La hora azul
Capítulo 4
EL BARMAN dijo:
—¿Cómo está usted esta tarde?
Su mirada simulando reconocerlo era profesional o impersonal.
—Whisky con poca agua —contestó Calvert—. ¿Cómo está usted?
—No me puedo quejar —le sirvió un trago con rapidez y eficiencia—. ¿Lo mezclo? —Calvert sacudió la cabeza y el barman se apoyó con las manos contra el mostrador—. ¿Cómo le va?
—Bien, ¿quiere tomar uno conmigo?
—Un poco después, tal vez. Acabo de desayunar.
Calvert aprobó y terminó su bebida. El barman alcanzó otra botella y le llenó el vaso.
—Gracias —dijo Calvert. Hizo un ademán hacia la plataforma elevada a la espalda del barman—. ¿Cómo consiguieron esos músicos entrar y salir de ahí? ¿Por Derrick el prestidigitador?
El barman a medias dado vuelta contestó riendo:
—Se petrifican cada vez que tocan. Sin embargo son buenos muchachos. ¿Ha estado usted aquí antes? Con seguridad.
—Anoche. ¿Se acuerda de mí? —hizo un gesto indicando el bar.
—¡Ah, sí! —repuso el barman. El reconocimiento apareció en sus ojos con una súbita luz y al mismo tiempo la tranquilidad desapareció de sus modales. Se puso rígido y miró hacia otro lado—. Discúlpeme.
Calvert observó cómo se dirigía hacia el solitario cliente, un hombre de mediana edad con ropa de trabajo, sentado en un taburete, con aire de negligente permanencia, como si hubiera quedado allí desde la noche anterior. El barman le llevó un trago y luego se apoyó contra el mostrador dando la Espalda a Calvert. Calvert sacó un cigarrillo.
—Barman —observó que giraba con lentitud mientras seguía hablando con el hombre, luego se enderezó y volvió—. ¿Puedo pedirle un fósforo?
El barman buscó bajo su delantal en el bolsillo trasero del pantalón. Encendió el fósforo y lo alargó hacia el cigarrillo de Calvert evitando mirarlo.
—Gracias —dijo Calvert. El barman sacudió la cabeza y trató de alejarse—. Sobre lo de anoche… —El barman se detuvo pero no lo miró. Calvert empujó unos billetes sobre el mostrador—. ¿Quiere tomar un trago conmigo ahora?
—Gracias: es demasiado temprano.
—Sobre lo de anoche —prosiguió Calvert —. Debe de haber habido una media docena de clientes en el lugar y el otro barman tiene que haber visto cuando me pegaban.
—No sabría decirle.
—Tal vez tenga que hablar con el otro barman.
El barman apenas lo miró y luego dirigió su vista hacia el otro extremo del mostrador.
—¿Puede ver lo que está pasando en el otro lado del mostrador?
Calvert levantó la cabeza para mirar a través de la cristalería.
—Si hubiera una pelea en el otro lado creo que querría verla.
—¿Y si estuviera ocupado sirviendo bebidas? De todos modos no hubo pelea.
—Tal vez esa sea una generosa descripción de lo que pasó. Pero ¿no cree que uno o dos de los clientes tienen que haber visto lo que ocurrió? —el barman se encogió de hombros—. Tal vez yo pueda encontrar uno o dos que se acuerden.
—Vaya a encontrarlos.
—Solo para cerciorarme. Dígame qué es lo que usted vio anoche.
El barman mantuvo sus ojos desviados pero no estaban exentos de desafío.
—Usted había tomado bastante y se cayó de la silla. Se golpeó en la cabeza y se desmayó.
—¿Esa historia cuánto vale para usted?
La cara del barman se encendió. Se acercó a Calvert inclinándose sobre el bar hacia él y bajó la voz.
—Beba, señor, y salga de aquí.
Calvert lo miró.
—¿Cuánto les costó a ellos esta historia?
El barman siguió inclinándose hacia adelante por un momento más, con ojos duros y luego se enderezó y su cara se volvió extrañamente desprovista de expresión.
—No sé de qué me está hablando.
—¿Quién le pagó? ¿El hombre del pelo corto o el hombre con la muchacha?
—Usted tiene un tornillo flojo. Tengo que trabajar —sacó de debajo del mostrador del bar un trapo—. Usted se cayó del taburete.
—Pongámoslo así —propuso Calvert—. ¿Lo vería como yo por diez dólares?
El barman frotó con el trapo la madera lustrada.
—Eso me hace reír. Diez. ¿Con el valor del dólar de hoy?
Calvert se rio.
—¿Qué le parece veinte? ¿Le interesan veinte?
El barman lo miró agresivo.
—¡Escuche! ¿Está loco o algo parecido? Le dijo lo que vi. Usted piensa que vale veinte dólares oír lo que usted quiere oír. Está bien. No estoy de acuerdo. Pero sé lo que vi. Usted se cayó del taburete.
—Está bien —aceptó Calvert. Terminó su trago y se levantó. Empujó medio dólar sobre el bar—. Gracias por la conversación.
El barman recogió el medio dólar.
—No es asunto mío, caballero, pero si yo fuera usted abandonaría el asunto.
—Tiene razón. No es asunto suyo.
Una vez en la calle, se levantó el cuello para protegerse del viento que se había desatado a la caída de sol. Caminó hacia el Este, entró en una droguería de Lexington Avenue. Se dirigió a la cabina telefónica y llamó a Lucy Boston.
—Lo siento mucho —le dijo cuando ella contestó—. Ha sido completamente inesperado. Ahora estoy en la estación.
—Lo siento —respondió ella—. Me hubiera gustado mucho y también a Ned; lo llamé explicándoselo y naturalmente estaba encantado.
—Sí. Me imagino. Mire: me voy a Filadelfia pero espero regresar a la ciudad en un tren de mañana temprano. ¿Cree usted que podremos almorzar?
—Sí. Será agradable.
—Bueno, la llamaré por la mañana.
—Bien. Espero que tenga un buen viaje Mr. Calvert.
—La llamaré en cuanto vuelva.
El revólver era un elegante Luger que nunca había sido usado. Lo había comprado por seis dólares a un teniente de infantería, en el sur de Francia, con la intención de cambiarlo por unos prismáticos que a su vez podría cambiar por una cámara fotográfica a un oficial de la policía militar que poseía dos cámaras pero ningún prismático. Pero antes de poder hacer el cambio el oficial de la policía militar fue reembarcado súbitamente y Calvert simplemente metió su revólver en un cajón que, junto con otras cosas volvió a casa con él. Era un espléndido objeto y salió de su funda de gamuza sm una mancha de polvo en ningún punto de su brillante superficie azulada.
Hacia las siete menos cuarto se hallaba preparado. Las luces estaban apagadas y él se encontraba tirado en el piso, escondido entre la pared y el respaldo de un pesado sofá moderno que tuvo que retirar de su lugar habitual en el living y colocarlo en una posición desde la cual podría tener una perfecta visión de la entrada y del escritorio. La llave de la luz superior estaba situada en la pared justo encima de él. Al alcance de su mano pero parcialmente metidos bajo el sofá estaban un vaso con whisky y la Luger. Al principio la Luger le pareció algo absurdamente dramático, pero ahora, al tocarla, su fría, rugosa superficie era curiosamente tranquilizadora. Y aun mando no estaba cargada parecía mucho más útil que los prismáticos o la cámara.
Con precaución bebió un poco de whisky y colocó el vaso de vuelta bajo el sofá. Con un gesto automático tocó el bolsillo buscando un cigarrillo pero se arrepintió. No, no debía fumar. Había que proceder bien. Como cuando se arma una trampa para osos. Uno no la cubre cuidadosamente con ramas y luego se sienta al lado en el lugar en que el oso lo pueda oler y escaparse. Lo mismo pasaba con el humo del cigarrillo, era el rastro del hombre civilizado. Sintió una oleada de agradecimiento a su percepción y brindó en honor suyo con un trago del vaso de whisky. Pensó si Hodge, el atildado miembro de la Policía, habría pensado en eso. Con toda probabilidad. Pero la ropa de Hodge lo hubiera delatado en la oscuridad, su corbata brillando como una aurora boreal el mosquito zumbando hambriento…
No era muy sutil ese Hodge. Debió de haber saltado sobre Lucy Boston y apuntándola con su dedo acusador, debía de haber sacado las esposas y colocárselas en las muñecas a Vincent Hastings con un lonco grito de triunfo. Así no se hacían las cosas. El caso requería astucia. Si usted está completamente a oscuras tiene que conseguirse una lucecita, dirigir esa lucecita sobre el sujeto. Divulgar a su alrededor que uno está ausente de la ciudad, luego quedarse en la oscuridad y esperar a que las abejas vengan por la miel. Si usted está en la oscuridad, usted pelea oscuridad contra oscuridad y la luz se liará. Linda paradoja. Todas las metáforas se van al infierno aunque…
Al igual que Harry Calvert: una humana metáfora mezclada. La mujer del hombre se fuga, el hombre está desconsolado pero encuentra a una muchacha que le recuerda a otra muchacha (de su pasada juventud) y se excita con ella. La muchacha no tiene buenas intenciones para con él. La muchacha es misteriosa, desea algo que Calvert tiene, aunque Calvert no sabe que lo tiene. Y en cuanto a Rudd (¿novio, amante, socio? ¿Qué?). Conectada además con Player. ¿No habían sobornado al barman para que dijera que se había caído del taburete y que Player no existía? ¿Player, un trozo de fantasía de un cerebro desequilibrado? No. La mandíbula dolorida le decía que Player era algo muy real. ¿Qué pasaba con Hastings? ¿Cuál era su posición en ese grupo? Lindo tipo de empleado de Banco, usualmente se vestían en forma más conservadora. En general no se introducen tampoco en los departamentos de los individuos. Banqueros, los últimos tipos en el mundo que uno espera que… Ya no hay más garantía en los tipos, es absolutamente impredecible. Resultado de la guerra, quizás, traslado de las masas.
Levantó la Luger con súbito terror y la dirigió hacia la ventana. El ruido continuó un momento más, elusivo y sugestivo subiendo y bajando a ritmo regular y el cortinado se metió para adentro y luego cayó. Calvert se arrodilló, los ojos horadando la oscuridad que se desplazaba en un susurro. El ruido recomenzó y la cortina se introdujo pesadamente en la habitación. Dirigió la Luger hacia ella y se desinfló inmediatamente como si estuviera temerosa. Era solo el viento. La pesadez del bajo de la cortina golpeaba contra el marco inferior de la ventana. Calvert se relajó de nuevo suspirando con fuerza. Solo fue el viento el que lo había intimidado. De todas maneras la Luger le sostenía intimidando a la cortina; probablemente también lo haría a la gente con su aspecto mortal e infernal. ¡Manos arriba o te quemo!
Bebió silencioso en honor a la Luger. Su amigo y apoyo. El soporte de la vida. De todas formas no debía de darse cuerda. Tenía que mantenerse tranquilo. La sorpresa era su triunfo. Vio lo que el elemento sorpresa valía en la guerra… lo mismo aquí. Todas las ventajas estaban de su lado. Una cosa importante era estar tranquilo. Estuvo tranquilo cuando descubrió el anillo de Hastings; había armado la trampa con habilidad. Lo mismo con Lucy Boston. Lo siento, me voy a Filadelfia. La llamaré mañana. Tranquilo, cazador de nervios de acero. Asombroso cómo reaccionó. Solo por instinto, no había pensado de ninguna manera, por lo menos conscientemente. Cuando estuvo tirado ahí toda la noche y en lo más profundo de su mente tal como Minerva, saltó el día siguiente sin aliento: sin consciente premeditación, por instinto. Felicitaciones Calvert, tome un trago…
La posición era incómoda, los codos le dolían. Las siluetas de la habitación empezaron a moverse de vez en cuando. Los ojos agotados tratando de identificarlas entre las sombras. Lo peor de todo sin embargo era no poder fumar. Los pulmones prácticamente silbaban en su anhelo de fumar. La naturaleza aborrece el vacío en la garganta como en cualquier otro lugar. Era una agonía. No tenía idea cuánto tiempo pasaría sin fumar. Horas. Si eran horas… tal vez nadie viniera. Todo eso por nada. No. El tiempo pierde proporción en la oscuridad. Debía de haber llevado su reloj de pulsera. Probablemente no más de media hora aunque pareciera una eternidad…
Alguien quería entrar. El timbre sonaba. Era infernal. Colocar una trampa para oso y algún ciervo cayendo en ella. Desorganizando los planes movió para arriba el codo. El timbre sonó de nuevo. Váyase —dijo para sí—, ¿no ve que está estropeando las cosas? Váyase. El timbre no volvió a sonar y él escuchó intensamente tratando de oír el sonido de los pasos que se perdían pasillo abajo. No podía oír de todas formas, los pasillos estaban alfombrados. Se reclinó para atrás de nuevo y buscó el vaso de whisky. El ruido metálico de la cortina empezó otra vez al mismo tiempo que otro sonido en la puerta. Se quedó quieto, reteniendo su respiración penosamente, aplastando su cuerpo contra el suelo.
Había una alargada franja de luz en la puerta obstruida por una figura y entonces la franja se estrechó rápidamente y desapareció. Hubo un ligereo click en el pomo de la puerta. Vio la figura que se movía a través de la habitación confundiendo las sombras y entonces traspasó la línea algo angosta de su visión. Hubo un débil reflejo de resplandor y Calvert vio que la luz de su escritorio se encendía. Sacó su mano con agónica lentitud y tanteó con sus dedos el revólver. Retiró suavemente para atrás el seguro mientras sus dedos se cerraban sobre él con patética fuerza. Levantó el arma y al mismo tiempo su respiración se hizo más fácil.
Al reflejarse la luz en la pulida superficie del escritorio pudo ver la silueta de un hombre corpulento, movedizo, distorsionado por la luz y por su propia imaginación, dentro de una abstracta y fluida sensación de peligro. Mantuvo el arma cerca de su cuerpo. Vio cómo una mano salía del haz de luz y abría un cajón, el cajón de los documentos vencidos. La linterna describió súbitamente un arco, luego se quedó quieta y cuando vio que otra mano entraba en el círculo de luz se dio cuenta que la linterna había sido colocada sobre el escritorio. Las manos se introdujeron en el cajón al igual que si fueran manos fantasmales y salieron nuevamente con casi todo el contenido del cajón. Había ansiedad en las manos y a Calvert le parecía que podía ver la sombra de la persona inclinada hacia adelante. De repente su ansiedad desapareció y Calvert se encontró tranquilo, casi divertido. La espalda estaba desprotegida, vulnerable, su mente solo preocupada con el cajón y su contenido. Podía enderezarse, prender la luz, presentar la fría amenaza del arma…
No. Todo estaba equivocado. Lo que interesaba era saber qué había en el cajón, el imán que los atraía a todos ellos. Ese era el punto… y no debía permitirse a sí mismo el olvidarlo por pánico. Espere hasta que esas manos muertas tropiecen con la trampa, espere a que algún gesto de apresuramiento lo descubra. Miró con dolorosa intensidad a las manos estudiándolas ahora que estaban revolviendo, levantando algo como para exhibirlo a ojos familiares y luego ambas manos lo estaba destrozando con apresuramiento. Por primera vez Calvert oyó otra respiración que la suya, penosa, entrecortada, casi dolo rosa. Luego las manos cesaron en su movimiento y se oyó un apagado, incontrolado suspiro de alivio.
Se había representado cien veces en su mente el lento rodar sobre sus rodillas, luego la colocación de un pie bajo él, su mano arrastrándose con lentitud por la pared, la palma contra ella, subiendo como mano suplicante, el cuerpo siguiendo en lenta dependencia. Al fin, en el momento en que sus dedos tocaron la llave de la luz, pudo abandonar la precaución y todo se volvió un movimiento incontrolado de acuciante velocidad.
Cuando sus pies se aplastaron al piso algo ocurrió en la mente de Calvert y se puso a agitar sus pies con desesperación en un torpe y desordenado apuro. Su mano encontró la llave de la luz, la levantó y el hombre se dio vuelta parpadeando por la súbita claridad. Hastings había girado para enfrentarlo, perdido el color, su boca abierta por la sorpresa, sus manos detenidas enfrente de él sosteniendo un sobre marrón parcialmente abierto. Calvert hizo un movimiento involuntario con el arma y Hastings cerró la boca con un golpe que se oyó y levantó las manos sobre la cabeza.
Calvert se acercó al sofá y Hastings espió sus movimientos con gélida e inmóvil expresión. Calvert se dirigió con lentitud hacia él: sus piernas estaban rígidas, sus ojos por fin acostumbrados a la luz miraban con claridad la habitación, como en un sueño real y con la misma sensación de incómoda irrealidad.
Hastings habló primero con una voz excitada por la sorpresa.
—Calvert tenga cuidado con ese revólver.
Calvert oyó con sorpresa su propia voz que decía en aguda entonación.
—No me diga lo que tengo que hacer, maldito asaltante. Tengo que matarlo.
—¡No! —la voz salió de Hastings expelida por el pánico, mientras su cuerpo se sacudía en espasmos como si con todos sus músculos tratara de protegerse.
—¡Por favor, Calvert!
Su cara estaba contorsionada, suplicante y Calvert pensó: ¡Dios mío!, está muerto de miedo. La mirada de Hastings no abandonó su cara ni por un minuto como si estuviera fascinado por lo que veía en ella y Calvert se dio cuenta por fin de que no era el arma lo que aterrorizaba a Hastings sino su propia expresión. Levantó el arma y al mismo tiempo sintió que la rigidez de su cara se aflojaba lenta y dolorosamente. Por un momento sintió un curioso orgullo casi como si su insospechada habilidad ante el peligro y la violencia fuese una afirmación de la virilidad y la profundidad de emoción que, pensó, había dejado tras él muchos años atrás enterradas para siempre en el fragor de la guerra.
Cuando habló, su voz fue tranquila, de tono normal.
—Baje las manos y deme ese sobre.
Hastings bajó las manos, titubeante, casi renuente. Se adelantó y le extendió el sobre. Calvert lo tomó con manos inciertas examinando con los ojos a Hastings. Este se retiró un paso y miró a Calvert con sencilla súplica, como pidiéndole su aprobación. Calvert inclinó la cabeza y vio que podía relajarse, que no tendría problemas con Hastings.
Casi sin emoción dijo:
—Deje de mirar tan asustado. No le voy a disparar —sacudió la mano que tenía el sobre hacia los dos sillones que rodeaban la mesa de café—. Siéntese. Aquí. Vamos a hablar sobre todo esto.
Mientras seguía a Hastings que caminaba con precaución, echó una mirada al sobre que tenía en la mano. Era uno de esos de papel Manila usados por el Banco y por lo que pudo adivinar con una rápida ojeada este contenía solo una o dos docenas de cheques cancelados que el Banco le enviaba cada mes. Deslizó el sobre en el bolsillo y tomó asiento enfrente de Hastings. Hastings se sentó rígido con temerosa expectativa.
—Puede tomar un trago —dijo Calvert. Señaló a la botella que estaba sobre la mesa— y puede servirme a mí también.
Sin decir nada, obediente, Hastings sirvió los dos tragos. Sus manos temblaban al pasar uno a Calvert y se derramaron algunas gotas.
—Beba —prosiguió Calvert. Vio como Hastings mandaba la cabeza para atrás mientras bebía y él sorbió de su vaso—. Muy bien. ¿Qué está ocurriendo?
La bebida tuvo un efecto saludable en la compostura de Hastings. Con su aspecto pulcro y su buen tweed, Calvert pensó, hubiera estado perfectamente en carácter leyendo un informe anual en una reunión de alumnos de My Ep. Cuando habló su voz era controlada aunque Calvert pudo detectar una aspereza que había estado ausente esa tarde.
—Estoy contento de que no me vaya a disparar —sonrió indeciso como con vergüenza y disculpándose por su cobardía de momentos antes. Luego su cara se controló—. ¿Va usted a informar esto a la policía?
—Ya lo hice.
Hastings palideció y pareció enfermo.
—¿Ya les avisó? —llevó las manos a las sienes y bajó la vista. Luego miró por debajo de las manos—. Pero usted no podía…
—Quiero referirme al asalto de anoche. Había dos policías aquí anoche y un detective esta mañana.
Hastings pareció aliviarse.
—Entonces no saben todavía el… —tuvo un rápido cambio de expresión—. Usted actuó como si hubiera sabido todo el tiempo que… Usted me estaba esperando.
—El anillo My Ep que usted lleva lo vi anoche cuando se inclinó por la linterna y lo vi hoy en el Banco. Pura suerte.
—¡Oh! —bajó su mano y miró el anillo. Luego alzó los ojos y dijo con amargura—: ¡Qué mala suerte! ¡Qué estúpida mala suerte!
Calvert golpeó su bolsillo.
—¿Qué hay aquí?
—No sé.
—Está bien. No lo sabe —empezó a levantarse—. Voy a llamar a la policía y a entregarlo.
—No. Espere. Por favor —Hastings casi se había levantado como por reflejo del movimiento de Calvert y su mano estaba extendida con la palma para arriba en un casi formal gesto de súplica—. Por favor no lo haga.
—¿Qué hay en el sobre?
—Un recibo —se deslizó al borde del sillón—. Por favor escúcheme. Si usted me entrega va a matar a mi madre. Es inválida, usted puede comprobarlo si cree que miento y, si se entera, eso la matará. Me arruinará…
Calvert se expresó con frialdad.
—Deje de hacerse el patético. ¿Qué pasa con ese recibo? ¿Cómo está entre mis cheques cancelados?
—Lo puse ahí —sonrió débilmente —. Por seguridad.
—No lo entiendo.
Movió sus manos con desesperación.
—Sé que usted no ha mirado sus cheques cancelados por más de un año. Somos uno de los pocos Bancos que piden a sus clientes que firmen mensualmente un acuse de recibo. Quise tener el recibo donde estuviera a salvo y donde lo pudiera alcanzar. Así que lo deslicé en su sobre cuando le enviamos sus cheques cancelados hace ya tres años.
—¡Qué bien! —dijo Calvert—. ¿Cómo podía saber usted que no iba a tirar todo ese montón o decidirme a controlarlos?
Hastings sonrió con aire de disculpa.
—El Banco le ha mandado unas cuantas cartas y usted nos ha contestado que todavía tenía esos cheques y que los iba a controlar.
—Suponga que lo hubiera hecho. ¿No lo habría encontrado entre ellos?
—Era un riesgo, pero bastante seguro. Usted recibió ese montón de cheques hace solo dos días y aun cuando se hubiera decidido a cotejarlos posiblemente usted habría empezado con los más viejos. Para cuando hubiera llegado a noviembre…
Calvert aprobó cómo concediéndole ese punto. Hastings tenía razón naturalmente; si de algo estaba seguro en su ansiedad de tranquilizarse era de la comprensión de la debilidad de Calvert. Este se sintió algo intranquilo como si recién hubiera hecho el descubrimiento de una vergonzosa falla que los demás conocían desde hacía tiempo. Hastings apostó a su debilidad con absoluta confianza. Tal vez otras personas, también, apostaban a su debilidad, Grace tal vez. Tal vez Charlie Major…
Se dirigió a Hastings.
—Cuando usted entró aquí anoche —vio que Hastings se sonrojaba—. ¿Por qué esperó hasta las cuatro?
—Estaba tratando de darme ánimo. Casi no lo pude hacer —tuvo una sonrisa de pálida disculpa—. Sabe, no estoy acostumbrado a esto.
—¡Oh!, naturalmente. Estoy seguro de que violación de domicilio e intento de robo, se dice así, ¿no es cierto?, va contra su misma esencia. Puesto que es My Ep y todo lo demás…
Hastings respondió con un asomo de dignidad.
—Mire, no necesita refregármelo.
—Voy a refregarlo hasta llegar al hueso. No empiece a sentirse insultado. Si alguien ha sido insultado y tiene derecho a estar dolido soy yo.
—Lo siento mucho —dijo Hastings muy serio—. Créame. No tenía intención de involucrarlo.
—No. Aparte de usarme como una caja de seguridad. Aparte de mezclarme con una banda de ladrones.
—Lo siento mucho. Si hubiera sabido…
—¡Oh, cierre la boca! —Colocó la Luger en el asiento vecino y sacó el sobre de su bolsillo diciendo con educada burla—. ¿Me permite?
Examinó rápidamente el montón de cheques cancelados. No le fue difícil encontrar un pedazo de papel verde algo más pequeño que los cheques. Lo sacó del sobre y le echó una ojeada. Hastings estaba sentado en la silla inclinado hacia adelante, los labios separados, los ojos alertas. Su mirada encontró la de Calvert y se reclinó con los ojos turbios y las comisuras de la boca caídas con amargura y derrota.
Calvert miró el papel verde. Estaba fechado en Ámsterdam cuatro meses atrás y dirigido a Martín Van der Bogle. Unas pocas líneas escritas a máquina establecían que el firmante había aceptado de Martín Van der Bogle dos cuadros del maestro flamenco Johannes de Grool, «Pietá» y «St. Matthew» por libras 12,000, como adelanto, pagaderas a los noventa días en la ciudad de Nueva York. Estaba firmado con una rúbrica florida: Laramie T. Boston.
A continuación bajo la línea Nueva York, había un reconocimiento de balance de libras 258 000 como remanente de la transacción. Estaba firmado por Martín Van der Bogle.
Calvert sostuvo el papel entre sus dedos.
—¿De qué se trata?
Hastings sacudió la cabeza.
—No lo sé.
No empiece de nuevo. ¿Qué es esto?
—La verdad —contestó Hastings muy serio—. Es valioso, naturalmente —se detuvo con aspecto de liberación cuando sonó el timbre. Miró a la puerta. El timbre volvió a sonar.
Calvert se incorporó y guardó el trozo de papel verde en el bolsillo. Levantó la Luger.
—Quédese donde está, Hastings.
Hubo un ligero ruido en la puerta y cuando Calvert la abrió ahí estaba Rudd con una llave en la mano. Llevaba un sobretodo negro y su cara pálida parecía delicada y casi transparente.
Sus ojos aguachentos estaban atónitos.
—¡Ah! Buenas noches, Mr. Rudd.
Rudd no se movió, parado justo del lado de afuera, pero sus ojos se aclararon nuevamente y se movieron velozmente de un lado a otro, como anímales en fuga.
Calvert hizo un limpio ademán con la Luger.
—¿No quiere entrar, Mr. Rudd?
Rudd vio por vez primera la Luger y retrocedió. Luego, con precaución, sin dejar de observar la Luger, entró lentamente. Calvert cerró la puerta.
—Un amigo y yo estábamos en este momento tomando un amistoso trago. ¿Quiere unirse a nosotros? Rudd separó sus ojos por un instante de la Luger para mirar más allá de Calvert a la habitación—. ¡Oh! —prosiguió Calvert— permítame presentarlos: Vicent Hastings, Edward Rudd. —La Luger describió un pequeño arco y los ojos de Rudd la siguieron como si estuviera unida por invisibles hilos—. ¿Esto? ¿La Luger lo pone nervioso? No está cargada. Pero la dejaré de lado… Mr. Hastings es un hermano de mi Fraternidad.
Rudd miró la Luger hasta que Calvert la metió en el bolsillo… Luego se dio vuelta y dijo.
—Ya nos hemos encontrado. Hola, Hastings.
Hastings le devolvió el saludo con un gesto nervioso de la cabeza. Miró a Rudd con curiosidad, inquieto, casi con miedo.
—Ahora: permítame que le tome el abrigo y el sombrero —dijo Calvert.
—Gracias.
Los ojos de Rudd se dirigieron hacia el escritorio, se deslizaron sobre Hastings y regresaron a Calvert. Se sacó el sombrero y Calvert se lo tomó. Se desprendió el sobretodo y lo colocó sobre su brazo extendido.
—Ya está —acotó Calvert—. Es algo más cómodo. Pondremos esto fuera y…
—Mis cigarrillos —dijo Rudd—. ¿No le importa? —Metió la mano en el bolsillo del sobretodo que colgaba del brazo de Calvert y sacó una automática chata, negra. Apuntó a Calvert y siguió diciendo—: Camine hacia la silla que está junto a Hastings y siéntese. No: siga teniendo el sobretodo y el sombrero —Calvert lo miró—. Adelante. Este está cargado.
Calvert dejó caer el sombrero y el sobretodo a sus pies con deliberada lentitud y luego giró y regresó a la habitación. Antes de sentarse levantó el rollo de los cheques cancelados que estaban en la silla y tiró hacia Rudd el sobre que cayó haciendo una trayectoria, y Calvert dijo:
—Agarre.
Se preparó cuando Rudd cambió de posición para agarrar el sobre con la pistola apuntando hacia abajo y hacia afuera. Pero Rudd cambió de idea a mitad de camino y permitió que el sobre cayera al suelo. Levantó de nuevo el arma y Calvert se sentó.
Rudd se movió dos pasos con cuidado sin dejar de apuntar a Calvert con el arma; se detuvo y se agachó hacia el piso en busca del sobre. Se levantó con él, sacudiendo del sobre el montón de cheques y los ojeó con rapidez dejando que fueran cayendo de a uno, por separado, los restantes.
Regresó hacia la puerta con la automática en la mano.
—¿Dónde está?
—¿Dónde está qué? —le replicó Calvert—. Usted es un tipo muy misterioso.
Rudd cambió la dirección de su mirada.
—¿Dónde está, Hastings?
—No lo sé. No lo he visto. Estaba esperándome aquí cuando llegué.
Los labios de Rudd se endurecieron mientras hablaba.
—No me mienta. ¿Dónde está?
Calvert le contestó:
—No puede hablar así a un hermano de mi Fraternidad.
Las manos de Rudd apretaron el arma.
—Hastings, juro que lo mataré.
—¡Rudd por el amor de Dios!… —Hastings extendió las manos defendiéndose, se volvió hacia Calvert con los ojos avergonzados—. Tengo que decírselo. Me matará…
—Está bien. No quiero que lo maten. Aquí, no. Adelante, dígaselo.
Rudd se dio vuelta hacia Calvert extendiendo su mano izquierda con la palma para arriba.
—Por favor, deme ese recibo.
—Naturalmente. No quiero que me baleen por un pedacito de papel verde. —Se volvió para tomar su vaso.
La pálida mandíbula de Rudd se adelantó.
—Démelo, por favor.
—Odio entregarlo sin luchar. Pero… — Empezó a colocar su vaso sobre la mesa de café y luego llevó su mano hacia adelante y el vaso saltó de la mesa en una dura, ascendente espiral que se convirtió en un rápido vuelo. Rudd saltó para evitarlo, tuvo un instante de confusión y luego se quedó parado con su espalda contra la puerta, dándose vuelta a medias en el momento que el vaso golpeaba el dorso de su mano derecha. La automática cayó al suelo.
Saliendo con violencia de su sillón Calvert vio a Rudd que se sostenía la mano mirando con horror e incredulidad el pequeño fluir de sangre de sus nudillos. Ya estaba de pie cuando Rudd gritó repentinamente en una aguda nota de terror y lo vio escaparse, empujar la puerta abierta y correr por el pasillo. La sorpresa del inesperado alarido de Rudd lo detuvo un instante y para cuando llegó a la puerta abierta el pasillo ya estaba vacío. Se dirigió a la escalera de incendio, luego cambió de parecer y regresó.
Justo detrás de la puerta, Hastings estaba inclinado buscando el revólver en el suelo. Calvert levantó el pie rápidamente y golpeó con fuerza la mano de Hastings.