La hora azul

John Godey · Capítulo 7 de 15

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La hora azul

Capítulo 7

 

 

CUANDO Calvert entró en la habitación siguiendo los pasos del doctor Williams, un médico interno pelirrojo, Hastings trató de sentarse. Su cabeza estaba casi totalmente vendada desde su frente hasta sus cejas a semejanza de la visera de un casco blanco. Tenía una larga lastimadura que le corría transversalmente sobre una mejilla al igual que una lívida y descolorida marca. Su nariz estaba hinchada y deformada y tenía una pequeña señal de sangre seca en el borde de una de las ventanillas.

—Mejor es que se quede acostado, compañero dijo el doctor William.

Obedeciéndole, Hastings, que había conseguido levantar la cabeza y hombros de la cama unos pocos centímetros, cayó para atrás, anhelante, aterrorizado y exhausto.

—No hay ni una sola pulgada por debajo de su pecho que no esté lastimado —⁠le dijo el doctor Williams a Calvert⁠—. Es como si lo hubieran tatuado.

Hastings movió los labios lentamente.

—Estoy contento de que haya venido, Calvert.

—Seguro. Quédese tranquilo —⁠Calvert se dio vuelta hacia el doctor⁠—. ¿Está mal?

—Debe de ser muy doloroso, pero creemos que no es grave. Puede que tenga una ligera conmoción, pero lo dudo. Ahora vamos a tener su radiografía. Pero pienso que estará bien, fuera de un par de lastimaduras y contusiones. Es como si hubiera sido atrapado por un gigante. —⁠Miró a Hastings pensativo⁠—. Un shock serio, pero lo sacaremos bien de eso.

Los ojos de Hastings vueltos hacia arriba estaban en blanco. Susurró:

—Por favor, siéntese Calvert.

—Los voy a dejar a solas —dijo el doctor Williams⁠— pero no quiero que se quede demasiado. —⁠Miró a Hastings y dijo animándolo⁠—: Cuando regrese lo volveré a pinchar. Lo haré dormir —⁠salió cerrando la puerta tras sí.

—Gracias por haber venido —⁠dijo Hastings. Sus ojos eran como los de un animal enfermo.

—Olvídelo —Calvert se retiró de la cama, un tanto molesto por esos ojos que parecían querer atravesarlo. Los labios estaban pálidos y sin sangre, las mejillas hundidas indicaban la huella del sufrimiento. Lo que yacía ahora en la cama era una caricatura de pesadilla del hombre que Calvert había visto, sonriente, eficiente, atildado detrás de su escritorio en el Banco.

Los pálidos labios de Hastings se movieron.

—Tengo que hablar con alguien. No se lo puedo decir a mamá: es una inválida y… —⁠humedeció con la lengua los labios⁠—. He encargado a alguien en el Banco para que la llame y le diga que tuve que salir de la ciudad. Sé que no tengo ningún derecho moral para esperar que usted… Quiero decir después de que lo he involucrado en este lío —⁠su voz se rompió como en una súplica⁠—. Pero no tengo a nadie a quien dirigirme y… —⁠lo miró implorante⁠— tal vez usted se va a reír pero de todos modos usted es un My Ep…

—No me voy a reír.

Los ojos de Hastings se iluminaron gozosos como por alguna interna justificación.

—Y tal vez usted sea el próximo.

Calvert lo miró.

—¿De qué está usted hablando?

El casco de gasa se inclinó lentamente y luego se enderezó con una señal trabajosa.

—Sí. Le debo eso por lo menos. Advertirle.

La voz de Calvert era lenta y deliberada, tanto para convencerse a sí mismo con su solemne peso, como para impresionar a Hastings.

—Usted ha sido atropellado por un automovilista de los que huyen. Un borracho, según el médico, que se subió a la vereda y lo atropelló.

—Fui atropellado por Tom Player.

Hastings había hablado con tranquilidad, sin énfasis, como si estuviera declarando un hecho corriente pero sus ojos barrenaban a los de Calvert como si lo pudieran forzar a aceptar sus palabras con su terrible intensidad. Calvert recordó que Hastings le había dicho, ya una vez, que había visto a Player matar a un hombre y recordó la fría convicción con que este lo había amenazado hacía una hora. Su espina dorsal se endureció y fue consciente de una súbita sequedad en su paladar.

—¿No me cree? —dijo Hastings—. ¿Usted cree que lo estoy inventando, que fue un automovilista que se escapó?

Calvert se miró los zapatos.

—Eso parece más probable.

—No. Escuche. —Había una desesperada persistencia en su voz⁠—. Era Player. Me persiguió por la vereda… —⁠Un terror súbito apareció en sus ojos como si estuvieran mirando hacia adentro enfocando el pasado⁠—. Escuche. Lo «vi» a él detrás del volante. Estaba riéndose. Dirigiendo el volante hacia la vereda y riéndose todo el tiempo. Traté de evadirlo y él me agarró con el paragolpes. Con el paragolpes derecho mientras yo trataba de escaparme como si fuera de las astas de un toro. Me golpeó y me mandó contra un canto de piedra. Me atrapó entre la plataforma y un gran mojón de piedra colocado contra la baranda. Player no sabía eso, no lo pudo ver pero eso fue lo que me salvó. Retrocedió y regresó de nuevo como un toro. Pude ver las ruedas y la huella de las gomas pero trepó sobre el canto de piedra. Este soportó casi todo el peso. Luego retrocedió de nuevo y se adelantó pasando y repasando sobre mí. ¡Cristo, cómo me dolió! Pero el canto recibió todo el impacto. Luego retrocedió hasta la curva y se fue.

El horror había hundido sus ojos y su cuerpo se estremecía ligeramente bajo las frazadas en una agonía de recuerdos.

Las manos de Calvert estaban transpiradas. Dijo casi en susurro:

—Está bien. Es suficiente.

—Como un toro enloquecido y riéndose todo el tiempo.

—Está «bien» —dijo Calvert cortante⁠—. Es suficiente. —⁠Lenta y penosamente el pánico desapareció de los ojos de Hastings pero estos seguían pareciendo estar acosados, temerosos⁠—. Está bien, ¿pero por qué? ¿Por qué él?

—Porque yo no valgo nada para ellos sin el recibo y porque sé demasiado sobre ellos. Porque estoy enterado del recibo.

—No lo entiendo.

—Ya no tengo el recibo y soy peligroso para ellos porque sé —⁠sus labios secos se juntaron abruptamente y miró a Calvert con un nuevo terror en sus ojos⁠—. Dios mío, Calvert. Guarde ese recibo. —⁠Luchó para levantarse y consiguió apoyarse en un codo⁠—. Conserve ese recibo. Es lo único que lo mantendrá con vida…

Cayó para atrás y sus ojos giraron exhaustos.

Calvert frotó sus palmas húmedas contra las piernas de sus pantalones. No intentó ocultarse a sí mismo el miedo que tenía ni de quitarle importancia. Estaba mezclado en algo que atentaba contra su vida y podía no tener tanta suerte como Hastings… ¡Violencia sin tregua! El universal, el curiosamente adecuado término del Ejército le vino a la mente: violencia sin tregua y supo que Hastings decía la verdad sobre la relación entre su seguridad y la del recibo. Era tan sencillo como Hastings lo había dicho, su vida dependía de ese pequeño trozo de papel verde. Casi con una sensación de desprendimiento pensó si Lucy estaría enterada de ese hecho, de si ella sabía que sería asesinado cuando se desprendiera del recibo. ¿Había estado ella comprando su vida con su oferta de veinticinco mil dólares? Ese pensamiento se ahogó abruptamente en una ola de pánico. Él había entregado el papel a Max sin darle mucha importancia y Max lo había guardado también en su billetera con la misma indiferencia. Max había deslizado su vida en una pequeña división de su billetera.

Desesperadamente combatió su pánico, se esforzó para que su voz sonara tranquila.

—Hastings. ¿A quién pertenece el recibo?

Hastings tomó agua antes de hablar.

—A un hombre llamado Martín Van der Bogle.

—Sí. El vendedor de los cuadros de Groot. —⁠Asintió⁠—. ¿Dónde está ahora Van der Bogle?

—Está muerto.

Calvert suspiró profundamente, titubeando al borde de la pregunta como si fuera ante un precipicio.

—¿Cuándo murió?

—Hace un mes. Fue atropellado y muerto por Player.

Calvert exhaló su respiración lentamente.

—¿Por qué no acusó a Player? ¿Por qué no se dirigió usted a la policía?

—No puedo. —Las palabras salieron de él en un sollozo y su cabeza vendada se balanceó de un lado para otro como en muda protesta.

Calvert se sacudió la sensación de pánico que empezaba a brotar en él nuevamente. Dijo con tranquilidad.

—Empiece desde el comienzo. Quiero saber toda la historia… Van der Bogle, el recibo, las pinturas… Quiero toda la historia.

La cabeza de Hastings giraba de lado a lado en la almohada.

—No. No puedo. No puedo decirle.

—¿Usted quiere que lo ayude… o no?

—No. No puedo. No puedo decirle, —⁠sus ojos giraban bien abiertos⁠—. ¡Me matará!

Calvert le dijo tranquilizándolo:

—Tengo que conocer todos los hechos o…

—¡No!

Calvert empezó a ponerse de pie.

—Me voy.

—¡No! ¡Por favor! —Hastings luchó para levantar la cabeza de la almohada y sus manos se adelantaron implorantes.

—No se vaya. Quédese conmigo. Le voy a decir…

Habló quedamente, sus labios apenas se movían, su cara estaba tranquila, absorta en lo que contaba. Calvert se sentó quieto en su silla, sus ojos no abandonaban la cara de Hastings como si fuera un reflejo visual de sus palabras, una puerta abierta a su mente; Su deseo de un cigarrillo era acuciante y sacó el paquete y lo sostuvo con flojedad entre los dedos como si con solo tocarlo se aplacara mágicamente su deseo.

Laramie Boston fue enviado a Europa en un destino temporario para trabajar con una comisión artística del gobierno. En Amsterdam conoció a Martín Van der Bogle, un marchand holandés que le ofreció venderle la Pietà y St. Matthew de Johannes de Groot a un precio regalado. Era algo irregular, pero no era (pensó Hastings) ilegal, que Boston hiciera tratos privados mientras estaba bajo las órdenes del Gobierno. Van der Bogle aceptó un cheque por 12 000 libras y mandó las pinturas a Boston, que al día siguiente voló de regreso a los Estados Unidos en un avión del ejército. Boston guardó los cuadros en un depósito para mantener el secreto y resguardarlos.

El único documento de la transacción fue el recibo verde. Esa forma negligente de tratar el asunto estaba realizada para comodidad de ambos que tenían separadas pero no disímiles razones para querer guardar la transacción más o menos en secreto; Boston porque no se sentía cómodo al haber realizado un negocio por cuenta propia mientras estaba siendo pagado con fondos públicos; Van der Bogle porque su título de propiedad de los cuadros no era muy claro y la publicidad podía desencadenar una investigación inmediata de su gobierno.

Cuando Van der Bogle llegó a Nueva York para cobrar el resto de la suma que le adeudaban, Boston al principio trató de regatear y, como no resultó, dijo que no tenía el dinero y pidió treinta días de plazo para el saldo. Van der Bogle, un holandés viejo y duro, ofreció devolver a Boston su anticipo y retirar los cuadros, pero por fin aceptó concederle un plazo de dos semanas.

Hastings conoció a Van der Bogle por su trabajo en el Banco. Había estado a cargo de sus intereses bancarios, arreglado su cuenta corriente y facilitado sus transferencias de créditos. Van der Bogle estaba agradecido a Hastings por su ayuda puesto que no tenía amigos en la ciudad así que lo invitó a comer con él una noche. Se entendieron muy bien, pero lo que solidificó la relación fue el descubrimiento de una mutua pasión por el ajedrez, un descubrimiento que coincidió con la inesperada renuncia de la enfermera que cuidaba de la madre de Hastings. Hastings buscó rápidamente otra enfermera pero como esta solo podía quedarse hasta las dieciocho horas, él debía quedarse en casa todas las noches… por lo menos hasta que pudiera conseguir otra enfermera permanente. Van der Bogle empezó a visitar a Hastings todas las noches y así pudieron matar el aburrimiento jugando al ajedrez.

La estima de Van der Bogle por Hastings creció y una noche en un rapto inusual de franqueza, le contó su trato con Boston. O porque sospechara que algo le podía suceder o en una demostración de confianza y afecto Van der Bogle le pidió a Hastings que le guardara el recibo en su caja de seguridad. Dos días después, mientras Hastings lo miraba desde su ventana, Van der Bogle fue asesinado.

A la noche siguiente Rudd acompañado por Player fue a ver a Hastings. Le dijo que, después de amenazar a Van der Bogle había obtenido la información de que había dado el recibo a un amigo para que lo guardara en su caja de seguridad. Player siguió a Van der Bogle durante casi una semana. Su único amigo era Hastings a quien visitaba todas las noches.

El recibo entonces, estaba en posesión de Hastings. Rudd ofreció 10 000 por el recibo junto con la amenaza de un trato similar al de Van der Bogle si se hacía el duro para entregarlo.

El primer impulso de Hastings fue el de ir a la policía. Pero porque los 10 000 eran atrayentes y porque se había asustado mucho, aceptó la propuesta de Rudd. Al día siguiente se encontró con Rudd, previa cita, llevando el recibo. Pero la situación había cambiado durante la noche. La propuesta original de Rudd —⁠destruir el recibo que era la única evidencia de la deuda a Van der Bogle⁠— no era ya suficiente. De Ámsterdam había llegado la noticia de que el gobierno holandés se había enterado de la venta y había iniciado una investigación sobre el título de propiedad de los cuadros. No importaba saber cómo iba a terminar la investigación, lo esencial era que las Galerías Boston estuvieran en condiciones de establecer la evidencia del pago hecho a Van der Bogle. El recibo verde era la única prueba del pago realizado.

Para salvar los cuadros era necesario falsificar la firma de Van der Bogle en un recibo de saldo total.

A esa altura Hastings estaba ya demasiado comprometido para retirarse y le ofrecieron 5000 más por su posición aventajada en el Banco a través del cual tenía acceso a la firma de Van der Bogle y por lo tanto a la posibilidad de falsificación. Una vez realizada la falsificación, se sintió repentinamente envalentonado. Llegó a la conclusión de que había estado trabajando muy barato y pidió otro adicional de 25 000 a Rudd. Durante todo ese tiempo no tuvo tratos con Boston, solo con Rudd que estaba asociado a las Galerías Boston. Rudd con el pretexto de que la decisión de pagar una cantidad adicional de dinero debía de venir de Boston, pidió otro día para discutirlo con este último.

Rudd fue al Banco al día siguiente cerca de mediodía y comunicó a Hastings que Boston se había negado a pagar. Entonces Rudd le dijo con franqueza que estaba dispuesto a traicionar a Boston. Estaba descontento con la forma en que las Galerías operaban bajo la dirección de Boston y estaba listo para irse llevándose con él la Pietá y St. Matthew. Fue más lejos aún, diciendo que Boston lo estaba traicionando a «él» y en ese momento se despertaron las sospechas en Hastings. Rudd hablaba demasiado en una forma vaga y abstracta y cuando Hastings, un momento después de haber aceptado la invitación de Rudd para almorzar, vio a Player que estaba afuera del Banco, sintió que su sospecha se confirmaba.

Fue entonces cuando se deslizó adentro por un instante e introdujo el recibo entre los cheques cancelados de Calvert. Durante el almuerzo Rudd mostró inesperadamente los 25 000 en efectivo y Hastings tuvo que confesar con algo de vergüenza, sus temores. Le contó a Rudd lo que había hecho con el recibo y prometió recuperarlo en unos pocos días. Originalmente había planeado simplemente pedírselo a Calvert con la excusa de que había sido mandado por error. Pero Rudd insistió en obtenerlo introduciéndose en su departamento.

«Ahí, pensó Calvert, es donde todo empieza para mí: ahí es donde aparezco».

Mucho tiempo después de haber terminado de hablar, Hastings seguía inmóvil, su pálido semblante estaba desprovisto de expresión como si ese relato lo hubiera despojado de emoción y de vitalidad. Calvert tomó de la mesa un vaso de agua para Hastings. Se lo dio y lo miró mientras bebía.

Después de un momento Calvert dijo:

—Hay algo que no está claro, ¿dónde entra Player?

—Es primo de Rudd. Creo que proceden de una buena familia. Me imagino que ha estado siempre metido en líos de cualquier tipo desde que era muchacho. Algo ocurrió mientras concurría al colegio, algo relacionado con la muerte de su compañero de habitación y fue necesaria toda la influencia de su familia y la mayor parte de su fortuna para silenciar el hecho. Lo mandaron al Oeste y unos pocos años después fue enrolado. No sé lo que ocurrió en el Ejército pero creo que fue expulsado deshonrosamente y ahora… —⁠encogió los hombros.

—¿Y ahora hace trabajos sucios para Rudd?

—No tiene sentimientos, sentimientos humanos. Si usted lo hubiera visto reír detrás del volante de ese coche… —⁠La mirada alucinada brillaba en sus ojos.

—¿Qué pasa con Boston —preguntó Calvert⁠— y su hija? ¿Saben lo de Player, saben lo del asesinato de Van der Bogle?

Hastings abrió la boca y la volvió a cerrar cuando la puerta se abrió para adentro.

El doctor Williams entró seguido por una enfermera.

—Vengo a hacerlo dormir ahora — ⁠le comunicó a Hastings.

Calvert se levantó.

—Ya me iba doctor —y dirigiéndose a Hastings ⁠—. Tómelo con calma, se va a poner bien.

—¿Vendrá usted mañana?

—Trataré de hacerlo.

La enfermera estaba frotando uno de los brazos de Hastings y el doctor probaba la punta de una aguja hipodérmica en su pulgar.

Hastings se sobresaltó cuando el doctor introdujo la aguja en su brazo. Mientras Calvert partía oyó decir a Hastings.

—Tenga cuidado al cruzar la calle.

Miró hacia atrás antes de cerrar la puerta tras sí. Los ojos de Hastings estaban cerrados y su cara enmarcada por el vendaje tenía la rigidez de una máscara.