La hora azul
Capítulo 13
EN LA ventana, bajo el suave resplandor de un haz de luz, se veía el cuadro de la madre y el hijo.
Calvert se paró delante de la puerta y tocó el timbre nocturno. Lo oyó sonar y esperó un instante, al escuchar un ruido detrás de la oscura cortina de la puerta, llamó de nuevo. La respuesta fue inmediata, la puerta se abrió y Lucy Boston se quedó ahí bajo la débil luz que entraba por sobre el hombro de Calvert modelando su cara en suave claroscuro. Llevaba un vestido floreado y un prendedor de plata en la garganta que recibía la luz y la reflejaba hacia atrás en un brillante fulgor.
Él entró y ella cerró la puerta.
No había luces en la entrada o a lo largo del pasillo lleno de cuadros, pero la luz que salía del salón principal situado en la parte de atrás de la galería, se difundía levemente a través del pasillo. En ese ambiente difuso similar a un lento amanecer, la cara de Lucy era solo visible en parte, sus rasgos suaves y desdibujados se confundían en las sombras. Estaba parada cerca de él, en el silencio pleno de ecos y sus dientes se veían blancos y delicados como un hilo de perlas.
—Estoy contenta de que haya venido —susurró.
Él dio un paso hacia adelante, su memoria lo impulsó como en un centenar de encuentros de su juventud, un centenar de sueños juveniles cuando uno besa en la penumbra. Sus manos estaban aplastadas contra su firme y recta espalda, acercándola, sus labios buscando su boca…
Ella se estaba retirando, separándose con lenta renuencia, achicándose según retrocedía en la oscuridad, su cuerpo taponaba la débil luz que venía del pasillo. Él se movió hacia ella y por un momento ella continuó retrocediendo y luego regresó otra vez a sus brazos, con ímpetu. Su cara estaba levantada hacia él y el broche de plata de su garganta presionaba con fuerza su pecho…
Cuando él habló, todavía sosteniéndola a ella, su voz era ronca.
—En cualquier forma que esto termine…
Él pudo ver en la oscuridad la cabeza de ella que se movía lentamente de un lado a otro.
—No. Si esto no sale bien…
Calvert la apretó contra sí.
—Terminará bien.
Ella bajó la cabeza y la boca de él se puso sobre su pelo.
—Estoy asustada. —Su voz era muy baja y le llegaba débilmente.
—¿Su padre? Está aquí, ¿no es cierto?
—Sí. Está aquí. No sé… —Y entonces él sintió que el cuerpo de Nancy se ponía rígido y se retiraba de nuevo, alejándose de su abrazo como si fuera algo definitivo.
Él no se movió, sus manos estaban todavía extendidas en la oscuridad. Lentamente las dejó caer a los costados. Estaban enfrentados, ambos silenciosos, quietos por un momento, como amargos e irreconciliables rivales. Calvert habló por fin.
—Está bien. Entremos y aclaremos todo.
La voz de ella era tirante.
—Está bien —y entonces inesperadamente ella se adelantó de nuevo y él la oyó decir.
—Así no. No. —La cara de ella estaba levantada nuevamente en actitud de súplica.
—Está bien —dijo Calvert con dulzura—. Así no. —Sonrió y se inclinó sobre sus labios—. Está bien, querida.
Ella sonrió, tomó su mano y la apretó. Luego se dio vuelta, siempre sonriendo, y caminó por el pasillo. Calvert la siguió.
Cuando dieron vuelta hacia el salón principal, su sobretodo suelto, con la automática de Ferris en el bolsillo derecho, chocó contra la pared.
Lazarus parecía no haberse movido desde la mañana. Estaba parado ante el Minotauro en el cambio de Estación, sus manos moviéndose con prisa y a la vez, en irónica solemnidad. Sentado en el banco lleno de almohadones de peluche, Laramie Boston escuchaba con una expresión de tolerancia humorística en su cara. Cuando Boston dio vuelta la cabeza se levantó y se dirigió al encuentro de ellos, Lazarus dejó de observar su cuadro por un instante, hizo una mueca, y continuó dirigiéndose al banco vacío.
Boston alargó la mano, sonriendo. Sus cándidos ojos pardos eran asombrosamente parecidos a los de Lucy.
—Mr. Calvert: he estado ansioso de conocerlo. —No había ironía en su voz o en su expresión.
—Sí —Calvert estrechó levemente la mano de Boston con una sensación de incertidumbre: de alguna manera hubiera preferido un saludo desprovisto de formalidad o siquiera de abierto antagonismo.
Miró a Lucy. Los ojos de ella se mostraban inciertos y estaban fijos en un punto directamente situado entre ellos como para afirmar una rígida y leal neutralidad en una guerra en la cual, cualquiera fuera el desenlace, ella sería la única perdedora.
—Lucy me habló de usted —Boston sonrió —. Naturalmente he oído hablar de usted menos favorablemente a otras fuentes no tan bien impresionadas.
Calvert murmuró, sin comprometerse, pensando si Boston era consciente, con su cabello blanco y su ancha y tosca cara, exactamente de cuánto se parecía a un padre preparado para dar su consentimiento al pedido de mano de su hija.
Las cejas de Lucy formaban una línea recta y Calvert supo que su reacción a la actitud de su padre era semejante a la de él. Dijo con impaciencia:
—¿Papá, nos sentamos?
Boston se hizo el amable.
—Naturalmente. ¿Mr. Calvert? ¿Me permite su sobretodo?
Calvert titubeó. Su mano derecha sentía el peso de la pistola de Ferris en el bolsillo. Luego alzó los hombros.
—Gracias, sí. —Se quitó el sobretodo y se lo dio a Boston.
Lazarus, que los había estado observando desde su lugar cercano a la pared, vino, tomó el sobretodo que Boston sostenía con algo de incertidumbre, como si, ahora que lo tenía no supiera qué hacer con él.
—Preciosa —dijo Lazarus—. Esta tonalidad de color gris claro. —Miró a Calvert con burlona reverencia—. Me gusta como se viste. ¿No le importa si lo examino?
Boston dijo.
—Frank, tengo que discutir sobre negocios con Mr. Calvert. No le importa…
—Aquí abajo está todo sucio —observó Lazarus. Cepilló enérgicamente el sobretodo—. Está bien Laramie. Me voy.
Boston indicó el banco.
—Nos podemos sentar aquí, Mr. Calvert —se dio vuelta hacia Lucy—. Ahora, Lucy, no creo que sea necesario…
—No —contestó sobre el acto Lucy—. Me quedo.
—Preferiría que no, querida.
Ella sacudió la cabeza con firmeza.
—Me voy a quedar.
Calvert dijo.
—Yo preferiría que ella se quedase.
—Está bien —Boston sonrió con amabilidad y esperó a que Lucy se sentara. Le hizo un ademán a Calvert el cual se sentó junto a Lucy y por fin él tomó asiento al lado de Calvert.
—Verdaderamente precioso. Elegancia y propiedad. —Era Lazarus que estaba probándose el sobretodo con una mano ya introducida en la manga y tanteando con la otra detrás de él. Calvert se había empezado a levantar, luego se sentó cuando vio que Lazarus había encontrado la segunda manga e introducía su brazo en ella. Después, moviéndose con rigidez, al igual que un maniquí artrítico, Lazarus giró y metió las manos en los bolsillos.
Lazarais cesó de girar. Miró directamente a Calvert con una ancha sonrisa y ojos casi invisibles tras los gruesos cristales de sus anteojos. Calvert mantuvo su cara inexpresiva.
—Cuando sea rico —dijo Lazarus mirando con solemnidad— voy a comprarme un sobretodo así. Elegante. Apropiado —lentamente sacó las manos de los bolsillos.
Calvert se echó para atrás contra los almohadones que adornaban el banco.
—Frank, —era Lucy.
—Okay —dijo Lazarus sonriendo todavía a Calvert—. Me voy, no me insista más —se quitó el sobretodo—. Buenas noches. Buenas noches, a todos.
Salió de la habitación, sujetando todavía el sobretodo y por un momento Calvert pensó que se lo iba a llevar. Pero lo colocó en el respaldo de una silla justo antes de abandonar la habitación y de introducirse en la oscuridad del pasillo. Sus pasos disminuyeron de intensidad; luego se perdieron, y al fin oyeron el ruido de la puerta de entrada que se cerraba con un portazo.
Boston se dio vuelta vivamente hacia Calvert.
—Ahora, Mr. Calvert. Según tengo entendido por lo que me ha dicho Lucy, usted se ha visto envuelto inocentemente en…
—Perdóneme. Usted empieza algo demasiado lejos. Mi inocencia es conocida por todos. Ahora estamos interesados en la suya.
Oyó a Lucy que respiró con fuerza. Cuando la miró su semblante estaba prevenido. Por primera vez, él se dio cuenta cuán difícil iba a ser para ella eso, puesto que ella era la única de los tres, para quien nada de lo que se dijera iba a ser una revelación.
Tal vez él debía de haber tratado de evitarle el mal rato. Ella levantó la cabeza repentinamente y él la miró a sus ojos fijos y desafiantes y supo que ella no quería que la dejaran de lado. La verdad era para ella tan importante como para él; más, quizá, porque ella arriesgaba dos veces más que él.
—Muy bien —dijo Boston—. Usted es algo rudo, tal vez, pero no desleal. No, no es desleal.
Miró a Lucy. Sonreía pero sus ojos no concordaban con su sonrisa, estaban turbados, casi implorantes. De repente por encima de Calvert, cubrió con su mano la de Lucy. Lucy levantó hacia él la vista, con cara impasible y Calvert vio que ella se había impuesto un control estricto sobre sí, que estaba haciendo un desesperado esfuerzo para suspender su juicio emotivo hasta oír su relato. La mano de ella se retiró de la de Boston y volvió a su regazo donde la unió con fuerza a la otra mano, como para retenerla por fuerza de algún gesto involuntario que descubriera su prejuicio.
Boston se irguió y se acomodó de nuevo en su lugar.
—No sé con exactitud cuánto sabe usted de los entretelones, Mr. Calvert, pero presumo que debe de haberse enterado de algunos detalles.
—Por Hastings —dijo Calvert abruptamente.
Boston dijo con cortesía:
—Naturalmente, por Hastings. Pobre tipo. —Inclinó la cabeza con simpatía y luego dijo con viveza—. Cuando compré mis de Groot a Van der Bogle, sabía muy bien que la ética de mi actitud podía ser criticada, puesto que estaba viajando con los fondos del Gobierno. De todos modos ese hecho no me detuvo para comprarlos. De la manera que ocurrió y totalmente aparte del negocio de marchand, que es mi forma de ganarme la vida, soy un «amante» del arte. Esa compulsión trasciende la ética corriente. Los cuadros eran de Groot. Ningún amante del arte puede resistirse a ellos. No realicé ningún esfuerzo para resistirme.
Calvert expresó.
—Usted los obtuvo, según creo, a un precio muy barato.
—Por supuesto era un precio ridículo —dijo Boston picado—. Usted es algo inocente. El amante del arte, el verdadero coleccionista, no circula envuelto en un aura estética. Para comenzar, su cualidad para adquirir está altamente desarrollada: casi es capaz de depredaciones. Apreciar la pintura para mirarla solamente es una cosa y poseerla es otra. Produce una nueva, exquisita sensación de placer. «Naturalmente» el precio es importante. —Inspiró con fuerza y dijo lentamente—: pero el hecho que se destaca en esta discusión es que cuando compré los de Groot lo hice a despecho de que sabía con certeza que no los podía pagar.
Nuevamente Calvert oyó a Lucy que suspiraba con fuerza.
—Sí, Lucy —dijo Boston mirándola— pero eso es una de esas cosas que no se dicen a los niños para no preocuparlos. De todas maneras no era del todo quijotesco. Tal vez fuera una extravagancia pero no una locura. En cualquier tiempo una inversión en cuadros de Groot es algo sólido. Mr. Calvert ya opinó que el precio que pagué por ellos era decididamente bajo. Eventualmente, supe que podría venderlos con un buen beneficio. Mientras tanto podría disfrutar de ellos como propietario. Mientras tanto, además, existía el problema del pago. En Ámsterdam cuando estuve parado frente a los de Groot no estuvo en mi espíritu en ningún momento considerar la forma.
Boston sonrió. Seguía mirando a Lucy por encima de Calvert.
—Estás enterada de algo de esto, querida. Alguna otra cosa te la oculté. Tal vez ahora, aunque tarde, empieces a explicarte algunas de las cosas que pueden haberte intrigado. Por ejemplo, por qué tomé como socio a Rudd —se detuvo—. ¿Estás segura de querer enterarte de todo, Lucy?
La cabeza de ella estaba gacha y su voz se oía suave y ahogada.
—Sí. Por favor prosigue, papá.
Boston se dio vuelta hacia Calvert.
—Cuando hace tres años me asocié con Rudd, fue por una cuestión de necesidad. Precisaba dinero. Rudd lo aportó por sugerencia mía. —Se detuvo y miró a Calvert como si su honor hubiera sido cuestionado—. No era porque no vendiera cuadros. En realidad vendí una buena cantidad, pero al mismo tiempo compraba más de lo que vendía. No todas esas compras eran inversiones. Algunas eran para mi bien amada colección. Algunas de ellas eran lo que los artistas llaman gran negocio y otros llaman malos negocios. Nunca dudé en abrir la galería a un artista que me gustara. O, peor aún, le compraba sus cuadros, cosa que ninguno de mis clientes, por desgracia, hacía. Frank Lazarus por ejemplo. Le he organizado muchas exposiciones en los últimos diez años y he perdido en todas ellas una cantidad de dinero. Tengo un lote de cuadros y nada de dinero. Invité a Rudd a que se asociara conmigo y él aceptó, con lo que conseguí una buena reserva en efectivo…
Calvert se movió tranquilamente, sin dejar de mirar a Boston. Todos los entretelones sobre el manejo de una galería de arte, eran muy interesantes pero era un círculo vicioso para llegar al final: el grado de responsabilidad de Boston en todo el asunto. Obviamente era algo planeado pero no podía ver a dónde conducía. Quizá Boston pensó que al hacerlo partícipe de sus confidencias, podía ganar más su simpatía. O bien, podría ser que Boston lo hiciera por Lucy. ¿Sería por Lucy que daba tantos detalles de hechos que, según propia confesión, le había ocultado?
—Con Rudd como socio por partes iguales —siguió diciendo Boston— nuestra situación financiera mejoró. Ejercitaba cierto ascendiente sobre mí y frenaba mi tendencia de comprador. Como resultado empezamos a comprar menos y a aumentar la reserva en efectivo. Pero era demasiado poco para comprar los de Groot. Debo confesar que no me entusiasmaba esta sociedad o, para ser franco, «él» no me gustaba aunque reconozco que fue una buena política comercial. Y, naturalmente, era su prerrogativa y su deber como socio e inversor el manejar el negocio como lo hizo. De alguna manera, quizás, él fue el responsable de la subasta de los de Groot. Ya había estado sujeto por tanto tiempo, que era inevitable que me desbandara y que hiciera algo financieramente dudoso. Agregue a eso el hecho de que yo estaba en Europa a miles de kilómetros de la cautelosa fiscalización de mis actos —sonrió— y además añádale el estímulo del valor de la obra. Cuando volví a los Estados Unidos y le conté a Rudd lo del remate se puso furioso. Ya me lo había imaginado. No teníamos el dinero. No lo teníamos y tampoco podíamos conseguirlo. Trabajando más o menos secretamente, tratamos de hacer una rápida venta a muchos clientes poderosos. Pero no resultó. La precaución era la palabra del momento y ninguno de ellos quería arriesgarse en algo tan oneroso. Después tratamos con otro marchand.
—Ross Leonetti —dijo Calvert.
Boston se reclinó sorprendido.
—No. ¿Por qué dice eso?
Calvert agitó la mano.
—Por nada. Siga adelante.
Boston lo miró con atención, luego continuó más lentamente.
—Entretanto había llegado Van der Bogle. Insistió en cobrarse el dinero en la fecha establecida o recuperaría sus cuadros. No es exagerado decir que nos amenazó. Me dolió profundamente el pensarlo, pero no vi otra salida que deshacer el trato y devolverle los cuadros. Pero en ese momento Rudd tuvo un cambio súbito de opinión. Dijo que conseguiría el dinero. No dijo «cómo», no me quiso «decir» cómo.
Calvert preguntó:
—¿Fue entonces cuando apareció Player?
—Bueno, sí. Vino del Oeste donde era promotor de eventos deportivos, según recuerdo. Es primo de Ned Rudd.
—¿Usted no asoció a Player con la misteriosa posibilidad de reunir un cuarto de millón de dólares?
—De ninguna manera. Si hubiera tenido la más remota idea en aquel tiempo de que él iba a… —Bajó los ojos por un instante y luego los elevó de nuevo con algo de desafío—. En aquel entonces si me hubieran hecho esa proposición, hubiera rehusado la propuesta. Con indignación.
Lucy miraba directamente a su padre.
—Entonces, todo es verdad. La muerte de Van der Bogle y lo que le pasó a Hastings —se la veía muy pálida.
Boston no la miró. Su semblante repentinamente había envejecido.
—Sí. Entonces no sabía nada. Ni esa parte ni ninguna otra.
—Sobre lo concerniente a Van cler Bogle y Hastings — dijo Calvert— ¿usted no sospechó nada hasta que habló hoy con Hastings en el hospital?
—Exactamente —contestó Boston enfáticamente.
—Otra cosa. ¿Quiere decirme dónde ha estado todo el día?
—Sí. Después de que abandoné el hospital fui al puerto para recibir a un barco que entraba.
—¿Sí? —dijo Calvert.
—Muy bien. Fui a recibir a un representante del Gobierno Holandés que llegó con la misión especial de investigar la autenticidad de la venta de los cuadros de Groot. Pensaba estar un rato pero hubo una gran demora con los trámites…
—¿Y después?
—Y después volví con él a su hotel. Parece que Lucy se preocupó por mí. —La miró por encima de Calvert—. Lo siento mucho querida.
Lucy murmuró algo inaudible y se miró las manos.
—¿Usted comprende el interés del Gobierno Holandés por esas pinturas? —dijo Boston.
Calvert asintió.
—Para volver al tema: ¿debo entender que usted pensó que la muerte de Van der Bogle se debió a un accidente fortuito, pero de todas maneras un accidente?
—Totalmente. Pero eso no disculpa, ni mejora lo que siguió. Después de su muerte acepté la sugerencia de Rudd de que simplemente debíamos apropiarnos de ese recibo. Eso fue suficientemente malo y cuando fue necesario realizar una falsificación… —levantó su mano en un gesto de abandono—. Entiéndame: era un caso de necesidad. No teníamos dinero. No podía ser pasado por alto. Tal vez fuera el dinero lo que motivó a Rudd. En cuanto a mí… A menos que usted entienda la pasión y la necesidad de un coleccionista, la excitación ardiente… Pero eso es una cosa privada y una obsesión inexplicable. No creo que lo pueda entender.
—No hasta tal punto. Cuando esta llega a la falsificación mi comprensión se detiene.
La rubicunda cara de Boston enrojeció más aún.
—Dije que no podía ser perdonado. En aquel momento parecía una forma de conseguir algo por nada sin perjudicar a nadie. Así parecía entonces, aunque me enteré hoy que Van der Bogle tenía, de hecho, herederos. No lo sabía cuando lo mataron y, de todos modos, Rudd era el director de nuestras finanzas. Supe, por supuesto, que todo el asunto era sin ética, pero preferí no pensar que era deshonesto. Mi propia fortuna estaba en juego. Tal vez fue debilidad… pero me sentí impulsado a seguir adelante.
Se detuvo, reflexionando, y luego se inclinó hacia adelante y tomó la mano de Lucy. Ella estaba mirando a lo lejos, tiesa y no se movió. Boston se echó para atrás.
—En resumen, Mr. Calvert, esta es toda la historia.
Calvert asintió y dirigió su mirada de Boston a Lucy. Ella levantó lentamente la cabeza y sus ojos, bajo sus rectas y tupidas cejas, lo miraron a la cara. No había esperanza en ellos, ninguna súplica y Calvert supo que ella no trataría de influir sobre él. Si estaba decepcionada por la explicación de su padre, si había esperado oír algún hecho atenuante, no lo mostró. Pero era evidente para Calvert que ella sabía, así como él, que Boston no había expuesto nada convincente o defendible sobre su participación en la estafa. A diferencia de él, ella no sabía que Boston le había mentido en cuanto a haber visitado a Hastings en el hospital. Las implicaciones de esa mentira eran el meollo de su profunda culpa…
Boston hablaba de nuevo.
—No puedo decir en conciencia que estoy totalmente arrepentido aun llegado a este punto. Pero espero haber demostrado con claridad que no tenía entero conocimiento de la violencia involucrada Tal conocimiento, les pido encarecidamente que me crean, hubiera hecho todo el asunto desagradable y me hubiera horrorizado y yo mismo lo hubiera denunciado a la policía… —Se detuvo, miró a Calvert con candorosa expresión, esperando alguna palabra o señal de afirmación, Calvert lo miró con fijeza y Boston prosiguió.
—Mr. Calvert, me gustaría hacerle una propuesta.
Lucy dijo:
—Papá… —pero Boston cortó su protesta con un movimiento enérgico de su mano.
—Todavía deseo esos cuadros, Mr. Calvert. No le voy a ofrecer dinero —su sonrisa era a la vez encantadora y como de disculpa— porque mi experiencia en esa dirección me ha enseñado que usted no se deja tentar con dinero. Pero quiero esos cuadros. Los quiero. Ellos son mi obsesión. No los quiero con falsificaciones o cualquier forma de trampa. Por favor créame que siento profundamente lo que ya ha sucedido y que estoy preparado para adquirirlos honradamente.
La voz de Lucy estaba llena de enojo.
—Papá, ¡por favor, basta!
Boston dijo con firmeza:
—Un momento Lucy. No intervengas. Mr. Calvert, mi propósito es pagar el saldo de 258 000 dólares por los de Groot a la viuda de Martín Van der Bogle. Creo que puedo reunir el dinero. Cada centavo de esta suma irá a Mrs. Van der Bogle —se reclinó y miró a Calvert con un aire de franqueza—. ¿No le parece esto suficientemente justo?
Calvert lo miró con incredulidad. No dijo nada.
Oyó la voz de Lucy como si fuera el eco de su propia incredulidad.
—¿Qué pasa con todo lo demás, papá? —Su voz se elevó casi con horror—. ¿Qué pasa con el asesinato de Martín Van der Bogle? ¿Puedes compensar por eso a su mujer? Cómo puedes estar sentado tranquilamente y hablar sobre…
La voz de Boston cortó sus palabras.
—Quédate quieta, Lucy. —Se removió en su asiento y Calvert vio una mirada de ansiedad aparecer en sus oíos—. Todo esto hace presumir, Mr. Calvert, que todavía está en posesión de ese recibo…
—Sí: yo lo tengo.
Los ojos de Boston se aclararon.
—¡Ah! ¡Qué bien! Temía… —Aprobó con la cabeza, satisfecho.
Calvert respiró hondamente y se sentó derecho. Boston dijo lo que tenía que decir. Ahora todo estaba en claro. Miró con rapidez a Lucy y ella se dio vuelta. Enfrentó a Boston que lo estaba mirando expectante.
Empezó diciendo lentamente:
—Lo he oído con toda paciencia, Mr. Boston. Eso era en beneficio de Lucy. Lo que ahora tengo que decir.
Se detuvo. Boston dejó de mirarlo, sus ojos ahora miraban a la derecha y sus cejas se enarcaban con perplejidad. Calvert se dio vuelta para seguir su mirada y entonces empezó a levantarse. Pero era demasiado tarde. Sus rodillas estaban todavía dobladas, su cuerpo inclinado hacia adelante, cuando Frank Lazarus alargó su mano metida en el bolsillo del sobretodo gris puesto sobre la silla en la entrada.
—Por favor, siéntese —dijo Lazarus. Quedó parado al lado de la silla con la pistola sostenida en la mano. Calvert oyó el ruido del seguro al correrse—. Por favor siéntese, Calvert.
Se sentó.
La voz de Boston sonó indignada.
—Frank. Qué cosa ridícula…
—No me fui —contestó Lazarus. Sonrió encantado de su viveza—. Golpeé la puerta de entrada y luego regresé por el pasillo y escuché…
—Hasta que me oyó decir que todavía tenía el recibo — dijo Calvert.
—Naturalmente. Tenía que saber. —La mano de Lazarus que sostenía la pistola con tranquilidad era ancha y competente—. Mi resolución flaqueó una sola vez. Cuando Laramie dijo cómo había estado perdiendo dinero en las exposiciones que me hizo durante estos diez últimos años. Es cierto, y genuinamente enternecedor. Pero al mismo tiempo sirvió para acentuar mi desazón y su efecto ha sido el de endurecerme. ¿Estoy hablando demasiado?
—Frank ¿sabe lo que está haciendo? —dijo Lucy.
Lazarus pareció sorprendido.
—Naturalmente que lo sé. Espero que no esté bajo la impresión de que esto es una acción heroica. —Sopesó la pistola y la observó admirado—. Es justó como para mi mano. Bien balanceada.
Calvert dijo:
—No juegue con una cosa así.
—No se preocupe. Conozco todas las automáticas y tengo una —miró como disculpándose—. Hace muchos años me ganaba malamente la vida haciendo ilustraciones para revistas baratas. Tuve que comprar una pistola como modelo.
Boston empezó a levantarse.
—¡No seas loco, Frank!
—Siéntese. —La pistola se movió una pulgada para cubrir a Boston.
—Estás haciendo el tonto. ¡Eres un artista!
Lazarus frunció los labios.
—No sea tonto. Está viendo frente a usted a un nuevo Frank Lazarus. El concepto poco común, de un artista común, es ser hombre de acción. Naturalmente soy un artista, pero no exclusivamente como parece que usted cree. El ser artista no es beneficioso. Ni en efectivo ni, si usted es un artista como yo, en apreciación tampoco… —Calvert se estiró y la pistola se movió rápidamente para cubrirlo—. No puede tener una idea de lo cansado que estoy de no vender, de ser amable con los miopes y reaccionarios críticos de arte, de trampear a la compañía telefónica, colgar a dueños de casas de pensión y carniceros…
Lucy dijo tranquilamente:
—Frank.
—Piense en la suma de todo eso durante quince años. Finalmente destroza a uno. Usted es un artista y no puede ser otra cosa, pero finalmente usted odia ser artista, porque eso lo destruye. Se quita todo y no le dan nada. Tal vez no sea eso del todo cierto pero a la luz de la desesperación… Es muy cierto que uno se vuelve un desesperado. —Sacudió la cabeza—. Estoy harto de ser pobre. Quiero tratar de salvar mi equilibrio.
Boston dijo lentamente como ante una revelación:
—Esa charla sobre dinero, todo el tiempo, sobre meterse en el negocio, ¿no lo decía en broma?
Lazarus hizo una mueca.
—Supongo que parecía tonto. No entiendo mucho ni de dinero ni de negocios. Pero era serio. Usted sabe, estaba todo arreglado con Phyllis Lassmore quien me iba a proporcionar el dinero para instalarme con un negocio de artículos para artistas. Usted sabe lo loca que está conmigo. Pero su padre la hizo cambiar, le quitó su mensualidad… ¿Qué está haciendo?
Lucy se había puesto de pie y ahora daba un paso hacia Lazarus.
—Escúcheme, Frank.
La pistola se movió en la mano de Lazarus y nació una súbita amenaza en su voz.
—Lucy. Siéntese enseguida. No me voy a detener —su voz se elevó aflautada—, le voy a disparar si no se sienta.
—¡Lucy! —era Boston con voz alterada—. Siéntate. Parece que lo dice en serio. Siéntate, querida…
Inesperadamente Calvert habló.
—Leonetti —dijo y fue consciente de que Boston y Lucy lo miraban.
Lazarus pareció desconcertarse.
—¿No le dijo?, no…
Los ojos de Boston se entrecerraron.
—Está bien —dijo—. Usted quiere ser un hombre de negocios. Esta es su oportunidad. ¿Qué clase de arreglo ha hecho con Ross Leonetti?
—¿Quiere decir de dinero?
Calvert dijo con tranquilidad.
—Hay alguien detrás de usted, Lazarus.
Lazarus no se movió. Sonrió.
—Qué vergüenza. ¿No le dije que hice ilustraciones para revistas baratas?
Calvert asintió y vio una pierna de pantalón, sin cuerpo, que daba un paso fuera de la claridad del pasillo. Otro paso se movió hacia adelante y luego todo el cuerpo surgió de las sombras.
—La astucia, la llegamos a conocer — dijo Lazarus. Seguía todavía sonriendo cuando Player habló en tono autoritario.
—Tire la pistola y no se dé vuelta. —La voz de Player era ronca y sostenía su propia pistola junto a su cadera.
La cara de Lazarus palideció y bajó su pesado labio inferior.
—Tire la pistola —ordenó Player. Su piel parecía haberse estirado sobre su cara y sus pómulos sobresalían.
Lazarus bajó su arma, sosteniéndola a su costado apuntando al suelo pero no la dejó caer. Mientras Calvert observaba, la sombra se desplazó y Rudd se adelantó, pequeño y más bien delicado, al costado de Player. Un tercer hombre entró en la habitación, macizo, con una cara chata, brutal y Calvert vio que Player lo señalaba. El hombre de cara chata sacó una cachiporra de su bolsillo. Cuando empezó a caminar hacia Lazarus, Lucy respiró con fuerza casi con un ruido de catarata y Lazarus empezó lentamente a girar, sosteniendo todavía la pistola a su costado como un olvidado complemento de su mano.
El hombre de la cara achatada había empezado a ir hacia él, así que se enfrentaron un momento antes que la cachiporra descendiera. El ruido produjo un eco enfermante en el cielo raso del salón y las rodillas de Lazarus se doblaron. Pareció adelantarse al siguiente golpe como ofreciéndose a la cachiporra. Player se rio con fuerza al unísono con el golpe y Lazarus cayó de frente.
Calvert oyó el ruido del cristal y su mente registró automáticamente el hecho de que Lazarus había roto sus anteojos en la caída. Había sangre manando del pelo crespo de Lazarus, corriendo hacia abajo y manchando la pequeña calva rosada en la parte de atrás de su cabeza.
El hombre de cara achatada levantó la pistola de Lazarus y se la alargó a Rudd quien estaba pálido y muy derecho con sus suaves ojos negros brillantes. Player había cesado de reír. Su boca ancha estaba abierta en una mueca tirante y miraba a Calvert.
Calvert volvió su mirada a la pistola de Player. La mano que la sostenía temblaba como con incontrolada rabia.