La hora azul

John Godey · Capítulo 11 de 15

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La hora azul

Capítulo 11

 

CUANDO abandonó la Galería Boston, se detuvo en el medio de la concurrida vereda como un espigón mal colocado alrededor del cual las olas de peatones atareados se dividían, formándose nuevamente una vez que él los dejaba atrás.

¿En qué lugar de la ciudad va usted a buscar a su mujer? No se puede ir a todos los hoteles o dirigirse a sus amigos, conocidos, pasados y actuales o a todos los baños turcos. Se rio en voz alta al pensar en Grace pasando una noche entera en los baños turcos y los sorprendidos peatones se apartaron de él, asustados por la pública y aparente ausencia de motivo para esa risa aunque alguno que otro se sonrió con simpatía. Se rio otra vez imaginando los baños turcos estilo Hollywood con Grace vestida con pantalones de seda moviéndose con altanera seguridad entre las otras señoras menos favorecidas, que se reclinaban en reposeras junto al baño de bronce y oro…

¿Pero dónde buscar?

Deambulando como un bote vacío se movió dentro del fluyente canal de gente y se dejó llevar por su marea y sus remolinos. En la Sexta Avenida una enorme presión lo empujó hasta un negocio. Entró y se colocó detrás de un hombre impaciente y una mujer con paquetes que esperaban para conseguir la guía telefónica. Esperó con paciencia y cuando le llegó el turno se adelantó e hizo correr rápidamente con el pulgar las páginas.

¿Qué es lo que buscaba? Su salón de belleza, cualquiera sea su nombre, o ese bar en la Avenida Madison donde algunas veces ella iba a almorzar. ¡Bunny, Ferris! Empezó a dar vuelta a las páginas de la guía. Naturalmente Bunny Ferris. Pero sus manos se detuvieron antes de alcanzar la F. No sabía siquiera el verdadero nombre de Bunny. Con seguridad las austeras columnas de la Guía Telefónica de Manhattan no iban a permitirse insertar un apodo tan frívolo como Bunny.

Volvió a la calle entrando de nuevo en la marea humana. En la Octava Avenida entró en otro negocio y llamó a la Galería Boston. Frank Lazarus contestó el teléfono. Lucy había salido a comer un sándwich.

—¿Está ahí Mr. Boston?

—No lo he visto en todo el día.

—Escuche, Lazarus, dígale a Lucy que me voy a casa ahora, que me llame si ocurre algo.

—¿Si ocurre algo?

—Ella sabe de qué se trata.

Salió del negocio y subió a un ómnibus que cruzaba la ciudad hacia el este.

 

Calvert tropezó con las valijas de cuero de chancho.

Estaba seguro de haberlas retirado y así lo dijo, maldiciendo, mientras se frotaba el tobillo mirando con rabia a las valijas.

Alguien hizo unos ruidos burlones de reprobación.

—Vamos, vamos, muchachito mío. ¡Qué lenguaje!

Mirando de costado y desde abajo la vio curiosamente alargada contra el marco de la puerta que conducía al dormitorio. Sostenía una valija en una mano con el abrigo de piel echado sobre su brazo. Llevaba puesto un tapado y un gorro verde. Tenía un cigarrillo entre los labios y la cabeza echada hacia atrás como para eludir el humo del cigarrillo.

Calvert se irguió. Dijo lentamente y con creciente incredulidad ahora que ya había pasado la sorpresa:

—¿Tienes el mal gusto de regresar?

Grace acomodó el abrigo en su brazo y retiró el cigarrillo de su boca.

—No es cuestión de gusto, querido, sino de necesidad. Tengo que tener algo que ponerme.

Calvert dio unos pocos pasos hacia la habitación.

—Naturalmente, pero podías imaginarte que me ibas a encontrar aquí. ¿No te molestaba eso?

—Un poco. Primero telefoneé y cuando no tuve respuesta… —⁠se sacudió y se apoyó contra el marco sonriéndole.

—¿Te mudas?

Colocó la valija en el piso y la piel sobre ella.

—Me acordé tarde la noche última, demasiado tarde debo admitir, que en el transcurso de tu historia estabas tratando de decirme que te habías enamorado de Lucy Boston. —⁠Se adelantó y se detuvo a pocos pasos de Calvert⁠—. No hay motivo para que me quede ahora ¿o sí?

Calvert la miró atónito.

—¿De qué estás hablando?

Sacudió su cigarrillo en un amplio gesto de magnanimidad.

—Me retiro de la escena.

Calvert inspiró hondo.

—Mira, Grace, baja de esa nube. Te he estado bus cando. Quiero hablarte.

Ella miró su reloj de pulsera.

—No tengo mucho tiempo, Harry.

—No será largo —se sacó el sobretodo y el sombrero⁠—. Siéntate, Grace.

—Sin recriminaciones, querido —⁠ella se sentó acomodando su abrigo sobre sus rodillas⁠—. Por favor sin reproches.

Calvert se sentó enfrente de ella.

—No y también sin fantasías. Vamos a hablar de negocios.

—Para de fruncir las cejas, Harry.

—No hagamos fantasías sobre ti y sobre mí. Eso es lo primero. No dramatices. El drama está fuera de esto y ahora es solo cuestión de detalles.

—Iré a Reno, naturalmente.

Calvert hizo un gesto de impaciencia.

—Como quieras…

—No lo suprimas, Harry. Es uno de esos detalles.

Los ojos de ella eran burlones. Él sintió que su enojo crecía y se reclinó en la silla como para relajar la tensión de sus músculos.

—Grace —dijo con tranquilidad—. ¿Dónde está ese recibo verde que le sacaste a Max anoche?

—No lo tengo conmigo —respondió rápidamente y luego mirándolo con seriedad, prosiguió⁠—; Harry, no te lo voy a devolver.

—¿Dónde está?

—No te lo voy a devolver —sacudió la cabeza lentamente mientras sonreía. Sus ojos repentinamente se encendieron con indignación⁠—. ¡Cuarenta y cinco mil dólares! Los quieres tirar. Yo no lo voy a hacer. —⁠¿Dónde está?

Ella apoyó la cabeza contra el respaldo y lo miró por entre sus ojos entrecerrados.

—Regresé ayer porque estábamos sin dinero. No te voy a regalar este ahora, Harry. —⁠Levantó su cabeza para mirarlo y luego la volvió a agachar⁠—. Querías saber la verdad. Volví porque estábamos sin dinero. Bunny es un actor. Va a trabajar en la radio pero hasta que se acomode… Hasta que se acomode yo me voy a quedar aquí.

—Está bien. Duele un poco, pero no demasiado. Tú y Bunny.

—Amo a Bunny.

—Está bien. El amor vence a todo. No te pido que expliques tu inmoralidad. —⁠Ella alzó la cabeza y Calvert la saludó con la mano⁠—. Es apenas un insulto y es el único que te voy a hacer. El punto principal es que todo ha terminado entre nosotros y ya no me concierne más. Está terminado y sin reproches. Pero el recibo es otra cosa. Tú lo robaste.

—¡Harry!

—No sé cómo suavizarlo. Pero es así. Tú lo robaste y no te voy a permitir que lo vendas.

—El recibo debe venderse —ella miró su reloj⁠—. Tengo que venderlo a las cuatro.

Sus ojos se encontraron y en ese instante ambos tuvieron la tácita certidumbre de que su escaramuza no tenía nada que ver con el hecho real. No importaba lo que ocurriera aquí. Calvert supo que la batalla debía de ser ganada antes de las cuatro. La mirada de triunfo en la cara de Grace le dijo que ella también lo sabía. Se retrepó en su asiento y se inclinó hacia ella.

—¿Ferris lo tiene?, o ¿Ferris lo va a vender en tu nombre?

Ella dijo con suavidad:

—Ese importe me llevará a Reno, Harry, me traerá de regreso y bastante más después de eso.

—¿Ferris lo tiene?

Ella se sentó y se llevó las manos a la cabeza para arreglar su gorro. Luego colocó la palma de sus manos contra los brazos de la silla y empezó a levantarse, Calvert también lo hizo y la detuvo, ella permaneció sentada.

—Una vez más ¿lo tiene Ferris?

Ella se levantó y se quedó muy cerca de él, tocándolo casi, mirándolo divertida.

—Harry, eres un buen muchacho pero algo estúpido y nunca aprenderás el valor del dinero.

En la cabeza de Calvert algo empezó a golpear. Dijo tranquilamente casi en un susurro:

—Grace, es mejor para ti que me digas dónde está el recibo.

Ella se arqueó retirándose de su lado de repente y lo miró.

—Pienso… —se rio y sus dientes blancos se asomaron⁠— Harry, no te has decidido a venderlo después de todo… ¿o sí?

—No. —La miró pensativo—. Suponte que te diga, tal vez no cambie las cosas, pero suponte que te diga que mi vida está en peligro porque no tengo el recibo.

Ella se rio de nuevo.

—No seas tan primitivo.

—Escucha, Grace. Es verdad. En el momento que vendas ese recibo me pueden matar. Es verdad. ¿Cambia eso las cosas?

Ella lo miró durante un largo momento, pensativa y Calvert vio que estaba haciendo un verdadero esfuerzo para contestarle. Literalmente ella estaba pesando sus palabras en la balanza de su mente, formulando una ecuación entre su vida y los cuarenta y cinco mil dólares.

Lo miró de frente y él vio su respuesta antes de que contestara.

—No, Harry. No cambia las cosas.

Había un curioso, recóndito matiz en la voz de Calvert y sus ojos eran tormentosos y remotos.

—No disponemos de mucho tiempo, Grace. Quiero que me digas dónde está el recibo.

Se rio y sacudió la cabeza y luego trató de tirarse para atrás; sus ojos estaban dilatados por la sorpresa y la incredulidad pero era demasiado tarde y la mano de él se aplastó de lleno en su mejilla. Ella oyó el ruido que hacía y sintió el golpe quemante en su mejilla, luego perdió el equilibrio hacia atrás, la silla la golpeó por detrás de las rodillas que se doblaron y cayó al suelo.

Bajó las ventanillas del auto y expuso su cara a la corriente de aire. Nunca antes había golpeado a una mujer y no le gustó la experiencia. No es que esperara que le gustase, pero bajo las circunstancias, considerando que era Grace, y que lo merecía y que era la única forma… Sacudió la cabeza. No, eso no lo mejoraba. Lo que lo hacía ser tan penoso aún después de que él se esforzó para dar el primer golpe, eran sus ojos. Jamás había retirado sus ojos de los de él, aun cuando trató de apartarse o cuando se levantó de la silla después del golpe o cuando escondió la cabeza entre los brazos. En todo ese tiempo sus ojos nunca abandonaron la cara de él, acusándolo, reprochándole grandes y redondos, con incredulidad como si rehusaran aceptar la verdad.

Tal vez hubiera una fórmula para golpear a las mujeres que lo hiciera menos doloroso. Tal vez hubiera que evadir la mirada o, tal vez, el asunto de los ojos era una pequeña trampa de Grace. Tal vez las otras no lo hacían; tal vez se ponían de pie y soportaban el castigo como un hombre…

Se inclinó hacia el chofer.

—Siga adelante. No espere la luz. Corte transversalmente a la Sesenta y cinco.

El chofer asintió y se metió en la ola del tránsito que conducía al Norte hacia la Quinta Avenida.

Si todas lo habían hecho o no, pensó Calvert, era puramente una cuestión académica. Grace lo hizo y eso es lo que lo hacía malo. Excepto al final cuando se sentó apelotonada en el suelo chupándose el labio cortado. Luego sus ojos bajaron mirando al piso en completa y final derrota. Pero eso había sido diferente. Ella estaba contemplando las cenizas de los cuarenta y cinco mil dólares. Eso fue después de que ella capituló y le dijo el nombre del hotel de Bunny Ferris. Había quedado parado sobre ella en ese último momento mirando la destrucción de una hermosa mujer y no sintió piedad alguna. Pero la vergüenza había estado ahí desde el comienzo, desde el momento en que por primera vez inició el movimiento de retroceso de su mano y siguió en forma de arco hacia su bella y sonriente cara. La vergüenza seguía todavía ahí en partes iguales entre él y Grace.

El taxi se detuvo frente al Hotel Chatfield y Calvert salió de él. Pagó al chofer y le felicitó por su velocidad.

El chofer hizo una mueca y miró el dinero.

—Gracias. ¿Lo sacamos de encima?

—¿Lo sacamos de encima?

—Seguro. ¿No estábamos tratando de perder a un tipo que nos seguía en un sedán negro?

—No era un sedán negro. Era mi conciencia.

—Lo que usted diga —dijo el conductor. Le guiñó un ojo⁠—. De todos modos le hice hacer una buena carrera. ¿Verdad?

Calvert entró en el hotel y se dirigió al escritorio. Dijo al empleado:

—Mr. Ferris me está esperando. ¿Es el diez cero cuatro?

El empleado miró debajo del escritorio.

—¿Mr. Ferris? Catorce veintiuno.

Antes de que llamara a la puerta 1421, Calvert lamentó no haber traído la Luger consigo. Pero con Grace en su casa lo había olvidado.

La puerta se abrió.

—¿Es usted Ferris? —preguntó Calvert. Tenía pelo rubio, un cuerpo robusto y brillantes dientes blancos.

—¿Calvert? —su sonrisa se amplió⁠—. Grace me dijo que lo esperara. Me telefoneó hace unos pocos momentos. —⁠Abrió totalmente la puerta⁠—. Entre, ¿quiere? Hizo un amplio gesto con su mano izquierda pero era la otra mano la que Calvert vigilaba. Tenía en ella una automática negra.

Calvert levantó la vista con precaución hacia la cara de Ferris.

—Esto se está volviendo peor que la guerra.

Ferris hizo un brusco gesto con la automática.

—Entre, por favor —dijo con cortesía.

—Todos con los que uno tropieza en estos días son pistoleros amateurs —⁠observó Calvert.

—Adentro —replicó Ferris. Retrocedió de la puerta e hizo un ademán con la pistola. Calvert entró lentamente. Ferris lo observó con atención amenazándole con la automática. Buscó la puerta con el pie y la cerró con un golpe⁠—. Siéntese en la cama.

Era una habitación grande, agradablemente iluminada por el sol tardío. Calvert caminó lentamente hacia la cama. Una radio sobre el escritorio estaba sintonizada en un programa dramático y oyó una voz agonizante de mujer que decía «Por favor no me quites la pulsera. Me la regaló mi marido. Él está… muerto». Se sentó en la cama.

Ferris se dirigió hacia la radio… caminando como un cangrejo conservando el arma apuntando a la cabeza de Calvert.

«Es lo último que me une con el pobre David» —⁠decía la voz de mujer, Ferris tanteó el botón. Una voz masculina alegremente dijo «Mi querida señora, ese deseo tan sentimental no puede ser rechazado o le voy a honrar su…».

La mano de Ferris encontró el botón y la radio calló. Se volvió en dirección opuesta hacia Calvert, haciendo descansar su brazo sobre el escritorio.

Llevaba unos pantalones de gabardina, una chaqueta de tweed y un echarpe de seda anudada al cuello al estilo de Ascot. Al estudiarlo, Calvert fue consciente, de que al mismo tiempo era objeto de escrutinio por parte de Ferris.

Lo que vio Ferris en él, Calvert solo pudo adivinarlo. Su propio examen le mostraba a un hombre bien plantado de alrededor de treinta y cinco años con espeso cabello rubio cuidadosamente peinado. Con cara de actor, una cara satisfecha de sí misma, una cara acostumbrada a exhibirse. Era una cara apuesta, que expresaba ironía, los labios modulando con exagerado silabeo, frases como: «Mi querida señora, ese deseo tan sentimental no puede ser rechazado». No era difícil, comprender que mujeres como Grace, se sintieran atraídas hacia él.

—¿Es alguna vieja costumbre suya golpear a su esposa, Calvert?

Calvert había anticipado la expresión de su cara, la sonrisa incipiente de su boca, los ojos duros y engañosos, las cejas juntas fruncidas sobre el arco de la nariz. Hizo una mueca como apreciando su propia agudeza. Se inclinó sobre su codo en la cama sonriendo a Ferris.

—No me di cuenta de haber dicho nada gracioso —⁠dijo Ferris. La boca y los ojos no cambiaron, las cejas se arquearon inquisitivas.

—No lo ha hecho. Todavía no.

Los labios delgados, los ojos entrecerrados.

—Le pediré cuentas por haberle pegado a su mujer. En un futuro muy cercano. Pero… —⁠La cara ensanchada, los ojos y los labios sonrientes⁠—. Pero hoy no. Primero los negocios.

—¿Va a ser incómodo no?… conmigo por aquí.

Ferris alzó los hombros.

—Nos arreglaremos.

—Esa pistola —dijo Calvert—. ¿Ha disparado alguna vez?

—Muchas veces. Soy bastante buen tirador.

—No quiero decir tiro al blanco. Digo sobre un ser humano.

—Tengo permiso para eso.

Calvert se sentó derecho. Dijo lentamente:

—Supóngase que me acerque a usted. ¿Cree que tendrá riñones para presionar el gatillo?

Ferris sonrió y Calvert vio que su dedo se endurecía en el gatillo.

—Trate.

—Cambiemos de tema. ¿Lo va a vender a Boston?

—Estuve pensando eso mientras usted estaba en camino para acá, después de la llamada de Grace. Tengo permiso para portar armas. Lo mataré si tengo que hacerlo.

—Está bien. No insista en el tema.

—En defensa propia. Marido celoso golpea a su mujer; luego corre hacia aquí. No me dé la oportunidad, Calvert.

Calvert se removió en la cama.

—¿Estuvo en la guerra?

—Sí. Vi algo de tiroteo si esto es lo que usted quiere decir.

—Usted es un muchacho algo audaz. Estoy convencido. En cuanto al recibo, supóngase que lo venda. Es algo que no le pertenece.

Ferris sonrió.

—Ya lo hemos pensado. Si se tratara de algo que usted pudiera probar ya habría llamado a la policía. Usted no hubiera venido aquí solo.

—Es astuto además. —Miró a Ferris con curiosidad⁠—. Ni siquiera tiene una idea clara de qué es ese recibo ¿no?

—Equivocado. Vale cuarenta y cinco mil dólares. Esa es una idea bastante clara.

El teléfono sonó límpido y estridente.

Ferris se enderezó.

—Levántese de esa cama.

El teléfono estaba sobre la mesa de noche a la derecha de Calvert, pero lejos de su alcance. Miró su reloj pulsera. Las cuatro menos cinco. Miró a Ferris.

—Salga de esa cama.

—Debe de ser su invitado.

Ferris hizo un ademán con la pistola.

—Levántese de esa cama, Calvert.

—Adelante, tire —dijo Calvert. Sus palmas estaban transpiradas, húmedas.

—Levántese.

La campanilla del teléfono sonó otra vez, insistente.

Ferris echó una rápida mirada al teléfono. Luego se dirigió a él lentamente. Se detuvo a pocos pasos de la cama y alcanzó a tomar el teléfono con su mano izquierda. Su mano derecha aferraba con fuerza la pistola contra su costado y sus ojos nunca abandonaron la cara de Calvert. Sus dedos encontraron el receptor y lo levantó con lentitud.

Una parte del cerebro de Calvert decía «Va a ser difícil adivinar cuándo lo va a dejar». Alargó sus manos con firmeza sobre la cama.

—¡Hola! —dijo Ferris, la cabeza levantada, los ojos puestos en Calvert. Escuchó por un momento y Calvert oyó una voz en el teléfono⁠—. Sí —⁠dijo Ferris⁠—. Por favor, venga.

Su brazo bajó con lentitud para colocar el tubo, rozó el costado del aparato y la mano izquierda de Ferris empezó a tantear con dos dedos alargados buscando el sitio, como si tuviera antenas. Calvert mantuvo sus ojos puestos en Ferris, esperando un momento de descuido. Se retiró de la cama apoyándose con su mano izquierda y levantando al mismo tiempo la derecha hacia la ingle de Ferris. Este trató de empujarlo para atrás en un desesperado reflejo de rechazo. El golpe de Calvert llegó a destino, pero perdió el equilibrio. Vio que Ferris respiraba buscando aire y luego se sentaba lentamente, los ojos inexpresivos por el dolor, todavía con la pistola entre los nerviosos dedos. Después Calvert se arrojó tambaleando sobre Ferris haciéndolo caer con sus manos extendidas. Ferris estaba debajo tratando de respirar, las manos apretadas contra el abdomen la automática abandonada en el piso. Calvert levantó el arma y la puso en su bolsillo.

Sonó el timbre.

Calvert miró rápidamente hacia la puerta y luego se inclinó sobre Ferris. Lo agarró por el brazo y lo hizo girar sobre su espalda, Ferris con las piernas dobladas y las manos apretadas contra la ingle tenía los ojos cerrados fuertemente en una agonía de dolor y con la boca abierta aspiraba desesperadamente como en un sollozo. Calvert buscó dentro del bolsillo de su saco. Tenía un sobre sin cerrar que contenía el recibo.

El timbre volvió a sonar.

Calvert se colocó el sobre dentro del bolsillo y empuñó el arma. Mientras se dirigía hacia la puerta oyó que Ferris vomitaba. La abrió violentamente con su mano izquierda y luego se retiró con rapidez sosteniendo la pistola contra su cadera. Ross Leonetti estaba a medio camino antes de reconocer a Calvert y ver el arma. Retrocedió y tropezó contra otro hombre que había empezado a seguirlo adentro de la habitación.

La voz de Calvert era dura.

—Entre, Leonetti. —El otro hombre, más joven, de pelo negro sedoso estaba mirando a Leonetti.

Calvert entró en la habitación. Detrás de él Ferris seguía vomitando. Leonetti miró por encima de Calvert a Ferris y sus labios hicieron una mueca.

—Cierre la puerta —ordenó Calvert. Señaló al joven ⁠—. Usted. Ciérrela.

—¿Para qué? —Tenía hombros anchos y suaves ojos pardos que ahora se mostraban desafiantes.

Leonetti dijo sin darse vuelta:

—Ciérrala, Joel.

Joel Leonetti titubeó un momento y luego cerró la puerta.

—Gracias, Joel —dijo Leonetti despacio. Sus oscuras ojeras estaban fijas en Calvert⁠—. Estamos un poco retrasados. ¿Consiguió el recibo?

—Siéntense en la cama. Ambos.

—Siéntate en la cama, Joel —⁠ordenó Leonetti. Miró a su hijo por sobre su hombro⁠—. Por favor haz lo que te digo.

Calvert dio un paso atrás y los observó mientras se dirigían hacia la cama: primero Leonetti y luego Joel Leonetti se sentó, Joel permaneció de pie con las manos a los lados cayendo fláccidas. Leonetti lo miró y Joel se sentó.

—¿Consiguió el recibo? —preguntó Leonetti.

Joel dijo mirando a Ferris.

—Tengo que llevar a ese tipo al cuarto de baño. Está ensuciando aquí.

No importa —dijo Leonetti.

Joel miró a Calvert.

—¿Usted lo golpeó con esa pistola?

—No importa, Joel —murmuró Leonetti y luego prosiguió diciendo con amargura⁠—: ¡Estúpido tonto! —⁠Se dio vuelta repentinamente hacia Calvert⁠—. ¿Quién contestó el teléfono?

—Lo voy a llevar al cuarto de baño —⁠insistió Joel. Empezó a levantarse.

—Siéntese —le dijo Calvert—. No se va a sentir mejor en el cuarto de baño.

—Está ensuciando todo.

—Siéntese.

Leonetti tomó la palabra.

—Cierra la boca y siéntate, Joel.

—Me voy a ir de aquí en unos pocos minutos —⁠dijo Calvert⁠—. Aguantará hasta entonces.

—¿Ferris contestó el teléfono? —⁠preguntó Leonetti.

Calvert sacudió la cabeza.

—Quiero que queden sentados ahí. Si alguno de ustedes se mueve mientras me dirijo a la puerta…

—Entonces usted lo agarró mientras veníamos en camino. Después de que él colgó. —⁠La poderosa cabeza de Leonetti se fue para atrás al reírse alegremente⁠—. ¡Solo fueron dos minutos! Esos dos minutos le han costado cuarenta y cinco mil dólares. —⁠Se dio vuelta hacia Joel⁠—. Muéstrale el dinero.

Joel llevó la mano al bolsillo.

—Quédese sentado —ordenó Calvert perentorio. Levantó el arma.

—Déjele que le enseñe el dinero, Calvert. Cuarenta y cinco mil dólares. Treinta mil dólares en billetes de mil y el resto en billetes de quinientos. Mire el bulto que hacen en su bolsillo.

La mano de Joel seguía levantada. Miró a su padre.

—¿Bien?

—Muéstraselo.

—Deje su mano fuera del bolsillo.

—Muéstraselo.

—¿Y que me balee?

—No va a disparar —se volvió para mirar a Joel⁠—. ¿Qué te pasa? ¿Eres un boxeador, no? ¿Un gladiador?

Joel dijo con furia:

—Me prometiste que dejarías de…

Leonetti levantó la mano y dijo con suavidad:

—Está bien. Trata de no ser tan susceptible. —⁠Miró a Calvert⁠—. Escuche. Tiene cuarenta y cinco mil dólares en efectivo en su bolsillo. Quiero que lo vea porque pienso que si lo ve… si usted lo ve, lo va a tomar y me dará el recibo. ¿Me deja que él se lo muestre?

—No.

—Usted puede tomar el dinero y salir con él y eso es todo. Cuarenta y cinco mil dólares por un trozo de papel.

—No. Voy a entregarlo a la policía.

Oyó un ruido detrás de él. Retrocedió un paso rápidamente y dio vuelta la cabeza. Ferris había dejado de vomitar y estaba sentado con las manos todavía apretadas contra la ingle, la cabeza gacha e insegura. Cuando se dio vuelta, Joel estaba de pie.

—Siéntese —dijo Calvert.

Los ojos de Leonetti refulgían.

—Adelante, Joel. Agárralo. No va a tirar.

Los ojos de Joel estaban húmedos con las pupilas dilatadas. Dijo a Leonetti:

—Me gustaría más que «él» me lo dijera.

—Adelante.

—Es preferible que no lo haga — ⁠le aconsejó Calvert⁠—. No puedo errarle a esta distancia.

Los ojos de Joel se dirigieron a la pistola. Cuando levantó la vista, sus ojos estaban torturados, indecisos. Calvert lo observó con cuidado. Era liviano pero sus hombros eran anchos y parecía rápido. Había visto a boxeadores con ese cuerpo y todos eran muy rápidos. Continuó devolviéndole la mirada a Joel fijamente y finalmente los ojos de Joel se bajaron. Inclinó la cabeza y miró a su padre.

La oscura cara de Leonetti estaba inclinada con amargura.

—Adelante maldito. Adelante gladiador. Adelante cobarde.

La cara de Joel enrojeció.

—¡Cierra la boca!

—Adelante. Haz un solo servicio en pro de la cultura. Redime tu perdido derecho a la vida. Consígueme esos cuadros. Demuestra tu destreza en la lucha y pelea por mí. Una bolsa de un cuarto de millón de dólares.

Calvert dijo tranquilamente.

—Mejor es que te sientes Joel.

—¡Pelea! —gritó Leonetti—. ¡Asáltalo! Muere al servicio de tu familia.

—Cállate, ¡maldito seas! —Los ojos de Joel miraban salvajes a la cara levantada y sardónica de su padre⁠—. Está bien. ¡Viejo mal nacido y depravado! Me voy a dejar matar por ti…

Llegó atropellando, sollozando con los ojos casi ciegos de furia, vergüenza y miedo, Calvert vio como su mano izquierda tiraba un golpe para adelante y al mismo tiempo él se movió y golpeó la cabeza de Joel con la culata de la pistola. Retrocedió o por el golpe que lo tomó en la parte de arriba de la mejilla o por el impacto de la pistola en la cabeza de Joel, eso no lo podía decir. Cuando se adelantó de nuevo los ojos de Joel estaban en blanco, las pupilas giraron hacia arriba y se estaba cayendo lentamente con las piernas flojas y dobladas.

Calvert miró por un momento la fea marca colorada en la piel que empezaba abajo de su frente y corría hasta dentro de su sedoso cabello y entonces empezó a retroceder hacia la puerta. Leonetti no se había movido. Su cara estaba desprovista de expresión. Ferris seguía en la misma posición con la cabeza agachada y moviéndose lentamente de lado a lado.

Calvert abrió la puerta y salió al pasillo golpeando la puerta tras sí. Metió la pistola de Ferris en el bolsillo y se encaminó rápidamente hacia el ascensor. Cuando este llegó, entró y sintió que súbitamente las piernas le fallaban y se recostó contra la parte de atrás para sostenerse. Sus manos temblaban y por primera vez se dio cuenta de que estaba empapado por el sudor.

Afuera el aire era tonificante y se quedó así por unos instantes mirando al cielo gris. Del otro lado de la calle un gran edificio de departamentos estaba totalmente en sombras excepto por una franja vertical de sol que encendía las ventanas de los tres últimos pisos. Bajó la vista, inspiró una bocanada de aire fresco y empezó a caminar calle arriba. Una mujer empujaba un cochecito de bebé hacia él inclinándose para arroparlo mientras caminaba. No se oía otro ruido más que el de sus propias pisadas, nítidas y agudas en el silencio que cae, aún en las grandes ciudades, al oscurecer.

No se había dado cuenta de que el sonido de sus pisadas había sido ahogado hasta que la mujer que empujaba el cochecito del bebé se detuvo abruptamente y gritó tirando para atrás de la manija del cochecito, casi haciéndolo volcar y continuó gritando con terror incontrolado. Calvert oyó el ruido del auto un momento antes de echarse contra la pared del edificio en una ciega corrida que fue casi una zambullida a último momento. La rueda trasera del auto pasó sobre su sobretodo desprendido y él se apretó contra el edificio sintiendo el olor de goma quemada. Luego el húmedo humo del caño de escape llegó a su cara y levantó la vista para ver que el sedán negro bajaba a la calle, enderezaba y aceleraba alejándose.

Un hombre con uniforme marrón de portero lo ayudó. Su cara estaba colorada por la furia. La gente ahora corría hacia él y la mujer con el bebé seguía gritando.