La lucha para sobrevivir

Terry Bisson · Capítulo 1 de 22

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La lucha para sobrevivir

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Star Wars

Boba Fett

Libro 1 (de 6)

La lucha para sobrevivir

Título original: The Fight to Survive

Autor: Terry Bisson

Traducción al español realizada por alphacen

Capítulo 1

Lluvia.

Algunos la odian.

Otros la aman.

Y algunos, como Boba Fett, apenas pueden recordar un momento sin ella.

Se presupone que el agua es un elemento raro en la galaxia. “Pero eso es algo que no deben haber conocido nunca en este planeta.” Pensó Boba.

Caía formando una cortina, día y noche, cubriendo todo el planeta, el cual es todo mar excepto algunas ciudades situadas en plataformas.

El mundo se llama Kamino. La ciudad donde vive Boba con su padre se llama Tipoca City.

Vivían, más bien. Porque esta es la historia de cómo y por qué se marcharon, y qué es lo sucedió después de que se marcharan.

Ya debéis oído hablar de Boba Fett padre. Él era un cazador de recompensas. El más fiero, rápido y temido cazador de recompensas de la galaxia.

Boba Fett era el chico que permanecía en la sombra o a su lado. O de forma más usual, en ambas posiciones.

Cuando era afortunado, era así. Cuando su padre lo llevaba consigo. Lo que era casi siempre. Boba tenía diez años, estaba cerca, pero no era lo suficientemente mayor como para vivir solo.

A Boba le gustaba ir con su padre. Visitando nuevos planetas, experimentando la fría emoción del salto al hisperespacio. Y de tanto en tanto tenía la oportunidad de coger con sus manos los controles de la nave de su padre, pequeña pero mortal, el Esclavo I.

Un cazarecompensas es un fuera de la ley, un rastreador –y a veces un asesino– que se alquila. No le daba ninguna importancia a quien era su objetivo, o de dónde estaban huyendo, o porqué huían. El trabajaba para el mejor postor, lo que significaba trabajar para los seres más ricos y más fuera de la ley de la galaxia. No se hacían preguntas.

Ser el hijo de un cazador de recompensas significa mantener tu boca cerrada y tus ojos bien abiertos.

Eso no era ningún problema. Boba Fett estaba orgulloso de su padre y de lo que hacía.

"Soy el hijo de un cazador de recompensas," podía decirse a sí mismo orgullosamente. El motivo de que se lo dijera a sí mismo, era que no había nadie más a quien decírselo.

No tenía amigos.

¿Cómo puedes tener amigos cuando vives y viajas en secreto, entrando y saliendo de los planetas, evitando la policía, a la seguridad y a los entrometidos de los Caballeros Jedi?

Un cazador de recompensas debía estar siempre preparado para ir a cualquier lugar a enfrentarse a cualquier peligro. Ese era el código de Jango Fett, las reglas con las que vivían.

Boba Fett tenía para sí mismo, un código personal más pequeño. El hijo de un cazador de recompensas debía estar siempre preparado para ir con su padre.

Cuando cumplió los diez años, Boba ya había visto muchos más planetas que mucha gente adulta. Lo que nunca había visto era el interior de una escuela (ya que nunca había pisado una). Lo que tampoco había visto era la sonrisa de una madre (ya que tampoco tenía una). Y lo que no había oído nunca era la risa de un amigo (porqué él no tenía amigos).

Pero que no hubiera ido a la escuela no significaba que Boba fuera un estúpido o un ignorante

Había siempre libros. Libros para llevar a los viajes; y libros para leer en Kamino. Podía conseguir todos los libros que quisiera (“Déme solo dos, por favor”) de la pequeña librería al final de la calle en Tipoca City.

La librería era tan solo una ranura en una puerta, pero cuando boba picaba el timbre, el librero sacaba nuevos libros y cogía los que Boba devolvía, hubiera leído o hubiera dejado de lado porque los considerara aburridos.

El librero, Whrr, era como un amigo. Un amigo que Boba nunca había visto en realidad.

Boba no tenía idea de que apariencia tenía Whrr, –o si era una persona o no–. Tan solo era una ranura en la puerta de una librería. De hecho, Boba

creía que Whrr podía ser un androide, desde que podía oír los zumbidos y chasquidos cuando estaba cogiendo libros o holojuegos.

Muchos libros.

A Whrr no le gustaban los holojuegos. “Usa tu imaginación” decía él.

“Encuentra las fotografías por ti mismo” “Encuentra la música que hay en cada objeto”.

Boba lo aceptaba. Le gustaban los libros porque las imágenes que creaban en su mente eran mejores que las que creaban los holojuegos.

Boba había oído hablar de los amigos en los libros.

Montones de libros sobre amigos. Amigos compartiendo aventuras, haciendo descubrimientos, o simplemente saliendo por ahí.

A veces Boba hacía ver que tenía amigos (hacer ver es un modo de desear).

Pero la voz de su padre estaba siempre presente en su cabeza. “Boba, tienes que permanecer sin ataduras. Recuerda, nada de amigos o enemigos. Tan solo aliados o adversarios.”

Esos refranes pertenecian al código de Jango Fett. El padre de Boba tenía montones de refranes que sacaba de su código.

No obstante, Jango Fett tenía una amiga. Ella también era una cazadora de recompensas. Su nombre era Zam Wesell.

Zam podía ser preciosa pero también era mala. Le gustaba ser mala. Le gustaba leer libros sobre famosos fuera de la ley y batallas sangrientas.

Fue Zam quién acosejó que Boba debería leer, aunque ella no leyera mucho.

“¿Quieres aventuras? Lee libros.” Decía Zam. “Cuando te canses de la aventura, tan solo tienes que cerrar el libro. Mejor que la vida real.” El padre de Boba no leía mucho. “¿Libros? Una perdida de tiempo.” Decía

“Lee mapas, Boba. Instrucciones. Avisos y material importante.” Boba leía todo lo que decía su padre –pero él prefería leer libros–.

Especialmente libros sobre droides y naves espaciales, todo aquel material que considerara que algún le serían de utilitdad.

Algunas veces Boba pensaba que Zam le había contado que leyera libros tan solo para que su padre pensase que era una perdida de tiempo. A Zam le gustaba pinchar a Jango.

Zam era una cambiante, una Clawdite. Ella cambiaba la forma de su cuerpo de una forma a otra, dependiendo de la situación.

Las madres no hacían eso, Boba estaba completamente seguro. Él había leído sobre madres en un libro, y sabía cómo eran aunque nunca se hubiera encontrado con una.

Una madre parecía algo interesante de tener.

Una vez, cuando él era pequeño, le preguntó a su padre cómo era su madre.

"Tú nunca tuvistes una,” dijo su padre. "Eres un clon. Lo que significa que tú eres mi hijo. Nadie más, ninguna mujer está involucrada."

Boba cabeceó. Eso significaba que era exactamente como su padre, Jango Fett. Eso significaba que era especial.

Aunque, a veces, en secreto, deseara haber tenido una madre.

Boba y su padre vivían en Kamino porque Jango Fett tenía un trabajo que hacer allí. Estaba entrenando un ejército especial de super soldados para un hombre llamado conde Tyranus.

A Boba le gustaba observar los soldados, alineados en largas filas, marchando bajo la lluvia. Nunca se cansaban y nunca se quejaban, todos se parecían… a su padre, pero más joven. Tal y como era Boba, pero un poco mayores que él.

"Son mis clones,” le dijo Jango Fett una vez cuando era pequeño.

Era lo que Boba había estado esperando oír. Pero le dolió. ¿Cómo yo?”

"No como tú," dijo Jango Fett. "Tan solo son soldados. Crecen el doble de rápido, tan rápido que solo viven la mitad de lo que les correspondería. Tú eres el único clon real. Tú eres mi único clon real."

"Entiendo," dijo Boba. Se sintió mejor. Aunque no pudo ver marchar más a los clones. Y ya no pudo sentirse tan especial como se sentía antes.

Tyranus era un hombre mayor, con una larga y delgada cara, con los ojos como los de un águila.

Boba no lo había visto nunca en persona –tan solo en hologramas cuando daba instrucciones a Jango Fett, o preguntaba sobre el progreso del ejército clon.

Jango lo llamaba “Conde” y era siempre muy respetuoso con lo que le decía. Pero eso no significaba que le Boba le gustara.

Ser respetuoso con los clientes. Eso también era parte del código de Jango.

Una noche Boba escuchó a Boba y al conde hablar sobre un nuevo trabajo en un planeta lejano.

El conde le dijo a Jango que el trabajo podía ser peligroso.

Que fuera peligroso nunca había detenido al padre de Boba, por supuesto.

Más tarde Boba se preguntó si el conde había aumentado el peligro para asegurarse que Jango aceptaría el trabajo.

Nunca lo puedes saber con los mayores.

Jango estuvo de acuerdo con coger el trabajo. Le contó al Conde que se tendría que encontrar con la nave de Zam para ir hasta allí.

Boba sonrió cuando lo escuchó. Si se iban los dos, significaba que él seguramente también iría. Pero no tendría tanta suerte.

A la mañana siguiente, Jango Fett se introdujo en la armadura de combate y le contó a Boba que él y Zam se iban de viaje.

"¿Yo también?" preguntó Boba esperanzado.

Jango negó con la cabeza. "Lo siento, hijo. Pero vas a tener que quedarte solo en casa.

Boba se quejó.

"Un cazador de recompensas nunca se queja," dijo Jango, con el tono de voz reservado para su código. "Y tampoco lo hace su hijo."

"Pero..."

"Ningún pero, hijo. Este es un trabajo especial para el Conde. Zam y yo tenemos que viajar rápido y ligeros de carga."

"Soy rápido," dijo Boba. "¡Y soy ligero!"

Jango Fett sonrió. "Un poco ligero," le dijo, le dio unas palmaditas a Boba en la cabeza. "Ya eres lo suficiéntemente mayor como para valerte por ti mismo. Tan solo será por unos pocos días."

A la mañana siguiente Boba se levantó solo en el apartamento. Solo en casa

–pero no completamente solo.

Su padre le había dejado un bol con cinco ratones-marinos y una nota:

“Estaremos de vuelta cuando se hayan acabado”.

Los ratones-marinos podían vivir tanto dentro o fuera del agua. Eran increíblemente bonitos, con grandes ojos marrones y pequeñas patas que se volvían aletas cuando se introducían dentro del agua.

Y también eran increíblemente buenos para comer... siempre y cuando fueses una anguila.

La mascota marina de Jango era una anguila que vivía en una pecera en su habítación.