Latidos cautivos
Capítulo 22
DFW International Airport, Texas
Unos días después
Pepper llegó a la cinta de las maletas, y cuando divisó la suya no dudó en cogerla. Agradeció que tuviera ruedas, porque aquella noche apenas había dormido, y el viaje de casi cinco horas no había sido fácil.
Cuando salió al exterior no dudó en dirigirse a la zona de taxis para coger uno a pesar de que Tiger le había dicho que él podía ir a recogerla. Se lo agradecía, pero el pobre Tiger ya tenía bastante con el rancho. Se sintió aliviada cuando descubrió que había dos, y no dudó en subirse al primero.
El taxista fue tan amable de guardar su maleta en la parte trasera y durante lo que duró el viaje hasta el Health Arlington Memorial Hospital el hombre no dejó de parlotear, cosa que hizo que Pepper dejara de pensar en lo que se encontraría cuando llegara.
—Pues ya estamos aquí —la sobresaltó la voz del taxista.
—Gracias, ¿cuánto le debo? —preguntó Pepper mientras sacaba su cartera.
El hombre le indicó el importe y, tras abonarlo, salió con Pepper para sacar la maleta, que dejó en la acera.
—Suerte, señorita —dijo el hombre, que durante la charla había averiguado el motivo que la llevaba al hospital.
—Muchas gracias —replicó Pepper agradecida antes de coger el asa de la maleta y caminar hacia la puerta del complejo hospitalario.
Tras preguntar en la recepción y anotar la planta y la habitación, dirigió sus pasos al ascensor y entró en su interior. Al llegar al piso solicitado, las puertas metálicas se abrieron para dejarla salir.
El olor característico del lugar se metió en sus fosas nasales y sintió que un escalofrío recorría su cuerpo cuando los recuerdos del pasado la asolaron. De nuevo era una adolescente en un hospital donde su madre se estaba muriendo. Tuvo que apretar los dientes para evitar las lágrimas.
Durante todos esos años había evitado los hospitales a toda costa, pero en
esa ocasión no podía hacerlo, se trataba de Harper, de alguien que era como una hermana.
—Señorita, ¿busca algo? —preguntó una enfermera, que se había percatado de su estado de aturdimiento.
—Sí, busco esta habitación —respondió Pepper tendiéndole el papel que aferraba entre sus dedos.
—Yo la acompañaré —se ofreció la joven amablemente.
—Gracias.
Caminaron una junto a la otra durante varios minutos y finalmente llegaron frente a la puerta. Pepper se quedó parada observando el número, pero sin atreverse a llamar.
—¿Está bien? —preguntó la enfermera preocupada.
—Sí, claro —respondió Pepper reaccionando.
—Tengo que irme —se disculpó la enfermera antes de seguir con su camino.
«Vamos, Pepper, no eres una cobarde —se dijo para recabar las fuerzas que necesitaba—. Lorraine te necesita».
Alargó la mano, giró el picaporte y traspasó el umbral para encontrarse con Harper tumbada en una cama articulada. En ese momento no había nadie en la habitación, y tras unos segundos de duda caminó hasta la cama.
Notó cómo un nudo se formaba en su garganta cuando vio el rostro ceniciento de la joven y durante unos segundos se vio teletransportada a un pasado demasiado doloroso, cuando su madre estaba postrada en una cama similar. «Olvida eso, Harper te necesita», se ordenó mentalmente.
Con paso lento pero seguro, se aproximó a la cama y clavó su mirada en el bello rostro de la muchacha que permanecía con los ojos cerrados, y no pudo contener el impulso de coger su mano para besarla.
—¿Pepper? —le sobresaltó una voz.
Dejó la mano de Harper con delicadeza sobre el colchón y al girarse descubrió que se trataba de Lorraine, situada a pocos pasos de ella.
—Tía Lorraine, cuánto lo siento —exclamó antes de correr hasta ella y abrazarla fuertemente contra su pecho. Así permanecieron varios minutos, acunándose mutuamente en busca de consuelo.
Minutos después, Pepper se apartó y clavó su mirada en el rostro demacrado de Lorraine. Estaba claro que Tiger no había exagerado, y se
sintió culpable por no haber regresado antes a Texas.
—¿Cuántos días llevas aquí? —preguntó Pepper preocupada.
—Desde que la ingresaron —confesó Lorraine—, no sé si han sido tres o cuatro.
—Y seguro que no has dormido nada —vaticinó Pepper.
—Algo he dormido —mintió Lorraine.
—Pues ahora mismo voy a llamar a Tiger para que venga a recogerte.
—Ni hablar —afirmó Lorraine con rotundidad.
—Por favor, no seas cabezota —suplicó Pepper, que no tenía ganas de discutir con su tía—. Tienes que ir a casa para descansar, ducharte y cambiarte de ropa.
—Pero ¿y si despierta? —cuestionó Lorraine girando su rostro para clavar su mirada en la cama.
—Yo me ocuparé de ella, estoy aquí —le recordó cogiéndola de los brazos para clavar su mirada en su rostro. Quería que prestara atención—.
Además, Scott también te necesita. Tiger me ha dicho que está mal.
Solo esas últimas palabras lograron hacer que Lorraine saliera del bucle en el que había entrado desde que había recibido la llamada del hospital unos días antes. Sabía que Pepper tenía razón, y aunque fuera como arrancarse una tira de piel del cuerpo, tenía que ir al rancho.
—¿Cuidarás de ella? —preguntó con emoción.
—Harper es como una hermana para mí, ya lo sabes.
—¿Y si se despierta me llamarás? —insistió Lorraine.
—Serás la primera en saberlo, pero por favor, tienes que descansar.
Todos necesitamos que estés fuerte, eres nuestro núcleo. Sin ti esta familia no funcionaría.
Lorraine se sintió emocionada al escuchar las palabras de Pepper, que para ella era como una hija más. Estaba segura de que Maggie estaría orgullosa de su pequeña, ella lo estaba.
—Gracias, cielo —expresó conteniendo las lágrimas.
—Gracias a ti por existir. Voy a salir un momento para llamar a Tiger —explicó Pepper antes de coger su bolso, que había dejado sobre su maleta, y salir por la puerta.
Lorraine esperó a estar sola para aproximarse a la cama y acariciar la mejilla fría de su pequeña.
—Cielo, tienes que volver con nosotros, te necesitamos —dijo antes de tragar la saliva que se había acumulado en su garganta.
***
Adler cogió el último bloque de paja y la tiró del maletero de la pick up al suelo polvoriento antes de cortar la soga que la mantenía atada. Luego la esparció para que las vacas pudieran comer con más comodidad. Cuando acabó la tarea se subió al vehículo y se dirigió al rancho.
Cuando llegó y entró en la casa, descubrió en la cocina una olla situada sobre el fuego y que aún humeaba. Se sorprendió porque hacía días que en casa se comía comida precocinada, ya que su madre estaba en el hospital. Entonces, ¿Quién había hecho la comida?, se preguntó curioso.
—Hijo, ¿ya estás aquí?
Adler dio un bote sobre el sitio y se giró para descubrir a su madre.
Clavó su mirada en su rostro y descubrió ojeras bajo sus ojos, también parecía más delgada. Sin decir nada se aproximó a ella y la estrechó contra su pecho. Tras unos minutos se apartó y cogió sus manos, que estaban heladas, antes de hablar.
—¿Qué haces aquí? —preguntó sorprendido. La noche anterior había hablado con su padre cuando se habían reunido para cenar y le había dicho que no había podido convencer a su madre para que dejara el hospital—.
¿Cómo está Harper? —añadió con temor.
—Sigue igual, no ha habido cambios estos días, pero dentro de lo malo no es tan mala noticia. Me ha dicho el médico que hay que tener paciencia.
—¿Y la has dejado sola? —preguntó Adler sin poder contenerse.
—No, Pepper se ha quedado con ella —contestó Lorraine con naturalidad, aunque sabía de sobra que la sola mención de aquel nombre ponía de un humor de mil demonios a su hijo. En alguna ocasión había intentado averiguar el motivo, pero solo había conseguido que Adler se alejara, taciturno.
—¿Pepper? —balbuceó Adler incrédulo.
—Sí, apareció esta mañana en el hospital. La verdad, no la esperaba.
—¿Le pediste que viniera? —preguntó Adler.
—No, he sido yo. —Al girar levemente la cabeza, Adler se encontró con la mirada de su primo.
Si su madre no hubiera estado presente, le habría recriminado su acción. Tiger sabía perfectamente lo que había sucedido entre ellos y cómo se sintió al día siguiente de su cumpleaños, cuando Pepper desapareció.
—¿De verdad? —preguntó Lorraine—, pues te lo agradezco, de lo contrario lo hubiera hecho yo misma. Tengo la cabeza tan saturada… —
confesó mientras se frotaba las sienes con los dedos.
—Lo sé, tía, y por eso la avisé. Sabía que solo a ella la dejarías quedarse con Harper en el hospital, y necesitas descansar.
—Muchas gracias, cielo. Qué bien me conoces.
Adler escuchaba la conversación con los dientes apretados. Se había puesto furioso al descubrir que Pepper había reaparecido en Texas, y si hubiera podido la habría echado de la habitación de su hermana con cajas destempladas, pero tenía que reconocer que Tiger tenía razón: su madre necesitaba descansar.
—Por cierto, el tío está en las caballerizas. Está deseando verte.
—Gracias, Tiger, yo también a él, pero tengo que vigilar el guiso.
—No te preocupes por eso, lo haremos Adler y yo. Ve tranquila, tía
—la instó Tiger con una sonrisa.
—Gracias, chicos —replicó Lorraine agradecida antes de salir por la puerta trasera de la cocina.
—¿Por qué has tenido que pedirle que viniera? —preguntó Adler con voz fría.
«Ahí está el reproche que esperaba», se dijo Tiger antes de girarse y enfrentarse a su primo, cosa con la que ya contaba.
—Porque la necesitábamos —respondió con sencillez.
—No la necesitábamos, nos estábamos apañando bastante bien.
—¿De verdad lo crees? Eres idiota o te lo haces. Tu padre hace las tareas del rancho a medias porque tiene la cabeza en el hospital, y tu madre no ha salido de allí en días, ¿no has visto las ojeras bajo sus ojos?
—Podíamos habernos turnado con ella —insistió Adler.
—No lo hubiera permitido, y lo sabes bien. Con el rancho nos hubiera dado carta blanca, pero respecto al cuidado de Harper, solo podía confiar en Pepper. Asúmelo.
—Pero… —intentó rebatir Adler, aunque sabía que se estaba quedando sin argumentos razonables.
—Nada de peros, por el amor de Dios, Adler. Deja el pasado atrás, han pasado demasiados años, y te guste o no, Pepper forma parte de la familia. Está bien que la evites todo lo que puedas, es tu decisión, pero no está bien obligarnos al resto a hacerlo. Después de lo que le ha pasado a Harper debemos estar más unidos que nunca.
Adler hubiera querido rebatir las sabias palabras de Tiger, pero en el fondo de su ser sabía que tenía razón. Era un hombre hecho y derecho y debía comportarse como tal. Era verdad que Pepper le había traicionado, engañado y roto el corazón, pero si quería seguir adelante con su vida y no perder a su familia, debía aprender a gestionar lo que sentía por ella para poder llevar al menos una relación cordial, por mucho que eso le costara.
—Tienes razón —afirmó finalmente mientras sus hombros se hundían.
Tiger clavó su mirada en su primo y no pudo evitar sentir lastima por él. Parecía un hombre tocado y hundido a pesar de que habían pasado diez años desde aquello. Por eso él nunca había tenido una relación seria con ninguna mujer, solo las conocía, se divertían juntos, y si la cosa no funcionaba, cada uno por su lado. No estaba dispuesto a caer en el hoyo en el que parecía encontrarse su primo, o el infierno que vivió su propio padre cuando su madre decidió abandonarlos a los dos sin ninguna contemplación.
Intentando ponerse en el lugar de Adler, se acercó a él y colocó la mano sobre su hombro antes de hablar.
—Tranquilo, amigo, eres más fuerte de lo que crees —aseveró con rotundidad—. Y si has podido superar diez años en el ejército, enfrentarte a Pepper Young debería ser como un juego de niños.
—No estoy tan seguro de eso —replicó Adler, que notaba un cosquilleo en el estómago con la sola idea de tenerla frente a sí después de tanto tiempo—, pero te prometo que lo intentaré.
—Bien, ese es mi primo —afirmó Tiger—, y ahora cuéntame cómo fue ayer el entierro. ¿Cómo estaban Cayden y su familia?
Adler tragó saliva al recordar el trágico momento vivido el día anterior, cuando su mejor amigo tuvo que enterrar a su hermano pequeño.
En más de una ocasión durante la ceremonia no pudo evitar imaginar que
era su hermana la que estaba metida en aquel maldito ataúd, no Finn.
Maldecía la noche, la lluvia y la carretera en mal estado donde dos jóvenes habían perdido la vida.
—Destrozados —respondió a la pregunta de Tiger—, pero estoy seguro de que lo superarán con el tiempo.
—Cuánto lo siento, me hubiera gustado acompañar a Cayden, pero no podíamos dejar el rancho en manos de tu padre tal y como está.
—No te preocupes, él lo entendió, pero seguro que estaría encantado de que te pases una de estas noches a charlar —intentó tranquilizarlo Adler.
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