La hora azul

John Godey · Capítulo 2 de 15

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La hora azul

Capítulo 2

 

 

—REALMENTE, Grace, querida —⁠Calvert murmuró tan suavemente que incluso ella no le pudo oír⁠—, realmente, Grace, qué amable eres de estar conmigo en un momento en que te necesito con desesperación. Lo que pasó, querida, aunque no debes reprochártelo, es que he empezado a beber con exceso. He deambulado por las calles solo, la noche pasada y me he metido en bares sospechosos, eso debía de suceder. Más pronto o más tarde yo me tenía que meter en este tipo de lío. El hombre que me lastimó, ese Player de pelo al rape, supongo que se desvaneció nuevamente como lo hizo antes, en Lexington Avenue. Olvídalo querida, déjalo que regrese otra vez a la larga noche.

Abrió sus ojos y no era Grace sino una muchacha rubia de ojos pardos, una muchacha que conoció hacía ya tiempo. No la podía ver con claridad y no podía recordar su nombre pero su cara le era muy familiar. Cerró sus ojos nuevamente y se quedó pensando dónde estaba. En ese momento oyó a los tres pobres músicos y se dio cuenta de que se encontraba en «El Bar y Parrilla Insignia». Estaban ejecutando otra vieja canción… algo relacionado con la hora. El guitarrista había emergido de su casa de cristal y estaba haciendo sonar las cuerdas con dedos de cirujano, en algún lugar en el interior de la cabeza de Calvert.

 

Amor, la hora de la partida se avecina.

Sabes que el amor no puede morir…

 

Eso era: la hora de la partida. Era un vals de moda ese año. Él iba al colegio y lo ejecutaban en todos los bailes. Había llegado de Francia, donde se lo llamaba «L’heure bleue»: «La hora azul». Lo tocaban en el día de entrega de premios y… ¡Nancy Courtenay!, así se llamaba la muchacha que había estado inclinada sobre él, la muchacha con el pelo ceniciento y los ojos pardos, la muchacha que él conoció mucho tiempo atrás. Nancy Courtenay.

Abrió los ojos y los levantó hacia una cara más bien pálida y delicada… Una cara de hombre con una frente alta que se extendía hasta un pelo oscuro y un pequeño bigote negro.

—¿Por qué Nancy…? —murmuró Calvert⁠—. ¡Cómo te han cambiado los años!

El hombre dijo:

—¿Se siente mejor, compañero?

Calvert extendió sus manos tratando de levantarse y descubrió al volver la cabeza, que estaba acostado en uno de los reservados tapizados de cuero colorado que había al fondo de la habitación. Se levantó un poco en su asiento y cayó para atrás, mareado y confuso. Le dolía la parte de atrás de la cabeza.

—Va a estar bien en unos pocos minutos —⁠le tranquilizó el muchacho pálido.

Calvert cerró los ojos y la música del guitarrista penetró en su cerebro nuevamente.

 

Amor, sabes que el amor no puede morir.

Diem-dum de dum, de-de dah…

La hora de la partida llegó.

 

Abrió los ojos y se dirigió al joven.

—¿Adónde fue Nancy?

—¿Nancy? —Las finas cejas del joven se fruncieron.

—Nancy Courtenay. Pelo rubio, ojos amarillentos…

—Se refiere a mí. —La voz llegó desde la derecha y entonces la cabeza del hombre salió de su radio de visión y fue reemplazada por la de la muchacha.

—Qué fantástico encontrarte aquí —⁠articuló Calvert⁠—. Hola Nancy.

—Hola. —Ella sonrió mostrando un perfecto arco de dientes blancos y fuertes.

Cesó la música y el repentino silencio inundó el lugar.

Calvert aplastó sus manos sobre el almohadón colorado y se acomodó para sentarse. Miró a la muchacha.

—Usted no es Nancy Courtenay.

Ella lo miró muy seria.

—¿No lo soy?

El barman llegó quitándose su delantal.

—¿Cómo se siente compañero? —⁠Chasqueó la lengua⁠—. ¡Mala caída! ¿Fueron demasiadas copas?

—¿Caída? —dijo Calvert. Estiró el cuello para mirar al bar⁠—. ¿Supongo que Mr. Placer no esperó? ¿Desapareció otra vez?

—Estamos por cerrar —avisó el barman⁠—. ¿Le parece que está en condiciones de irse a casa si le consigo un auto?

—Seguro que sí —respondió Calvert. Trató de levantarse y cayó sentado bruscamente. Miró a la muchacha que no era Nancy Courtenay y la vio murmurar algo al joven del bigotito, que pareció titubear antes de inclinar la cabeza.

—Vamos a ocuparnos de que llegue a su casa —⁠manifestó la muchacha ⁠—. ¿Está seguro Ned de que no le importe? —⁠dijo dirigiéndose al joven.

—Creo que alguien debe llevarlo a casa —⁠advirtió el barman⁠—. Lo hubiera hecho yo pero…

—Está bien —lo tranquilizó el joven.

El barman extrajo un pedazo de papel y un lápiz. Dirigiéndose a Calvert prosiguió.

—Esto es por si acaso… Usted sabe, con estos accidentes… tal vez sea mejor que deje su nombre y la dirección donde vive.

Calvert se la dijo.

—Y por si acaso… para testimoniar cómo ocurrió —⁠dijo el barman al joven.

—Edward Rudd —manifestó el joven dando su dirección.

—¿Miss? —preguntó el barman.

—Nancy Courtenay —contestó la muchacha y un hoyuelo apareció en una mejilla mientras sonreía con incipiente diversión.

 

Calvert se sentó en el auto entre Rudd y la muchacha. La parte de atrás de la cabeza le dolía y un intermitente resplandor de luz proveniente de la calle hería sus ojos como si les vaporizaran con sal. Dirigió una mirada a Rudd, a su romántico y clásico perfil y luego se dio vuelta hacia la muchacha. Esta llevaba un tapado de nutria e iba sin sombrero. Su ceniciento pelo castaño la hacía parecer aún más joven que los veinticuatro o veinticinco que Calvert calculó debía de tener. En la oscuridad trató de recordar sus ojos. Eran claros, como lo habían sido los de Nancy Courtenay y con pestañas tupidas pero eran más movedizos y sus movimientos parecían querer atrapar la luz. Como dándose cuenta de la fijeza de su mirada, se volvió hacía él.

—¿Se siente un poco mejor?

Calvert asintió.

Rudd habló desde el rincón del coche.

—Salir de ese lugar tan cerrado debería hacerlo reaccionar.

Calvert se sentó derecho en su sitio mirando al frente.

—Tengo que explicarle algo Miss… —⁠se dio vuelta hacia la muchacha e hizo una pausa.

—Lucy Boston —le contestó ella.

—Pensé que Miss Boston era una muchacha llamada Nancy Courtenay… Usted se parece algo a ella: el pelo, la tez y los ojos, especialmente el pelo, creo.

—¿Quién es ella?

—Nadie —contestó Calvert. Rio—. Solo una muchacha que conocí en el colegio. No había pensado en ella durante años. Creo que fue porque estaban tocando una pieza llamada «La hora de la partida», «Hora azul» o como sea que se llame. Acostumbraban tocarla en la época que yo conocí a Nancy y con esa canción y su semejanza con ella… usted sabe cuántas sugerencias implican cosas así (la muchacha aprobó con la cabeza). ¿Conoce usted esa canción?

—¿De hace diez años? Es algo anterior a mi época. De todos modos, debo de haberla oído.

—No importa —repuso Calvert— pero eso ayuda a explicarlo. Eso y su pelo y —⁠se estremeció⁠— mi estado.

La muchacha se rio.

—Caída de borracho o no, ¿cómo se dice Ned? —⁠se inclinó delante de Calvert para mirar a Rudd. Rudd sonrió.

—Creo que podríamos decir tropezón de ebrio.

—¡Oh no! —exclamó Calvert— estaba bebido pero no tanto. No hubiese ocurrido si no hubiera sido golpeado. No estaba «tan» bebido.

—¿Golpeado? —dijo la muchacha y Calvert vio sus cejas, que eran rectas y tupidas y algo más oscuras que su pelo, juntarse con extrañeza.

—¿Qué quiere decir? —preguntó Rudd.

Repentinamente Calvert recordó que el barman, también, había hablado de «caída». Exhaló un suspiro con enojo. No tenía sentido. El barman había estado solo a pocos pasos de ellos en aquel momento y por más velozmente que Player se hubiera balanceado… La muchacha y Rudd lo estaban mirando, se acomodó contra los almohadones para poderlos ver a cada uno con solo un pequeño movimiento de cabeza.

—Escuchen —dijo tratando de mantener su voz tranquila⁠—, yo no caí de ese taburete, No tiene mucha importancia y no lo hubiera mencionado si no fuera porque generalmente me gusta saber lo que me ha ocurrido aun cuando estoy bebido.

Se dio vuelta hacia Rudd, el cual dijo cortésmente:

—¿Sí?

—No caí de ese taburete. Por lo menos no hasta que fui golpeado en la mandíbula por ese hombre llamado Player… el hombre de pelo cortado al rape…

Se detuvo porque se dio cuenta de que Rudd, con una expresión medio de incredulidad y medio de compasión, estaba mirando por encima de él a Lucy Boston. Giró su cabeza inmediatamente y vio una expresión idéntica en la muchacha.

Extendió sus manos, las palmas para arriba y luego las dejó caer.

—Está bien —murmuró tranquilo mirando a la muchacha⁠—. ¿Qué es?

La cabeza de ella retrocedió en la sombra y manifestó:

—Estábamos ahí… Lo vimos…

La voz de Rudd llegó del otro lado.

—Lo vimos todo… Lo que había que ver, de todas formas. Estábamos a poca distancia de usted en el bar. Acabábamos de entrar. Usted se inclinó para alcanzar su vaso que estaba en el bar y supongo que erró la distancia o algo parecido, perdió el equilibrio y cayó. Trató de sujetarse aferrándose al bar pero lo que consiguió fue caer de costado y luego hacia atrás y se hirió en la cabeza.

Calvert le clavó la mirada por un momento y luego preguntó a la muchacha.

—¿Es eso lo que usted vio también? —⁠ella asintió⁠—. ¿No vio al tipo grandote de pelo cortado al rape que me golpeó?

Los ojos de ella se iluminaron con la luz de un auto que pasaba, lo miró extrañada y sacudió la cabeza lentamente. Calvert miró a Rudd que sacudió la cabeza, también sonriendo con amabilidad. Calvert insistió:

—¿Usted lo vio todo y no vio que él se levantó y me golpeó?

Rudd siguió sonriendo amablemente pero su voz era firme y casi reprobadora.

—Temo que nadie lo hirió Mr. Calvert. No solo eso, sino que ese hombre de pelo cortado al rape del que usted habla —⁠se detuvo y Calvert oyó que la muchacha se reía, así que se dio vuelta para enfrentarla.

—No lo vimos —aseveró ella—. No quería reírme de usted —⁠se inclinó hacia él disculpándose con sus ojos pardos⁠— pero es algo divertido… eso del hombre de pelo cortado al rape.

—Usted no lo vio —dijo Calvert—. ¿Eso es lo que usted afirma? ¿No vio que me hablaba?

—No hubo «nadie» hablándole. Usted estaba sentado solo, Mr. Calvert.

Una súbita transpiración brotó en la cara y la palma de las manos de Calvert. Se echó para atrás en su asiento con pesadez. No tenía sentido. Él no había estado tan bebido. Él «no» podía beber tanto sin sentirse primero enfermo. El auto dobló entrando en su calle y él se sintió incómodamente mareado. Bajó la cabeza y colocó sus manos contra sus sienes húmedas, presionándolas con sus dedos y frotándoselas como si así pudiera borrar de su mente las señales de esa noche y devolverlas frescas y limpias como lajas pulidas.

Sintió contra él la presión de la muchacha y la oyó decir ansiosamente.

—¿Se siente enfermo? Ya estamos llegando a casa. —⁠Su pelo tenía un suave perfume.

Sacudió la cabeza y llevó sus manos lentamente hasta tocarse la cara. Luego se sentó derecho y por un momento los dedos de su mano derecha tantearon con delicadeza la mandíbula.

—Estoy muy bien —dijo mirando directamente a la muchacha⁠—. Totalmente bien y me parece que vivo aquí, ¿no?

«Totalmente bien» pensó Calvert, «estoy totalmente bien exceptuando una sensible y ligeramente abultada área en mi mandíbula derecha, más o menos en la mitad entre la mejilla y el pómulo donde no fui golpeado por un hombre que no existe, un inexistente hombre llamado Player con pelo cortado al rape… No solo eso, sino que estoy sobrio. Frío como la piedra e increíblemente sobrio».

El coche paró y Rudd salió. Calvert apoltronado en el asiento y agarrándose a la ventana y al asiento de delante se levantó a tientas. La muchacha empezó a incorporarse y Calvert le alargó la mano. Ella la tomó y salió del auto. Rudd se inclinó hacia el chofer. Aferrado todavía al borde del auto Calvert se acercó a Rudd y trató de detenerlo.

—No, por favor —exclamó protestando⁠—. Tengo que pagar yo. Por lo menos eso. —⁠Trató de sacar su billetera.

Rudd se enderezó.

—Asunto terminado —exclamó animadamente. Calvert tenía su billetera en la mano⁠—. Olvídelo —⁠concluyó.

—Bueno, es muy amable. Escuche, ¿qué le parece si entramos a tomar un trago? ¿Les puedo invitar a un trago?

Rudd y Lucy Boston se miraron.

—Bueno —dijo Rudd—, es un poco tarde, compañero.

—Se lo agradecemos, Mr. Calvert —⁠dijo la muchacha⁠—, pero…

—Me gustaría realmente que ustedes aceptaran.

—Gracias, no tomaremos ese trago —⁠dijo sonriendo Rudd⁠— pero si usted quiere, le damos una mano, todavía está un poco tambaleante.

Miró a la muchacha con una ligera sonrisa y ella se la devolvió.

—Solo para verlo a salvo en su casa, Mr. Calvert —⁠apoyó la muchacha.

—¡Oh!, eso estará bien —dijo Calvert ⁠—. Max se ocupa de eso. Ha estado siempre metiéndome en cama desde… —⁠apretó sus labios y luego prosiguió⁠—: ¿Entramos?

Cuando entraron en el hall Max estaba adormecido en una mecedora, con la cara inclinada y la mejilla apoyada en el hombro. Se despertó con un corto ronquido y se levantó.

—¿Acaba de llegar? —miró su reloj ⁠—. Son las cuatro menos cuarto, Mr. Calvert.

Estaban frente al ascensor.

—Le presento a Mr. Rudd y a Miss Boston, Max. Max me cuida cuando estoy en este estado. ¿No es así Max? —⁠Calvert dio un paso al costado para que entraran Rudd y Lucy Boston en el ascensor⁠—. Vamos a tomar un rápido trago, antes de dormir, Max. ¿Quiere acompañarnos?

—Usted no necesita otro trago para dormir. ¿Poiqué no se va a la cama? —⁠No hizo ningún movimiento para entrar en el ascensor⁠—. Vamos, le acompañaré a la cama. —⁠Miró a Rudd⁠—. Él está en un estado pésimo. No debe beber más esta noche.

—No, no debería —dijo Rudd y sonrió⁠—. El caso es que solo queríamos que estuviera a salvo esta noche.

—¡Oh!, si es así, no se preocupe —⁠su voz se hizo confidencial⁠—. No se preocupe por él. Sé cómo cuidarlo. ¿No es cierto Mr. Calvert?

—Así es.

Repentinamente, se encontró muy cansado y se apoyó contra el panel del ascensor y cerró los ojos. Oyó que Max decía:

—De manera que no tienen que molestarse.

Hubo una pausa y luego la voz de Rudd dijo fastidiado y con toda claridad.

—No es molestia. No nos importa en absoluto.

—Usted no sabe tanto como yo —⁠dijo Max⁠—, así que si no le importa, lo voy a llevar arriba.

A Calvert le pareció que la muchacha susurraba algo, con urgencia, pero cuando abrió los ojos ella se estaba mirando en el espejo. Bajo la luz del ascensor las puntas levantadas de su pelo se veían doradas.

Rudd dijo ásperamente.

—Me gustaría que se ocupara de sus propios asuntos.

La muchacha cambió su posición y por un momento su mirada reflejada en el espejo se encontró con la de Calvert. Se dio vuelta y dijo a Rudd.

—Ned, por favor no insistas.

Rudd replicó enojado.

—No quiero ser insistente pero cuando empiezo algo, me gusta terminarlo. —⁠Se dio vuelta hacia Max⁠—. Así que por favor llévenos arriba.

Max contestó con terquedad, sin moverse.

—Lo haré yo mismo.

Rudd se dio vuelta hacia Calvert.

—¿Qué tontería es esta? ¿Aquí los ascensoristas se meten en la vida privada de los inquilinos?

Mientras este hablaba, Calvert advirtió en medio de su cansancio que Rudd estaba exagerando. Luego recordó de golpe que le había pagado al chofer «antes» de haber sido invitado a tomar un trago, en un momento de la noche en que los autos eran difíciles de conseguir y en que uno no los despachaba sino en el caso de no necesitarlos demasiado pronto… Eso quería decir que, invitados o no, ellos habían premeditado acompañarlo arriba.

Se dio vuelta hacia Max con súbita decisión, pero antes de que pudiera hablar los ojos de la muchacha giraron alertas de él a Rudd y dijo en una voz que implicaba advertencia.

—¡Ned! ¡Ya basta!

Rudd se dio vuelta hacia ella enojado y por primera vez, Calvert advirtió algo de color en su cara pálida, una lenta, delgada pátina rosada que subía desde su cuello.

La muchacha se expresó lentamente y con una precisión casi insultante.

—¡Ned! Dije que ya es suficiente. Nos vamos a casa y dejaremos a Mr. Calvert en las eficientes manos de Max. Buenas noches, Mr. Calvert.

Tomó con firmeza el brazo de Rudd y lo llevó afuera hacia el ascensor. Dieron unos pocos pasos hacia la puerta de salida y luego se detuvieron y se dieron vuelta. La muchacha se sonreía dulcemente, pero Calvert pudo ver que Rudd seguía enojado y que los músculos bajo la piel de su pálida mandíbula se movían. La muchacha le susurró algo y él retiró su brazo del de ella.

Miró a Calvert y articuló con un evidente esfuerzo para congraciarse:

—Buenas noches, Mr. Calvert. Siento haber hecho una escena.

—Yo también lo siento —contestó Calvert⁠—. Le estoy muy agradecido por todo lo que ha hecho por mí. —⁠Sonrió excusándose⁠—. Nq puedo, en verdad, manejar a Max.

Rudd asintió y siguió camino hacia la puerta de entrada junto con la muchacha. Esta los miró cuando salían y dijo:

—Buenas noches, Max. Cuide de él.

Se la veía muy linda, muy semejante a Nancy Courtenay.

Max entró en el ascensor levantando los hombros.

—Arriba —y cerró la puerta con uh golpe.

Al llegar al piso de Calvert, Max mantuvo la puerta abierta.

—Esta noche no es necesario, Max. Lo puedo hacer yo mismo.

Max lo tomó por el brazo.

—Vamos, no discuta, Mr. Calvert.

—Honestamente Max no es por falso orgullo. Lo puedo hacer solo. Baje y duerma un poco más.

—No discuta —Max seguía aferrando su brazo.

Calvert liberó su brazo y sacó su billetera. Tomó uno de los dos billetes que le quedaban y se lo dio a Max.

—Gracias —dijo Max y metió el billete en su bolsillo ⁠—. ¿Está tratando de comprarme?

—Gracias por todo Max. De veras se lo agradezco.

—Está bien. ¿Puede caminar hasta la puerta?

—Estoy perfectamente bien. — ⁠Salió del ascensor⁠—. Buenas noches, Max.

La pétrea cara de Max se abrió con una sonrisa.

—No tan buena. ¿Fue difícil la noche, eh?

—Muy difícil. Buenas noches.

Max cerró la puerta suavemente y Calvert se fue por el pasillo alfombrado. Pensó: una noche muy difícil. La más difícil. Y muy confusa. Qué era lo que unía al sinvergüenza que lo atacó con una linda muchacha y un joven apuesto, que además eran los invitados más insistentes que él hubiera visto en su vida. Colocó la llave en la cerradura de su habitación. Una noche muy difícil, una noche muy confusa, estaba contento de que todo hubiera terminado.

Pero todavía no estaba terminada del todo, porque en su departamento había un hombre inclinado sobre el pequeño escritorio del living. Calvert oyó su exclamación, como si hubiera sido herido por el haz de luz que venía del pasillo y lo vio dirigirse hacia la puerta con la cabeza agachada en una desesperada carrera. Calvert trató de detenerlo, advirtiendo con más resignación que miedo, que el hombre tenía en la mano algo brillante. Luego sintió un golpe en el estómago. Respiró con un gruñido doloroso, cayó sobre sus rodillas apretándose el estómago y se balanceó ligeramente como un mahometano durante sus oraciones. Al mismo tiempo el objeto brillante cayó sobre la alfombra justo enfrente de él. Era una linterna.

Como si repentinamente sus ojos hubieran adquirido la rara propiedad de magnificar las cosas, a pesar de las lágrimas que le nublaban la vista, Calvert pudo ver con todo detalle la mano que descendió con lentitud en busca de la linterna. Los dedos eran alargados, cuidados, tenían un ligero vello rubio entre los nudillos y la segunda falange y llevaba en el anular, un anillo con tres signos griegos en oro sobre negro. Calvert miró con fijeza el anillo viéndolo con la claridad de una lente de aumento, sabiendo que lo había visto antes. Luego la mano se retiró, sosteniendo la linterna con acelerados movimientos. Calvert oyó su pesada respiración sobre él y después la débil sombra dibujada en la alfombra se alejó y la puerta se cerró repentinamente dejando la habitación en total oscuridad.

Calvert trató de olvidar el dolor cerrando los ojos y aspirando el aire con dificultad. En la oscuridad de sus ojos cerrados, como si estuvieran grabados en el interior de la línea de sus párpados, los tres signos griegos bailaban alternando constantemente sus contornos como para evitar que los reconociera. Justo en el momento en que su respiración se hacía normal, los danzarines caracteres se detuvieron un momento y con sorpresa los reconoció como My, Épsilon y Sigma. De alguna manera era agradable saber —⁠pensó⁠— que había sido golpeado solamente por gente con una buena instrucción. Primero Mr. Player de Dartmouth y ahora por un viejo My de su propia Fraternidad. Eso hacía que todo quedara en familia. Esperaba que no estuviera molesto por no haber recibido la contraseña de la Fraternidad.

Salió al pasillo y pasó por las silenciosas puertas de los otros departamentos hasta el ascensor. Apretó el botón y no lo soltó hasta que la puerta se abrió frente a él. La cara de Max apareció con aire enojado.

—Había un hombre en mi departamento —⁠exclamó Calvert⁠—. Me tiró al suelo de un golpe…

—¿Dónde está?

—No lo sé. Cerró la puerta y se escapó.

—¡Ah! —dijo Max disgustado. Empujó a Calvert afuera del ascensor y cerró la puerta de golpe. Calvert oyó el ruido que hacía el ascensor al descender y regresó a su departamento.

Si el viejo My Épsilon era un individuo fanático o si había sido interrumpido prematuramente en un robo, eran solo suposiciones. En cualquier caso no había casi desarreglado nada. El cajón del centro del escritorio (Calvert lo llamaba el cajón de documentos) había sido abierto pero era imposible, considerando su estado habitual de desorden, darse cuenta si faltaba algo. No porque hubiera algo para que un ladrón que se respetase, en particular un hermano de la Fraternidad My Épsilon Sigma, perdiera su tiempo —⁠un seguro de vida, un seguro contra incendio, papeles sin valor, duplicados de impuestos del año anterior, contrato de alquiler del departamento y… la dormida conciencia de Calvert se despertó con sensación de culpabilidad⁠—, más de una docena de sobres de papel manila conteniendo cada uno cheques mensuales vencidos que, a despecho del oficial aviso del Banco y de su propia reiterada promesa que se había hecho a sí mismo de abrirlos una noche de esas, permanecían cerrados. Eso era todo exceptuando unos pocos recibos de compras que había hecho, una tarjeta de seguro social, un juego de llaves perdidas que había olvidado y otras cosas sin importancia.

No faltaba nada en el dormitorio o en la pequeña cocina. Calvert regresó al living cuando sonó el timbre. Abrió la puerta y Max entró.

—¿Por dónde escapó? —preguntó Calvert.

Max hizo un gesto de disgusto.

—La cosa más estúpida que hizo usted —⁠contestó⁠— fue llamar el ascensor. Estaba esperando en las escaleras hasta que oyó que yo subía con el ascensor, luego abrió la puerta nocturna, bajó las escaleras y salió a la puerta de entrada; usted le facilitó la huida.

—¿Qué le hace estar tan seguro?

—Es lo que yo hubiera hecho —⁠se frotó las manos⁠—. Ahora es demasiado tarde. Llamé a los «polis». Voy a bajar a esperarlos.

—Tal vez esté todavía en el edificio en algún lugar.

—No, debe de estar a veinte cuadras por lo menos. Debo bajar.

—Tome primero un trago. Aquí en la mesa de café.

—Linda forma de actuar —dijo Max. Se dirigió a la mesa de café y levantó una botella haciéndola girar para mirar la marca⁠—. ¿Toma uno conmigo Mr. Calvert? —⁠Calvert sacudió la cabeza⁠—. ¿Qué le está pasando? Primero la rubia y el tipo y ahora esto. No crea que no me di cuenta con cuánta insistencia querían acompañarlo arriba la dama y el tipo Demasiado ansiosos. No creí que usted se diera cuenta.

—Me di cuenta. Pero no podía decir nada. Después de todo me recogieron y me trajeron a casa.

Max llevó el vaso a sus labios.

—¡Dios mío! ¡Lo recogieron! Lo que usted necesita es una niñera. Sé lo que lo está destruyendo, pero ¡bah! Usted puede sobreponerse también. Desde que Mrs. Calvert…

—¡Cierre el pico, Max!

Max sostuvo el vaso en el aire como si hubiera sido detenido por la furia repentina de la voz de Calvert.

—No debí de haber dicho eso —⁠se disculpó con humildad.

Calvert miró sus dedos tensos y los aflojó lentamente.

—No quise atacarle.

Max completó el gesto que llevaba el vaso a su boca. Luego lo colocó sobre la mesa de café y se dirigió a la puerta.

—Bajaré a esperar a los «polis».

—Gracias. No tuve intención de gritarle en esa forma.

—No puedo culparlo de que esté tan triste. La racha de su mala suerte… —⁠se detuvo y se puso a mirar sus zapatos⁠—; quise decir la forma en que todo sucedió esta noche. Con toda seguridad que esta noche su mala suerte fue completa.

Calvert sacudió la cabeza.

—La suerte no tuvo nada que ver con lo de esta noche.

Max lo miró con interés.

—¿Qué quiere decir?

El agotamiento le pesaba sobre los hombros hasta casi doblarlo.

—Algo me ocurrió. Algo casi… irreal. Algo… sin sentido.

—¿Qué pasó?

—Maldito si lo sé Max. No tiene sentido —⁠Max lo observó por unos instantes.

—Voy a esperar a los «polis».

Cerró la puerta tras él y Calvert se dejó caer sobre una silla bajando su mentón. Cuando levantó la cabeza estaba mirando directamente a los ojos de Grace. Era una fotografía que le había tomado con una cámara de un dólar en North Caroline inmediatamente después que se licenció del Ejército y luego había sido ampliada. Era un retrato encantador y tenía una maldita expresión. Con dificultad se levantó de la silla y puso la foto boca abajo. Volvió a su silla, encendió un cigarrillo esperando que los policías no tardaran en llegar. Era demasiada soledad el estar solo.