La lucha para sobrevivir

Terry Bisson · Capítulo 9 de 22

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La lucha para sobrevivir

Capítulo 10

Cuando Boba se levantó, su padre ya se había ido. En la mesa estaba el desayuno y una nota: “Has de estar aquí cuando regrese.” Boba volvió a salir.

Escuchó el lejano tamborileo pero cogió el camino contrario, dirigiéndose hacia la plataforma de aterrizaje. El Esclavo I no era la única nave que

había aterrizado. Otra nave de mayor tamaño se había posado cerca de ella, y la empequeñecía en tamaño y forma.

Boba se aseguró que no hubiera nadie mirando, entonces saltó hasta la rampa que lo llevaba a la cabina del Esclavo I. El asiento era un poco bajo, pero mejor que otros, le hacían sentirse mejor. Ya había memorizado los controles de vuelo para espacio y atmósfera. Ya conocía los sistemas de armas, los láseres múltiples y los lanzadores de torpedos. Su padre le había enseñado lo básico, y el resto lo había aprendido por su cuenta.

Boba sabía como arrancar la nave, programar el ordenador de vuelo de la nave, y conectar la hipervelocidad. Estaba seguro que tras un tiempo prudencial su padre le dejaría realizar un despegue y un aterrizaje.

Se imaginaba pilotando la nave mientras su padre acababa con sus enemigos con los láseres.

"Ten cuidado con la ira de los Fett!" gritaba triunfal mientras hacía ver que maniobraba a un lado y otro entre los cazas enemigos...

"¡Hola!"

Boba se levantó – ¡Se debía haber quedado dormido! Debía haber estado durmiendo.

"¡Oye, chico!"

Era un guardia Geonosiano.

"Todo está bien," dijo Boba. "Es la nave de mi padre."

Salió del Esclavo I y cerró la rampa.

El Geonosiano tenía una estúpida pero amigable expresión.

"¿No hay nada que hacer por ahí?" Preguntó Boba, tan solo para parecer amigable.

El guardia Geonosiano sonrió y guardó su arma. "Oh, ¡hay montones de cosas para hacer! " dijo. "¡Está la arena! ¡Es realmente interesante!"

"¿Qué pasa en la arena?"

"¡Cosas mortales!" dijo el Geonosiano.

Interesante, pensó Boba. Había algo que hacer. ¿Todos los días? Preguntó con impaciencia.

"Oh, no," dijo el Geonosiano. "Tan solo en ocasiones especiales."

Reglas.

Las reglas estaban para romperse.

Ese no era parte del código de Jango Fett. Pero era parte del código de los niños, pensó Boba. De todos modos, lo debería ser.

Boba se estaba dando excusas a sí mismo. Estaba a punto de estar preparado para romper los límites de las reglas de su padre.

Estaba a punto de salir de la ciudad de estalagmitas, hacia la colina roja.

Se estaba intentando convencer a sí mismo que todo estaba bien, de que tenía algo que hacer.

Estaba buscando aventuras.

Y estaba a punto de encontrarlas.

La primera parte era sencilla.

La puerta principal hacia la ciudad de estalagmitas estaba en un nivel inferior, debajo de la pista de aterrizaje. Estaba protegido por un guardia Geonosiano somnoliento, cuyo trabajo consistía en vigilar que no entrara ningún intruso, no para que nadie escapara.

Era fácil pasar a través de ella.

Tan pronto como respiró el aire del exterior, Boba se dio cuenta de lo mucho que había odiado el olor mohoso de la la ciudad de estalagmitas.

¡Era tan bueno estar fuera de la ciudad!

Quería explorar los senderos que había visto desde arriba. Siguió el primero que vio. Bajó por un lado de la colina roja. Los reflejos eran trozos de mica

– una roca tan lisa y brillante como el cristal que marcaba el camino y lo hacía fácil de seguir.

Boba estaba ya cerca de un acantilado cuando oyó un grito.

Y un ruido que iba aumentando en intensidad.

Se detuvo – y tras unos momentos continuó con más precaución, paso a paso.

En el estrecho camino que tenía que recorrer, dos lagartos estaban luchando.

Las dos estaban gruñendo, tirando cada una de lo que parecía una cuerda peluda.

La cuerda silbaba en tono agudo.

La cuerda era una serpiente de diez pies de largo, cubierta de pelo. Su boca y sus ojos estaban en el centro de su largo y peludo cuerpo.

Los lagartos, los cuales Boba asumía que debían ser los temibles massiffs, estaban a punto de cortar por la mitad a la serpiente con sus largos dientes.

Entonces vieron a Boba – y soltaron a la serpiente. Boba dio un paso atrás.

Ambos massiffs se adelantaron un paso. Gruñendo.

Boba retrocedió otro paso. El acantilado estaba a su derecha. A su izquierda y detrás de él – nada más que aire.

Los massiffs se movieron hacia delante de nuevo. Boba retrocedió otros dos pasos.

Gruñendo.

Boba mantuvo su mirada fijada en los ojos rojos de los massifs. Sentía que si dejaba de mirarlos aunque fuera tan solo por un momento, saltarían sobre él.

Siguieron moviéndose hacia delante, paso a paso.

Boba se arrodilló, tanteando con una mano cogió un trozo de mica. Sin mirar la comprobó con los dedos. Estaba tan afilada como un cuchillo.

De sopetón, saltó y se lanzó girando sobre el massiff de la derecha.

¡Groooarrr!

¡Un golpe certero! Pero el otro massiff ya estaba en el aire, saltando hacia Boba. Escuchó un gruñido, y notó el caliente aliento en su cara que lo incitó a agachar la cabeza…

¡OOOOWOOOO!

Y el massiff pasó de largo volando hacia el precipicio, aullando mientras caía hacia las rocas que tenía debajo de él.

Se levantó. El otro massiff estaba sangrando. Se estaba retirándo, marchándose.... Entonces se giró y empezó a correr.

La serpiente estaba en el camino curándose las heridas.

Los sentimientos de Boba estaban encontrados.

Tal vez romper las reglas no fuera tan buena idea, pensó. Tenía suerte de permanecer con vida.

Consideró regresar – pero llegó a la conclusión que sería una pérdida de tiempo. Estaba a mitad del recorrido. Así que pasó sobre la aturdida serpiente y continuó su camino.

Ya había visto el camino desde arriba. Sabía que podría regresar a la entrada. Entrar a hurtadillas, y su padre nunca sabría que había estado fuera.

Entonces escuchó algo detrás de él. Algo en el camino.

¿El massif herido?

Boba sintió un repentino escalofrío. Miró por encima de su hombro. Era la serpiente.

Se iba deslizando detrás de él.

Boba se detuvo.

La serpiente también se detuvo.

La boca en medio del cuerpo estaba sonriendo – o al menos parecía que sonreía. Y estaba cantando, algún tipo de sonido rápido, como agua cayendo. Sonaba extraño allí en medio del desierto. Le recordaba a Boba la lluvia de Kamino, o a sus olas.

"Vete de aquí," dijo Boba.

La serpiente continuó cantando. Empezó a deslizarse un poco más cerca.

Boba volvió a repetir. "¡Vete de aquí!"

La serpiente continuó deslizándose hacia él. Boba cogió una roca – un trozo cortante de mica.

"¡Vete de aquí!"

La serpiente parecía triste. Paró de cantar, y se alejó deslizándose hacia las rocas.

Boba subía por el camino, hacia la cumbre de la colina, cuando vio algo extraño.

Allí, en la base del acantilado al lado de la colina, había una pequeña nave.

¡Un Delta-7! ¿Podría ser...?

En ese momento Boba escuchó a alguien –o algo– detrás de él en el camino.

Se escondió tras una roca justo a tiempo.

Un hombre pasó corriendo con mucha prisa por el camino y éste le resultaba tan familiar como la nave. Tan familiar, como poco bienvenido.

Era el Jedi que los había perseguido a traves de los anillos de asteroides. El Jedi al que lo había golpeado el torpedo Obi-Wan Kenobi. ¡Otra vez!

Boba vigiló desde detrás de la roca como el Jedi abría la escotilla del caza y saltaba dentro de la cabina. Boba pensó que estaba a punto de despegar, pero no se molestó en cerrar la escotilla.

Fuera lo que fuera lo que fuese a hacer el Jedi, Boba sabía que no les iba a beneficiar. Tenía que detenerlo. ¿Pero cómo?

Desde de dónde se estaba escondiendo, Boba podía ver los bordes de la colina, y todos los caminos que llegaban hasta la entrada de la ciudad de estalagmitas. Donde estaba el adormilado centinela Geonosiano.

La nave Jedi estaba oculta del centinela – pero no lo estaba de Boba.

¿Pero cómo se lo podía montar Boba para alertarlo?

Boba cogió el trozo de mica más grande que pudo encontrar, lo limpió frotándolo contra la manga de su camisa hasta que empezó a brillar como el cristal. Entonces lo utilizó para reflejar la luz del sol Geonosiano, el cual sobresalía sobre los anillos. Estuvo moviendo la mica atrás y adelante hasta que pudo ver un rayo de luz daba en los ojos del centinela Entonces lo hizo de nuevo. Y de nuevo.

¿Lo habría visto el centinela?

¡Lo había hecho! Estaba bajando por el camino, hacia la base de la colina.

Boba no podía arriesgarse a ser visto, así que abandonó el camino y subió por una cornisa hasta la cima de la colina. Cuando llegó a la cima de la colina, vio al guardia Geonosiano al fondo del acantilado, mirando hacia abajo. Boba supo que había visto el caza Jedi, porque estaba hablando por su comunicador.

¡Lo había logrado! O se lo parecía. Boba corrió hacia la base de la torre – y se deslizó hasta detenerse.

La puerta estaba cerrada. ¿Cómo podría entrar sin ser descubierto?

Entonces tuvo suerte otra vez. La puerta se abrió de golpe y salió un grupo de droidekas. Tenían tanta prisa por capturar al Jedi que no se fijaron en Boba, dirigiéndose hacia la pared de roca.

Ahora podía pasar a través de la puerta justo antes que se cerrara detrás de los droidekas.

¡A salvo! Boba estaba a punto de dar un suspiro de alivio cuando sintió un guante de metal en su hombro. Parecía amable pero severo.

"¿A dónde vas, hijo?" preguntó Jango Fett. "¿Dónde has estado?"

"Uh…, fuera. Padre."

"Ven arriba conmigo. Tenemos que hablar."

Boba siguió a su padre dentro del apartamento. No había nada que pudiera decir. No había nada que pudiera hacer. Lo habían encontrado fuera, y lo sabía.

Se sentó en el sofá y se quedó observando mientras su padre se sacaba su armadura de combate y la dejaba con cuidado en el suelo.

"¿Otra aventura?" Jango Fett le preguntó con una sonrisa mientras se servía una copa de te Geonosiano.

"Lo siento mucho," dijo Boba said. "Realmente muy arrepentido.”

"¿Arrepentido por qué?" le preguntó su padre. "Por desobedecerte."

"¿Eso es todo?"

"Su-supongo," dijo Boba.

"¿Y qué hay sobre mentirme?"

"No te he mentido," dijo Boba. "He admitido que he estado fuera."

Su padre volvió a sonreír. "Pero tan solo por qué te han pillado. Si no te hubieran descubierto..."

"Supongo que hubiera ido así..." dijo Boba. "Pido perdón por ello, también."

"Acepto tus disculpas," dijo Jango. "Como castigo estás confinado un tu habitación hasta que diga lo contrario."

"Sí, señor." Boba suspiró alividado. Estar confinado en su habitación significaba que estaba encerrado; significaba permanecer en el apartamento.

No era tan malo como había pensado en un principio.

"Podría ser, pero," dijo Jango Fett, "Exceptuando que te debo una."

"Que tú... ¡¿Me debes una?!"

"Sí, te la debo. Por nuestro amigo Jedi, el que se lo ha montado para escaparse de nosotros en el asteroide. Ahora ha sido capturado, gracias a ti.

Alertaste al centinela, aunque significara meterte en problema. Hiciste lo correcto."

"Sí, señor. Gracias, papá. Siento haberte desobecido."

"Yo también lo siento, Boba," dijo Jango Fett con una sonrisa. "Pero también estoy orgulloso."

"¡¿Lo estás?!"

"Estaría preocupado si no me hubieras desobedecido al menos una vez en tu vida. Es parte del hacerse mayor. Es parte de ganarte tu independencia."

Boba no sabía que decir. ¿Su padre realmente creía que solo lo había desobedecido una vez?

Intentó esconder su sonrisa, y no dijo nada.