La lucha para sobrevivir

Terry Bisson · Capítulo 18 de 22

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La lucha para sobrevivir

Capítulo 19

Aunque Boba había estado buscando Bogden en la base de datos, no estaba preparado para lo que encontró cuando el Esclavo I salió del hiperespacio.

“¡Había un montón de satélites!”

Orbitaba lo que parecía un manojo de guijarros que alguien hubiera lanzado al aire.

Bogden era un pequeño, gris planeta, rodeado por pequeñas lunas. Boba contó diecinueve lunas antes de dejarlo. Era difícil de mantener el curso.

Había de todas las formas y tamaños. La más pequeña era apenas lo suficientemente grande como para que una nave pudiera aterrizar, mientras que los más grandes tenían espacio para alojar montañas, una o dos ciudades, e incluso un mar sin agua.

El día y la noche eran erráticos en estos mundos minúsculos. Algunos estaban a oscuras, otros recibían luz solar. Varios tenían atmósfera, la mayoría de ellos no la tenía. Boba los estudió, buscando alguna ciudad con espaciopuerto, o una población con espaciopuerto, o al menos una población.

Muchas de las lunas parecían deshabitadas. Boba rechazó un objeto en forma de pera que expelía emanaciones volcánicas, y otro a una que estaba cubierto de polo a polo con lápidas. Descartó uno que estaba cubierto con

plantas que parecían carnívoras. Y pasó por otro que estaba totalmente cubierto por hielo y otro que era todo cenizas humeantes.

Al final Boba localizó una luna que era lo más parecido a una esfera, la mitad en oscuridad y la otra iluminada. Al menos parecía habitada.

Se dirigió hacia la mayor agrupación de luces que pudo encontrar. La atmósfera era delgada y superficial, y pronto el Esclavo I estuvo en trayectoria de aproximación sobre lo que parecía una pequeña ciudad que se extendía entre varios valles de rocas.

El identificador le mostró el nombre de la luna como Bogg 4.

Boba se dirigió hacia un grupo de luces que parecían una pista de aterrizaje.

Pasó al Esclavo I a vuelo en manual y lo hizo descender.

Con suavidad y sin problemas, y entonces...

¡Diós! Algo estaba golpeando la nave, casi como si fuera una tormenta.

Boba luchó contra los controles, intentando frenar el descenso.

Después recordó una broma que venía a decir así: “Lo malo no es la caída.

Lo único malo es el último centímetro."

Así fue con Boba. Hizo un aterrizaje perfecto excepto la última parte.

¡CRUNCH!

El Esclavo I se movió hacia un lado. Boba intentó enderezarlo, pero no consiguió rectificar el movimiento. Según el panel de control de daños, había doblado una de los amortiguadores del tren de aterrizaje.

Al menos no había nadie observándole. La pista de aterrizaje parecía desierta. Boba salió de la cabina para comprobar los daños.

Nada más verlos se desanimó. Parecían graves. Dos amortiguadores del tren de aterrizaje estaban en buen estado pero el tercero casi se había doblado.

No tenía idea de cómo solucionarlo. Cogió la bolsa de vuelo de la cabina y buscó el manual de reparaciones. Pero únicamente estaba el libro negro que le había dejado su padre.

Boba sacó el libro negro de la bolsa de vuelo. Tal vez hubiera algo que pudiera utilizar. Si lo había necesitado alguna vez, ¡era ahora!

El libro se abrió con facilidad. En su pantalla interior destellaban dos líneas, lo que parecía algo del código de Jango Fett:

“Nunca cuentes toda la verdad en una negociación. Un favor es una inversión.”

¡Maldita sea! No explica nada sobre el tren de aterrizaje, pensó Boba, mientras cerraba el libro.

Lo estaba devolviendo a la bolsa de vuelo cuando escuchó una voz aguda detrás de él: "¿De quién es esta nave?"

Boba se volvió.

Un pequeño humanoide se estaba acercando. Tenía los ojos pequeños y brillantes, un hocico largo y angosto, y piernas que en vez de pies tenían pezuñas. Boba lo reconoció por su barba y mentón púrpura turbante como un H'drachi del planeta M'Haeli. Pero modificado: Su brazo derecho había sido reemplazado con una herramienta multipropósito.

Llevaba un mono con unas palabras cosidas en el bolsillo.

HONESTO GJON

SERVICIO DE NAVES ESTELARES

“NOSOTROS SE LA ARREGLAREMOS"

"Mi nave," dijo Boba. Entonces recordó que tan solo tenía diez años, y se quedó mirando. “Quiero decir – que es de mi padre.”

"¿Y dónde se supone que está tu padre?” Preguntó el H'drachi.

"Por el momento está indispuesto," dijo Boba. "Pero me lo puedes explicar a mí."

"Honesto Gjon a su servicio," dijo el H'drachi. "Esta es mi pista de aterrizaje. Lo que significa que me debes la cuota de aterrizaje. Y parece que tu nave también necesitaría también algunas reparaciones."

"Sí que lo parece," admitió Boba. Aún sintiéndose mareado, buscó en su bolsillo los créditos que le había dado Whrr. Había pensado utilizarlos para comprar comida y combustible. Pero ahora...

"¿Cuánto costaría arreglar un amortiguador del sistema de aterrizaje?"

Preguntó.

"¿Cuánto dinero tienes?" preguntó Honesto Gjon. Boba estaba a punto de decir doscientos cincuenta créditos, cuando recordó el libro negro: Nunca digas toda la verdad en una negociación. “Dos cientos créditos,” le dijo.

Honesto Gjon le sonrió. "Mmm, mmm, que coincidencia. Es exactamente lo que cuesta.” Tal vez el libro lo ayudara a reparar la nave después de todo, pensó Boba mientras le daba a Honesto Gjon doscientos créditos.

Aún tendría cincuenta créditos para sí mismo.

Además, como cortesía, el H'drachi estuvo de acuerdo en posponerle el pago de la cuota de aterrizaje.

Boba le dio a Honesto Gjon los códigos de acceso del Esclavo I y se dirigió hacia las luces de la pequeña ciudad. Tan pronto como empezó a caminar, entendió por que el aterrizaje había sido tan difícil. Algo estaba afectando Bogg 4. Apenas podía realizar diez pasos antes de terminar en una zanja.

Intentó mantenerse en pie – pero acabó cayendo de rodillas otra vez. Se sentía más mareado de lo que había estado nunca. Era como si el terreno se meciera bajo sus pies – y, sin embargo, todo parecía estable.

Las rocas permanecían estacionarias. El suelo no se movía.

Boba se movió de nuevo, con mucho cuidado. Dio un paso, luego otro. Tan cerca y tan lejos. El mareo iba y venía, y finalmente se dio cuenta de qué era lo que sentía que fuera tan extraño.

¡Era la gravedad! Era fuerte un momento, para debilitarse al siguiente momento, ahora llevándolo hacia delante, para después hacerle retroceder.

Iba y venía en forma de ola.

Boba empezó a moverse de nuevo, pero no lo tenía fácil, se apoyó en una pared de roca y corrió a lo largo de la carretera. Para el momento que llegó al final de la ciudad, ya había logrado caminar más o menos en línea recta.

O eso era lo que pensaba.

"Veo que eres un recién llegado." dijo una voz desde detrás de él. “Sí, un recién llegado, sí.”

Boba se dio la vuelta y vio a un pequeño ser dentro de un largo abrigo negro. Parecía casi humano excepto que tenía plumas blancas en vez de pelo en su cabeza, y sus largos dedos eran ligeramente palmeados. Su cara estaba cansada, y tenía una mirada ojerosa, como si se hubiera encogido

"Te lo puedo explicar mientras caminamos," dijo el ser del largo abrigo negro. “A tu paso si quieres, sí”

"¿El qué?" Dijo Boba. El mareo le estaba haciendo sentirle mal de estómago, y no se sentía demasiado amigable. “¿Por qué la gravedad parece ir y venir como el viento?"

"Por qué es eso exactamente lo que sucede, sí." dijo el hombre, o fuera lo que fuera. "Es debido a las lunas que nos rodean, anulan la gravedad de las

otras lunas, para duplicar su fuerza un momento después. Lo que provoca que sea difícil de caminar. Es por eso que la población local prefiere volar, sí."

Boba intentó ver si tenía alas debajo de su largo abrigo, pero no las vio.

Entonces, ¿Eres un nativo de este planeta?

"¿De Bogg 4? No. De todas las lunas, sí. Hay que decir, que eres muy bueno, niño. Muy bueno, sí."

"¿Perdona?"

"Caminando. Casi has logrado adaptarte, sí."

Se presentaron el uno al otro mientras caminaban hacia la ciudad.

Aia (porque ese era su nombre) explicó a Boba que las lunas de Bogden eran alguna clase de paraíso para los fuera de la ley, donde las órdenes no eran obedecidas y no se hacían preguntas.

"¿Y eso que implica?" Preguntó.

"Esto significa que nadie se pregunta por qué un niño de diez años de edad se pasea por su cuenta. Nadie, sí."

Y era verdad. Boba era incluso más invisible allí en Bogg 4 que lo que había sido en Kamino o Geonosis. Las calles de la calle estaban llenas de una multitud de seres provenientes de cada esquina de la galaxia, todos caminando de la misma forma, y sin que nadie les prestara la más mínima atención a Boba o a su compañero.

La gravedad iba y venía en ondas mientras las lunas que tenía encima de él (y las que no podía ver debajo de él) pasaban o se iban, a veces se volvía todo oscuro, otras luminoso. Boba aún estaba mareado. Pero se iba acostumbrando.

"Así que dime, sí," dijo Aia. "¿Por qué estás aquí?"

"Para una visita corta," dijo Boba con cautela. No estaba completamente seguro de quién podia confiar y en quién no podía. “Busca a una persona que había contratado a un cazador de recompensas en concreto.”

"Hay un montón de cazadores de recompensas en Bogg 4," dijo Aia.

"Son gente muy peligrosa. Ellos vienen aquí para intercambiar información.

Obtener nuevos encargos. Y normalmente tan solo se asocian con otros cazadores de recompensas. Nunca con sus víctimas. ¿No tendrás a ningún cazador de recompensas detrás de ti? ¿Sí?"

Boba sonrió. "De ninguna manera. Soy el hijo de un cazador de recompensas."

"Paremonos aquí, entonces," dijo Aia, parándose en frente de una pequeña taberna a un lado de la estrecha calle. Un cartel de madera decía: LA GENEROSA RECOMPENSA “Aquí es donde vienen los cazadores de recompensas, sí."

Boba miró la ventana. El sitio estaba casi vacío. Podía ver largas mesas, candelabros, y un humeante fuego. "Te esperaré aquí, entonces," dijo Boba,

"Mientras mi nave está siendo reparada por Honesto Gjon."

"Honesto Gjon?" dijo Aia. "Oh diós mío, sí."

"¿Va algo mal?"

"Quería decir, no, nada. No tiene importancia. Te voy a dejar aquí, sí."

"¿No vienes conmigo?" Preguntó Boba. Aia era su único guía. Lo último que deseaba era estar solo en ese extraño lugar.

"No, mi, uh... mi religión me lo prohibe, sí."

"¿Religion? ¡Y un pie reptiliano!” De pronto dos figuras aparecieron en la puerta abierta de la Generosa Recompensa. "¡No quiere entrar por que es un ladrón! Dijo uno. “¡Y él sabe que nosotros lo sabemos!” dijo el otro.

A su derecha tenía lo que parecía un humanoide con forma de pájaro con la piel de cuero y un amplio pico. Boba lo reconoció como un Diollano. A su derecha tenía un verdoso y reptiliano Rodiano. Boba sabía que una gran cantidad de miembros de ambas especies se habían convertido en cazadores de recompensas.

"¡Este ser está buscado por robar carteras!" dijo el Diollano.

"A mí también me ha robado," dijo el Rodiano.

Entre los dos agarraron a Aia, cada uno cogiéndolo por unos de sus delgados brazos. "Oh, no, sí, no!" gritó Aia, asustado. Se regiró e intentó zafarse pero no pudo liberarse.

Boba pensó en el libro negro: “Un favor es una inversión.” Tal vez si le hacía un favor a Aia, se lo pagaría. O al menos tendría un guía."¿Cuánto te debe?"

"Veinte creditos," dijo el Diollano. "A mí lo mismo," dijo el Rodiano.

"Aquí lo tenéis." Boba contó cuarenta créditos, veinte para cada uno. Lo que le dejaba diez para él. Se preguntaba si tendría lo suficiente como para comprar algo de comida.

El Rodiano y el Diollano dejaron ir a Aia mientras contaban su dinero. Tan pronto como sus brazos estuvieron libres, Aia abrió su abrigo negro como una cometa, dobló las rodillas…

Y saltó. Hacia arriba. Disparado hacia la azotea, fuera de la visión de Boba.

Boba observó, desmayado. Allí se iba su inversión.

El Rodiano y el Diollano apenas se dieron cuenta de lo que pasaba. Se volvieron y volvieron al interior de la taberna. Boba los siguió. Era muy posible que se sintieran en deuda con él. Les había hecho un favor, después de todo, les había devuelto su dinero. "Tal vez me podáis ayudar" dijo.

"¿Sois cazadores de recompensas?"

"Lo puedes dar por seguro," dijo el Rodiano, con una sonrisa. "¿Y tú eres un cazador de recompensas?"

"Soy el hijo de Jango Fett," dijo Boba. "¿Lo conocéis?” El Diollano y el Rodiano miraron a Boba con un nuevo interés. Le llevaron a una mesa y le señalaron al posadero, el cual les entregó comida y te. El té tenía un sabor extraño pero hizo sentir a Boba menos mareado.

De hecho, cuanto más bebido estaba, menos mareado se sentía.

“Conocemos a tu padre,” dijo el Rodiano.

"Un gran cazador de recompensas y un gran hombre," dijo el Diollano.

Boba les contó toda la historia de cómo su padre había muerto y todo lo que había sucedido desde estonces. Esperaba poder confiar en ellos por que habían sido los colegas de su padre.

De alguna forma, el hablar sobre la muerte de su padre le hizo sentirse mejor. Lo hacía parecer más como una historia que como una tragedia.

Boba se preguntaba si ese era el motivo por el que la gente contaba historias

– para poder darles un final.

"Mi padre mencionó un cliente," dijo Boba. "Pensaba que tal vez pudiera encontrarlo aquí."

"¿Su nombre?"

"Conde, eh… " Boba recordó de pronto que Tyranus era un nombre que se suponía que nadie debía conocer. "Conde Dooku," dijo, usando el nombre que el conde había usado en Geonosis.

"¿Dooku?" dijo el Diollano.

"¡No está aquí!" dijo el Rodiano.

"Tienes que ir a - ¡Coruscant!" dijeron los dos a la vez.

"¿Estáis seguros?" preguntó Boba confundido. “Coruscant es el planeta donde la República y los Jedi tienen sus cuarteles. ¿Por qué estaría Tyranus allí?”

"¡Sí, sí, con absoluta seguridad!" dijo el Rodiano. "Ves a la taberna Brazalete de Oro en Coruscant," dijo el Diollano.

"Dile al camarero a quién estás buscando,” dijeron los dos al unísono. “¡Él sabrá de inmediato lo que se debe hacer!"

"¡Gracias!" dijo Boba. Intentó pagar su consumición pero los cazadores de recompensas insistieron en invitarle. Boba les dio las gracias y se dirigió hacia la pista de aterrizaje dónde había dejado su nave con Honesto Gjon.

Tan pronto como se hubo marchado, el Diollano y Rodiano se miraron el uno al otro y empezaron a reírse.

"Esta es la mejor clase de recompensa,” dijo uno. “!Del tipo que se entrega a sí mismo y nos evita gastar combustible... y problemas!” dijo el otro.

El efecto del té estaba empezando a diluirse, podría explicar Boba, mientras se dirigía hacia la pista de aterrizaje de Honesto Gjon. Sintió que se mareaba de nuevo. No tan mareado como antes, pero aún lo estaba un poco.

Las lunas Bogden pasaban a través del cielo. Algunos eran pequeñas, otras eran grandes; algunas oscuras, y otras eran brillantes.

Boba apenas se podia creer la suerte que había tenido. Había escogido la luna correcta, Bogg 4. Se había encontrado con los cazadores de recompensas que le interesaban, el Diollano y el Rodiano. Y en su primer intento había localizado a Tyranus. E incluso había podido comer, ¡y no le había costado un crédito!

Un favor es una inversión. Se había pensado que le hacía un favor a Aia.

Pero en realidad se lo había hecho a los cazadores de recompensas, y se lo habían recompensado.

Ahora todo lo que tenía que hacer era coger su nave e ir a Coruscant.

Únicamente había un problema. La plataforma de aterrizaje estaba vacía.

El Esclavo I había desaparecido.