La hora azul

John Godey · Capítulo 3 de 15

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La hora azul

Capítulo 3

 

EL RELOJ continuó sonando aun después de que él apretó el pequeño botón que lo hacía detener: eso le pareció un deliberado ataque a la lógica. Lo miró ofendido e incrédulo y pasó un momento antes de que advirtiera que no sonaba más. Regresó a su cama y levantó el tubo del teléfono que tenía en la mesa de noche.

Una voz dijo:

—¿Calvert?

—Sí —contestó Calvert abandonando la ventana y el estimulante sol otoñal que hería sus ojos.

—Aquí el detective Fred Hodge. Creo entender que usted desea que se prosiga una investigación sobre un asalto a su departamento. ¿No?

—Sí. Eso deseo.

—De acuerdo al informe de los oficiales Me Cabe y Marshak, el asaltante no se llevó nada y una cuidadosa investigación del lugar indica que huyó probablemente por el pasillo mientras estaba funcionando el ascensor. El informe termina diciendo que usted no está satisfecho con la investigación hecha por el detective que actuó. ¿Es así?

—Sí —respondió Calvert—. No estoy conforme del todo.

—Los muchachos están algo apenados. Hicieron lo mejor que pudieron. Son buenos, los conozco personalmente.

—Está bien. Les ruego que me disculpen. Pero todavía quiero los servicios de un detective.

—Bueno. Iré dentro de una hora. ¿Estará en casa?

—Lo esperaré.

—Okay. Alrededor de una hora.

Para cuando terminó de beber su café, Calvert se sentía suficientemente recuperado como para levantar la guía telefónica de Manhattan. Sin dificultad encontró Boston, Lucinda T. con una dirección de Park Avenue. Justo debajo, con la misma dirección figuraba Boston Laramie T. cuyo nombre estaba de nuevo con la dirección de Calle Cincuenta y Siete, como Boston, Laramie, experto en Arte. Un poco más arriba en la misma página Calvert encontró la misma dirección de la Calle Cincuenta y Siete a continuación de Galerías de Boston.

Encendió un cigarrillo y llevó el teléfono a su dormitorio. Se sentó en la cama desordenada y marcó el número telefónico de Lucinda T. Boston. Una voz femenina respondió.

—¿Puedo hablar con Miss Boston? — ⁠preguntó Calvert.

—Miss Boston duerme todavía. ¿Quiere dejarle dicho algo?

—No, gracias. Llamaré de nuevo.

—¿Quién llama, por favor?

—Harry Calvert.

—¿Volverá usted a llamar, Mr. Calvert?

—Sí.

Colgó. Luego marcó un número de Plaza.

La correcta voz del operador dijo:

—Agencia de Propaganda de Charles Mayor.

—Quiero hablar con Molly Furse —⁠pidió Calvert. Cuando esta contestó, Calvert habló con rapidez⁠—. Molly, soy Harry Calvert, no pronuncie mi nombre, ¿el jefe está ahí?

La voz dé ella era exageradamente neutra.

—Ya veo.

—No voy a ir ahí otra vez. No quiero hablarle…

—Espere un minuto… —No hubo ningún sonido. Solamente el zumbido del teléfono y luego ella regresó⁠—. Acaba de salir.

—Estaré ahí mañana por la mañana Molly. Dígale que es mi sinusitis de nuevo.

Está bien pero… —La voz de ella sonaba titubeante.

—¿Está enojado? ¿Dijo algo?

—No puede culparlo Harry. Usted no ha venido ninguna semana completa desde… Después de todo no «lo» puede culpar.

—¿Dijo algo? ¿Qué dijo Molly?

—Bueno…

—Vamos. Quiero saber. Tengo «derecho» a saber.

—Bueno, bueno, dijo que «él» estuvo destrozado cuando «su» mujer lo abandonó pero que de todos modos se arregló para ir a la oficina a pesar de eso. Usted insistió en saber, Harry.

—Gracias, Molly. Estaré ahí en la mañana.

—Cuide su sinusitis, Harry.

Acababa de vestirse cuando sonó el timbre. Abrió la puerta y se encontró con un hombrecito de bigote rubio que sospechó era engominado y que estaba extravagantemente vestido. Llevaba un sombrero increíblemente pulcro, gris claro con ribetes brillantes, un sobretodo Chesterfield azul y por lo que Calvert pudo ver, de lo que estaba a la vista, una corbata pintada a mano cuyo motivo parecía una representación de la vida de un insecto en una charca brillante. Un mosquito estilizado se encontraba colgado justo debajo del nudo con su cabeza dirigida a la garganta del hombre y un insecto colorado volaba alegremente hacia lo que parecía ser un manojo de musgo.

—Detective Fred Hodge —dijo el hombre.

—¡Ah! Entre.

—¿Me imagino que usted es la víctima?

Calvert se rio.

—No es mala manera de decirlo.

Hodge hizo correr su dedo a lo largo del bigote como, pensó Calvert, un villano del cine mudo.

—¿Usted sabe decirlo en una forma más adecuada?

—En este momento no se me ocurre nada mejor —⁠dijo Calvert⁠—. Tome asiento Mr. Hodge.

—Lo hago con gusto —aceptó Hodge y Calvert se dio cuenta con retraso de que Hodge no pronunciaba las palabras, solamente las murmuraba, de manera que algunos puntos importantes desaparecían enteramente en el proceso. Observó cómo se subía con infinito cuidado las piernas de sus pantalones enseñando medias de seda negra con ligeros toques blancos. Se sacó un sombrero gris perla y lo colocó con cuidado sobre las rodillas. Su pelo era algo más oscuro que su bigote y más ralo, pero minuciosamente prolijo.

—Veamos —dijo Hodge—. Los oficiales Me Cabe y Marshak aseguran que ambos registraron la escalera común y la escalera de incendio desde el piso veinte hasta abajo sin encontrar a nadie escondido. ¿Es así?

—No dudo de que pudo escaparse con facilidad mucho antes de que llegara la policía. Pero ¿cómo entró?

—La puerta que está situada entre el hall de entrada y el primer piso y que los bloquea se cierra a las seis y puede ser abierta únicamente desde dentro. Conclusión: entró antes de que se cerrara.

—Mi punto de vista es —dijo Calvert⁠—, que entonces esperó ahí por lo menos diez horas antes de decidirse a asaltar.

—¡Ah! —opinó Hodge—. Usted ha encontrado algo.

—¿Realmente? Qué amable.

—Mire compañero. Soy un detective común de una subdivisión de la Policía, no soy un genio. Lo que acaba de decirme es interesante, pero no sugiere teorías. Tal vez él no supiera que usted no estaba en casa, tal vez se quedó dormido, tal vez tenía miedo y le llevó diez horas para dominar sus nervios. No lo sé. No soy un teórico.

—A mí me parece —prosiguió Calvert enojado⁠— que es suficientemente inusual para que merezca alguna atención.

—Es justamente lo que le estoy ofreciendo —⁠la voz aguda de Hodge se volvió quejosa⁠—. Compañero, ¿dónde obtuvo la idea de lo que es un detective? No me extraña que Me Cabe y Marshak se molestaran. Claro, los hay más inteligentes que yo, pero a ellos no se les da un trabajo como este.

—Lo siento —dijo Calvert—. Me disculpo por lo nimio del caso.

—Sarcasmo —retrucó Hodge moviendo la mano⁠—. No me diga que usted es contribuyente, porque yo también lo soy. Pero solo porque pago impuestos no espero que si un tipo entra en mi departamento y me golpea en el estómago un policía se va a excitar. No espero que vengan policías con títulos universitarios y usando pipa, además de tipos que ensucien con polvos para detectar huellas digitales por todos lados. Los polvos para detectar me ponen nervioso se sacudió un imaginario rastro de polvo de la manga de su sobretodo azul con aire disgustado.

—Está bien —dijo Calvert—. Me ha convencido. Estoy preparado para aceptar el procedimiento para casos sencillos.

—Otra vez con sarcasmo. Así que… —⁠se levantó⁠—. ¿El resto del departamento comprende cocina, cuarto de baño y dormitorio? —⁠Calvert inclinó la cabeza⁠—. No hay escalera de incendio. Solamente una entrada. Conclusión: así es como entró.

—Sarcasmo. ¿Solo usted sabe cómo se debe hablar?

Se dirigió hacia la puerta, la abrió y se inclinó para examinar el ojo de la cerradura con súbito interés. Tomó una linternita y la dirigió adentro del ojo de la cerradura. Luego cerró la puerta y regresó a la habitación.

—Cera —explicó Hodge—. Tomó el molde y se hizo una llave.

—Es interesante —observó Calvert.

—Es mucha molestia para un ladrón. ¿Tiene cosas de mucho valor aquí? Efectivo, alhajas… —⁠Calvert sacudió la cabeza⁠—. ¿Pieles, muebles, algún mueble antiguo?

—No.

—Este escritorio… el que está ahí.

—No contiene nada más que recibos viejos, pólizas de seguros, cheques cancelados… cosas así.

Hodge examinó el escritorio por arriba.

—¿No tiene cajones secretos, algo escondido en algún lugar?

—Nada de eso.

Hodge levantó sus impecables hombros con irritación.

—No lo entiendo —se volvió bruscamente hacia Calvert y le dijo con aspereza⁠—: ¿Cuál es su forma de ganarse la vida?

—Soy vendedor de opio.

—Me estoy cansando de sus salidas Calvert —⁠Hodge lo miró furioso⁠—. Le pregunto cuál es su forma de ganarse el dinero.

—Publicidad. Y es lícita.

—Eso es una cuestión de opinión —⁠levantó su sombrero gris perla y lo colocó en su cabeza con mucho cuidado⁠—. Me saca de las casillas. No sé qué es todo esto —⁠volvió a acariciarse el bigote como un villano⁠—. ¿Tiene algún enemigo? Tal vez ha estado jugando.

—No.

—¿Le importa si pregunto?: ¿qué es ese bulto en su mandíbula? ¿Estuvo en una pelea?

—La noche pasada… en un bar —⁠contestó Calvert titubeando⁠—. No fue nada.

—¿Qué pasó?

—Nada. A alguien que estaba sentado a mi lado no le gustó algo que le dije.

—Eso lo puedo entender —dijo Hodge.

—Y me tiró un puñetazo.

Hodge exclamó muy contento:

—¡Qué pena! —abrió la puerta—. Si se descubre algo sobre esto se lo haremos saber. Mientras tanto, tenga los ojos abiertos y si observa algo avísenos enseguida.

—Seguro.

Se fue hacia el pasillo y se abrochó el sobretodo.

—¿Qué me esconde sobre la muchacha y el tipo que lo trajeron a casa la noche pasada?

—¡Oh! —dijo Calvert como al pasar⁠—. No creí que fuera importante.

—¿Quiere darme sus nombres?

—No los sé.

—Compañero, el funeral es suyo —⁠Hodge esperó expectante un momento más, luego se volvió y se fue hacia el ascensor⁠—. Cambie la cerradura —⁠y partió.

Calvert cerró la puerta.

No estaba seguro, sin embargo, de por qué razón no le habló a Hodge sobre Lucy Boston. Tal vez en algún lugar en un lejano y caballeresco pasado, la voz de un antepasado le había susurrado alguna tontería precautoria sobre el honor… ¡Comprometer, inadvertidamente el nombre de una mujer decente!

Pero probablemente su confianza en Hodge había sido herida a muerte por ese gordo mosquito en el retrato acuoso de esa corbata pintada a mano.

Encendió un cigarrillo enfrente del espejo mirando su reflejo sobre la luz del encendedor como si una confrontación directa le diera una respuesta. Su imagen inclinó la cabeza, los ojos grises, graves y pensativos, los labios carnosos, de alguna manera risueños, en realidad no era una cara desolada. Advirtió, distraído, que se había olvidado de peinarse y sobre su frente caía un negro mechón lacio.

No, no fue por capricho, tampoco por esnobismo o consciente caballerosidad, que no pudo confiarse a Fred Hodge. Con la debida modestia, parecía más bien que de alguna manera estaba mejor equipado para ganarse la confianza de Lucy Boston que un polizonte como Hodge. Su imagen aprobó juiciosamente y luego elevó una súbita ceja interrogándose. ¿Había otro motivo? ¿Estaba Harry Calvert con sus treinta años y sin su esposa, propenso a una atracción romántica hacía una muchacha cuyo aspecto podía traerle el recuerdo de un pasado mejor? En el taxi la noche pasada, había sido transportado diez años atrás por el aroma del perfume de su pelo rubio ceniciento…

Se retiró del espejo y entró en el dormitorio. Entender su abstención de mencionar el asunto del anillo con el monograma My Épsilon Sigma era más difícil. Eso y la insistencia de Player. Encogió los hombros como para alejar el problema y empezó a discar el número de Lucy Boston, Al diablo con todo, al diablo con Hodge. Debía ocuparse de cambiar la cerradura, por lo menos esa era una sugerencia razonable.

Le llegó la voz de ella, una voz atrayente de contralto.

—¡Hola! ¿Miss Boston? Soy Harry Calvert. La llamé…

—Sí, recibí el mensaje —había una sospecha de risa en su cálida voz⁠—. Espero que se sienta mejor esta mañana Mr. Calvert.

—Me encuentro bien, gracias —⁠se sintió más bien complacido con su franqueza⁠—. Quiero agradecerle a usted y a Mr. Rudd por lo de anoche.

—¡Oh!, por favor. No fue más que… —⁠se rio⁠—. No más que lo que espero hubieran hecho por mí.

—Muy amable —Calvert titubeó—. Estoy pensando si les puedo demostrar mi agradecimiento… ¿Bueno, quieren usted y Mr. Rudd cenar conmigo?

—Sí. Creo que sí.

—¿Esta noche?

—Está bien. ¡Ah! Olvidaba…

—¿Sí?

—No. Está bien. Ned y yo teníamos una cita, íbamos a comer a Theo. ¿Quiere usted unirse a nosotros ahí?

—¿En Theo? Está bien.

—¿Entonces a las siete?

—Bueno.

Calvert se peinó mientras silbaba «La hora de la partida». No había sido en una entrega de premios, recordó de repente. Había ido a la ciudad desde el colegio un fin de semana y conoció a Nancy Courtenay en el Plaza, una tarde otoñal no muy diferente de esta. «Sabes que el amor no puede morir». Pensó si todavía tendrían tés danzantes en el Plaza. Tonto, pero si los había, iba a llevar a Lucy Boston allí algún día. Sí, «tonto» era la palabra para expresarlo. Era demasiado tarde para tés danzantes. Él tenía treinta años y el errabundo viento de la juventud voló decepcionado mofándose. Una cabeza rubia, una bocanada fugitiva de perfume, una voz, restos de un pasado olvidado. Existía un pasado cercano y este era real y no olvidado.

Hubiera sido placentero proyectarse hacia atrás en el tiempo, bailar al compás de una vieja tonada, escuchar una voz que traía una repercusión en el largo, estrecho corredor de una década, pretendiendo que Grace nunca existió… Pero era una pretensión sentenciada a fallar. Grace existía desgraciadamente y la muchacha de ojos castaños y pelo ceniciento era alguien que había querido entrar en su departamento por la misma razón que el hombre con el anillo My Ep…

Dejó el cepillo y tomó la guía telefónica. Encontró el número del Bar y Parrilla Insignia y disco. A la voz que le contestó le dijo:

—¿Cómo se llama el barman que estaba trabajando anoche?

—Había dos. Mike y Freddie.

—El que trabajaba del lado derecho de la entrada.

—Mike, ¿para qué lo quiere?

—¿Cuándo estará ahí hoy?

—¿Para qué lo quiere?

—Quiero darle algo por un pequeño favor que me hizo anoche.

—Estará a las tres.

—Gracias.

Calvert miró su reloj. Eran las dos y media.

Mientras se dirigía al ascensor, Calvert examinó su billetera y vio que solo le había quedado un dólar. Fue a su Banco y extendió un cheque por cincuenta dólares.

El pagador le sonrió detrás del vidrio, no sin cierta simpatía y le dijo:

—Lo siento, está en descubierto Mr. Calvert.

—¡Diablos! ¿Cómo pudo pasar esto?

La sonrisa del cajero se amplió.

—Es la mecánica bancaria Mr. Calvert. Si usted retira y olvida de depositar…

—¡Caramba! ¿No hay alguna forma…?

—Lo siento.

—Necesito algo de dinero. ¿No hay alguna manera de arreglarlo para que…?

—Lo dudo —dijo el pagador— pero si usted quiere hablar con Mr. Hastings…

Detrás del muy lustrado mostrador Calvert encontró un escritorio con un pequeño letrero que decía Vincent S. Hastings. Detrás del escritorio un pulcro hombre de alrededor de treinta y cinco años, ataviado con un traje de tweed espigado, lo miró sonriendo desde el cajón central del escritorio en el cual estaba revolviendo en busca de algo.

—¿No se quiere sentar? —indicó con un ligero gesto de su cabeza la silla colocada enfrente del escritorio. Calvert se sentó⁠—. Puse un reloj pulsera aquí la semana pasada y ahora no puedo abrir el cajón. Se atrancó.

—Continúe tratando —le aconsejó Calvert.

—Lo voy a conseguir en un segundo —⁠gruñó y luego levantó la vista. Sus manos se quedaron quietas en el cajón por un momento⁠—. ¿No se llama usted Calvert?

Calvert lo miró sorprendido.

—Sí —giró en su silla para mirar a Hastings directamente⁠—. ¿Lo he visto a usted antes?

—Somos vecinos. Vivo en la misma casa que usted.

—Eso es. Debo de haberlo visto en el ascensor.

—¿Qué puedo hacer por usted? —⁠preguntó Hastings. Estaba sacudiendo el cajón nuevamente. De repente algo cedió adentro y sus brazos se movieron para atrás. Sonrió y sacó del cajón un reloj con pulsera de cuero⁠—. Aquí está. —⁠Lo puso sobre el escritorio a la vista de Calvert⁠—. Ahora… —⁠Colocó el reloj a un costado, entrelazó las manos sobre el escritorio y dijo animado⁠—: ¿Qué puedo hacer por usted, Mr. Calvert?

Calvert cruzó lentamente sus piernas y levantó el pantalón con un cuidado exagerado.

—Va a ser algo fácil para mí, Mr. Hastings, ahora que he observado que usted es My Épsilon Sigma.

—¡Oh!, el anillo… —Separó sus manos y mostró sus uñas manicuradas⁠—. ¿Usted es My Ep, Mr.

Calvert? —Sonrió feliz y Calvert asintió⁠—. ¿De qué Colegio?

—De Princeton.

Calvert sentado en una rígida posición advirtió de repente que sus manos estaban agarrotadas en un apretón; con lentitud manteniendo las manos debajo del escritorio lejos del alcance de la vista de Hastings aflojó los dedos.

—Yo fui a Pennsylvania —Hastings alargó la mano a través del escritorio y cuando Calvert la estrechó se dio cuenta otra vez del vello rubio entre la unión de la segunda falange y el nudillo⁠—. Parece que tenemos mucho en común. Bueno, un viejo My Ep…

Calvert sonrió y pensó: «Más que lo que usted sabe hermano mío de la Fraternidad, mucho más de lo que usted se imagina ahora». Se sintió repentinamente relajado y dijo:

—Esto es jugar sucio pero voy a apelar a usted como a un hermano My Ep y no como a un funcionario del Banco.

—¿Sobrepasado? —Hastings sonrió y se echó para atrás en la silla.

—Muy estúpido de parte mía —⁠explicó Calvert. Se golpeó el bolsillo del pecho⁠—; no tendría importancia pero me he quedado, también sin dinero en el bolsillo.

—Como empleado de Banco lo único que le puedo dar es mi desaprobación —⁠Hastings sonrió⁠—. ¿Pero cómo My Ep quiere usted permitirme un préstamo personal?

—¡Oh, no! —protestó Calvert.

—Lo considero un favor… —tenía la billetera en la mano.

—No sé qué decir.

—Mire, Calvert, déjeme hacer —⁠su mueca era amplia y amistosa⁠—. Tengo toda la que quiero puesto que soy banquero.

—Odio mi descuido especialmente porque he estado haciendo un negocio accidental… —⁠hizo un gesto con las manos.

—Vamos, viejo —Hastings le alargó por encima del escritorio algunos billetes doblados⁠—. ¿Le alcanzará con esto?

—Es usted muy amable —miró el dinero⁠—. Está bien. Gracias. De veras, gracias —⁠abrió los billetes y los contó. Luego tomó unos cuantos y los devolvió a Hastings⁠—. No necesito esto…

Hastings retiró su brazo.

—Adelante. Tómelos todos.

—Haré un depósito mañana —manifestó Calvert. Hastings estaba haciendo señas a alguien. Calvert se dio vuelta y vio a una mujer que estaba parada junto al mostrador y que tenía unos papeles en la mano⁠—. Lo estoy reteniendo. Alguien lo está esperando.

—Es solo trabajo.

Calvert se levantó.

—Gracias nuevamente —Hastings se había levantado y Calvert le estrechó la mano⁠—. Oiga, ¿qué le parece encontrarnos para un trago junto con Mrs. Hastings?

—Vivo con mi madre. Es inválida. Aceptaré su trago de todos modos.

—Bien. ¿Pronto?

—Cuando usted diga.

—¿Qué le parece esta noche, a las nueve? Tengo una cita para comer. ¿Le parece bien las nueve?

—Bien. Entonces a las nueve.

—Lo veré entonces.

Al llegar al mostrador de madera, Calvert dio un paso al costado para permitir que la mujer que estaba esperando a Hastings pasara a su lado. Saludó a Hastings que le devolvió el saludo con la mano que lucía el anillo grabado en oro y negro.