La hora azul

John Godey · Capítulo 8 de 15

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La hora azul

Capítulo 8

 

LAS DOS valijas de cuero de chancho estaban colocadas a un costado de la puerta, de manera que fue lo que primero vio Calvert cuando entró. Grace dejó de mirar al hombre con quien estaba hablando y que daba la espalda a la entrada y sonriendo, se levantó y caminó hacia él. Calvert se quedó parado estúpidamente, con una mano todavía en la puerta semiabierta mirando las dos valijas de cuero de chancho, como si fueran ellas, más aún que Grace misma, las que demostraran la realidad de su presencia.

Su mente agotada era incapaz de notificarse de la evidencia de los sentidos aún después de que los brazos de ella rodearon su cuello y el peso de su cuerpo (tenía un vestido negro con encaje blanco en la garganta, que él había ayudado a elegir) se apretaba contra él. Ella levantó la cara hacia él. Los dientes brillaban entre sus labios entreabiertos cuando él se inclinó involuntariamente a recibir su beso y se dio cuenta absurdamente de que su pelo rojizo había cambiado de estilo y ahora se peinaba con una trenza que formaba corona en su cabeza. Ella nunca se había peinado así antes.

Fue un beso fugaz, no desprovisto de calor, pero de alguna forma indiferente, un beso que solo quería decir ¡hola!, como si hubiera sido dado una mañana cualquiera cuando dejaba la casa para ir a la oficina. Entonces ella se retiró todavía sonriendo, tomó su mano y lo condujo adentro de la habitación. El hombre que estaba sentado, se levantó.

—Tienes una visita, querido —⁠dijo Grace y su voz le llegó con un shock de confuso reconocimiento, como si fuera algo oído anteriormente en estado de vigilia, algo al mismo tiempo familiar y extraño. Los ojos de ella eran cálidos y prometedores y miraban hacia él. Susurró:

—¿Cómo estás, querido?

Ross Leonetti inclinó su elegante cabeza en un saludo y la voz de solista del cóctel retumbó.

—… noches Calvert. Me tomé la libertad de dejarme caer aquí y Mrs. Calvert fue amable al entretenerme.

Calvert se oyó decir con una voz atónita:

—Encantado que lo haya hecho.

—Recordé algo que quería decirle esta tarde. Vine en un impulso. Tal vez hubiera debido telefonear. Espero que no le importe…

—Claro que no —dijo Calvert—, no me importa nada — ⁠miró a Grace y a su suave y sonriente perfil. Trató de analizarla con calma y cordura como si su belleza, que nunca dejó de excitarlo, y ahora tampoco, no existiera. Era imposible, sin embargo, separar a Grace dé su físico: uno puede hacer eso con alguna gente, pero no con Grace: ella era indivisible. Sin su belleza, cesaba de existir. No estaba seguro si le gustaba su nuevo peinado con la trenza. Tal vez lo había hecho para agradar a Bunny Ferris y ¿dónde «estaba» Bunny? ¿Había seguido el camino de toda la hojarasca, llorosos sus rosados ojos de conejo en algún rincón desolado del mundo? ¿O había regresado con ella? ¿Lo había traído ella en alguna de sus valijas de cuero de chancho junto con alguna otra casual posesión?

Se sentó en la silla enfrentado a Leonetti y Grace se colgó al lado de él en el brazo de la silla con una mano descansando suavemente sobre su nuca.

—Tuve la suerte de encontrar a Mrs. Calvert en el hall —⁠explicó Leonetti.

—Mr. Leonetti fue muy amable ayudándome con las valijas.

Leonetti sonrió y agitó su mano despreocupadamente.

—Fue un acto de pura y egoísta galantería. — ⁠Miró las piernas de Grace con abierta admiración⁠—. ¿Estuvo usted de vacaciones, Mrs. Calvert?

—Sí —contestó Grace. Calvert sintió que sus dedos se endurecían en la base de su cuello.

—Muy egoísta de mi parte, querida. —⁠La sonrisa de Calvert era una mueca⁠—. Ni siquiera te he preguntado si lo pasaste bien en tus vacaciones.

Los dedos de ella sobre su nuca se cerraron en un pellizco.

—Muy bien —contestó rápidamente ⁠—. ¿Quieren que sirva unos tragos? ¿Mr. Leonetti, quiere tomar un trago ahora?

Se levantó y se dirigió sonriente hacia la cocina. Calvert la observó por un momento, su paso alargado familiar, su cuerpo ágil dentro de su vestido negro. Se dio vuelta hacia Leonetti cuyos ojos agudos no habían abandonado el escrutinio de su semblante.

—Siento haberlo hecho esperar — ⁠dijo Calvert.

—De ninguna manera. Usted no podía saber que yo iba a venir —⁠sonrió⁠— y pasé una media hora muy agradable con su mujer. Encantadora señora.

—Gracias. —Lanzó a Leonetti una sorpresiva ojeada⁠—. Hablemos de negocios.

Los ojos de Leonetti se entrecerraron pero la sonrisa nunca abandonó su cara. Abrió la boca y luego la cerró abruptamente en el momento que Grace regresaba trayendo dos vasos. Alargó uno a Leonetti y el otro a Calvert.

—Voy a esperar para el mío. Hasta que abra las valijas y me arregle. ¿Quieren perdonarme?

Se dirigió al dormitorio y esta vez Leonetti la siguió con la mirada sin ocultar su admiración. Calvert observó sus movimientos por encima de su vaso. ¿Cómo pude quererla?, pensó. ¿«Pude»? Leonetti giró hacia él y sus ojos se endurecieron.

—No nos vayamos por las ramas, ¿eh, Calvert? ¿Así le gusta no es cierto?

—Así me gusta. ¿Cuál es su oferta?

Leonetti se sonrió levemente.

—Usted sabe, no estaba del todo convencido de que usted lo tenía. Hasta que usted mismo tocó el asunto.

Calvert mordisqueó el borde de su vaso.

—Todos nos equivocamos.

—Pero estoy virtualmente seguro. De todas formas oyéndolo de sus propios labios… —⁠se sonrió disculpándose⁠—. No se pierde nada con eso.

—¿Cuál es su oferta?

—Diez mil dólares sobre la mejor oferta.

El semblante de Calvert estaba impertérrito.

—¿Puedo preguntarle si habla usted por sí mismo? ¿O bien representa a alguien?

—Ambas cosas. Digamos que estoy aquí como representante de un pequeño sindicato del cual soy miembro. —⁠Levantó los hombros⁠—. No veo en qué le concierne esto a usted.

Calvert golpeó el vaso con sus dientes.

—Supongo que no tiene objeto preguntarle a usted para qué lo quiere. —⁠Leonetti hizo una mueca⁠—. No… Ni tampoco va a querer decirme cómo se enteró de que yo…

La maciza cabeza de Leonetti se balanceó de un lado al otro.

—Lo siento. Tengo que proteger mis fuentes, naturalmente. Pero le aseguro que no tiene importancia.

—Tal vez no para usted. Pero como soy el blanco…

Leonetti lo interrumpió con impaciencia.

—No tiene importancia… ¿Cuánto le han ofrecido por ese recibo Calvert?

Calvert bebió un trago.

—Treinta y cinco mil.

Los ojos de Leonetti relampaguearon. Empezó a hablar y luego se detuvo. Miró dentro de su vaso y su cabeza se ladeó a un costado.

—Asumo que usted considera esa cantidad demasiado pequeña. Con franqueza yo la considero generosa. De todas maneras mi oferta sigue en pie. Cuarenta y cinco mil dólares por el recibo, Mr. Calvert.

—Rechazo esa oferta.

La voz de Leonetti chirriaba.

—¿La encuentra insuficiente?

—Al contrario, más que suficiente.

El gesto y la voz de Leonetti eran impacientes.

—¿Bien? Bien, entonces…

—En esta clase de transacción especial, Mr. Leonetti, puedo permitirme ser original.

—Pero usted dijo que la oferta es adecuada.

—Si, la oferta sí. Pero no el ofertante.

Leonetti lo miró ofendido.

—Explíquese por favor.

—El recibo no es suyo —Calvert colocó su vaso sobre la mesa que estaba a su lado con energía y su voz se elevó con enojo⁠—. De esto se trata. Esta es toda la explicación que voy a darle.

—Está usted haciéndose el tonto, Calvert.

—Prefiero pensar que es terquedad. —⁠Su voz se elevó de nuevo⁠—. Pero terquedad o estupidez, estoy cansado de rencillas con delincuentes. No vendo.

La pesada cara de Leonetti tembló.

—Me está insultando, Calvert.

—Sí. Lo estoy insultando. ¿Está esto claro, verdad? Estoy insultándolo. —⁠Miró a Leonetti en abierto desafío.

Repentinamente Leonetti se ablandó, su voz era tranquila y agradable.

—A mí me parece que es incomprensible. Perdóneme, es estúpido. —⁠Sonrió⁠—. De todas formas es una actitud que se debe aceptar. Es «su» actitud, la respeto y la deploro. —⁠Con visible esfuerzo abandonó su silla⁠—. Tal vez en el futuro usted se arrepienta.

Calvert se levantó.

—Buenas noches, Mr. Leonetti.

—Usted habla de una transacción de venta, Mr. Calvert —⁠inclinó su cabeza⁠—. Así es… Y es algo más. Es una transacción en la cual los compradores están desesperados. Usted puede sacar provecho de la demanda, pero ¿puede usted afrontar la desesperación? —⁠Sus ojos se entrecerraron desapareciendo casi en los pliegues fláccidos que los rodeaban⁠—. Compraremos si podemos, pero si no podemos…

—Buenas noches.

—… pero si tenemos que hacerlo encontraremos otros medios —⁠sonrió ligeramente⁠—. ¿No es usted un neófito en ese aspecto?

Calvert dijo con frialdad:

—No me amenace. Estoy de mal humor esta noche.

—Discúlpeme —se sonrió amplia y graciosamente⁠—. Me voy. Quiere despedirme de Mr. Calv… aquí está.

Grace vino por el pasillo entre el dormitorio y el living. Lucía una bata de franela sobre su pijama.

—Buenas noches, Mrs. Calvert…

Atravesó la habitación. Alargó la mano y Leonetti se la tomó.

—¿Tiene que irse?

—Desgraciadamente. Ha sido un placer, Mrs. Calvert.

Calvert le alcanzó el sobretodo y el sombrero que estaban colocados en una silla cercana a la puerta. Ayudó a Leonetti a ponerse el sobretodo.

—No. Gracias. Por favor no se moleste.

Calvert sacudió el sobretodo con impaciencia.

—¡Adelante!

Leonetti aceptó con amable resignación y metió su brazo en la manga. Calvert le ayudó con la otra.

—¡Su marido es un testarudo, Mrs. Calvert! Un hombre tan terco… —⁠Le sonrió y ella le devolvió la sonrisa con, pensó Calvert, una comprensión como si algún mensaje sin palabras se hubiera transmitido entre ellos.

—Tiene que volver otra vez —⁠dijo Grace.

—Lo haré —respondió Leonetti. Saludó a Graco y de nuevo Calvert pensó que el gesto de ella tenía un significado.

Acompañó a Leonetti afuera y cerró suavemente la puerta tras él, se apoyó contra la puerta y miró a Grace. Ella le sonrió y le extendió la mano. Una oferta de paz, pensó, y se alejó de la puerta entrando en la habitación. La mano extendida sosteniendo el ramo de olivo. Casi con desgano como si el contacto comprometiera sus principios aceptó su mano. Ella sonrió, con aire de triunfo como si se hubiera percatado de su incertidumbre.

Lo acompañó adentro de la habitación.

—Puede que no sea tan difícil como piensas, querido.

—No va a ser fácil.

Se sentó en la silla cercana a su vaso, estirando su mano. Grace lo miró pensativa y luego se sentó en una silla opuesta. Inclinó la cabeza hacia lá lámpara y su pelo bronceado brilló. Parecía muy fría, muy elegante. Frunció los labios simulando severidad y modestia.

—Examinemos los hechos… —Calvert reconoció su actitud como una copia burlesca de la de él cuando en el pasado tenían peleas domésticas⁠—. El caso es, querido, que he regresado.

—El hecho principal es que te fuiste.

Grace dijo suavemente:

—Tú lo puedes hacer fácil o difícil. Puedes mirar a tu modo o al mío. El mío es más gentil.

Calvert levantó su vaso, empezó a beber y se dio cuenta de que estaba vacío. Lo volvió a poner sobre la mesa. Grace lo tomó rápidamente.

—Te voy a servir otro, querido. — ⁠Lo besó al costado de la cara cuando se inclinó a recoger el vaso. Él miró derecho al frente y después de un instante ella se irguió y se dirigió a la cocina con el vaso. La observó ir con su paso alargado y su porte elegante y de repente supo que ella era una extraña en su corazón, que todo había terminado.

Y ahora ni siquiera deseaba hablar más sobre ella a nadie. Las quejas, las recriminaciones, la fútil hojarasca de las emociones eran indeseadas, sin importancia. Todo había terminado y no volvería a empezar. Su amor se ahogó y su cadáver no reviviría. Ni siquiera tenía curiosidad. No le importaba ya más, ni aun por curiosidad, saber por qué había regresado, por qué lo había abandonado, qué había sido de Bunny Ferris.

Lo sólido, la monolítica verdad del caso era que todo había terminado y esa verdad era definitiva: soportaría todo lo hablado, todos los vanos argumentos de la mente y del corazón. Había terminado porque ella no lo amaba más y más cierto aún, porque él no la amaba ya a «ella». Pudo mirar su belleza y oír su persuasiva voz y sentir su contacto y saber al enfrentar todo eso que era verdad. Cuánto era por culpa de Grace, cuánto debido a su encuentro con Lucy, él no lo podía juzgar. Ni le importaba. El hecho por sí mismo y no sus precipitadas circunstancias era lo que contaba. La dinámica de perder el amor así como la de caer en el amor son irresistibles e inescrutables.

Grace volvió con la bebida. Se la dio a él y regresó a su silla. Sonrió y lo miró animándole. Todavía seguía esperando que él hablara para empezar a coser el molde complicado de argumentos y reproches que eventualmente los uniría juntos de nuevo, porque siempre había sido así en el pasado. Pero argumentar no ayudaría ahora. Ella no lo podía comprender, aun si él se lo decía tan llanamente, porque ella había contado con eso tan a menudo y siempre había tenido éxito.

Con tranquilidad como si estuviera vocalizando sus íntimos pensamientos, más bien que dirigiéndose a ella, él empezó a hablar sobre la serie de eventos que habían comenzado con su encuentro con Player en Insignia Bar y Parrilla. Habló con rapidez en tono monocorde, sin mirarla, pero consciente de la extrañeza de sus ojos (no al contenido de lo que le relataba sino a lo que, a su literal parecer, podía solo ser un fantástico tangencial acercamiento al problema central de su partida con Bunny Ferris y su regreso) manteniendo su cabeza vuelta a un lado y hacia abajo como si lo que él relataba estuviera ordenado en una procesión en algún punto de la alfombra. Según seguía hablando, observó en un ocasional vistazo para arriba que la extrañeza de los ojos de ella, gradualmente se desvanecía y que ella se había quedado absorta en su relato.

Como si fuera la ilógica receptora de una memoria, autónoma, la alfombra azul rechazó los hechos, los detalles, la intimidad de pensamiento que diez minutos antes Harry Calvert hubiera muerto antes de revelar.

Cuando terminó, ella se sentó hacia adelante, sus ojos brillantes de excitación.

—Harry, ¿por qué diablos no aceptaste la oferta de Leonetti?

La miró asombrado, su vaso inclinado delante de él como si también compartiera su sentir. No había ocultado nada, su confesión (ahora reconocía su carácter purgatorio) había sido designada subconscientemente a poner en conocimiento de Grace sin concesión ninguna sus sentimientos hacia Lucy. Cualquier otra mujer, cualquier mujer menos segura de un hombre, habría hecho su primera pregunta sobre Lucy. Pero Grace no. Estaba tan segura de él^ tan segura de su servidumbre hacia ella… o que él era tan poco para ella…

No le había contestado, y ahora ella de nuevo, como para forzar su perezosa mente a responder, insistió:

¿Harry, por qué rehusaste la oferta de Leonetti?

Tomó su bebida antes de contestar.

—Porque el recibo no es mío.

—Harry ¡cuarenta y cinco mil dólares!

Contestó pacientemente.

—Pero el recibo no me pertenece y los cuarenta y cinco mil dólares no es dinero mío.

Ella dijo enojada:

—Puedo entender los escrúpulos cuando hay alguna razón para tenerlos. Pero después de todo lo que has pasado con esa gente y el hecho de que el actual propietario del recibo haya muerto…

—Ese es un hecho negativo. Lo aleja de él, pero eso no me da ningún derecho moral sobre el recibo.

—Ese es un razonamiento estúpido. Estás complicándolo. Tienes que arrancarte esa idea estúpida como se arranca una manzana de un árbol.

—No es fácil de calificar la idea. Tienes razón sobre eso. Pero pones el nombre equivocado a la manzana. No es estupidez, es solo llana y vieja honestidad, Es un vicio mío. No podrías entenderlo.

Grace parecía ofendida.

—No te vuelvas mezquino, querido.

—Lo siento.

Ella se adelantó y colocó una mano sobre su rodilla.

—Es culpa mía. No debí tentarte. Después de todo lo que has pasado… —⁠Sus cejas se alzaron con simpatía⁠—. Pareces cansado, querido. ¿Por qué no te das una ducha y después hablamos sobre eso?

—No hay nada que hablar, Grace. No lo voy a vender. Así va a ser.

—Tómate una buena ducha caliente, querido.

—Deja de aparentar tanta suavidad. No hay nada que haga cambiar mi decisión. Hay algo que tiene que ver con las cosas que me enseñaron de niño.

Se levantó y se dirigió al dormitorio.

—Harry.

Se dio vuelta, Grace estaba mirando al frente, sentada muy tiesa, presentándole su perfil como para una seria inspección.

—¿Sí?

¿Qué «vas» a hacer con él, Harry?

—Entregarlo a la policía mañana.

Era la primera vez que ese pensamiento surgía en él, pero supo como si su deseo siguiera el dictado de las palabras, que eso era lo que iba a hacer. La decisión fue hecha por él sin pena.

Grace se dio vuelta hacia él y en su voz se traslucía su falta de comprensión.

—¿Y dar… «tirar» cuarenta y cinco mil dólares?

Calvert asintió.

—Así es. Sin ningún pesar.

Se alejó de su mirada cargada de incredulidad y rabia y entró en el dormitorio. Ella seguía sentada en su silla mirando con fijeza al frente cuando él regresó del dormitorio en salida de baño. Ella ni lo vio, ni lo oyó, su cabeza estaba ligeramente adelantada. Su cuerpo rígido por la intensidad de su preocupación.

Harry pasó un rato largo bajo la ducha, relajándose lentamente bajo la cascada de agua caliente sintiendo que le abandonaban las agonías y las incertidumbres. Un momento antes que diera vuelta la llave del agua fría y perdiera el aliento audiblemente bajo su primer impacto supo que debía arreglar las cosas con Grace esa misma noche. Ni un sensato u honroso fin podía ganarse con la demora. Ella debía de saber, y su vanidad no le permitiría adivinar. Él debía de servírsela fría y sin adornos.

Grace no estaba en el living. Entró en el dormitorio y encendió la luz. Tampoco estaba ahí. Sus pijamas y salida de baño estaban sobre la cama. Miró en la cocina y luego se fue al pasillo abrochándose la salida h3sta el cuello. Apretó el botón del ascensor y golpeó contra la puerta con la palma de la mano.

Después de un momento la puerta se deslizó bajo su mano y Max lo miró, su cabeza ladeada, curioso, inquisitivo.

Calvert dijo:

—Max, ¿acaba de llevar abajo a Mrs. Calvert?

Max levantó una ceja.

—Qué cosa cómica decir eso.

—¿Qué hay de cómico?

Max lo miró asustado.

—¡Jesús! ¡No me diga que me ha jorobado! ¡Oh por Dios!

—Max, ¿de qué diablos está hablando?

Max respiró con fuerza y luego dijo.

—Me dijo que usted le dijo que le diera el sobre que usted me dio a guardar anoche. Se lo di.

Calvert parecía de piedra. Luego se dio vuelta abruptamente y caminó por el pasillo hacia su puerta abierta. Max lo espió con su ruda cara torcida en una mueca de piedad. Esperó hasta que Calvert entrara y cerró con un golpe la puerta y luego levantó los hombros y cerró la puerta del ascensor.