La hora azul

John Godey · Capítulo 14 de 15

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La hora azul

Capítulo 14

 

CURIOSAMENTE, Player todavía no lo había tocado. Cada vez que la ola de dolor lo abandonaba, Calvert podía verlo parado a un costado pero lo suficientemente cerca como para poderlo tocar. Su cara, vista desde abajo, parecía macizamente tallada y ensombrecida y su boca se estiraba en una mueca cuando se reía.

Por el momento el hombre de la cara achatada, Joe, se mantenía retirado, las manos puestas sobre las caderas, mirando para abajo hacia él, la cachiporra oculta tan hábilmente como un dentista considerado que esconde su instrumento ante la vista de un paciente. Calvert endureció los músculos de su cuello en un intento de evitar que su cabeza girara de lado a lado tal como una flor demasiado pesada para su tallo. Oyó un ruido al fondo de la habitación donde Laramie Boston y Lucy se encontraban arrinconados contra la pared, bajo la amenaza de la pistola de Rudd y trató de darse vuelta pero el mareo volvió de nuevo y no pudo hacerlo.

Los músculos del cuello se aflojaron y su cabeza cayó para adelante. El resto de su cuerpo empezó a deslizarse como tirado hacia abajo por el peso de la cabeza y él tanteó con sus manos temblorosas bajo el banco. Se agarró con fuerza y luchó para echarse hacia atrás sobre el banco, para mantenerse derecho, aunque no tenía más que una leve noción de por qué eso parecía ser tan importante, hubiera sido mucho más fácil simplemente dejarse caer sobre el piso. Pero una tercera compulsión había nacido en alguna remota hendidura de su cerebro prohibiéndoselo. Tenía que estar sentado derecho, y enfrentarlos. Era algo relacionado con su infancia. Enfrentar los hechos. No aflojar. Algo del orgullo remoto de antaño cuando las cosas eran más simples y la cobardía se consideraba un pecado imperdonable.

Lentamente, de nuevo levantó la cabeza y miró el rictus que formaba la mueca de Player. Desde ese ángulo, su cabeza rapada parecía cuadrada en su base, estrechándose hacia la parte alta. Y parecía estar temblando. Demasiado peso, en la parte superior, pensó Calvert. Por eso era que llevaba el pelo cortado al rape: tenía que desprenderse de todo peso extra. Tirar todo el lastre para que la cabeza pudiera flotar en libertad. Muy divertido. Miren cómo se está sacudiendo ahora la cabeza. Debe de necesitar un corte de pelo. Pelo demasiado largo y pesado, la cabeza se sacudía. La película que cubría sus ojos se estaba aclarando algo y ahora pudo ver a Player que «estaba» temblando, no solamente su cabeza sino todo su cuerpo, como si hubiera atrapado un súbito y fuerte enfriamiento.

Vio que la sonrisa de Player se ensanchaba, los labios estirados y sin sangre. De repente, en la comisura de su boca apareció una minúscula burbuja blanca. Levantó una de sus temblorosas manos para limpiársela y luego giró abruptamente hacia Joe con un rígido movimiento involuntario.

—Adelante, golpéalo. —Su voz era ronca, pesada como si hablara con la lengua pastosa, a través de labios agrietados⁠—. ¡Pégale!

Joe se adelantó, con la cachiporra rápidamente oculta, la mano la aprisionaba como un prestidigitador y Calvert cerró los ojos. Simplemente pensó: estoy cerrando los ojos; no estoy aflojando. Algo totalmente distinto. ¡Infiernos! Su cuerpo cayó para atrás contra los almohadones del banco y sintió que se volvía a descomponer anticipándose al golpe. Oyó la voz de Joe y sus ojos se abrieron sorprendido involuntariamente.

—¿No se lo pidió a él? —dijo Joe. Se había adelantado más cerca pero la cachiporra seguía escondida en la palma de su mano.

La contestación de Player fue ahogada, salvaje en su intensidad.

—Al infierno con él. ¡Golpéalo!

Calvert vio a Joe encogerse.

—A mí no me importa pero…

La voz de Rudd llegó desde el fondo de la habitación.

—¡Tom, basta! Contrólate. Recuerda que…

—Golpéalo, Joe. ¡Adelante! —⁠su voz era ahora baja, casi un lamento.

La voz de Rudd se elevó firme y precisa como para tener la seguridad de que no se perdiera ni una sílaba.

—Tom, contrólate. No te dejes ir… —⁠Luego algo más suavemente, más apremiante⁠—. Sabes lo importante que es que encontremos el recibo.

—Ya no me importa más el recibo.

Joe dijo tratando de ayudar:

—Yo «le» voy a preguntar, si usted quiere —⁠se detuvo esperando una respuesta que llegara desde el fondo de la habitación.

Calvert miró el perfil achatado de Joe.

Conserva el aliento, se dijo. Pero en lo profundo de su interior, enroscado como un duro resorte en su estómago, había un grito contenido. DÍSELO, DÍSELO, NO DEJES QUE TE VUELVAN A GOLPEAR. NO NUEVAMENTE…

No importaba. No importaría si se lo decía. El recibo estaba en las manos de la policía dentro de un pequeño sobre esperando que lo examinara el detective Fred Hodge, cuyas manos manicuradas podían aun ahora… No, no tenía objeto decirles que la policía lo tenía, que estaba fuera de su alcance. Eso les pondría furiosos. No quería hacerlo. Era preferible la profesional e indiferente calma de Joe que no convertirlo en una frustrada bestia estrepitosa.

Oyó decir a Rudd:

—Está bien, Joe. Tom, por favor, contrólate.

Joe se inclinó hacia adelante.

—Hábleme, será mejor para usted —⁠su voz era melosa⁠—. Dígame dónde está el recibo. Sea inteligente. ¿Dónde está el recibo?

Calvert trató de permanecer con la cabeza levantada, esforzándose, tratando de encontrar los ojos de Joe sin flaquear mientras de soslayo observaba a Pla yer que se sacudía como un perezoso motor defectuoso. «Oh, Mr. Player que lleva su pelo enrulado y su mente en rizos». Le convendría consultar a un médico o si no toda esa pasión lo desgastará, hasta quedar convertido en una nulidad, con un tic así por todo su cuerpo. ¿Qué lo hacía bizquear? Igual que un drogadicto. Tiene que tener diariamente su dosis de violencia o empezará a temblar. ¿Su opio? ¿El sadismo es el opio del pueblo? El crimen es asimismo el opio de Player. Una pequeña inhalación de crimen diario le aleja la tristeza.

Player seguía temblando, pero los ojos de Joe estaban ahora justo a unos pocos centímetros y su voz era suave, persuasiva.

—Usted no quiere que le pegue otra vez. Será más fácil para todos. Díganos lo que tiene que decir.

No tiene objeto callarse, pensó Calvert, mientras mantenía su cabeza quieta a pesar del dolor de los músculos de su cuello que lo tiraban para abajo. No tenía objeto. Iban a obligar a Hastings a hacer otra falsificación la semana siguiente. Sorprendente en ellos, realmente, llegar a tales extremos. No sabían lo que querían. A menos que fuera por el holandés. Pudiera ser. La llegada del holandés podía haber estropeado sus planes. Eso quería decir que no podían esperar hasta la semana siguiente. Quizás fuera en lo que había pasado Boston la tarde: encontrándose con el holandés. Boston…

—… No voy a pasar toda la noche preguntándole.

La voz se volvía más dura, amenazante. Perdía la paciencia. Pero sigue mirándolo, mantén la cabeza levantada, eso parecía ser importante.

Boston. ¿Qué pasaba con Boston? Esta era la reunión que había sido preparada para aclarar su posición y la extensión y profundidad de su complicidad. Muy divertido. En otras circunstancias se hubiera reído.

Claridad, ¡verdaderamente! Lo que había sido oscuro ahora se había convertido en lodo espeso. Tal vez Boston no conociera su propia mente, no pudiera decidir por sí mismo cuánto podía soportar y cuánto no. Una cosa era segura, él sabía que Player y Rudd venían. Lo había arreglado. De hecho, había armado una trampa. ¿Usó a Lucy como cebo? No, usó a Lucy como la dirigente. Le encantaría a ella. Dirigente. Así que Boston seguía siendo un socio principal. Sin embargo, en este momento, se encontraba ante la pistola de Rudd. Probablemente debido a su ambivalencia mental. O a su debilidad. Protestó contra la innecesaria brutalidad. No la quería en su presencia. Pero tenían que soportarla, él y Lucy también. Tenía que recordar la palidez de ella y la mirada que dirigió a su padre. Traicionada, ya no era más su padre, sino el que la traicionó. En los ojos de ella, los ojos pardos que captaban la luz, se reflejaba la traición y el dolor.

La mirada de él estaba ahora fija en la corbata de Joe. Se dio cuenta que este agachaba la cabeza y su voz era tensa; ya no era equilibrada.

—Vamos, muchacho, démelo. ¿Qué pasa con ese recibo? Facilite mi tarea…

Un gran tipo, ese Joe. Sensible. La única alma sensitiva en la habitación. Está aquí por un trabajo específico y haciéndolo en una forma correcta. Ninguna tontería extraña, ningún juego de sus deseos más bajos, ninguna neurastenia, ningún conflicto con su psiquis. Simplemente negocios. Expresando sus ideas pero sin sentido práctico. No podía dejar de gustarle de todas maneras. Tan diferente de Player y sus obscenos temblores. Sádico puro. Ninguna responsabilidad hacia el grupo. Haciéndolo solo por placer, nada más. Ningún interés en el recibo. Habitante de una esfera muy por debajo de las normas comerciales. Un deportista puro.

—Está bien, usted lo pide… —⁠La voz de Joe contenía algo de pesar.

Calvert levantó la cabeza lentamente. Los ojos de Joe se achicaron, los labios se comprimieron, un movimiento del tendón de su mandíbula y sus manos ya se pusieron en acción. Instintivamente la cabeza de Calvert empezó a moverse, alejándose de la mano que bajaba y Player entró en su radio de visión temblando con violencia. Lo oyó reír y luego la cachiporra estalló sobre su cabeza y la oscura ola enfermante empezó a subir, ahogándolo, sumergiéndolo…

Pudo ver su billetera, chata y vacía, rodeada de un montoncito de tarjetas y papeles. Eso fue lo primero que hicieron cuando llegaron, mecánica y exhaustivamente, como si supieran que el recibo no estaba ahí. Extrañamente, esta vez recuperó primero, la vista pero el sonido de las voces todavía era difuso, indeterminado, tapado por el barullo. Quizás el último golpe había lastimado su oído. De todos modos la vista estaba bien. Ahí estaba la billetera, muy destacada en medio de los restos de la búsqueda. ¿Cuándo habían hecho esto? ¿Hacía una hora? ¿Diez minutos? ¿Un día? ¿Cuándo habían salido por primera vez del pasillo y golpeado hasta hacerlo caer a Lazarus? Lazarus. Primera vez que pensaba en él desde… Preocupado por sí mismo, no pensó en su compañero. Tenía que disculparse con Lazarus por eso algún día. ¿Y dónde estaba Lazarus? No estaba donde había caído. Podía ver el lugar señalado por gotas de sangre, pero no a Lazarus…

Su oído volvió repentinamente, con un explosivo y discordante ruido, como si sus oídos hubieran sido destapados abruptamente. Levantó lentamente la cabeza mirándolo. Player estaba parado al lado de él, con los brazos cruzados contra el pecho y el semblante relajado; algo de la tensión de su boca había desaparecido. Calvert empezó a sentirse enfermo y luego su cabeza cayó con violencia y colgó floja hacia adelante.

—La cosa es —le oyó decir a Joe.

—Déjeme solo —la voz de Player era inamistosa.

—La cosa es: ¿cuál es la gracia de hacer esto sin provecho?

—Nada que a usted le importa. Manténgase fuera.

—Por mí está bien… si usted lo tiene que hacer. Si no… que infiernos…

—No quiero hablar de eso.

—La violencia es violencia. No me molesta en mis sueños, pero si me gustara observarla como a usted…

—Cierre el pico y vigílelo. Pronto se va a encontrar bien.

Calvert supo que durante la pausa Joe lo estaba mirando para abajo, estudiándolo con ojos profesionales y ahora él podía distinguir; los componentes del sonido del fondo de la habitación, cesaron de ser simplemente un ruido molesto de contrapunto y pudo identificar las voces.

Oyó a Boston decir con una nota de protesta:

—Ned, le pido de nuevo que lo detenga.

—Necesitamos conseguir ese recibo —⁠dijo Rudd⁠—. Usted lo sabe.

—Sí, pero no de esa manera. No vale la pena.

¿No lo vale por un cuarto de millón de dólares? —⁠Rudd lanzó una risita⁠—. Sí, lo vale.

—Esa tortura. ¿De qué otra forma lo puede llamar?

La voz de Rudd era terca.

—Tiene que hacerse. No se puede evitar.

—Es intolerable. Totalmente medieval.

—No mire, si lo siente así —⁠dijo Rudd secamente⁠— pero por favor deje de opinar.

Calvert pensó que podía oír la respiración indignada de Boston pero cuando este habló de nuevo había un tono diferente en su voz.

—Querida Lucy… Espero que ahora comprendas de qué manera total odio esos métodos. Los desapruebo completamente. Lo ves, querida, ¿lo ves?

Hubo una pausa larga y luego la voz de Boston se elevó suplicante.

—¿Lo entiendes, querida?

No hubo contestación y Calvert pensó: ¡buena chica!, congela al hipócrita viejo, padre o no padre.

Boston nuevamente.

—Esto es muy ridículo, Ned. Conteniéndonos aquí con una pistola. «Somos» socios.

La mandíbula de Calvert cayó sobre su pecho y levantó rápidamente la cabeza consciente por vez primera del olor que despedía. Había devuelto sobre la pechera de su camisa en algún momento. De todos modos no era sangre. Tributo a Joe, un verdadero artista. Herirlo en forma de no hacerlo sangrar. No sabía cómo, de todas formas, a menos que no pudiera soportar la vista de ella. Había hecho sangrar a Lazarus, a él no. Olor espantoso. Debía de tener un hermoso aspecto. Esperaba que Lucy no lo pudiera ver. Esperaba que no tuviera que presenciar cuando lo golpeaban. Pobre Lucy. Pero enfrentada a su padre, no complicada.

Hubo un susurro gutural y desesperanzado y levantó la cabeza para seguir los movimientos de Player y Joe. Vio a Lazarus, a su izquierda, sentado contra la pared vecina a la entrada del pasillo, con las piernas dobladas, la cabeza entre las manos, su lacio pelo negro manchado de sangre. O lo habrían golpeado con fuerza y estaba todavía mareado, decidió Calvert, o bien estaba tratando de parecer muy lastimado para provocar compasión. Fuera lo que fuese, tenía tiempo de sobra para pensarlo. Quizá se había arrepentido, dándose cuenta del riesgo de que lo golpearan en la cabeza con la cachiporra.

Player retrocedió con rapidez y Calvert vio que sus ojos resplandecían.

—Mire Joe: puede levantar la cabeza.

—Ya le vuelve otra vez —advirtió Joe⁠—. Empieza usted a temblar.

—Lo sé. Golpéalo, Joe.

La voz de Joe era resignada.

—¡Otra vez lo mismo!

—¡Golpéalo, Joe!

Al fondo de la habitación las voces se habían acallado, pero se oía un sonido ahogado como un sollozo. Calvert apoyado en el banco, aguzó el oído, pero no se repitió.

—Escuche, Player —dijo Joe—. ¿Por qué no lo golpea «usted»? Usted no lo ha tocado todavía.

—Escuche esto. Cuando yo lo toque, se acabará todo.

Hermoso y melodramático, pensó Calvert, pero real en ese momento. Creía que Player era capaz de cualquier cosa. Un hombre de palabra. El miedo agarrotó su garganta y se convirtió de repente en una rabia, incontenible. ¿Dónde diablos estaba Hodge? ¿No sabía lo que iba a ocurrir si no tomaba cartas en el asunto? Maldito petimetre. Probablemente estaba en algún garito cacheteando a inocentes ciudadanos mientras que estos hombres discutían su asesinato. Maldito imbécil, intimidando a delincuentes juveniles y perdiéndose un crimen justo debajo de su tonta nariz…

Cuando la campanilla del teléfono sonó, todos en la habitación reaccionaron como si estuvieran controlando un reflejo condicionado. El ruido parecía distante llegando apagado desde el fondo del largo pasillo. Después de pasada la primera reacción, no hubo ningún movimiento, pero todos se quedaron en actitud de escuchar. Era Hodge, naturalmente. Tenía que ser Hodge, pensó Calvert y después de un instante colgaría y no insistiría más. El teléfono seguía sonando con una suave e incansable persistencia.

Rudd habló primero, nervioso, en voz alta.

—Creo que alguien debe contestar.

Déjalo que suene —dijo Player.

—Sería mejor contestar.

—Dejará de sonar en un momento.

Hubo un silencio como si toda la actividad en la habitación estuviera supeditada a que el teléfono dejara de sonar. Continuó sonando con serena regularidad.

El cuerpo de Player se puso tenso de repente y dijo:

—¡Maldito sea!

Joe opinó.

—Alguien tiene que contestar esa maldita llamada.

Nadie se movió. La campanilla no cesó de sonar.

La voz de Rudd cortó el silencio como un cuchillo.

—Joe, cuide a esos dos. Voy a contestar.

Calvert vio que Joe cambiaba la cachiporra a su mano izquierda y buscaba en su bolsillo la pistola. Empezó a dirigirse hacia el fondo de la habitación y al mismo tiempo Player se adelantó cruzando enfrente de Joe con la pistola en la mano dirigida a la cabeza de Calvert. Rudd, pálido y decidido, eludió a Player y salió rápidamente de la habitación desapareciendo en la oscuridad del pasillo. Calvert escuchó sus pasos, un agudo estacato sobre el suave, insistente, sonar del teléfono. El ritmo de los pasos se aceleró, como si Rudd se hubiera puesto nervioso repentinamente temeroso de que la llamada pudiera detenerse antes de que él llegara.

Y Calvert supo, ahora, que él «deseaba» que se detuviera. Sus labios se movieron calladamente, diciendo: «¡Corte! De esto no puede resultar nada bueno. ¡Corte, tonto petimetre!» y por fin cesó. Pero al mismo tiempo los pasos se detuvieron. La tensión en la habitación era casi palpable y Calvert advirtió que hasta estaba escuchando con la cabeza ligeramente levantada y ladeada en dirección del pasillo; sus ojos, desprovistos de anteojos aparecían pequeños y cegatones.

Solamente Player parecía estar desinteresado, sostenía la pistola apuntando en dirección a la cabeza de Calvert, sus ojos dilatados, inyectados en sangre y Calvert adivinó que deseaba que él se moviera, que estaba esperando algún movimiento o gesto que justificara el disparo. Calvert no se movió aun cuando los pasos de Rudd empezaron a regresar por el pasillo, lentos, marcados. Endureció su cuerpo sobreponiéndose una vez más a sus doloridos músculos. Rudd salió del oscuro pasillo al salón. Sus cejas oscuras estaban levantadas pero no había otra expresión en su cara. Entró en la habitación y se detuvo directamente enfrente de Calvert.

—Era para usted.

Calvert levantó los ojos lentamente.

—¿Realmente? ¿Para mí?

—Era un hombre llamado Hodge.

—¡Ah sí! Hodge…

—Estaba muy ansioso por hablar con usted.

Calvert dijo al descuido.

No debe de haber sido importante. No, de parte de Hodge.

—Insistió —Rudd se detuvo y de repente sonrió y Calvert supo que había estado reteniendo esa sonrisa durante mucho tiempo⁠—. Le hice el favor.

—¿Sí? —contestó Calvert. Los músculos de su cuello estaban a flor de piel.

Le dije que era Calvert. —Su sonrisa se ensanchó con humor malicioso⁠— y largó todo lo que sabía. Me dijo de su mensaje y mencionó el recibo…

Hubo un explosivo ruido al fondo de la habitación, Calvert se entregó a su desesperación y dejó caer su cabeza hacia adelante.

Oyó la voz de Boston, acuciante, incrédula:

—¿Ese Hodge tiene el recibo? ¿Dónde está Ned?

Ahora Calvert no tenía necesidad de levantar la vista. Pudo visualizar la mirada de irreprimido triunfo que apareció en la cara apuesta de Rudd. Se reflejaba en su voz.

—En mi papel de Calvert —dijo Rudd⁠— le dije que viniera en seguida. Con el recibo.

Player dijo:

—No lo puedo creer. Es demasiado bueno para que sea verdad.

Rudd exultaba.

—Es cierto. Estará aquí dentro de diez minutos.

Miró hacia abajo, sonriendo, a la inclinada cabeza de Calvert.