La hora azul

John Godey · Capítulo 6 de 15

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La hora azul

Capítulo 6

 

 

BETTY Clemons, la recepcionista, levantó la vista de la brillante superficie de su pulido escritorio de nogal. Era una muchacha sureña de ojos color violeta y pelo rojizo y Calvert presumía que estaba destinada a mejores cosas.

—Hola, Mr. Calvert, pobrecito, espero que se sienta mucho mejor.

—Buenos días, Betty. ¿Me extrañó?

—¿Extrañarlo? ¡Pero Mr. Calvert, si esto estaba muerto sin usted!

—Es usted muy amable al decírmelo —⁠replicó Calvert muy serio.

—¡Oh! «Usted» es el amable.

—Gracias, querida. —Calvert se dirigió a lo largo del pasillo que conducía a las oficinas internas.

—¡Oh, Mr. Calvert! —Calvert se detuvo y miró hacia atrás⁠—. Casi lo olvidé. Estuvo aquí alguien para verlo, a eso de las nueve. Se llama Mr.… —⁠colocó su mano contra la boca⁠—. Bueno ¿cómo puedo haberme olvidado una cosa tan simple? De todas formas usted lo sabrá cuando lo vea. Es un viejo amigo suyo.

—¿Está ahora en mi oficina, Betty?

—Sí. Por lo menos así creo. Espero que no haya hecho nada malo al permitirle entrar —⁠su mano volvió a su boca.

—¿Le sugirió usted que entrara en mi oficina?

—Yo no sabía cuándo vendría usted, y puesto que era un viejo amigo suyo y me preguntó si podía esperarlo en su oficina le dije que sí.

La correspondencia y los memoriales internos estaban desparramados sobre el escritorio de Calvert.

No había nadie en la habitación. Rápidamente recorrió la correspondencia. El sobre que él mismo se había despachado no estaba ahí. Se quitó su sobretodo y su sombrero y regresó a la antesala.

—Se fue —le dijo a Betty—. ¿Era un hombre alto con el pelo al rape?

—Sí. Algo atractivo. Me hizo recordar a un chico de mi pueblo. Era Wovhouse. Jugaba fútbol en Tulane. —⁠Llevó la mano a la boca⁠—. ¡Oh!, y no lo vi cuando se fue.

—Está bien.

—Usted dice eso porque es amable, Mr. Calvert. Debí de verlo cuando se fue —⁠sonrió⁠—. Debo de haber estado de espaldas en el minuto que se fue.

—No es culpa suya, querida. Es un hombre que desaparece.

Los ojos de ella se agrandaron.

—¡Oh! Vamos, Mr. Calvert.

—De veras. Es un mago. ¿Sabe si Mr. Major está todavía aquí?

—Con seguridad es… un hombre que desaparece, se está burlando de mí…

Player también, pensó Calvert, caminó por el pasillo a la oficina de Major, me burlé de Player también. Pienso si le va a gustar que se burlen de él. Pienso ¿en qué forma va a agradecer a Hastings por su dato falso? Se sonreía cuando entró en la antesala de la oficina de Charles Major y le dio los buenos días a Molly Furse.

Molly levantó la vista desde su escritorio.

—Bueno, el muchacho con sinusitis.

Por la puerta abierta que separaba la pequeña oficina de Molly y el amplio despacho con paneles de madera Calvert pudo oír la voz de Major que hablaba por teléfono.

—¿Es algo importante? —preguntó a Molly.

—No creo. ¿Por qué no entra?

Calvert entró y se sentó en un profundo sillón cercano al escritorio de Major. Este terminó su conversación telefónica y dijo:

—Buenos días Harry —y luego se ocupó en concentración de los montones de papeles de su escritorio.

—Siento haber tenido que estar ausente tanto tiempo, Charlie — ⁠se excusó Calvert.

Major lo miró sorprendido.

—No supe que había estado afuera.

—Bueno pues sí. Mi sinusitis. —⁠Calvert se detuvo abruptamente⁠—. ¡Qué diablos, Charlie! He estado borracho casi todo el tiempo.

Major cesó de revolver los papeles. Giró en su silla para mirarlo a la cara.

—Harry, no tengo que usar estadísticas para probarle que hay más mujeres que carreras. ¿Se entera? —⁠Calvert no respondió⁠—. Déjeme decirle que es mucho más fácil conseguir otra mujer, que otro trabajo como el que usted tiene, por ejemplo.

Calvert se levantó.

—¿Es todo Charlie?

Major pareció desconcertarse.

—No se enoje, Harry. ¿Qué he dicho que pueda ofenderlo?

—Nada. Vuelvo a mi oficina si no le importa.

—Solamente otra cosa. Tal vez sea coincidencia, pero ¿sabe cuándo empecé a ganar dinero? Cuando mi mujer se fugó. Entonces me di cuenta, de que había más mujeres que carreras. Entonces es cuando empecé a trabajar a fondo.

—Está bien, Charlie —dijo Calvert cansado⁠—. Voy a trabajar en serio.

—Tenemos que almorzar juntos. Quiero que hablemos. Es por egoísmo que quiero salvarlo a usted de usted mismo…

Calvert volvió a su oficina. Pasó toda la mañana trabajando intensamente sacando todo lo atrasado por semanas de ausentismo y desinterés. Al mediodía Charlie Major lo llamó por teléfono para anular su cita.

—No lo haría si no fuera porque es Dowson —⁠explicó Major⁠—. No sabe cuánto deseo ayudarlo. Pero Dowson vuela de regreso a la costa esta tarde.

—Sobreviviré.

—Desearía que no adoptara esa actitud. ¿Qué le parece ir a cenar?

—Tengo un compromiso.

—¡Qué pena! —la voz de Major parecía de alivio⁠—. Entonces lo haremos el lunes.

A la una, Calvert se hizo traer un sándwich y una taza de café. Con el sándwich en una mano y el café en la otra empujó con el pie su silla hacia la ventana y se sentó. Miró hacia afuera, a la ciudad que se extendía delante de él: un crecimiento loco de edificios gigantescos, igual que una profusión de árboles de distintas clases formando un bosque grotesco.

Para Calvert, que había nacido allí, la ciudad era más atractiva cuando estaba alejado de ella. En la época del colegio, los ocasionales fines de semana, pasados en la ciudad, habían tenido la cualidad de fabulosa excitación y había gozado los obvios placeres que se ofrecían a su juvenil y acuciante vigor. Durante su período en el Ejército, particularmente después que estuvo en ultramar, la ciudad tomó repentinamente los anónimos atributos de su ciudad natal, las características que eran tan exclusivamente intrínsecas a ella se desvanecieron y llegaron a perder importancia. En aquellos días, cuando hablaba lo hacía con el mismo calor, con la misma nostálgica propiedad con que otros hombres hablan de sus peculiares y alejados pueblecitos. Pero, más que nada, la ciudad había sido el símbolo de Grace. Los recuerdos de ella iban siempre en pareja. La ciudad de Grace y él: «el departamento» de ellos, el restaurante donde «ellos» comían, «sus» entradas para el teatro, las calles que «ellos» habían conocido en la ^intimidad de un amor compartido… Ahora todo había cambiado. Sin Grace todo eso había cambiado de apariencia, se había vuelto extraño.

Pensó con cierta estupefacción y también con sensación de culpa como si hubiera traicionado una sagrada aunque callada responsabilidad, que ahora, podía pensar en Grace casi sin dolor. No es que eso fuera poco natural o siquiera inesperado. No se puede acarrear una pena eternamente. No se hace eso ni siquiera cuando alguien muere. Eventualmente, si es Suficientemente intensa, la pena se consume en su propia llama. Cinco semanas o seis semanas, ni siquiera estaba seguro ya cuánto tiempo había pasado desde que Grace se fuera. El tiempo es el que cura. El tiempo es el destructor de la memoria. No, no existía razón alguna para sentirse culpable. Y aun admitiendo que había ayudado en alguna forma el conocer a Lucy Boston y él «no» lo estaba admitiendo…

Sintió un recóndito y rápido movimiento en su interior como si su sangre respondiera químicamente al nombre de ella. Pensó en cómo la había visto la última vez con una luz movediza en los ojos que delataba su actitud poco comprometedora y sintió una ola de disgusto por su propio rol en la ridícula representación de la noche anterior. Su ofrecimiento del recibo a cambio de un beso, lo hizo en un impulso, sin pensarlo (estaba haciendo demasiadas cosas esos días por impulso) y no estaba seguro, aun ahora, de cómo habría reaccionado si ella hubiera aceptado el bluff. El punto era, naturalmente, que él había sabido que ella «no» aceptaría.

En cuanto al beso… se removió en su silla y sonrió.

Debió de parecer tan embarazado y tonto como un escolar besado por una atractiva y adusta maestra. Lo tomó enteramente por sorpresa. Se dio cuenta, ahora, que debió de provocarla, que en un sentido, ese beso había sido la reacción de ella de enfrentar su burla a la de él. Era absurdo decepcionarse por ese encuentro y sin embargo el beso, aunque breve, lo dejó con el convencimiento de que de alguna manera fue mejor de lo que parecía ser necesario bajo esas circunstancias. Todavía podía sentir el roce de sus labios, la dulzura y la plenitud, la firme y móvil presión. Eso, y el perfume de su pelo…

Después del beso, como si se hubiera venido abajo la última pared de su reserva, la deseó profundamente. Naturalmente. Para eso son los besos, a menos que esas cosas hubiesen cambiado en las últimas semanas. Pero eso no explicaba por qué, aun antes del beso, había estado tan excitado y ansioso. No era suficiente la accidental concatenación de un débil parecido con una muchacha que conoció hacía tiempo, con una insípida y olvidada canción.

Su relación con la muchacha sumaba dos días, dos reuniones y tres conversaciones por teléfono. El hecho positivo era que lo que sabía de ella era desagradable, que estaba mezclada de alguna forma en una oscura e ilegal conspiración con un grupo de personajes dudosos, Hastings, Player, Rudd. Eso hacía, naturalmente, una gran diferencia. Si era tonta la idea de enamorarse de Lucy Boston bajo circunstancias normales, era doblemente más ridícula a la luz de sus asociados. En el peor de los casos ella era igualmente culpable que Rudd, Player (y Hastings aludió a asesinato): en el mejor era una aventurera (la forma anticuada de la palabra lo hizo sonreír) con, tal vez, una credibilidad limitada. Aunque uno fuera Harry Calvert, no debía de enamorarse de una muchacha de esa índole. Aun siendo Harry Calvert, debía de tener más sentido común.

La cara se le distorsionó en una mueca. No. Harry Calvert no. Aquí había un hombre con una cabeza bien colocada sobre sus hombros. Él no podría «jamás» volverse a enamorar de una muchacha así. No es que Grace fuera realmente tan mala en ese sentido. ¡Oh no! Grace no era mala, si olvidaba su deslealtad, su deshonestidad y su avaricia. Pero no tenía sentido amargarse sobre eso. Y, además, él no volvería a cometer dos veces la misma equivocación. De Grace había aprendido por lo menos a precaverse de las mujeres como ella. Los hombres no cometen ese tipo de equivocación por segunda vez.

Miró amargado su café, como si esperara ver su cara reflejada en el fondo adornada por los tradicionales cuernos de engaño. Harry Calvert, el monstruo con cuernos, el perpetuo y decepcionado romántico.

Terminó de beber su café y tiró con furia el envase hacia el cesto de papeles. Se levantó de la silla, recogió el envase y lo colocó dentro del cesto. Controlarse a sí mismo. Tan importante para el hombre como para el adolescente. Volvió a su escritorio, se sentó y arrimó los papeles hacia él. No quería pensar más. Tomarla o dejarla. Ella era tan deshonesta como lo eran Rudd, Player, Hastings… Empezó a trabajar.

 

Alguien cantaba con una voz suave y descuidada.

Amor, sabes que el amor no puede morir.

Dum, dum de dum, dede, da…

La hora de la partida llegó…

 

Juntó los labios en desaprobación testaruda y el canto se detuvo.

Media ventana estaba cubierta por una enorme pintura de lo que parecía ser un niño sentado en el regazo de su madre. Era una composición ejecutada en forma que parecía pertenecer, si a algo se parecía, a la escuela de los expresionistas alemanes. A un costado del cuadro había una pequeña placa blanca que rezaba:

 

Frank Lazarus - Una retrospectiva 1931-1947

 

Cuando abrió la puerta el murmullo llegó hasta él como una súbita brisa sostenida, silenciosa e ininteligible. Reconoció la mezcla de voces y el entrechocar de vasos de cóctel. Mientras colocaba su sobretodo y su sombrero sobre la pila formada por otros sombreros y sobretodos en una silla de la antesala pudo oír una voz breve y dominante que cubría el ruido de la orquesta y que luego se perdió en la muchedumbre. Siempre hay una voz que hace eso, que tiene la cualidad de destacarse sin querer. Más a menudo es una voz femenina que puede elevarse y caer con la total libertad de un junco. De hombre o de mujer Calvert se refería a ella como «la voz solista del cóctel».

Se dirigió hacia donde estaba la gente, caminando lentamente y deteniéndose con curiosidad cada pocos pasos para echar una mirada casual a los cuadros que se alineaban a intervalos en la pared. La Galería Boston, evidentemente, se especializaba en pintura moderna. Había un pequeño y audaz Rouault, un más pequeño Dufy, un no representativo Soutine, un Vlaminck (nieve), un Pisarro, un Laurencin, un pastel de Degas, un Sisley, un Arthur Davies. No había señales de ningún Johannes de Groot y Calvert supo que los ricos, detallados, luminosos y numerosos cuadros de los maestros flamencos debían de haber estado totalmente ausentes en una galería dedicada con predominancia a los impresionistas.

Alguien colocó una bebida en sus manos y entonces se disculpó a sí mismo y con el andar de un cangrejo se metió por entre los grupos de conversadores que se encontraban a la entrada de la vasta habitación que formaba el centro de la galería. Se quedó un instante en la periferia de la multitud de la habitación como un nadador que inspira con profundidad antes de tirarse adentro de la ola. La voz masculina del solo rebotó en una risa estrepitosa y le indicó el camino hacia un elegante hombre cincuentón de pelo renegrido y dientes blancos, que brillaban en un rostro fuerte y jovial con profundas ojeras.

Había unos treinta o cuarenta cuadros de todos los tamaños y estilos en las conventuales paredes blancas. Todo en un estilo que de alguna manera no concordaba con el cuadro de la vidriera. La gente del salón ya tenía aparentemente el catálogo. Por lo que Calvert pudo ver, nadie ponía el menor interés en él. Como si su propio sentido del deber se lo ordenara Calvert se dio vuelta para examinar una pequeña gouache que colgaba en la pared cercana. Se llamaba El Minotauro en el cambio de Estación y tenía un débil pero desagradable parecido con una vesícula que crecía sin lógica en medio de toscos cercos privados.

Alguien dijo a su espalda:

—Un cuadro muy bueno. La distorsión es brillante.

Calvert se dio vuelta para encontrarse con los inteligentes ojos miopes de Frank Lazarus. Vestía el mismo traje jaspeado que la noche anterior pero su corbata estaba anudada con pulcritud debajo de su cuello cerrado.

Lazarus extendió su mano.

—Encantado de que haya podido venir. ¿Le gustan los cuadros?

—Muy interesantes.

Lazarus contestó con sequedad.

—Usted no entiende lo que yo trato de decir.

—No con exactitud —sonrió Calvert.

—De ninguna manera —replicó Lazarus con énfasis⁠—. Conozco esa mirada vacía. Es la que ha privado aquí esta tarde. —⁠Hizo un gesto de burlona resignación⁠—. Es todo lo que he visto en los últimos diez y siete años. Por eso es que abandono y entro en el mundo de los negocios.

—¿Está bromeando sobre eso, verdad?

—Definitivamente, no. —Sus ojos eran opacos tras los gruesos lentes⁠— y no crea que he perdido la fe en mis cuadros. No es así. Son extraordinarios. Pero he dado al mundo diez y siete años para valorarlos y el mundo me ha fallado. Esa fue mi equivocación: perder tanto tiempo. Debió de haberme sido obvio después de diez años…

Una muchacha de pelo color de miel y de cara vivaz con un aire animado entró en la habitación, Lazarus la tomó por el brazo y la atrajo hacia ellos.

—Venga Phyl —dijo Lazarus colocando su brazo alrededor de ella⁠—. Diga a este hombre lo que piensa de la muestra.

La muchacha lo miró con admiración.

—Grandiosa. Frank está adelantado en cien años a esta época. Los críticos no entienden lo que él está tratando de decir y nadie compra sus cuadros porque piensan que son feos. Pero no hay nadie de su talla hoy en día en Norteamérica.

Lazarus la miró con deleite.

—Phyllis Lassmore. Su padre es el propietario del edificio. Le presento a Calvert.

Calvert y Phyllis Lassmore se sonrieron.

Lazarus miró a la muchacha con afecto burlón.

—Lo divertido del caso es que Phyllis no entiende nada de pintura. Especialmente de mis pinturas. Pero las compra. Eso es importante y por eso ella tiene derecho a pensar que entiende lo que está comprando.

—¡Oh, ahí está Jack! Vuelvo en un minuto —⁠dijo la muchacha.

Lazarus la observó mientras se iba.

—Iba a financiarme un pequeño negocio pero su padre se enteró y le cortó la mensualidad totalmente y le bloqueó el capital.

Calvert atrapó una sonrisa fugaz de la cara de Rudd, visible por un momento como una pálida flor caída.

La voz masculina en la reunión dijo.

—… le dije que abandonara su estudio y pintara cisnes en las toilettes…

—¿Ese es Mr. Boston? —preguntó Calvert a Lazarus.

Lazarus siguió la línea que le marcaba el vaso de Calvert.

—No, ese es Ross Leonetti. Pensé que conocía a Boston.

—Nunca lo encontré —dijo al descuido⁠—. De paso… ¿dónde está Lucy? ¿Está aquí o no?

—Seguro que sí. La vi…, espere un minuto. —⁠Detuvo rudamente a un hombre que estaba por irse y lo empujó de nuevo para adentro⁠—. ¿Adónde va Feesler?

Feesler era un hombre delgado, morocho de ojos cansados.

—Ya me basta. Usted sabe que no puedo beber mucho.

—No tiene por qué beber… —Palmeó la espalda de Feesler⁠—. ¿Qué piensa de esto?

Feesler dijo cansado:

—¡Lo que siempre pensé…! ¿Qué demonios es todo esto?

—Usted no «trata» de entender. Usted no quiere limpiar su mente de los básicos prejuicios y «tratar» de entender.

—Quiero esforzarme por comprender —⁠contestó Feesler cansado⁠—. Adelante… dígame lo que usted trata de conseguir con eso.

—Decirle —Lazarus parecía indignado⁠—. Para eso son las pinturas. ¿Acaso un novelista debe de explicar lo que está tratando de decir en su novela? ¿O permite que la novela hable por sí misma? Si lo que tengo que decir pudiera ser «dicho» no «lo» pintaría…

Calvert se dirigió hacia el centro de la habitación, donde le pareció que los invitados estaban protegiéndose amontonados, como si de común acuerdo hubieran aunado sus esfuerzos para mantenerse lo más alejados posible de los cuadros que se alineaban en la pared. Se hizo camino entre la muchedumbre con una sonrisa estereotipada en la cara para obviar constantes expresiones de disculpas. Por fin vio a Lucy, parada al lado de Rudd, formando parte de un grupo que parecía dominado, por el momento al menos, por un hombre corpulento, canoso, que hablaba con breves, nerviosos e incisivos gestos. Calvert vio que Rudd levantaba la vista y sus ojos se encontraron brevemente. Rudd dijo algo rápidamente a Lucy la cual torció la cabeza y se sonrojó. Luego volvió a atender al hombre corpulento. Calvert se unió al grupo.

—… en Alemania, en particular —⁠estaba diciendo el hombre⁠— las comisiones algunas veces crean más confusiones que las que aclaran. Naturalmente hubo un submundo, unos siete años de pillaje por los nazis aun «antes» de la guerra y muchos de sus propietarios habían huido o habían muerto…

Una mujer de severo traje sastre azul dijo:

—¿De verdad se ha perdido mucho, Mr. Boston? Quiero decir ¿han sido realmente destruidos por la guerra?

Un instante antes de que la mujer se hubiera dirigido al hombre llamándolo Mr. Boston, Calvert había adivinado su identidad. La nariz bien modelada y la limpidez de sus ojos oscuros eran los de Lucy. Se volvió a mirarla y se encontró con los ojos oscuros, hostiles de Rudd. Por vez primera advirtió que la mano derecha de Rudd estaba fuertemente vendada.

Calvert empezó a acercarse al grupo donde estaba Lucy y Rudd se dio vuelta enfrentándolo francamente con un obvio y expectante antagonismo. Su palidez y su marcado aire de agresividad parecieron de repente ridículos, y consiguieron que Calvert se sintiera cómodo por primera vez desde que entró en la habitación. Al mismo tiempo tuvo un inexplicable deseo de destrozar a Rudd, de hacer pedazos el estuco de esa romántica y resuelta fachada.

—Buenas noches —dijo—. He estado buscándolo. Deseaba encontrarme de nuevo con usted. La otra noche usted salió tan apurado…

Los negros ojos de Rudd eran tormentosos.

—No es necesario que sea tan explícito.

—Con tanto apuro que se olvidó su sobretodo y su sombrero.

—Ya me di cuenta —contestó Rudd con cara de piedra.

—¡Ah sí!… y su pistola.

Rudd se agitó y miró nervioso a los costados.

—¿Quiere que todos se enteren?

—Por supuesto que no. Lo siento. Falta de tacto.

Captó en una ojeada a Lucy que los miraba con una mezcla de curiosidad y de ansiedad. Dio vuelta la cabeza ante su mirada y su cara se volvió inexpresiva. Pero sus ojos seguían puestos en su padre como atraídos por algún magnético centro.

—Puede recuperar sus cosas —⁠siguió diciendo Calvert⁠—. ¿Qué le parece si se las dejo al conserje y usted las retira cuando le plazca?

—Gracias —respondió Rudd secamente.

—La pistola no. Se puede lastimar.

Lucy giró abruptamente abandonando toda pretensión de interesarse en la charla de su padre y después de un momento de incertidumbre, se dirigió hacia ellos. Se colocó al costado de Rudd, tomando su brazo y colgándose de él con esa peculiar cualidad de mitad posesión y mitad dependencia que las mujeres pueden asumir para sus específicos propósitos. Sus ojos pardos, mientras miraban con inocencia a la cara de Rudd, seguían observando a Calvert.

—Buenas noches, Mr. Calvert.

—¡Hola! —le contestó Calvert. Vio que Rudd se ponía rígido y palmeaba la mano de Lucy con un ligero gesto de propiedad. Le divirtió ver a Rudd asumir incuestionablemente el rol de guardián de Lucy que esta le había asignado. El impulso de mandar al diablo a Rudd, de lastimarlo, se intensificó de repente y Calvert pensó, no sin inquietud, si eso no era debido al sentimiento de rivalidad. En cuyo caso naturalmente, él, también, había tomado parte en el lugar designado por Lucy en ese pequeño drama desprovisto de arte.

—¿Le gusta la exposición, Mr. Calvert?

—Sí. Ha sido una gran oportunidad de reencontrar viejos conocidos. Justamente le estaba diciendo a Mr. Rudd qué agradable ha sido volverlo a ver. Tengo algunas cosas suyas, sabe, que él dejó en mi departamento anoche. Sombrero^ sobretodo, pistola…

La voz de Rudd lo cortó en una voz baja, contenida pero que temblaba de rabia.

—Le pedí que no…

La mano de Lucy apretó su brazo y dijo con calor.

—¡Ned!

—Usted no es bienvenido aquí, Calvert.

Calvert sonrió.

—Estoy aquí por invitación de Lucy Boston.

La voz de Rudd se elevó como si por un momento escapara a su control.

—No lo queremos aquí. Le digo que se vaya.

Calvert ahogó su rabia, y se forzó a asumir un tono corriente.

—¿Miss Boston desea que me vaya?

—Yo quiero que se vaya —dijo Rudd⁠—. Ahora por favor, váyase.

Calvert lo ignoró con deliberado desprecio.

—¿Quiere usted que me vaya, Miss Boston?

Los ojos de Lucy miraron a los de Rudd por un instante y luego dijo:

Ned, le pedí que viniera aquí para…

—Entonces pídele que se vaya.

La muchacha levantó la mirada casi en ruego. Él desvió la suya mirando directamente a Calvert, sus labios apretados con rabia.

Ned, por favor —insistió Lucy. Los ojos de él echaban rayos pero no la miró. Calvert vio que la mandíbula de ella de repente se adelantaba y decía con frialdad⁠—: Ned, el vaso de Mr. Calvert está vacío. También el mío. Quiere…

Rudd retiró el brazo de ella casi con furia. La mi ró en silencio por un momento y luego pasó rozando a Calvert con una furiosa y ardiente mirada.

Los ojos de Lucy que siguieron el cruce de Rudd por la habitación estaban turbados. Luego los dirigió a Calvert fríos y directos.

—¿Se decidió sobre mi oferta?

—No del todo.

—¿Quiere más dinero?

—No exactamente. Pero hay algunos puntos que me gustaría aclarar antes de decidirme a disponer de ese recibo…

—¡Lucy querida! —La voz masculina dominante del cóctel resonó en el oído de Calvert y luego el propietario apareció por sobre su hombro⁠—. No te he visto en toda la noche, querida.

Lucy dijo:

—¡Hola, Ross!

La cabeza apareció por detrás del hombro de Calvert inspeccionándolo con risueña disculpa.

—Creo que me gustaría recostarme aquí por un minuto ¿usted no? Lo siento. Hay demasiada gente, diez por ciento vienen a ver los cuadros, noventa por ciento a beber. —⁠Sus ojeras caían al parpadear⁠—. Es ese maldito diez por ciento que está de más.

La cara de Lucy tenía un aire de resignación.

—Mr. Calvert. Mr. Leonetti.

Leonetti sonrió y puso su brazo sobre el hombro de Calvert.

—¿Tiene algún parentesco con John Calvert de Atlanta? ¿Su nombre de pila no es Kenneth por casualidad?

Calvert sonrió.

—Hay una rama de la familia en algún lugar del Sur, creo. En Atlanta no, de todos modos. Y ningún John que yo conozca.

—¡Qué lástima! Dígame ¿cómo es su nombre?

—Harry.

La voz tronó.

—Llámeme Ross, Harry. —Miró a Lucy y se rio ⁠—. Adelante, querida, usted y Harry sigan con su conversación. Discúlpenme por interrumpirlos.

—No nos importa —dijo Lucy—. Estábamos solamente charlando.

—Lucy es el diez por ciento — ⁠dijo Leonetti. Palmeó el brazo de Calvert⁠—, yo también soy el diez por ciento. Pero estoy aquí representando el noventa por ciento. El noventa por ciento garantizado. —⁠Se rio con contagioso buen humor de su chiste.

—¿Es usted el marchand? —preguntó Calvert.

—Ross es el dueño de las Galerías Lion —⁠dijo Lucy.

Leonetti movió la cabeza en dirección del padre de Lucy. Dijo en voz muy alta:

—Laramie Boston en su deporte favorito: sobornando a la prensa —⁠y saludó con la mano. Boston lo miró brevemente, desde donde estaba hablando y sonrió. Leonetti empezó a empujar a Calvert⁠—. Tengo que ir a interrumpirlo. Lo veré otra vez Calvert. Lo veré otra vez.

Siguió adelante, sonriente, y Calvert decidió que la presión directa de los dedos de Leonetti en su brazo había sido pura coincidencia. Se estremeció y pensó: voy a librarme de ese recibo antes de que empiece a ver hombres sospechosos.

—Ahora… con respecto a ese recibo… —⁠dijo Lucy.

—Estoy totalmente cansado de ese recibo. ¿No podemos hablar de otra cosa?

—No hay otra cosa acerca de la cual tenga yo interés de hablar con usted. No somos amigos, Mr. Calvert, es una relación comercial.

—Ya lo sé. Pero he llegado a pensar en usted un poco menos formalmente que eso —⁠sonrió con disgusto⁠—. Contra mis deseos.

La voz de ella era fría.

—Hay una sola forma en la cual pienso en usted.

—Como una relación comercial. Pura relación comercial.

—Esa es la forma educada.

—¡Oh! ¿Y cuál es la forma mal educada?

Ella lo miró bajo sus rectas cejas y su voz era tranquila.

—Como un ladrón.

Él la miró asombrado, vagamente consciente de que su boca estaba abierta como la de un tonto. Alguien lo golpeó por detrás en el hombro pero él siguió contemplando a la muchacha. Esta conservó los ojos fijos, pero bajó la mirada y su cara empezó a teñirse de color rosado. Hubo otro toquecito en su hombro y oyó que lo llamaban. Se dio vuelta con lentitud.

Un hombre con uniforme de alpaca dijo:

—¿Mr. Calvert? —Calvert asintió⁠—. Lo llaman por teléfono en la oficina de adelante. ¿Quiere seguirme por favor?

Calvert se abrió camino entre la muchedumbre siguiendo al hombre de uniforme de alpaca sin mirar para atrás. Las palabras de Lucy habían sido deliberadamente insultantes, pero habían sido dichas con sinceridad, estaba seguro de eso. Entonces Lucy pensaba que él era un ladrón. Era el toque final de la locura. Las caras y las voces de la gente de la habitación eran un confuso murmullo mezclado de imágenes y sonido y no tenían forma o sustancia. El hombre lo condujo a una pulcra y abarrotada oficina cercana a la entrada de la galería, señaló el teléfono y luego lo dejó cerrando respetuosamente la puerta tras sí.

Levantó el tubo y dijo:

—Hola, soy Harry Calvert.

Una voz de hombre dijo:

—Habla el doctor Williams del hospital St. Peter’s. Su empleado me dijo que lo encontraría ahí.

Calvert repitió estúpidamente.

—Encontrarme en el St. Peter’s.

—¿Discúlpeme? —La voz calló y después prosiguió⁠—. Lo llamo a usted a pedido de Vincent Hastings. Mr. Hastings ha sufrido un accidente.

—¿Hastings? ¿Qué le ha pasado?

—Fue atropellado por un auto. Quiere verlo a usted enseguida, Mr. Calvert.

—¿Para qué? ¿Está malherido?

La voz se volvió indecisa, con cautela profesional.

—Preferiría no hablar de eso por teléfono.

—¿Ha preguntado por «mí»?

—Con urgencia. —La voz parecía sospechosa⁠—. ¿Usted es Harry Calvert?

—Sí.

—Entonces si yo fuera usted, iría a ver a mi amigo, Mr. Calvert. Él dice que es muy importante.

Calvert suspiró profundamente.

—Gracias, doctor. Iré enseguida.

—Se lo diré.

Calvert colgó el tubo y salió de la oficina. Kudd y Player estaban afuera junto a la puerta y supo que lo habían estado esperando. Vio a Player que curvaba su boca mostrando los dientes y se detuvo con firmeza cuando Player se dirigió hacia él.

Rudd y Calvert vieron al mismo tiempo al hombre vestido de alpaca. Rudd dijo rápidamente:

—¡Tom! Venga aquí.

Player se detuvo sin mirar a su alrededor. Rudd se le acercó con rapidez y Calvert oyó que le decía susurrante:

—¡Tom! Aquí no…

Lentamente, todavía sobre aviso, Calvert caminó bajo el fulgor de sus ojos hostiles, sintiendo que el odio fluía hacia él como un río de lava semilíquida. Pescó su sobretodo y su sombrero de debajo de la pila que estaba sobre la silla y se los colocó. Se dirigió hacia la puerta de la galería y luego se dio vuelta.

Miró directamente a los helados ojos azules de Player.

—¡Ya nos veremos pelado! —le dijo.

La voz de Player era inesperadamente tranquila, pero estaba cargada de fría y mortal seguridad.

—Cuando lo haga, será su última mirada.