La lucha para sobrevivir

Terry Bisson · Capítulo 14 de 22

Páginas del PDF

La lucha para sobrevivir

Capítulo 15

Nadie le presta atención a un niño de 10 años, especialmente cuando está en medio de una batalla.

Especialmente cuando está vagando aturdido. Tropezando con los cuerpos y senderos de sangre. Ajeno a los disparos láser que pasaban cerca de su cabeza o los charcos de sangre a sus pies.

Especialmente cuando ignora los lamentos de los vivos y los gritos de los muertos ignorando sus propios lloros.

Boba era invisible.

Era invisible incluso para sí mismo. No sabía lo que estaba pensando o lo que estaba sintiendo o lo que estaba haciendo. Era insensible. Era como estar en el sueño de otro.

Cargó con el vacío casco de su padre acunándolo con los dos brazos, mientras él iba tropezando en la arena entre los restos de la batalla; mientras las tropas luchaban contra los últimos droides y los transportes partían con

los Jedi rescatados; mientras los asustados Geonosianos abandonaban la arena en estampida.

Llevaba la pieza rota de la armadura de su padre a través de las piezas rotas de su mundo.

¿Se pensaba que podría hacer regresar a su padre?

¿Se pensaba que podría hacer volver su antigua vida?

Boba no pensaba en nada. Era insensible. Todo se había ido, nada tenía importancia.

Todo se había convertido en piezas. Piezas que estaban en todas partes.

Piezas de droides, partes de cuerpo, la muerte y la agonía. Aquellos que aún estaban vivos, y algunos de ellos que no lo estaban, continuaban disparando sus armas salvajemente.

Boba pasó al lado de un droide que giraba como una peonza, había perdido su pierna derecha. Disparando a la vez que daba vueltas, pulverizando las plantas superiores de la arena y asustando las multitudes de Geonosianos.

Rayos láser golpeaban el suelo a su alrededor, lanzando al aire geyser de arena. A Boba no le importaba. Boba continuó caminando.

Tropas con armaduras de combate avanzaban, disparando mientras corrían.

Uno agarró el brazo de Boba y lo arrojó al suelo. "¡Abajo!"

¡WHARR000MM!

Una explosión pasó por dónde Boba había estado. Golpeando su estómago.

¡W HA R ROOOM M!

Otra explosión – y Boba sintió como la arena le picaba las mejillas.

Escondió su cara entre sus brazos, cerca del casco vacío. Cuando abrío los ojos y miró hacia arriba, lo vio...

¡Papá! Era su padre, Jango Fett, ¡Mirándolo a él! Boba alcanzó la mano de su padre, y...

Entonces, como si hubiera recibido un golpe, Boba vio lo equivocado que estaba. No era su padre. Era el soldado que le había salvado la vida, o alguno de los otros. Por que todos parecían iguales con la armadura. Era su gemelo, solo que más maduro. Era como su padre, un poco más joven.

Era uno de los clones.

Al tropezar con él, Boba se dio cuenta sin posibilidad de error – y con horror – que los soldados que había visto salir de las naves de transporte eran parte del ejército clon que su padre había entrenado en Kamino. Allí estaban, en acción por primera vez, en Geonosis. Imbatibles, como había predicho su padre. Pero estaban luchando en el lado equivocado.

¡Luchando por los odiados Jedi!

¡No! Pensó Boba, cerrando los puños. Su decepción se vio reemplazada por sintimientos de traición y rabia.

"¡Es solo un niño!" dijo el soldado. "Pensamos que eras uno de los nuestros.” Corrrió con los otros clones hacia la nave de transporte que estaba a punto de partir.

"¡No soy uno de vosotros!" Murmuró Boba enfadado. "Y nunca lo seré.

Soy el hijo real de Jango Fett."

La arena estaba casi vacía. El archiduque no se veía en ningún lado. Al Conde tampoco se le veía. La lucha casi había acabado. La última nave de transporte estaba despegando, disparando contra todo lo que se movía en la arena.

Pero Boba apenas se daba cuenta de lo que pasaba. Miraba hacia abajo, no hacia arriba. No se preocuparía nunca más por los clones. Tenía un trabajo que hacer. Un último trabajo para Jango Fett.

Estaba oscureciendo. Los anillos de Geonosis ocupaban la mitad del cielo con un brillo anaranjado. Llevando el casco en el brazo, Boba andaba en círculos, tropezando en la arena humedecida con sangre. Al final, encontró lo que estaba buscando. De hecho, tropezó con ello.

Era el cuerpo de su padre, vestido aún con lo que quedaba de su armadura de combate Mandaloriana, rallada y sangrienta.

Boba colocó el casco en el pecho de su padre, entonces se sentó a su lado.

Estaba cansado pero no tenía tiempo para descansar. Se dio cuenta que una lágrima se abría paso a través de las arena que se le había pegado en la mejilla. La secó con un gesto de la mano.

Era demasiado pronto para llorar. Boba aún tenía un trabajo para hacer.

Había oscurecido, o tan oscuro como se podía estar en ese planeta. La batalla se había movido de la arena y había empezado a extenderse por el planeta.

Los Geonosianos – ahora que habían recuperado el control – enviaban escuadras de drones para recoger los muertos. Lanzaron los cuerpos al fuego. Los droides averiados y dañados eran más afortunados. Eran recogidos por robots para ser colocados en una pila de recuperación, para ser reciclados.

Boba estaba sentado al lado del cuerpo de su padre cuando un robot pasó por su lado, en su segunda ronda por la sangrienta arena.

Boba sabía lo que tenía que hacer. No era como los clones. Era el verdadero hijo de Jango Fett. Tenía que cuidar del cuerpo de su padre. Y

mientras el se dedicaba a hacerlo, podía mantener apartados los sentimientos que no quería sentir.

El robot zumbaba y daba sacudidas mientras se movía de un sitio a otro, buscando entre la arena más partes para recuperar. Boba dejó el cuerpo de su padre en el camino del robot, para que fuera recogido. Con su armadura de combate Mandaloriana, Jango Fett parecía como un androide. Un droide destrozado.

Boba subió al transporte y se sentó al lado de su padre. Sostuvo el casco de combate en sus brazos mientras el robot se dirigia hacia la arena, dirigiéndose hacia el desierto.

Boba estaba haciendo lo que tenía que hacer. Era lo único que importaba.

Por ahora.

El depósito de chatarra estaba en la misma colina donde Boba había visto al Jedi con su caza estelar. Era una inmensa montaña de circuitos rotos, piernas, brazos, ruedas, cabezas, cuchillos y torsos.

El transporte llegó al límite de su capacidad y se dirigió hacia la ciudad de stalagmitas, hacia el pasadizo subterráneo. Boba sacó el cuerpo de su padre fuera de la montaña de restos de la colina.

La colina parecía un buen lugar para descansar. Más tranquilo, y con toda seguridad más bonito.

Boba sacó la armadura de su padre y la dejó al lado. Le dio una última mirada a los fuertes brazos y piernas que lo habían protegido. Entonces, utilizó los restos del brazo de un droide como pala, para cavar una tumba para su padre en la arena.

Con los restos de un brazo de un droide hizo una "J," y al encontrar otro brazo lo utilizó para hacer una "F." Las colocó encima del montón de piedras y arena.

Jango Fett. Se había ido pero no sería olvidado.

De forma repentina Boba se sintió muy cansado. Se sentó al lado de la armadura de su padre. Le hubiera gustado tener algo para comer.

Temblaba. El viento del desierto era helado.

Boba se giró y miró los grandes anillos anaranjados que envolvían el planeta. Era como si lo estuvieran acunando con sus brazos. Era una vista tranquilizadora....

Boba durmió sin interrupción durante toda la noche. Sus sueños (los cuales olvidó) fueron sobre la madre que nunca había tenido, y el padre que había tenido la suerte de tener. Se levantó a la mañana, sorprendido al notarse descansado. Entonces se dio cuenta que una serpiente se había enroscado en su cuerpo mientas dormía, manteniéndolo caliente.

Con rapidez, Boba saltó y se quedó de pie. La serpiente de arena aulló y se marchó asustada.

¿Sería la misma? Se preguntaba Boba.

No importaba. Lo único que importaba era que su trabajo estuviera hecho, por ahora. Su padre estaba enterrado. El pequeño montículo con las iniciales JF era la prueba.

Mirándola, Boba se dio cuenta de lo mucho que hecharía de menos a su padre, el cuál lo había protegido, guiado y vigilado... además de amarlo.

Ahora estaba solo, totalmente solo.

Y por primera vez, en mucho tiempo, lloró.