Latidos cautivos

Mar Fernandez · Capítulo 8 de 37

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Latidos cautivos

Capítulo 8

Unos días después

Pepper esperaba sentada en un banco junto al parque. Había quedado con Leanna para hacer el trabajo de literatura y empezaba a impacientarse porque su amiga llegaba diez minutos tarde. Pero aprovechó el tiempo para observar lo que había a su alrededor. No podía negar que empezaba a gustarle aquel lugar, sus gentes y costumbres, y eso la hizo sentirse bien.

—Lo siento, lo siento mucho —dijo Leanna sentándose a su lado en el banco—. Mi hermana no salía del baño —dijo frunciendo el ceño.

—No debe de ser fácil vivir con Kinsley.

—No, no es fácil vivir a su sombra —confesó Leanna con abatimiento.

—Bueno, cuando acabes el instituto seguro que todo mejorará —

intentó animarla Pepper con afecto.

—Por supuesto, cuando me gradúe tengo pensado irme a Texas y entonces solo tendré que soportar a mi hermana en Navidad —afirmó Leanna rotunda.

—Esa es la actitud —dijo Pepper, contenta de que su amiga viera la luz al final del túnel—. Y ahora vamos a organizar lo que necesitamos para el maldito trabajo de literatura. ¿Vamos a la biblioteca?

—Bueno, podemos empezar con lo que tenemos —dijo Leanna con nerviosismo—, ya iré yo esta tarde a la biblioteca.

Pepper clavó su mirada en el rostro de su amiga con sospecha. Su pequeña nariz se movía como si algo le diera alergia. En el poco tiempo que se conocían había aprendido a conocer cada gesto de Leanna, y sabía que ocultaba algo.

—Estoy deseando conocer la biblioteca, hace días que intento que me lleves. Si no lo haces ahora, iré yo sola —afirmó Pepper tajante.

Leanna se mordió el labio inferior. Había intentado evitar a toda costa llevar allí a su amiga, temiendo que conociera a la encargada del lugar, pero no tenía el valor de confesarle el motivo.

—Está bien, vamos —dijo mientras abandonaba el banco y se colgaba la mochila del hombro antes de emprender el camino por la acera en dirección al ayuntamiento.

Veinte minutos después llegaron frente a la fachada de un edificio centenario que dejó con la boca abierta a Pepper.

—¡Es impresionante! —exclamó mientras recorría la construcción con los ojos.

—Sí, es de principios del siglo diecinueve —informó Leanna—, según tengo entendido, fue el primer ayuntamiento, cuando se fundó Hidden Valley.

—¡Oh, vaya! —exclamó Pepper mientras sacaba la cámara que siempre la acompañaba de la mochila y comprobaba el encuadre.

—¿Tienes que fotografiarlo todo? —preguntó Leanna con cierto humor.

—Todo lo que me parece único y especial.

—Algún día tienes que enseñarme todas esas fotos.

—Algún día, pero ahora entremos —dijo Pepper aferrando el brazo de Leanna para obligarla a traspasar la puerta.

—De acuerdo —dijo Leanna no demasiado convencida.

Si el exterior había dejado anonadada a Pepper, el interior la enamoró. La sala principal era de madera, de un bonito tono roble. En la parte superior había una bóveda de múltiples colores y los suelos eran de mármol negro.

—¡Qué pasada! —exclamó sin poder contenerse.

—Sí, es bonito —replicó Leanna, aunque para ella aquel lugar no era nada del otro mundo, quizás tenía que ver con que había ido allí desde que aprendió a leer.

—Sí —dijo Pepper bajando la mirada del techo para fijarla en un amplio escritorio situado en el centro de la sala, donde una mujer de cabello plateado y gafas de pasta marrón parecía concentrada en organizar las fichas de los libros que se amontonaban en un rincón. Sin dudar se acercó hasta allí y saludó a la mujer.

—Buenos días, me gustaría inscribirme —dijo Pepper con una sonrisa amable.

—Buenos días —replicó la mujer elevando su mirada para clavarla en su rostro—. Deme unos minutos —añadió mientras organizaba el

escritorio antes de sacar una ficha de un cajón y coger un bolígrafo—.

¿Dirección? —preguntó con voz monocorde.

—Actualmente rancho Conway —respondió Pepper.

La mujer pareció tensarse y volvió a clavar su mirada en su rostro con intensidad.

—¿Sucede algo? —preguntó Pepper confusa.

—No, nada —replicó la mujer antes de volver a centrarse en el papel—. ¿Su nombre? —prosiguió.

—Pepper Young.

La mujer volvió a elevar la mirada y Pepper pensó que los ojos se le saldrían de la cuencas si seguía mirándola de esa forma. Incluso notó que sus mejillas parecían pálidas como el papel.

—¿Qué haces tú aquí? —siseó la mujer con una voz que erizó el vello de sus brazos. Un escalofrío recorrió su cuerpo.

—Perdone, no comprendo —replicó Pepper.

—No eres bienvenida en Hidden Valley —espetó la mujer mientras hacía una pelota de papel con la ficha.

—Disculpe, señora, no entiendo. ¿Qué tiene en contra de mí si no me conoce?

—Mi nombre es Stella Young.

Pepper se quedó quieta, incapaz de reaccionar. No entendía bien por qué aquella mujer tenía su apellido, y si eso tenía que ver con su extraño comportamiento. Y se lo hubiera preguntado si no fuera porque Leanna la cogió del brazo y tiró de ella, no sin cierto esfuerzo, hasta lograr sacarla de la biblioteca.

—¿Estás bien? —preguntó Leanna preocupada al ver que su amiga no se movía ni un ápice. Tuvo que repetir la pregunta un par de veces hasta que Pepper pareció salir de su estado de aturdimiento.

—¿Quién es esa mujer? —preguntó con una voz que no reconocía como suya.

—Creo que es tu abuela —confesó Leanna—, aunque no estoy muy segura. Quizás deberías contarle lo sucedido la señora Conway.

—Sí, quizás sea lo mejor —afirmó Pepper, que aún notaba el corazón acelerado en el pecho y las piernas temblorosas.

—¿Quieres que te lleve al rancho? —preguntó Leanna.

—Sí, te lo agradecería. Y siento lo del trabajo.

—Tranquila, aún tenemos tiempo de sobra.

Media hora después, Leanna aparcaba su viejo Ford frente a la casa.

Durante el camino ambas habían permanecido en silencio. Por un lado, Pepper era incapaz de pensar, mucho menos de hablar. A su vez Leanna no sabía que decir, nunca se había visto en una situación parecida.

—Ya hemos llegado —expresó Leanna, ya que Pepper no se movía.

—Sí, perdona —dijo Pepper cuando pudo reaccionar.

—¿Quieres que te acompañe hasta la puerta? —se ofreció Leanna, deseosa de poder ayudar a su amiga.

—No, gracias, no hace falta —dijo Pepper mientras cogía su mochila y abría la puerta del coche—. Mañana nos vemos.

Leanna vio alejarse a Pepper y esperó a que entrara por la puerta. Se sintió frustrada y culpable por lo que había pasado, pero no había pensado que pudiera afectar tanto a su amiga.

—Bueno, espero que hablar con la señora Conway la ayude —dijo en voz alta mientras giraba la llave para arrancar el motor. Para su desgracia, su intento fue en vano, aunque volvió a probar en cuatro ocasiones—. ¡Maldita sea! —exclamó mientras golpeaba el volante con el puño.

—¿Necesitas ayuda? —la sobresaltó una voz.

—¡Joder! —exclamó Leanna sin poder evitarlo mientras se llevaba una mano al pecho y giraba su cabeza para encontrarse con un rostro que no esperaba.

Tiger enarcó las cejas en su máxima expresión, sorprendido por sus palabras.

—Vaya, no esperaba que una palabra tan fea saliera de tu boquita —

dijo con humor mientras apoyaba sus manos sobre la puerta del pequeño utilitario.

—Lo siento —se disculpó Leanna avergonzada.

—Si vuelves a hacerlo, tendré que ir a hablar con la señora Gray —

replicó Tiger, divertido con la expresión de Leanna, disfrutando de sus mejillas coloradas.

—No será necesario —respondió Leanna, que había recuperado el control de su cuerpo y de su mente.

Se sentía como una estúpida, estaba haciendo el mayor ridículo de su vida. Tiger era el chico más atractivo que había conocido, pero a veces

era un gilipollas. Con la intención de dejar de hacer el idiota, giró la llave para intentar arrancar nuevamente su coche, pero volvió a sonar como un perro con tos.

—Pues yo creo que sí necesitas mi ayuda —dijo Tiger con arrogancia—. Anda, abre el capó —ordenó.

Leanna hubiera querido negarse, pero quería salir de aquel lugar cuanto antes por lo que no dudó en tirar de la palanca para dejar el motor a la vista de él.

—Y ahora baja de ahí y ayúdame.

—¿Yo? —preguntó Leanna incrédula.

—Claro, vamos, muévete —ordenó Tiger.

Leanna dudó, pero finalmente salió del coche y se aproximó a él, que ya estaba inclinado sobre el motor.

—Anda, coge la llave de mi pick up y tráeme la caja de herramientas, que está en el maletero.

—¿Dónde están las llaves? —preguntó Leanna.

—En el bolsillo trasero de mi pantalón —contestó Tiger, que ya manipulaba la batería—, el derecho.

—¿Y por qué no las coges tú? —preguntó Leanna con nerviosismo.

Por nada del mundo quería estar tan cerca de él, y mucho menos palpar su trasero.

—Porque tengo las manos llenas de grasa y no quiero que mi tía me mate si mancho mis pantalones.

Leanna se quedó incrédula ante sus palabras. ¿De verdad Tiger Conway quería que metiera su mano en el bolsillo trasero de sus jeans?

—Vamos, Lea, no tenemos todo el día —la apremió Tiger.

Leanna dudó unos segundos, con el corazón acelerado. Él había pronunciado su nombre, o más bien el diminutivo de su nombre, de una forma que había hecho que el vello de sus brazos se erizara.

—¡Lea! —repitió Tiger con urgencia.

—Sí, voy —dijo la joven mientras se acercaba a él y se situaba a su espalda. Con manos temblorosas y cerrando los ojos, buscó las llaves hasta que finalmente sus dedos notaron el frío tacto del metal. Agradecida, sacó la mano con celeridad, caminó hasta la camioneta de Tiger y la abrió.

—Aquí tienes —dijo colocando la pesada caja junto a él.

—Bien, pues dame la llave inglesa —ordenó Tiger.

—Sí, claro.

Leanna se agachó, rebuscó en la caja y encontró la herramienta requerida y regresó junto a Tiger. Durante cerca de quince minutos Tiger trabajó en el motor y Leanna fue su fiel escudera durante todo ese tiempo.

Sin percatarse, le dedicaba miradas furtivas a Tiger, observando su pelo castaño revuelto, su perfil de facciones firmes y sus brazos, que se tensaban mientras trabajaba.

—Bueno, pues esto ya está —dijo Tiger incorporándose y cogiendo un trapo para limpiarse las manos—. Sube y arranca, a ver si funciona.

Leanna asintió con la cabeza y se dirigió a la puerta. Entró, se sentó y giró la llave. Soltó un pequeño gritito cuando escuchó rugir el motor.

—¡Lo has arreglado! —exclamó Leanna girando su rostro y clavando su mirada en el de Tiger, que se había situado a su lado.

—Por supuesto, ¿qué pensabas? Soy bueno en todo lo que me propongo.

—Muchas gracias —dijo Leanna agradecida—. No sé cómo voy a pagártelo.

—Bueno, quizás yo conozca una forma —expresó Tiger seductoramente mientras se cruzaba de brazos.

—¿Cómo? —preguntó Leanna.

—Quizás puedas conseguirme una cita con tu hermana. Llevo tiempo intentando convencerla, pero no ha habido manera.

—¿Con Kinsley? —preguntó Leanna incrédula, a la vez que su corazón parecía resquebrajarse. Habría esperado cualquier cosa, soñado con otra cosa, pero nunca que Tiger Conway le pidiera ese favor.

«Leanna, has sido una estúpida al pensar que…», se recriminó mentalmente mientras intentaba que su expresión no delatara el dolor que sentía. Por nada del mundo quería que Tiger descubriera lo que sentía porque se sentiría una estúpida y nunca podría salir de casa hasta que fuera una ancianita con quince gatos a los que alimentar.

—¿Harás eso por mí o no? —preguntó Tiger.

—Lo intentaré —respondió Leanna—, y ahora lo siento, pero tengo que irme.

—Gracias, Lea —se despidió Tiger.

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