Latidos cautivos
Capítulo 1
Hospital General del Norte, Nueva York
Mayo de 2009
Pepper permanecía sentada en una silla junto a la cama, con la fría mano de su madre enlazada con la suya. En un momento dado, después de varias horas en aquella habitación, se dejó llevar por el sueño. Habían sido unas semanas muy duras. Se había obligado a ser fuerte, a ser la piedra a la que su madre pudiera aferrarse, pero los ánimos comenzaban a fallarle.
Estaba a punto de caer en los brazos de Morfeo cuando un pitido le hizo abrir los ojos de golpe e incorporarse de la silla. Su mirada se clavó en una de las pantallas que rodeaban la cama y supo que algo iba mal.
—¡Dios mío! —exclamó soltando la mano inerte de su madre antes de salir al pasillo a la carrera en busca de ayuda—. ¡Algo no va bien! —
expresó a la enfermera que en ese momento se dirigía a la habitación.
—Vale, tranquilízate —le ordenó la mujer mientras aferraba sus antebrazos—, ahora viene el doctor —añadió antes de soltarla para entrar.
Pepper se quedó unos instantes sin saber muy bien qué hacer, su cabeza era un remolino de pensamientos sin sentido. Finalmente tomó aire y se giró para entrar en la habitación, pero su gesto fue interrumpido por la llegada del doctor acompañado por otra enfermera. Al verla frunció el gesto y giró su cabeza hacia la mujer.
—Darlene, por favor, llévatela a la sala de espera —ordenó tajante.
—No, quiero estar con ella —exclamó Pepper sin poder contenerse.
—Lo siento, pero no puede ser. Solo entorpecerías mi trabajo —
replicó el médico antes de entrar y cerrar la puerta a su espalda.
Darlene clavó su mirada en la joven y sintió que su corazón se desgarraba al descubrir su expresión de infinita tristeza. La señora Young llevaba varias semanas hospitalizada y aquella niña no se había alejado de su lado en ningún momento.
Había logrado conversar con ella en un par de ocasiones, pero no había descubierto demasiado. El doctor Montgomery le pidió que se pusiera
en contacto con Asuntos Sociales, pero aún no había encontrado el valor, tenía que hacer algo o esa joven acabaría perdida en el sistema.
—Vamos, Pepper, te acompañaré —la llamó, y la aludida, que hasta ese momento había estado inmóvil frente a la puerta que el doctor había cerrado, se giró y pareció reconocer a la enfermera, que había sido el único rostro amable que había visto en días.
—No quiero dejarla sola —afirmó Pepper, que sentía como una traición alejarse de aquella habitación.
—No tienes de qué preocuparte, está con el doctor Montgomery y con Rachel —replicó Darlene, como si hubiera leído sus pensamientos—.
¿Cuánto tiempo llevas sin comer? —preguntó con preocupación.
Pepper tardó unos segundos en procesar su pregunta y fue entonces cuando se percató de que no recordaba cuándo fue la última vez que había metido algo sólido en su cuerpo.
—No lo recuerdo —contestó con sinceridad.
—Pobre niña —dijo Darlene mientras colocaba su brazo sobre sus hombros y la instaba a caminar—. Vamos a la cafetería, no puedes estar así.
Media hora después ambas compartían mesa en una esquina de la amplia cafetería situada en el semisótano del edificio.
—¿Está bueno? —preguntó Darlene mientras veía a Pepper comer un sándwich de jamón con avidez.
—Sí, gracias —respondió Pepper dedicándole a la mujer una mirada agradecida. No se había dado cuenta del hambre que tenía hasta ese momento.
—No hay de qué —dijo Darlene con una sonrisa—. Y ahora quiero que me respondas a unas preguntas. —No tardó en descubrir la desconfianza en el rostro de la adolescente, pero no era la primera con la que trataba—. Solo quiero ayudaros a ti y a tu madre —añadió.
Pepper dudó durante unos largos segundos, pero finalmente se animó a hablar. Sabía que en la situación en la que se encontraba debía apoyarse en alguien, y esa enfermera había sido muy amable con ella desde que había llegado.
—Está bien —expresó finalmente.
—Bien —replicó Darlene sintiéndose aliviada—. Tu madre y tú lleváis un tiempo aquí, y me he fijado en que no ha venido nadie a relevarte en todo este tiempo…
—Si lo que quiere saber es si tengo padre —la cortó Pepper con aplomo, no era la primera vez que tenía una conversación parecida a esa—, la respuesta es no. Mi madre tuvo un novio hace cosa de un año, pero lo dejaron. Tampoco tenemos familia porque los padres de mi madre la echaron de casa cuando se quedó embarazada de mí —concluyó su monólogo, que era en lo que se había convertido aquella parte de su vida.
—¿Y no hay nadie más? —preguntó Darlene con angustia. Imaginaba cómo podía sentirse aquella pequeña y se le rompía el corazón.
—No tenga lástima por mí —dijo Pepper clavando sus ojos marrón claro en el rostro de la mujer—, he aprendido a cuidar de mí misma desde muy joven.
Una sonrisa triste se dibujó en los labios de Darlene al escuchar sus palabras.
—¿Cuántos años tienes? —preguntó.
—Dieciséis, pronto haré los diecisiete —respondió Pepper con suficiencia.
—Pepper, no quiero engañarte —prosiguió Darlene cuando descubrió en los ojos de la joven una madurez que no le correspondía—. Tu madre está muy enferma.
—¿Cuánto tiempo le queda? —preguntó la chica con valentía, aunque había intentado evitar aquella cuestión desde el mismo día en que habían llegado al hospital.
Darlene tragó saliva al escuchar su pregunta directa antes de poder responder.
—No puedo hablar contigo sobre ese asunto, es competencia del doctor Montgomery. Durante estos días hemos estado más pendientes de tu madre que de ti, pero eres menor de edad y si no aparece un adulto que se haga cargo, tendremos que llamar a Asuntos Sociales.
Pepper sintió que todo su mundo se derrumbaba. Comprendía lo que aquella buena mujer le decía, pero no entendía porqué gente extraña tenía el derecho de decidir sobre su vida y la de su madre.
—Pepper —dijo la mujer tomando su mano—, de verdad que quiero ayudarte, pero necesito un nombre. Alguien tiene que haber.
—Sí, hay alguien —contestó Pepper finalmente.
***
Rancho C
Hidden Valley, Texas
Lorraine Conway cortó la llamada y dejó el teléfono sobre el escritorio antes de llevarse una mano a la frente con la intención de mitigar el dolor de cabeza que acababa de poseerla. Inconscientemente cerró los ojos, y aun así unas lágrimas saladas comenzaron a rodar por sus mejillas.
—¿Qué te sucede? —preguntó una voz preocupada. Al elevar su mirada descubrió que se trataba de su marido.
Scott la observaba con patente preocupación en su rostro. Estaba tan sumida en la caótica noticia que acababa de recibir que ni tan siquiera se había percatado de su entrada en el despacho.
—Lorraine, estoy empezando a preocuparme —insistió Scott mientras se sentaba en la silla situada frente a su esposa.
La aludida apartó la mano de su frente, abrió los ojos y clavó la mirada en el rostro preocupado de Scott antes de contestar a su pregunta.
—Acabo de recibir una llamada del Hospital General del Norte, en Nueva York —contestó Lorraine, que aún se estaba haciendo a la idea de la información que acababa de recibir. Era una noticia que nunca habría esperado.
—¿Nueva York? —preguntó Scott, que cada vez entendía menos lo que sucedía.
La conocía muy bien, como a sí mismo, y en todos los años que habían estado juntos solo había visto esa expresión en su rostro cuando su madre murió unos años antes.
—Se trata de Maggie —confesó Lorraine, notando que el nudo volvía a formarse en su garganta, evitando que pudiera continuar.
—¿Ha tenido un accidente? —preguntó Scott alarmado mientras dejaba su silla y se aproximaba a Lorraine para obligarla a levantarse y poder abrazarla, sabiendo que necesitaba de su fuerza.
—No, algo peor —confesó Lorraine contra su pecho—. El médico que la está tratando me ha dicho que tiene cáncer de páncreas.
Scott sintió que sus músculos se tensaban y un sudor frío recorría su cuerpo. Conocía bien aquella enfermedad, que había sufrido su hermano
años antes. Que estuviera alojado en el páncreas era lo peor que podía suceder.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó escuetamente.
—Unos días, como mucho un par de semanas —respondió Lorraine.
—¿Y cómo es que no hemos sabido nada de esto antes? —preguntó Scott frustrado. Maggie era como una hermana para Lorraine y sabía que su esposa no tardaría en culparse por no haber estado con ella.
—Al parecer no se lo han detectado hasta hace un mes, y es muy agresivo, aunque ella aún no lo sabe.
—¿Eso crees? —cuestionó Scott—, Maggie es demasiado lista como para no darse cuenta. Además, recuerda que ella es enfermera.
—Sea como sea, tengo que ir. La niña está sola. Lo comprendes,
¿verdad? —preguntó apartando su rostro del pecho masculino para elevarlo y encontrase con su mirada.
—Claro, no te preocupes —respondió Scott mientras rodeaba sus mejillas con las manos y besaba su frente—, ese es tu lugar en este momento. Podremos apañarnos aquí —añadió en alusión al rancho.
—¿Estás seguro? —preguntó Lorraine, sabía que estaban en época de partos y el rancho necesitaba todas las manos posibles.
—Por supuesto, lo más importante es la familia, y Maggie es de la familia.
—Gracias, amor —dijo Lorraine antes de besar levemente los labios de su marido y regresar al escritorio donde encendió el ordenador—. Veré si encuentro algún vuelo para hoy.
—Vale, yo daré unas instrucciones a los chicos para llevarte al aeropuerto —replicó Scott poniéndose en marcha.
***
Hidden Valley
Adler aparcó la pick up en la acera junto a la cafetería Morrison y bajó con movimientos bruscos. Cuando entró en el local descubrió a su primo sentado en una mesa al fondo y no estaba solo, le acompañaba Tania Connor, una rubia de larga melena y labios sugerentes. Su primo la sonreía con aire seductor.
—Tiger, tenemos que irnos —expresó cuando estuvo junto a la mesa.
El aludido alzó el rostro y clavó su mirada en su primo, molesto por su interrupción. Le había costado un esfuerzo de casi dos semanas convencer a Tania para que fuera a comer con él, y la irrupción de Adler estaba a punto de estropearlo todo.
—Primo, no seas aguafiestas, ¿no ves que estoy ocupado? —
cuestionó Tiger, que volvió su atención a su cita—. ¿Por dónde íbamos? —
dijo a Tania, que los miraba alternativamente.
—Te recuerdo que hoy tenemos recuento —replicó Adler intentando no perder los estribos—, y quedé en recogerte en el instituto.
—¿Ahora eres mi niñera? —preguntó Tiger molesto. Estaba en su último curso de instituto, luego sería libre.
—No tendría que serlo si no te comportaras como un crío —
respondió Adler.
—Bueno, creo que yo tengo que irme —intervino Tania, que parecía incómoda con la situación—. Nos vemos —añadió mientras le dedicaba una mirada llena de promesas a Tiger antes de coger su bolso, abandonar su asiento y dirigirse a la puerta con paso resuelto.
—¡Maldita sea, Adler! Me acabas de joder, pero bien —expresó Tiger mientras dejaba su sándwich en el plato. Había perdido el apetito.
—No me cuentes tus penas y paga la cuenta, tenemos que irnos —
replicó Adler impertérrito.
—¿Se puede saber qué mosca te ha picado? —preguntó Tiger mientras sacaba su cartera y dejaba unos billetes sobre la mesa antes de abandonar su asiento.
—Ha llamado mi padre, tenemos que encargarnos de revisar el ganado a ver si hay alguna vaca paridera.
—¿Además del recuento? —cuestionó Tiger mientras ambos abandonaban la cafetería para dirigirse a la pick up.
—Sí, al parecer ha surgido algún problema en el rancho.
—¿De qué se trata? —preguntó Tiger en alerta. Hasta el momento había estado enfadado por la interrupción de Adler, pero ahora estaba preocupado.
—No tengo ni puta idea —confesó Adler mientras abría la puerta y se situaba en el asiento del conductor—, pero tenemos que salir pitando para allá.
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