La lucha para sobrevivir

Terry Bisson · Capítulo 8 de 22

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La lucha para sobrevivir

Capítulo 9

Boba había pensado que Geonosis debía ser diferente de Kamino, que tendría escuelas, niños, y muchas cosas de todo.

Era diferente, sí, pero eso era todo.

En Kamino llovía todo el tiempo. Pero Kamino era todo mar; Geonosis, era un mar de arena rojo, con grandes torres rojas que se elevaban como puntas, aquí y allá, en el arenoso desierto.

De hecho, el planeta parecía desértico. Es lo que pensaba Boba cuando llegó.

Jango Fett aterrizó el Esclavo I en la base de las estalagmitas, o torres de roca.

¿Vamos a aterrizar aquí en esta roca? Preguntó Boba mientras la nave extraía el tren de aterrizaje y los motores empezaban a detenerse.

Una puerta en medio de la roca se abrió, y androides de mantenimiento aparecieron para atender la nave.

Boba fue observado mientras seguía a su padre a través de la puerta de servicio, la cual se transformaba en la entrada de una extensa ciudad subterránea, con largos pasillos y enormes habitaciones, todas conectadas e iluminadas con lámparas, haciéndose eco de los gritos y de los pasos.

Aunque parecía vacía. Los habitantes eran sombras distantes, que se movían con prisa. Pero nadie les prestó atención; nadie se dio cuenta de un niño de diez años andando detrás de su padre.

A medida que subían las escaleras que los llevaban al apartamento que les habían dado temporalmente, Jango le explicó a su hijo que los Geonosianos en sí mismos eran Drones que trabajaban todo el tiempo. Su planeta era un centro industrial de droides de combate. “Y la gente que fabrica los droides no son mucho más elegantes o interesantes que los mismos androides,” dijo Jango.

"Entonces, ¿Por qué estamos aquí?" preguntó Boba. "Negocios," dijo Jango Fett. "Quien controla mi mano…"

"... me controla completamente," acabó Boba, mirando a su padre.

"Correcto," dijo Jango. Acarició el pelo de su hijo y le dirigió una sonrisa.

“Estoy muy orgulloso de ti, hijo. Estás creciendo para convertirte en un gran cazador de recompensas, como tu padre.”

El apartamento era alto en la torre de piedra, con vistas hacia el desierto.

Jango salió para encontrarse con su cliente, dejando a Boba con una clara advertencia: “Has de estar aquí cuando regrese.”

Después de un par de horas solo en el apartamento, Boba supo que sus primeras impresiones habían sido correctas. Geonosis era aburrido. Incluso más aburrido que Kamino.

El aburrimiento es como un microscopio. Puede hacer que las cosas pequeñas parezcan grandes. Boba contó todas las priedas que había en las paredes del apartamento. Contó todas las griestas que había en el suelo.

Aburrido de las grietas y de las piedras, permaneció en la estrecha ventana, observando las tormentas de polvo cruzando las planicies y los anillos que cubrían el cielo encima de él.

Boba deseaba haberse traído algún libro. El único que conservaba era el libro nego que le había dado su padre, el único que no podía abrir. Estaba en una caja con su ropa y sus viejos juguetes, no tenía el suficiente valor para hecharle un vistazo.

Tenía que entretenerse por sí mismo. ¿Pero cómo podía conseguirlo?

“Has de estar aquí cuando regrese.” Eso no significaba que no pudiera dejar el apartamento. Tan solo significaba que no podía irse muy lejos.

Boba salió al pasillo, cerrando la puerta detrás de él. El pasillo de piedra estaba tranquilo. Boba podía escuchar a lo lejos un ruido en auge. Sonaba casi como el tormentoso Kamino.

¿Podía haber un océano por allí, en ese desértico planeta?

Boba fue hasta el final del pasillo e intentó escuchar con más atención. El ruido era más suave. Ahora sonaba como un lejano tamborileo.

Al final del pasillo había una escalera de piedra que bajaba. En la parte baja de las escaleras había otra sala. Y al final de la sala, otra escalera.

Escalones de piedra bajando en la oscuridad. Boba los siguió, siguiendo su instinto, paso a paso. Cuanto más avanzaba, más oscuro se hacía.

Cuanto más oscuro se hacía, el ruido disminuía. Sonaba como si un gigante golpeara un tambor a lo lejos.

Boba tenía la sensación de que había ido muy lejos, pero no quería regresar.

Aún no. No hasta que hubiera descubierto que es lo que estaba causando ese ruido contínuo.

Entonces al final, encontró una escalera de caracol que terminaba en una sala estrecha. La sala terminaba en una puerta de gran tamaño. El tamborileo era más apagado tras la puerta ya que esta absorbía gran parte del ruido.

A Boba le asustaba lo que podía encontrar tras ella. Estaba a punto de dar la vuelta. Entonces, en su mente, escuchó la voz de su padre: “Haz lo que más temas, y entonces encontrarás el coraje que estás buscando”.

Boba empujó la puerta abierta.

BOOM

BOOM

BOOM

No había una violenta tormenta marina, ni un gigante golpeando un tambor.

Pero Boba no estaba decepcionado. Lo que vio era incluso más impresionanate.

Estaba mirando una inmensa habitación subterránea, iluminada con brillantes lámparas y llena de figuras en movimiento. Cuando adaptó su vista a la ténue luz, pudo ver una larga línea de ensamblaje, donde enormes máquinas de metal estaban montando brazos y piernas, ruedas y cuchillas, cabezas y torsos. El ruido era insufrible. Las pesadas piezas, una vez fabricadas, eran transportadas por ruidosos cinturones a un área central, donde eran montadas por Geonosianos para crear Droides de combate, que empezaban a funcionar tan pronto como sus cabezas eran montadas.

Los droides ya terminados marchaban en un larga fila hasta el extremo de la caverna, donde tras atravesar una arco se introducían en la oscuridad.

Boba observó, fascinado. ¿Para qué serían todas esas armas de guerra? Era difícil de creer que hubiera tantos droides de combate y droidekas armados con láseres y cuchillas.

Se los imaginó en acción, luchando unos con otros. Era emocionante pensar en ello – y también un poco aterrador.

"¡Oye tú, el de ahí!"

Boba miró hacia arriba. Un droide de seguridad se estaba dirigiendo hacia él, a través de un pasadizo hacia la puerta abierta.

En vez de tratar de explicar que es lo que estaba haciendo, Boba decidió hacer lo más sensato. Cerró la puerta y corrió.

“Has de estar aquí cuando regrese.” Jango le había dicho. No acababa de cerrar la puerta del apartamento cuando empezó a escuchar pisadas fuera.

¡Lo he conseguido por poco! Pensó Boba a la vez que su padre abría la puerta.

Dos hombres lo acompañaban. Uno de ellos era Geonosiano, vestía un elaborado uniforme de alto oficial sobre un cuerpo en forma de barril. Su compañero vestía con más sencillez, pero era de algún modo más familiar.

"Y como puede ver, Conde Dooku, hemos realizado grandes progresos,"

dijo el Geonosiano.

Era lo que el conde había hecho. Boba reconoció el otro hombre. "¿No es ese el conde Tyranus?” Le preguntó Boba a su padre, el cual sostenía su casco de combate detrás de la puerta.

"Sssshhhhh," le dijo Jango. "Nosotros somos los únicos que lo conocemos por ese nombre.”

"Ah, ¿Y quién es este jovencito?” dijo el Conde. “Serás un magnífico cazador de recompensas un día."

Acarició a Boba en la cabeza. El gesto era afectuoso per su mano era fría, y Boba sintió que se erizaba.

"Sí señor," dijo, apartándose.

Su padre le lanzó una mirada desaprovatoria mientras los tres hombres caminaban hacia la cocina del apartamento para su conferencia.

Boba sintió vegüenza. Había sido grosero. El escalofrío había estado en su imaginación. El Conde Tyranus era el principal patrón de Jango Fett. Boba no le debía tan solo respeto, le debía fidelidad.

“Serás un cazador de recompensas algún día.” Las palabras del Conde sonaban en la cabeza de Boba. Esperaba que un día se volvieran realidad.

El casco de combate de su padre colgaba de la puerta. Boba lo cogió y lo llevó a la habitación.

Quería ver como era por dentro. Quería saber como se sentía siendo Jango Fett.

Cerró la puerta detrás suyo y puso el casco encima de su cabeza, abrió los ojos y… – "Guau!"

Boba esperaba que dentro del casco hubiera oscuridad, pero no era así.

Había todo tipo de dispositivos y monitores por el interior de la placa frontal. Muchos de ellos eran sistemas de armas o de supervivencia.

COHETES DARDO

RAYO SÓNICO

GUANTELE LANZA CABLE

MOCHILA COHETE

BOTAS CLAVETEADAS

CENTRO DE COMUNICACIONES

TELÉMETRO

Era como estar en la sala de control de una pequeña nave, compacta y eficiente. Pero era muy pesado. Boba apenas podíA mover la cabeza. Se lo estaba empezando a quitar cuando...

Click.

Boba oyó como la puerta de la habitación se abría. Oh, oh. ¡Se había metido en un gran problema!

Pero no – Jango Fett se estaba riendo cuando Boba se sacó el casco de la cabeza. “No te preocupes, hijo, tu propia armadura se te ajustará mucho mejor."

Boba miró los ojos de su padre. “¿Mi propia armadura?”

"Cuando seas mayor," dijo Jango. "Esta armadura de combate me la dieron los Mandalorianos. Tú tendras la tuya propia algún día, cuando te conviertas en un cazador de recompensas.”

"¿Y me enseñarás a utilizarla?" Preguntó Boba. "Cuando llegue el día, tal vez no esté allí,” dijo Jango. "Debes aprenderlo por ti mismo."

"Pero..."

"Sin peros," dijo Jango. Intentó una sorisa. “No te preocupes. Tu momento aún no ha llegado."

Lo empezó a acariciar en la cabeza. En esta ocasión, no tuvo ningún escalofrío.

Más tarde esa noche, Boba escuchó un ruido extraño. Pero no era el repicar que había escuchado antes. Tampoco eran los ronquidos de su padre, los cuales procedían de la cama de al lado.

¡OOOOWOOOO!

Era algo lejano e increíblemente solitario.

Se acercó hasta la ventana y miró fuera. La noche en Geonosis era tan luminosa como lo había sido el día en el nubloso Kamino. El planeta de anillos naranajas lanzaba una suave luz sobre los desiertos de arena.

Había una colina roja tras la ciudad de estalagmitas. Eran atravesados por estrechos senderos que brillaban, como si estuviera pavimentada con diamantes.

La colina parecía interesante pero estaba fuera de los límites de las zonas seguras. Jango Fett le había dicho que había animales salvajes llamadas massifs que poblaban las rocas y acantilados.

¡OOOOWOOOO!

Aquí estaba otra vez – ese solitario, aullido lastimero. Un massiff, pensó Boba. Sonaba más ferviente que fiero.

Conocía ese sentimiento.

Quería devolver el aullido.