La hora azul

John Godey · Capítulo 10 de 15

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La hora azul

Capítulo 10

 

EL MOSQUITO evidentemente había retornado a la tranquila charca donde se había criado y ahora las margaritas florecían en brillante proliferación de blancos y amarillos contra el fondo sedoso de un verde Nilo.

—¿Se acuerda de mí?

—Como si fuera solamente ayer —⁠dijo Calvert.

Hodge hizo un gesto.

—¿Le importa si entro? Pasaba por aquí y se me ocurrió que ese agitado trabajo, no lo haría el sábado. Pensé que podía dejarme caer y ver si había algo nuevo en su caso.

Calvert dio un paso atrás y Hodge entró.

—Estaba desayunando. ¿Quiere acompañarme?

—Me gustaría.

—Mire… —Calvert se detuvo e hizo una mueca⁠—. Coloque su sobretodo en cualquier lugar.

Miró como Hodge se sacaba el sobretodo y lo doblaba con prolijidad antes de colocarlo con sumo cuidado en el respaldo de la silla. Se quitó el sombrero —⁠el cual había conseguido de alguna manera conservar su prístina limpieza a despecho de la mugre de la ciudad⁠— y se alisó su pelo rubio con una mano delicadamente doblada. Acomodó su cuello con un movimiento de hombros, sacudió sus puños, cepilló una inexistente mota de polvo de su manga, suavizó su bigote con su gesto de villano y toqueteó con delicadeza el nudo de su corbata cubierta de margaritas.

Calvert hizo una mueca.

—Tan lindo como un cuadro. La cocina está por aquí. ¿Quiere tomar mi brazo?

Hodge se sentó ante la mesa de la cocina y Calvert le puso una taza con platito delante de él.

—¿Quiere alguna tostada?

—Solamente café —aceptó Hodge. Miró a Calvert mientras este le servía⁠—. ¿Algo nuevo?

—Mucho. Mi mujer regresó y se fue de nuevo. Me he enamorado. Charlie Mayor está furioso conmigo.

—¿De qué está hablando? Yo quiero decir del caso. ¿El tipo trató de asaltar su casa otra vez, encontró lo que buscaba…? De eso.

Calvert se retiró para poner la cafetera sobre la hornalla. Había muchas novedades, muchas que estaban fuera de su habilidad para manejarlas por sí solo. Un detective, aun una versión tan extravagante como Hodge, debía de estar capacitado para sugerir un procedimiento, debía, por lo menos, estar capacitado para recurrir a los auspicios de la ley.

Debía de ser capaz de ayudarlo a encontrar a Grace. Grace y el recibo. El hecho de que ella no fuera directamente hacia Leonetti la noche anterior lo había convencido de que ella no tenía intención de disponer de él acuciada por el pánico. Por lo que sabía de Grace, conocimiento adquirido a tan triste costo, podía deducir casi con seguridad que, uno, no iba a querer aceptar la primera oferta de Leonetti; dos, con toda probabilidad trataría de incrementar el precio enfrentando a Rudd y Boston y tres, lo más tranquilizador de todo, a menos que sus hábitos hubiesen cambiado radicalmente ella no estaría despierta antes de mediodía.

Su cara se había compuesto cuando se sentó enfrente de Hodge.

—Nada nuevo. ¿Quiere crema?

No pensé que hubiera. Solo rutina que debo seguir. Tal vez ordinariamente ni siquiera me debería haber molestado, pero esto tuvo un ángulo extraño.

—¿Ángulo extraño?

—Usted sabe… lo que él buscaba y por qué pasó diez horas entre el momento en que debió de entrar en la casa y el momento en que lo hizo.

—¡Oh, eso!

—Eso me intriga. ¿Ha conseguido usted sacar algo en limpio?

Se dio cuenta repentinamente de que Hodge era demasiado blando, demasiado amistoso. Le sonreía abiertamente y obviamente trataba de mostrarse desarmado y hasta deferente. Hodge había dicho que esa especie de seguimiento era rutina, pero eso no era seguro. Por primera vez, le pareció que Hodge podía no ser tan obtuso como aparentaba, que su deslumbrante atuendo podía ser solo una pantalla.

—No soy detective —dijo Calvert⁠—. Usted es detective. Si usted no se imagina de qué se trata ¿cómo podría yo?

—No tiene por qué insistir. Tal vez no lo parezca pero soy un tipo sensible. —⁠Echó una mirada a las margaritas de su corbata con modesto orgullo⁠—. Usted puede decir que mi manera de vestirme no es habitual en un «poli».

—Esté seguro de eso.

—De todas maneras, no piense que no me enternecí por lo que pasó la otra noche. Su sarcasmo. Pensé, tal vez yo debería interpretar mejor las cosas. Así que no fui al cine esa noche y me senté tratando de resolverlo. Teoría. Justo como una historia policial endemoniada. Dos horas enteras y llegué a una teoría.

—Me odio por haberle hecho pasar dos horas enteras pensando, reflexionando.

—Sarcasmo. ¿Quién trabaja voluntariamente fuera de hora?… ¿Usted? —⁠Miró a Calvert indignado⁠—. ¿De todas formas quiere saber mi conclusión?

—Sí.

Hodge depositó su taza de café.

—El tipo vive en la casa.

Calvert se levantó y se fue hacia la cocina. El respeto hacia la inteligencia de Hodge subía con rapidez. Si es que «era» inteligencia… si es de alguna manera que no había sabido algo sobre Hastings. Debía de ser cuidadoso, pensó Calvert, cuidarse de lo que decía. Regresó lentamente con la cafetera.

—No es una mala teoría.

—¡Diablos, no! —respondió Hodge⁠—. Él pudo esperar en su propio departamento, confortablemente, tal vez escuchando la radio hasta que se decidió. Entonces ya no es un tipo esperando durante diez horas en esa fría puerta de salida, ¿lo ve? —⁠apuntó, con su dedo a Calvert⁠— y si vive en la casa debe de ser más que fácil tomar un molde de cera de la cerradura. Eso explica por qué el ascensorista no lo vio salir. No salió. Solo regresó a su departamento.

—¿Está seguro de que no quiere alguna tostada? —⁠le ofreció Calvert.

—No. —Extendió sus dedos manicurados sobre la mesa⁠—. Así que suponga que mi teoría es cierta. Entonces ¿dónde estamos? En ningún lugar. Tal vez haya un centenar de inquilinos en la casa, es como buscar una aguja…

Calvert sacudió la cabeza con energía.

—No tiene sentido. Quiero decir, lo tiene como teoría, pero no es mejor que la primera: el tipo dormía cuando Max subió en el ascensor y ¿por qué alguien de la casa…?

—Dije que era solo una teoría. —⁠Levantó los hombros y tiró de su puño con un rápido movimiento para mirar su reloj pulsera⁠—. Tengo que irme. Tengo que encontrarme con otro policía e inspeccionar un garito. Rutina. Tal vez no sea muy intelectual pero resulta más práctico que las teorías. Usted entra en una reunión haciendo mucho ruido, pone a los jugadores contra la pared, los cachea, los golpea con suavidad si abren mucho la boca… Así es el trabajo del detective… Usted sabe con qué está trabajando. No hay que adivinar.

Calvert empezó a levantarse.

—Lo acompañaré.

—No se moleste, Calvert. Siga terminando su desayuno. Gracias por el café… Por cierto ¿cómo se siente Hastings?

Calvert sintió que se le crispaban las manos sobre la mesa y pudo ver, tanto por la llama de triunfo que asomó a los ojos de Hodge como por el desagradable calor húmedo que le brotó en el cuello y en la cara, que la sorpresa había sido completa. Hodge había elegido el momento justo para atacar y había embestido como un toro. Retiró sus manos de la mesa y levantó su taza sosteniéndola enfrente de su cara como para ocultarse de Hodge.

Con la taza delante de su cara dijo:

—El pobre tipo fue muy golpeado.

Hodge permaneció impertérrito. Seguía todavía medio dado vuelta hacia la salida.

—¿Hastings es un buen amigo suyo?

—Solamente conocido. Funcionario de mi Banco. Me ayudó algunas veces.

La voz de Hodge era confidencial.

—¿Cómo sé que usted lo conoce? Es una pura coincidencia. Un compañero mío fue al hospital para interrogarlo y se enteró por el doctor que usted estaba ahí visitándolo.

—¿La policía busca el auto que lo atropelló?

—¡Diablos! Ya lo encontramos. Era un auto robado a un tipo que vive en Staten Island. Eso ocurre muy a menudo. Los tipos roban autos, se emborrachan… Hace un par de meses justamente cerca de aquí mataron un tipo. Es así; se encuentra el auto y es robado. —⁠Se tocó el bigote⁠—. Coincidencia: Hastings vive en esta casa.

—Sí, lo sé.

—Qué amable de parte suya ir a visitarlo. Como vecino.

Repentinamente hubo algo amenazador en Hodge. No cesó de sonreír, su aspecto seguía siendo normal pero Calvert sintió, que había en él algo nuevo. Sus ojos eran duros y opacos, su mirada penetrante era un abierto desafío.

Con cautela, ahora, como si temiera delatarse a sí mismo con alguna trivialidad Calvert dijo:

—No tiene amigos —Hodge no pareció haberlo oído⁠—. Tiene la madre enferma. Pensé que lo podía ayudar a… —⁠Su voz murió ante la silenciosa acusación de la mueca de Hodge, de su sonrisa burlona.

—Escuche —le dijo Hodge amablemente, demasiado amablemente pensó⁠— Calvert. ¿Quiere contármelo? ¿Quiere darme algo con qué pueda trabajar?

—No sé lo que quiere decir.

—Es teoría pura, compréndame. —⁠La voz de Hodge era burlona⁠—. Solo teoría. Pero Hastings fue el tipo. ¿No es cierto?

Calvert conservó su sangre fría.

—Tal vez sea un error suyo el empezar siempre teorizando. Tal vez usted debería concretarse a su actividad en los garitos.

—No se enoje, Calvert.

—No estoy enojado. Es que no lo puedo seguir. Se está volviendo loco con tantas teorías.

—Si yo fuera usted, no obstruiría la justicia. No se gana nada con jugar con la policía.

—Gracias. Me acordaré de su consejo.

No es un consejo. Es una advertencia. — ⁠Sus ojos duros siguieron fijos sobre Calvert durante un largo momento y después los bajó a su corbata y dijo esperanzado⁠—: Bueno, si usted cambia de idea…

—Si lo hago, lo buscaré en el garito.

Hodge sonrió débilmente.

—No permita que nunca tropiece contra usted en el garito. Sé cómo cuidarme de usted en un lugar así.

Calvert sacudió la cabeza lentamente.

—No sé si usted es suficientemente fuerte.

—Usted es muy fuerte. Pero yo soy un tipo delgado pero vigoroso —⁠giró en redondo, luego se detuvo y miró para atrás⁠—. Caeré por acá otra vez. Tal vez cambie usted de idea y me ayude un poco.

—Lo dudo.

Hodge sonrió amablemente.

—No se puede decir. Puede ser que usted se complique demasiado. Vendrá corriendo a buscarnos.

—Trataré de arreglármelas solo.

—Puede que vaya a ver a Hastings. Solo para una pequeña charla. Ya le volveré a ver.

Salió de la cocina y Calvert lo miró. Parecía, de alguna manera, y a despecho de su frívola vestimenta que había crecido en estatura. Calvert esperó hasta que se cerrara la puerta y luego se levantó y se sirvió el resto del café en su taza. El teléfono sonó. Levantó el tubo y lo llevó hasta el dormitorio.

Era la voz de Lucy Boston.

—¡Hola!

—¡Hola! Iba a llamarla.

—Papá me prometió llamarme y…

—¿Llamarla?

—Sí, papá. —Había una nota nueva en su voz⁠—. ¿Está ahí no es cierto?

—No. ¿Pensaba venir?

—Dijo que estaría ahí a las diez y media. Quería pasar por el hospital primero y hablar con Hastings y luego…

—Se habrá demorado.

No obtuvo respuesta. Calvert esperó.

—¡Hola!

La voz de ella era baja, casi susurrante.

—Estoy asustada. Tuvo una discusión con Ned antes de salir. Aquí en la galería. Los dos gritaban pero se callaron cuando yo entré. Papá estaba muy alterado y Ned… —⁠su voz se apagó.

Calvert depositó su taza sobre la mesa.

—Voy a conseguir un taxi y saldré para ahí.

—Ned estaba… —y esa vez se detuvo abruptamente.

—¿Sí? —preguntó Calvert y al no recibir respuesta dijo⁠—: Iré enseguida.

—Pero si papá va…

—Voy a dejarle una nota con el portero. — ⁠Tocó su taza con el dedo y se esforzó para que su voz saliera casual⁠—. ¿Player está ahí?

—No. No lo Iré visto.

—La veré dentro de veinte minutos.

Se sentó en la cama después de haber colgado el tubo, tomando pensativo su café. Eso no quería decir nada, por ahora nada definitivo, pero se hubiera sentido mejor si Player estuviera a la vista. Si la participación de Boston se limitaba al robo del recibo y excluía el conocimiento de las actividades criminales de Player, era posible que Rudd y Player se sintieran impulsados a actuar en el caso de que él se enterara de toda la verdad. Rudd sabía que Boston se dirigía al hospital a ver a Hastings.

Con su mano libre hizo un gesto de fastidio y se levantó de la cama. Así lo veía Lucy. Al aceptarlo él era culpable de prejuzgar. En qué medida estaba Boston comprometido era exactamente lo que él debía averiguar, libre de prejuicios, libre de la influencia de Lucy. Hechos. Si llegaba a una decisión debía de ser sobre la base de hechos. Hacer una relación entre la tardanza de Boston y la ausencia de Player era una simple suposición. No una evidencia. Tenía que ahuyentarlo de su mente.

Pero esperaba que Lucy no hubiera advertido el motivo de su pregunta.

A la luz deslumbrante del mediodía el cuadro de la ventana era menos atractivo que nunca, el niño tísico parecía estar al borde de la muerte inmediata, sentado en el regazo de su pobre abuela, quien había, con toda claridad, muerto muchas semanas atrás y parecía estar en un interesante estado de descomposición. Calvert se retiró de la ventana y entró en la galería.

Cuando la puerta se cerró tras él, Rudd salió de la pequeña oficina, dividida en cubículos. Llevaba un traje oscuro, el cual junto con su pelo negro y su bigotito, ayudaban a acentuar la palidez de su cara. Miró a Calvert con abierta hostilidad.

Calvert sonrió con amabilidad.

—Mr. Rudd, el hombre del revólver, espero que su sobretodo y su sombrero estén en buenas condiciones.

—¿Qué quiere? —dijo Rudd. Sus ojos lo miraron con desagrado.

—¡Qué manera de atender una galería! ¡Esa no es la forma de dirigirse a un amante de la pintura!

Rudd lo miró otro instante más y luego abrió la puerta tras él y empezó a darse vuelta.

—Qué forma rara de agradar al público —⁠siguió diciendo Calvert⁠—. ¿Miss Boston está aquí?

—Ahí detrás —Rudd hizo un ademán señalando el salón principal al fondo de la galería, hacia el pasillo lleno de cuadros. Luego empujó la puerta, la volvió a cerrar y se dio vuelta para enfrentar a Calvert. Sus ojos habían perdido su dura fijeza inamistosa, ahora brillaban, casi, pensó Calvert, con humor⁠—. Usted sabe, Calvert, tengo la sensación de que no nos va a molestar por más tiempo.

La expresión de Calvert era suave.

—¿Realmente? ¿Qué le da a usted esa idea?, pero el súbito cambio en Rudd lo asustó. Existía siempre la posibilidad de que Grace hubiera establecido contacto con él, de que Rudd supiera que ya no poseía más el recibo. O, se le ocurrió tangencialmente, tal vez Rudd no lo sabía, pero Boston, sí. Tal vez de eso se estaba ocupando Boston. Por otra parte si alguno de ellos lo sabía, más pronto o más tarde Player lo sabría también. Sonrió a Rudd en un intento de emular su pretendida diversión.

Los ojos de Rudd se oscurecieron.

—Sepa que su posición no es tan segura como usted cree.

Calvert siguió sonriendo.

—No me haga un bluff, Rudd.

—¿Usted cree que lo estoy haciendo?

—Seguro que sí —contestó Calvert. Una forma de enterarse, pensó, es respirar hondo y saltar⁠—. Conozco mi poder. Mientras yo conserve el recibo verde estoy a salvo. E intento conservarlo.

—¿De verdad? —La sonrisa de él era tenue, una simple señal de los labios.

—Seguro —Calvert pensó: debo cavar, seguir cavando un poco más hondo, un poco más directo⁠—. Yo represento ese recibo para usted. Sin mí, no existe.

Rudd dijo:

—Supóngase que le diga que su fórmula es vieja, que su recibo… —⁠Se detuvo y sus labios volvieron a fruncirse de nuevo.

—Adelante. ¿Qué es lo que está con fecha vencida?

Rudd abrió la boca y la cerró de nuevo sin hablar. Tarareó y abrió la puerta.

Calvert dijo rápidamente.

—Hastings me contó toda la historia — ⁠Rudd se volvió para enfrentarlo⁠—. Toda la historia. Sé la importancia que el recibo tiene para usted. Si yo no lo tengo, si lo di, o si lo vendí… —⁠Los ojos de Rudd se achicaron espiándolo⁠—. Pero no lo hice. Todavía lo tengo.

Rudd pareció repentinamente aliviado.

—Sí —dijo descuidadamente—, sé que usted lo tiene. —⁠Luego encogió los hombros y sonrió⁠— pero es casi sin valor.

Calvert ladeó la cabeza.

—¡Oh, ya veo! Es un problema de cantidad, usted está tratando de que me achique.

—No. Con franqueza se lo hubiera comprado al precio original en seguida. Pero la oferta —⁠mostró sus dientes blancos⁠— está sujeta a ser retirada sin previo aviso. Soy generoso. Para fin de la próxima semana… —⁠se detuvo y sonrió.

Entonces no lo sabe, pensó Calvert. Escondió su satisfacción y dijo alegremente.

—No lo creo. Usted tiene que tenerlo ahora, o la semana que viene o el próximo mes. Pero tiene que tenerlo.

Rudd sacudió la cabeza todavía sonriente.

—Para la semana que viene no tendrá valor. Tal vez antes me aseguraré de hacérselo saber cuando no lo necesitemos más. —⁠Su sonrisa se volvió maliciosa⁠—. Me aseguraré de que usted se entere… por Player.

Calvert dirigió su mirada a la mano vendada de Rudd.

—¿Cómo está su herida?

—Player está deseando golpearlo. Él no lo quiere. Creo, aparte de todo lo demás, que tiene un desagrado personal hacia usted.

Calvert sostuvo su mirada a nivel de la de Rudd.

—¿También le desagradaba Van der Bogle? ¿Era solo profesional o había un elemento personal en eso?

Rudd lo miró y luego sus ojos se desviaron por un instante. Después dijo en voz baja:

—Ni siquiera conocía a Van der Bogle personalmente.

Si lo que decía era una negativa categórica de su responsabilidad por la muerte de Van der Bogle o simplemente una demostración de la criminalidad de Player, Calvert no lo podía decir. No parecía que importara mucho. Si uno es asesinado por pasión y odio o tranquilamente despachado con los mejores deseos del mundo, igual el final es el mismo: un cuerpo sin vida.

—Nunca vi que sintiera tanta antipatía a nadie como a usted.

—No lo entiendo. Yo soy una persona que se hace querer cuando se me conoce.

—Recuerde lo que le acabo de decir.

—Por supuesto. Me mantendré alejado de él. No se consigue nada bueno jugando con muchachos malos. —⁠Miró a Rudd pensativo⁠—. Recuerde «eso».

Inesperadamente, algo parecido al pánico asomó por un instante en los ojos de Rudd, una oscuridad momentánea de las pupilas que apareció y desapareció casi inadvertidamente. Se dio vuelta bruscamente y entró en la oficina cerrando la puerta tras sí.

Con semblante pensativo Calvert caminó por el pasillo hacia la parte trasera de la galería. Había visto el brillo oscuro de los ojos de Rudd y se le ocurrió que por casualidad, había tocado un área escondida de su vulnerabilidad. Rudd, también, tenía miedo de Player. Tal vez no abiertamente pero en lo profundo de su mente… se hizo repentinamente claro que ni Boston ni Rudd, sino Player era la fuerza dominante del grupo. Nominalmente, tal vez, Player figuraba al final pero era su influencia, su maligno, persuasivo efluvio de la violencia y del sadismo que los controlaba. Que lo quisieran o no, quizás sin su consciente conocimiento y aceptación, Player con su alto y psicopático punto de vista prevalecía. A la vez que jefes eran prisioneros suyos.

Lucy estaba sentada en un banco tapizado en pana en el salón principal escuchando con atención a Frank Lazarus que la estaba aleccionando sobre uno de sus cuadros. Lazarus dividía sus miradas por igual entre Lucy y su cuadro moviendo las manos expresivamente mientras hablaba como el antiguo Mago Merlín, creando una magia bien intencionada. Sus manos se detuvieron en el aire cuando Calvert entró, suspendidas en momentánea catalepsia.

—Adelante —dijo Calvert—. No quiero interrumpir. —⁠Se sentó cerca de Lucy.

Lazarus lo miró con solemnidad.

—Usted no entenderá una sola de mis palabras.

—Adelante —insistió Calvert.

Lazarus levantó los hombros.

—Tampoco lo entiende Lucy. —⁠Se apartó del cuadro y Calvert vio que era el cuadro de la vesícula en el cerco privado, la pequeña «gouache» titulada El Minotauro en el cambio de Estación. Las manos de Lazarus reasumieron sus círculos cabalísticos⁠—. ¿Por qué la ausencia del aire?, ¿la turgidez? ¿Una paleta sucia? ¡No! Antiluminosidad. Los impresionistas son luminosos, llamas movedizas, ponen el aire dentro de los poros de sus pinturas. Los artistas figurativos, los buenos como el Ticiano, El Greco, pintaban el aire porque pintaban lo que veían. Pero supóngase que usted no experimenta con la luz como los impresionistas o-que pinta lo que ve, como los figurativos…

A cubierto de la semiburlona, semididáctica voz, Calvert dijo:

—¿Supo algo de su padre? —dirigiéndose a Lucy.

Ella sacudió la cabeza, sus ojos pardos se ensombrecieron bajo la suave luz.

—Deje de murmurar —estalló Lazarus ⁠—. Como iba diciendo, si, al igual que yo, usted advierte ausencia de luz, opacidad, eso es lo que usted pinta. La cercanía no es figurativa ni impresionista sino metafísica. Usted no me está escuchando.

Lucy lo miró.

—Lo escucho, Frank.

—La intrínseca importancia de una pintura es el punto de vista del artista. No hay mucho que decir sobre los artistas serios que extienden su cerebro sobre la tela…

—¿Llamó al hospital? —preguntó Calvert.

Ella seguía mirando a Lazarus.

—Sí. No hay teléfono en la habitación de Hastings pero me dijeron que tratarían de darle el mensaje cuando estuvieran más aliviados de trabajo. No supe más.

—No me están escuchando —dijo Lazarus.

—No, no lo escuchamos —contestó Calvert ⁠—. Lucy, ¿recibió su padre un llamado anoche o esta mañana? ¿Algo que lo haya alterado?

Ella sacudió la cabeza.

—No lo sé. Esta mañana no. Estoy segura.

—Volverá. Yo no me preocuparía. —⁠En un impulso extendió su mano rápidamente y tocó la de Lucy que descansaba en el sofá. Apretó y los dedos de ella se pusieron rígidos devolviéndole la presión nerviosamente.

—El artista es un navío pensante —⁠decía Lazarus⁠—. Pienso, luego soy pintor. Entienda esto, es el credo, y no necesitará explicaciones.

—No lo estamos escuchando —⁠le dijo Calvert⁠—. Les dedos de Lucy ahora estaban entrelazados con los de él, apretándolos con desesperación.

—Ya sé que no —dijo Lazarus con cortesía⁠—. En cuestión de sistemas tales como la simetría dinámica y la distorsión convencional no hay nada que decir. Basura. Lo único que hay que decir es ¡basura! El método proviene de la mente, está dictado por la mente. ¿El ojo? Un simple navío, una ayuda para la mente. La mente dicta al ojo, el cual es esencialmente un sirviente, alguien que abre la puerta…

Calvert bajó la vista hasta su mano unida a la de Lucy.