oh!, —sus ojos se agrandaron un poco⁠—. Habíamos ido al teatro y volvíamos a casa, Ned decidió venir y llevarse su sobretodo y su sombrero. Yo decidí quedarme. El caso es que discutimos.

—Sí, ya lo sé.

La muchacha le echó una ojeada.

—¡Oh!, el ascensorista…

—Es mi único amigo —comentó gravemente Calvert⁠—. Porque nuestra relación está enteramente basada en el hecho de que le doy buenas propinas y a menudo. Es lo que yo llamo una relación «pura».

—Usted no piensa eso. Lo dice para llamar la atención.

Calvert sacudió la cabeza.

—Nunca dije nada con más seriedad.

Ella miró para abajo reflexionando y cruzó los brazos.

—En ese caso va a ser muy difícil hablarle a usted. Pensé…

—Ya veo —dijo Calvert divertido⁠—, usted no me va a ofrecer dinero esta noche. Usted va a apelar a lo mejor de mí.

—Ned dice que no se puede hacer —⁠ella habló sin escucharlo⁠—. Por eso discutimos.

—Usted sabe que es muy convincente y la inocencia le queda bien.

Sus ojos pardos lo miraron con franqueza.

—Siento haber discutido con Ned. Él tenía razón.

—Olvidemos a Ned y olvidemos la inocente decepción. Usted no vino aquí a discutir mi carácter.

—No —contestó con lentitud—, no exactamente. Pero mi venida aquí está de acuerdo con su carácter… con lo que pienso de su carácter.

—En relación con el recibo, naturalmente. ¿Cuál de los aspectos de mi manera de ser pueden ser explotados mejor para hacer que le dé el recibo?

—Eso no es la forma más feliz de decirlo. No vine aquí a «explotarlo». Vine a pedirle el recibo, naturalmente, si todavía lo tiene… —⁠Se detuvo y lo miró como para enfatizar sus últimas palabras.

Calvert recibió su mirada con extrañeza sintiendo repentinamente frío en su interior. Las palabras se le escaparon a chorros atropelladamente.

—¿Qué quiere decir… si lo tengo todavía?

—Quiero decir si ya no lo ha vendido a un mejor postor.

Las palabras de ella eran lógicas, pero había un chispazo en sus ojos que él no podía interpretar. Era una pregunta razonable la de ella y sin embargo… ¿si ella lo estuviera sonsacando para pasarle la información a Player? Suponiendo que ellos sospecharan que ya había dispuesto del recibo (ellos no podían saber lo de Grace, naturalmente) tenían que tener la seguridad antes de encargarle el trabajo a Player. Ella se estaba inclinando hacia él, anhelante, reteniendo el aliento.

—No lo he vendido.

Ella exhaló un suspiro.

—Estoy contenta.

Empezó a reclinarse en la silla como reacción a su alivio y luego se detuvo y volvió a echarse hacia adelante.

—Le he ofendido. No quería hacerlo.

—Perdonada.

La sonrisa de ella era fugaz y seria.

—Déjeme decirle a qué vine aquí… —⁠Lo miró y su voz se apagó por un instante. Calvert asintió y ella volvió a hablar⁠—. Vine aquí porque no estoy convencida de que usted sea un ladrón —⁠su voz se estranguló y se sonrojó⁠—, quiero decir que no es un ladrón común… —⁠Su voz se perdió confusa y ella desvió los ojos.

Calvert dijo gentilmente:

—¿Quién le dijo que yo era un ladrón?

Ella lo miró y su voz se afirmó.

—Usted robó el recibo de mi padre ¿no es cierto?

—¿Quién le dijo que lo robé?

Pareció sorprendida.

—Papá…

—¿Está segura? ¿Está segura de que no fue Rudd?

—¿Por qué odia usted tanto a Ned?

—No estoy seguro. Por una parte porque me amenazó con una pistola… —⁠sonrió burlonamente⁠— y por otra porque la quiere.

Lucy desvió la mirada.

—Nos estamos saliendo del tema —⁠dijo rápidamente⁠—. La última noche —⁠pausa⁠—, la última noche usted me dijo que me daba ese recibo a cambio de un beso.

—Eso es estúpido. Eso fue algo poético del momento.

—Lo que parecía cuando usted lo dijo… Lo pensé después, qué estúpido. Me gustaría olvidarlo.

—No hay por qué estar asustado. No tengo intención de hacérselo cumplir, lo menciono porque es una pauta de lo que es usted. —⁠Ella esperó como para una negación, como Calvert no habló, prosiguió⁠—. Esta tarde, en la reunión, usted dijo algo sobre esperar más información.

—Eso fue esta tarde. Ya la tuve después.

—¡Oh!, ya veo… —dijo la muchacha desilusionada.

Calvert se dirigió hacia ella.

—Conseguí la información esta noche temprano. De Vincent Hastings… en el hospital.

—¿Hospital?

—Sí. Está en el hospital. Por culpa de Player quien deliberadamente lo atropelló con el auto en un intento de matarlo.

—¡No! ¡No! —Los ojos de ella se agrandaron con horror e incredulidad.

Los ojos de Calvert estaban fijos en los de ella.

—Sí. Por causa de Player… quien trató de matarlo en la misma forma que mató a Martín Van der Bogle.

Ella lo miró fijo un momento, sus ojos agrandados eran espejos de terror y luego su cabeza se inclinó súbitamente sobre la manga de su abrigo hundiéndola ahí como si quisiera esconderse de la visión para sepultarla.

Calvert estaba sentado rígido e inmóvil. El pelo de ella que descansaba sobre la manga de su abrigo, atrapó la luz cuando se movió de un lado a otro. Ella no libraba… o si lo hacía era de una manera callada… pero Calvert advirtió su agonía en la tensión de los brazos y en el convulso movimiento de su cabeza. Él tenía la sensación a despecho de ella misma, que lo había creído, que sus palabras habían confirmado el juicio que ella no deseaba creer, el juicio contra el que había luchado con la lógica de la fe. Ahora, de alguna manera, él había quebrado esa lógica… El deseo de levantarse, de colocar sus brazos alrededor de ella y confortarla era casi irresistible. Pero no se movió. Se quedó sentado derecho, mirando hacia abajo, a su cabeza inclinada.

Por fin ella levantó la cabeza con terrible lentitud como si estuviera empujando con toda la fuerza de su voluntad. Sus ojos estaban secos pero encendidos.

Su voz, también, era seca, rota.

—No quería creerlo. No puedo creerlo.

—No es cosa que uno quiera creer.

La voz de ella se elevó de repente en una protesta salvaje.

—¡No es verdad! Papá y Ned no tienen nada que ver con eso. Es cosa de Player… lo hizo él mismo.

—Tal vez tenga razón. —Ella lo miró repentinamente esperanzada. Él continuó suavemente⁠—. En ese caso lo que usted tiene que hacer es ir a la policía.

—¡No! —El miedo ensombreció sus ojos⁠—. ¡No! No puedo hacer eso.

—No. Usted no puede. Usted no puede porque teme hacerlo. Porque no está segura en el fondo de usted misma, que es lo que cuenta; no está segura de que su padre y Rudd no tengan nada que ver en la muerte de Van der Bogle. —⁠Su cabeza se levantó en un gesto de desafío y luego lentamente la dejó caer y su voz opaca y sin vida dijo «sí».

El impulso de tocarla y tomarla en sus brazos lo envolvió nuevamente como una oleada de calor y como para poner la mayor distancia entre él y su deseo se echó totalmente para atrás en la silla.

—Escuche, Lucy —ella no levantó la cabeza ⁠—, escuche y dígame con sinceridad. ¿Qué hay entre usted y Rudd?

Con voz inanimada respondió:

—Es el socio de mi padre en la galería. Hemos salido juntos. Hemos salido… —⁠la voz de ella se apagó.

La voz de Calvert era severa.

—Escuche, esto es importante. Es importante para mí, dígamelo sinceramente. ¿Qué hay entre usted y Rudd?

Ella lo miró levantando la cabeza como impelida por la voz de él.

—¡Oh! Ned es buena persona pero no significa nada para mí, si es eso lo que quiere saber.

—¿Es eso verdad? —Calvert la miró casi salvajemente.

—Claro, sí… —su voz delataba su curiosidad.

—Está bien —dijo Calvert con suavidad ⁠—, yo quería saber eso —⁠se inclinó hacia adelante⁠—. Quiero entregar a Player a la policía. Quiero que la policía lo arreste…

La mirada desconcertada reapareció en los ojos de ella.

—Pero si…

—Yo no sé si su padre está complicado o no en la muerte de Van der Bogle.

Ella levantó las manos con las palmas hacia arriba, como para detener las palabras.

—Tal vez él no lo esté. Pero sé que Rudd es…

Lucy lanzó una exclamación y lo miró suspicaz.

—No entiendo su parte en esto. Si va a la policía va a tener que entregar el recibo. ¿Cómo le beneficiará a usted? ¿Qué va a sacar de esto?

—Nada. Nunca esperé obtener nada de esto. Nunca robé el recibo.

La sospecha latente en sus ojos estaba mezclada con la incertidumbre.

—¿Entonces cómo lo obtuvo?

Calvert hizo un gesto impaciente.

—Se lo explicaré en otro momento. Por ahora… —⁠Él la miró a los ojos⁠—. ¿Hasta dónde cuento con usted; si entrego todo a la policía, me ayudará?

—No. —La palabra pareció salir como si se la arrancaran; el pánico agudizó su voz⁠—. No puedo hacerlo, si mi padre… —⁠sacudió la cabeza con violencia⁠—. No.

Calvert dijo con toda calma:

—De lo que estamos hablando es de un crimen. Un hombre ha sido asesinado. Deliberadamente. Todo ha terminado para él. Y Hastings se halla vivo en el hospital por milagro. Usted debería ver a Hastings. No solo las heridas sino el terror en sus ojos, el miedo de una próxima vez.

Lucy gimió.

—No.

—La próxima vez Player hará un trabajo mejor. ¿Dónde se detendrá? ¿Quién es el próximo? ¿Quién sérá la próxima víctima?

Ella empujó bruscamente la silla como impulsada por resortes interiores de terror.

—No, no es cierto. Usted está tratando de atemorizarme.

Lo miró a los ojos largamente y Calvert mantuvo sus ojos sin ceder. Ella se apartó con un movimiento abrupto y violento para empezar a llorar, dándole la espalda, su cabeza inclinada, sus manos colgando a ambos lados, los puños cerrados. Sus sollozos eran fuertes, asustaban en el silencio de la habitación.

Cuando se volvió. Calvert se levantó. Extendió sus brazos y ella se refugió en ellos instintivamente, su cuerpo yendo al encuentro de él hasta que su cara se apretó contra las ásperas solapas del traje de tweed. Los sollozos se ahogaron, los brazos de Calvert se estrecharon a su alrededor y su mente dejó de resistirse por la compulsión del momento. El perfume surgía del pelo de ella suave, delicado y parecía estar unido de alguna forma con una casi imperceptible tonada melódica: La Hora Azul. Ella estaba en sus brazos y se entregaba y él supo que estaba perdido. La deseaba pero al mismo tiempo con una persistencia ilógica; teniendo en cuenta el momento, sabía que no estaba bien. No en esta forma, no mientras estuviesen involucrados Player, Rudd y el recibo verde. Los brazos de él se aflojaron pero no la abandonó del todo.

Ella dejó de llorar; con gestos rápidos y patéticos se frotó los ojos con los nudillos antes de levantar la vista. Los ojos de ella, brillantes y luminosos, no se apartaron de él.

—Lo siento —su voz era ronca.

Lentamente Calvert dejó caer los brazos a los lados. Le dijo con suavidad:

—¿Qué vamos a hacer? ¿Qué vamos a hacer, Lucy?

—No sé. Yo no sé. Quiero hacer lo que sea correcto.

—También yo quiero hacer lo que debo. — ⁠Las manos de él que colgaban a sus costados se cerraron⁠—. No, demonios, no lo haré. ¡No lo haré! Todo lo que deseo es olvidar, olvidar todo este asunto y… —⁠sacudió la cabeza⁠—. Pero no puedo. No puedo olvidarlo. Es demasiado profundo y demasiado sucio y casi la ha tocado a usted. Ya casi la ha ensuciado…

La miró con seriedad casi con rabia y ella le devolvió la mirada con resignación. Estaba más allá del ruego, más allá de la protesta. Ella lo había dejado todo en manos de él y él no sabía qué hacer. Mirándola se dio cuenta de que ella era lo más importante, más importante que los conceptos abstractos del bien y del mal.

Pero ella no era culpable mirando su limpia y encantadora cara, él supo que ella no era culpable. Lo había dicho un momento antes. La habían tocado y mancillado y él no la deseaba así…

—Lucy, tiene que hacerlo. —⁠Las palabras le salían con dificultad, abriéndose camino a través de sus mandíbulas apretadas⁠—. Tiene que dejarme hacerlo, por favor.

La voz de ella era un susurro:

—Me está pidiendo que haga algo contra mi padre. Mi padre. Usted no lo conoce. Tiene sus debilidades, no soy ciega a ellas, pero son pequeñas debilidades. No incluyen… —⁠sacudió la cabeza⁠—. Tal vez hizo alguna cosa mal, al comprar esos Groots. No lo disculpo pero…

Calvert dijo sorprendido:

—¿Usted sabía eso?

—Me lo dijo. Su conciencia le molestaba. No tanto como para hacer algo, pero le molestaba. No estoy tratando de disculparlo.

Ella se separó de él de repente y se dirigió hacia la puerta; Calvert la alcanzó cuando ella la estaba abriendo. Él la empujó cerrándola y tomándola por el brazo la hizo girar para tenerla de frente.

—Lucy…

Ella mantuvo su cabeza agachada.

—¿Para qué?

—Escuche. Dejémoslo así. No hagamos nada hasta que hable con su padre. Mañana. Tal vez, si podemos hablar abiertamente…

Ella levantó la cabeza y la esperanza flotó por un instante en sus ojos como una súbita luz. Luego se endurecieron y volvió a agachar la cabeza como si el desaliento la invadiera.

—Lucy. Lucy, vamos…

Ella se acercó a él, sin levantar la vista, en el círculo de sus brazos y la cara de él se perdió dentro de su pelo, sus labios besando el suave pelo rubio. Por un momento ella se apretó contra él y luego se retiró fuera de la órbita de su ternura.

—Por favor. —La muchacha lo miró implorante ⁠—. Tengo que irme a casa.

—No, no.

Ella se dio vuelta lentamente y abrió la puerta. Calvert apoyó la palma de la mano contra ella, taponándola. Ella lo miró por sobre su hombro, con cansado reproche y él dejó caer la mano.

—La acompañaré a casa.

—No, por favor. Prefiero que no lo haga.

Él le tomó la mano mientras caminaban por el pasillo rumbo al ascensor. Estaba fría pero le devolvió la presión y Calvert sintió un estremecimiento que le recorría la espina dorsal. Como un escolar, pensó. El contacto de su mano podía hacerlo estremecer. Llamó el ascensor.

—Iré mañana a hablar con su padre.

La puerta del ascensor se abrió. Calvert separó su mano de la de Lucy.

—Max, ¿quiere llamar a un taxi para Miss Boston?

Ella entró en el ascensor y se dio vuelta para enfrentarlo. Bajo la luz superior del vehículo aparecía muy linda y algo trágica. En ese momento, de todas formas algo la aislaba contra el tiempo, un momento de irrealidad que la enmarcaba cual un cuadro en un sueño. Calvert sintió que todo su amor partía con ella.

La puerta del ascensor se cerró.