La hora azul

John Godey · Capítulo 1 de 15

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La hora azul

Capítulo 1

John Godey

 

El séptimo círculo - 318

 

ePub r1.0

Titivillus 03-09-2022

Título original: The Blue Hour

John Godey, 1948

Traducción: María Angélica A. de Vértiz

 

Editor digital: Titivillus

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1

 

CALVERT retrocedió en la curva en el momento en que un auto salía de la oscura calle hacia la esquina, reflejando una luz verde que luego se tornó gris hasta apagarse bajo el suave resplandor colorado. Era un auto de la policía. Calvert echó un rápido vistazo por sobre su hombro y retrocedió de nuevo. El haz de luz se introdujo en el interior del coche, suavizando las caras de los dos agentes con un resplandor rojizo. Calvert se adelantó un paso y colocó sus manos en el borde de la ventanilla abierta. El auto se detuvo y el agente del lado de la ventanilla se dio vuelta mirándolo con ojos azules indiferentes.

—Oficial —dijo Calvert— hay un hombre que me sigue, aquí detrás.

El policía se inclinó y bajó la voz átona y artificial de la radio hasta convertirla casi en un murmullo. Luego se enderezó en su asiento.

—Veamos, ¿cómo es eso? —preguntó a Calvert.

—Hay un hombre aquí atrás que ha estado siguiéndome.

—¿Dónde?

Sin darse vuelta, haciendo un gesto con la cabeza, Calvert dijo:

—Ahí atrás. En Lexington. Estaba mirando unas camisas en esa vidriera hace unos segundos. Llevaba un sobretodo gris pálido y una bufanda. Sin sombrero, con el pelo cortado casi al rape.

El policía se acomodó pesadamente en su asiento y miró hacia la calle por sobre el brazo izquierdo de Calvert. Luego se enderezó.

—¿Por qué lo está siguiendo?

Calvert lo miró con asombro.

—¿Cómo puedo saberlo? Supongo que quiere robarme.

El policía gruñó y volvió a mirar nuevamente hacia la calle.

—No hay nadie mirando en esa tienda barata.

—Estaba ahí —se dio vuelta para mirar⁠—. Debe de haberse escondido en esa entrada.

—Está bien iluminado y usted puede ver bien que no hay nadie ahí.

—Tiene que estar —insistió Calvert y retiró las manos del auto dando un paso atrás como reflejo, cuando el resplandor de la cara del policía se desvaneció y se volvió verde y el agente que conducía el auto se preparó para ponerlo en marcha.

El agente que estaba junto a la ventana dijo:

—Espere un minuto —dirigiéndose al conductor y luego a Calvert⁠— ¿cómo se llama?

—¿Yo?, yo me llamo Harry Calvert.

—¿Qué? Inclínese un poco —Calvert se inclinó hacia él y repitió ⁠— Harry Calvert.

El policía resopló dos veces rápidamente y prosiguió.

—¿Por qué no se va a su casa, Harry Calvert?

Calvert se enderezó y respiró profundamente.

—¿Qué dijo, oficial?

—Ya tiene suficiente por esta noche, señor. ¿Por qué no se va a su casa a dormir? Cuando se tiene aspecto de delirium tremens y se ve gente con el pelo cortado al rape es hora de irse a dormir.

Volvió a ocupar su asiento, se rio y el conductor inclinándose hacia adelante se rio también mirando a Calvert.

—Delirium tremens y corte de pelo al rape. Váyase a casa compañero.

—Váyase a casa —el policía junto a la ventanilla insistió⁠—. Váyase a casa compañero. Váyase a casa antes de ser atropellado y no por algún fantasma con pelo al rape.

Calvert sintió que la ira lo invadía con repentino calor.

—¿Qué son ustedes? ¿Bromistas? Soy un ciudadano de esta ciudad y pago impuestos para tener protección…

—Escuche, ciudadano —los ojos del policía eran ahora como gotas azules de agua helada brillando con hostilidad⁠—, no trate de hacerse el gracioso. Tengo maneras de manejar a tipos divertidos como usted. Derecho a Bellevue a secarse. —⁠Miró a Cárter por un momento y luego sus ojos ge desviaron⁠—. Siga adelante, Johnny —⁠ordenó al conductor.

Calvert dio un paso atrás cuando el auto se adelantó. Luego giró y regresó con rapidez hacia la vidriera iluminada de la tienda mirando hacia la puerta. No había nadie. Caminó lentamente de nuevo hasta la esquina. Miró hacia la calle lateral y descubrió un letrero luminoso de neón que decía:

«Bar Insignia y Parrilla»; su garganta estaba, de repente, seca y áspera, así que dio vuelta a la esquina y comenzó a caminar contemplando la señal intermitente del neón, como si fuera un faro encendido para indicarle el camino en medio de su confusión.

 

Tres músicos, más bien melancólicos —⁠acordeón, guitarra y clarinete⁠—, tocaban viejos y casi siempre motivos sentimentales a pedido de los clientes. Cuando terminó su primer vaso y tuvo el segundo frente a él, Calvert estudió a los músicos fascinado. Ocupaban una pequeña plataforma elevada en el centro del elíptico bar, totalmente rodeados por botellas, cristalería y una gran caja registradora que cuando funcionaba lo hacía con un discordante carillón de campanillas bailarinas. Después de un rato, Calvert pensó, que el aspecto desdichado de los músicos se debía menos a la influencia de la pesadez de medianoche de un día de semana que al miedo de estropear la empalizada de cristal en la cual estaban aprisionados. Un solo movimiento en falso y la rotura de la cristalería tragaría todo su salario semanal.

Terminó su bebida y ordenó otra. El barman colocó un nuevo vaso y se retiró con el importe. Calvert miró directamente al guitarrista. El carillón de la caja registradora sonó y el guitarrista se estremeció penosamente. Con el tiempo, pensó Calvert, lo va a volver loco. Una noche, finalmente estallará y balanceando su guitarra por un extremo se abrirá camino hacia su libertad destrozando la barrera de cristal…

Calvert sonreía cuando el barman regresó con el cambio. El barman le devolvió la sonrisa y le dijo:

—Noche larga ¿no es cierto?

Calvert dejó de sonreír y levantó el vaso.

Era una larga noche, pero el barman no tenía idea de lo larga que era. En cuanto a eso, pensó Calvert súbitamente sorprendido, él tampoco lo sabía. ¿Cinco semanas y dos días? ¿O seis semanas y dos días? Hoy es miércoles y Gracie se fue el lunes… ¿pero hacía cinco o seis semanas? ¡Oh!, era una larga, larga noche de todas maneras…

Los músicos se habían quedado sin inspiración y el guitarrista sosteniendo el instrumento con rígido cuidado, miraba al público esperando sugerencias. Sus cansados ojos al recorrer el bar se detuvieron en los de Calvert.

Calvert levantó su vaso saludándole.

—Tengo un pedido para usted. ¿Conoce «Es una larga, larga noche desde que Gracie partió»?

El guitarrista sonrió indeciso y contestó:

—¿Cómo es?

—No lo sé. Solo conozco las palabras. «¿Cuántas semanas desde que Gracie partió? ¡Oh!, es una larga, larga noche desde que Gracie se fue».

—¿Es en serio? —preguntó el guitarrista.

—Totalmente.

El guitarrista se dio vuelta hacia el clarinetista.

—¿La has oído antes?

El clarinetista sacudió la cabeza.

—¿Tú, Joe? —dijo al acordeonista.

—Estoy sorprendido —dijo Calvert⁠—. Es una tonada antigua muy conocida.

El acordeonista alzó los hombros y Calvert oyó que le decía al guitarrista.

—Dele algo que diga «Desde que te fuiste».

—Molly —dijo el clarinetista—. Pienso ¿qué le pasó a Molly? Ahí dice «Desde que te fuiste».

El acordeonista presionó su instrumento tanteándolo y después de un instante el clarinetista «pescó» la melodía. El guitarrista sonrió a Calvert y punteando las cuerdas se dio vuelta con infinito cuidado para enfrentar a los otros músicos.

Calvert terminó su bebida. Todo era equivocado pero no tenía sentido decírselo a ellos. La única satisfacción que tenían en medio de su palacio de cristal. Déjenlos tocar «Molly». Pensó, ¿qué fue de… Molly? Nunca oyó hablar de la muchacha. Por otro lado Grace… o Gracie como decía el canto… ocurría que era su mujer. Pensó, ¿qué fue de Gracie? No debía pensar en eso de ninguna manera. Sabía exactamente lo que le había ocurrido a Gracie. Dejó de amarlo y empezó a querer a otro, un hombre llamado Bunny Ferris. Bunny —⁠¡puff!⁠—, qué nombre… Así que ella hizo sus valijas, esas lindas valijas de cuero de chancho y se fue a algún lugar romántico, con Bunny. Bunny y Gracie, un par de adorables niños…

—Otro trago en esta larga noche, señor —⁠pidió Calvert al barman⁠—. Otro igual.

El barman sonrió y le alcanzó una botella.

—Tres cuartos de hora y la larga noche termina —⁠indicó el reloj de pared con su hombro.

—¡Oh no! —contestó Calvert—. La noche acaba de empezar. En su quinta o sexta semana pero acaba de empezar. ¡Oh no!… —⁠sacudió la cabeza con violencia de un lado a otro y siguió sacudiéndola después de que el barman se retiró. Paró de sacudirla solo cuando al mirar a la derecha vio al hombre de pelo rapado que lo había estado siguiendo en Lexington Avenue.

Miró a sus manos que sostenían el vaso y vio con sorpresa que se habían puesto blancas con la tensión. Entonces no había estado viendo duendecillos^ de pelo rapado. Lo habían seguido. ¿Por qué?, había desdado saber el Policía Bromista. Para robarle, naturalmente. ¿Por qué sigue usted a alguien que ha estado bebiendo hasta las dos de la madrugada si no es para robarle? Pero usted no lo hace, pensó Calvert indignado súbitamente, dentro de un bar. No, si su perseguido entra en un bar, usted lo pone en la lista de mala suerte y busca otra víctima. ¡Usted no «persigue» a un hombre! Especialmente usted no persigue a un hombre que todavía está enamorado de una esposa que ha huido con otro hombre. Eso no se hace: no es un juego leal.

Miró al hombre de pelo rapado y luego bajó del taburete: tomó su vaso y se quedó tambaleante junto a la barra del bar. Se sentó al lado del hombre de pelo rapado. El hombre lo miró un instante sin mostrar interés y siguió sirviéndose cerveza de una botella.

Calvert colocó su vaso con fuerza sobre el bar y el hombre de pelo rapado volvió a mirarlo. A esa distancia era mayor que lo que Calvert había supuesto por el corte de pelo. Treinta. Más o menos de la edad de Calvert. Tenía una cara ancha, dura, de atleta, apuesto, si a usted le gusta la cara huesuda y una boca más bien pesada. Sus ojos pardos estaban bien insertados en sus órbitas y miraban a Calvert desprovistos de expresión.

Se estaba retirando cuando Calvert habló.

—Quiero preguntarle algo… —⁠No se produjo ningún cambio de expresión cuando se enfrentó con Calvert nuevamente, pero sus ojos parecieron achicarse de repente⁠—. Esto es lo que le quiero preguntar —⁠prosiguió Calvert⁠—. Le parece a usted que es decente perseguir a un hombre cuya mujer…

—¿Perdón? —Era una pregunta anodina, como disculpándose por su distracción.

Calvert se sacudió en su asiento.

—Déjeme explicarle. Me llamo Harry Calvert.

—¿Sí? —su voz era educada e inclinaba ligeramente la cabeza como en un saludo ceremonioso.

—Bueno —dijo Calvert— ¿cómo se llama usted?

Su titubeo fue casi imperceptible y pareció divertido.

—Mi nombre es Tom Player.

—Buenos días, Mr. Player —Calvert levantó su vaso a modo de saludo y luego bebió. Mientras lo hacía siguió mirando con fijeza el pelo al rape de Player y lo siguió haciendo hasta terminar su vaso. El trío del conjunto estaba tocando una movida tonada de años atrás, y la letra, que no parecía adecuada después de quince años, empezó a sonar en la cabeza de Calvert.

 

Míster Player tiene su cabello enrulado.

Míster Player tiene el pelo en una redecilla.

Míster Player tiene el pelo con rulitos.

 

Calvert echó su cabeza para atrás y rio.

—Lo siento, Mr. Player… —La risa lo invadió de nuevo y se dio cuenta del enojo de Player⁠—. Lo siento, Mr. Player.

—¿Qué es tan divertido?, ¿qué es tan cómico?

—Ese canto. Tengo la divertida impresión de que las palabras vienen… ¿Recuerda el nombre de ese canto?

—¿Betty?

—¡Dios mío! ¡Cómo retrocede todo! —⁠Empezó de nuevo a reír, luego se detuvo abruptamente y miró el pelo de Player⁠—. Lo que quiero preguntarle, Mr. Player, es ¿a qué universidad fue usted?

Player contestó con algo de tirantez.

—A Darmouth.

—¡Ah!, ¿y dónde remó? ¿Llevó a Darmouth a la victoria con sus remos?

—No me gusta su tono —dijo Player⁠— termínela.

—Tengo que saber —repuso Calvert⁠—. Esas son las pequeñas cosas que uno desea saber sobre un hombre que le sigue por la Lexington Avenue.

Player se le había acercado y mantuvo su voz en un tono bajo pero agresivo.

—Lo voy a golpear si no se retira de mi lado.

—Así se habla —contestó Calvert en voz alta⁠—. Ese es el estilo de la vieja cárcel de Darmouth; Mr. Player; usted es mucho más caballero que Player pero…

Player se movió de su silla y lo hizo con tanta rapidez que Calvert no lo vio balancearse. En el momento del impacto sus ojos se entrecruzaron y las luces se apagaron en la habitación. Cuando volvieron a encenderse, aferrándose a la barra del bar para sostenerse, se dio cuenta de la cara borrosa de Player y oyó al trío que seguía tocando «Míster Player tiene el pelo enrulado».

Tuvo un momento de agudo e intolerable dolor cuando su cabeza golpeó el suelo, pero eso desapareció casi inmediatamente.