Latidos cautivos
Capítulo 5
Una semana después
Adler llegó a casa al mediodía. Durante gran parte de la mañana había ayudado a una vaca a parir y estaba cansado y sudoroso. Entró en la cocina, y como esperaba, allí se encontraba su madre que estaba preparando la comida.
—Hola, mamá —la saludó llegando junto a ella para besar su mejilla.
—Hola, cariño. ¿Qué tal tu día? —preguntó.
—Largo —confesó Adler mientras se acercaba a la pila para lavarse las manos.
—Solo faltan unas semanas —intentó animar Lorraine a su hijo.
—Unas semanas muy largas —replicó Adler mientras se secaba las manos.
—¿Tienes que volver? —indagó Lorraine mientras echaba las patatas al guiso que tenía al fuego.
Adler apoyó su cuerpo contra la encimera de la cocina y clavó su mirada en el rostro de su madre.
—¿Qué quieres? —preguntó con suspicacia. Cuando su madre mostraba aquella expresión era porque le iba a pedir algo.
—Me has pillado —replicó Lorraine con una sonrisa divertida—. Me acaba de llamar la empresa de mudanzas, llegarán en diez minutos. ¿Podrías ayudarme con eso?
—¿Qué mudanza? —preguntó Adler sorprendido.
—La de Maggie —contestó Lorraine—.Cuando vacié su piso de alquiler dejé sus cosas en un guardamuebles, pero no puedo tenerlas allí indefinidamente. Por eso contraté a una empresa para que trajeran las cajas al rancho.
—¿Y Tiger? —preguntó Adler, deseando poder escapar de aquella tarea.
—Se fue con tu padre al pueblo a comprar pienso —respondió Lorraine.
—Qué oportuno —pronunció entre dientes, seguro de que su madre no le había oído, pero no era así.
—¿Tienes algún problema? —preguntó Lorraine colocando las manos en su cintura en actitud retadora.
Lorraine empezaba a estar preocupada con la actitud que mostraba su hijo tras la llegada de Pepper al rancho. Parecía estar molesto desde entonces. No estaba siendo demasiado amable con la joven y no entendía el porqué de su comportamiento. Era verdad que Adler había resultado ser un chico taciturno, pero cariñoso, que siempre estaba dispuesto a ayudar en la casa. También era el que más solía preocuparse por cada miembro de la familia, y Pepper era de la familia, entonces: ¿de dónde venía ese antagonismo?
Adler intentó controlar la expresión de su rostro, donde su madre tenía la mirada clavada y deseó poder desaparecer, no haber entrado en la cocina, pero allí estaba y ya no podía huir. Había metido la pata, y lo sabía por la mirada que su madre le dirigía en ese momento.
—No, ninguno, solo que quería darme una ducha —alegó para justificarse—, pero lo dejaré para después de ayudar con esas cajas. ¿Dónde vamos a dejarlas? —preguntó para organizar el trabajo que tenía por delante.
—De momento en el viejo granero, junto con lo que sacamos del desván. Menos mal que arreglasteis el techo el año pasado.
—Eso me recuerda que tengo que ponerme con la pintura de la habitación de Harper —recordó Adler.
—Ya no debes preocuparte por eso, Pepper se ofreció a hacerlo y ya está en ello.
—¿Y el instituto? —preguntó Adler.
—Empieza el lunes, espero que se adapte rápido —expresó Lorraine, que estaba preocupada por el asunto.
Adler pudo leer en la expresión del rostro de su madre las dudas y la angustia, y nuevamente sintió rechazo por Pepper, que parecía haber llegado a sus vidas para complicarlas. Iba a replicar a sus palabras, para intentar disipar las nubes negras que sobrevolaban alrededor de su madre, cuando el sonido de un vehículo acercándose le alertó de que el camión de mudanzas llegaba.
—Voy yo, y no te preocupes, me encargaré de todo.
Una hora y media después todas las cajas estaban situadas en una esquina del viejo granero. Adler se alegraba de que el conductor hubiera ido con un compañero porque habían acabado antes de lo esperado.
Regresó a la casa y su madre, que estaba poniendo la mesa, le pidió que subiera a la buhardilla para avisar a Pepper de que habían llegado las cajas procedentes de su antiguo apartamento. Adler hubiera querido negarse, pero no quería iniciar una conversación con su madre respecto a Pepper, sabía que no acabaría bien.
Subió las escaleras del primer piso y luego las del segundo, que daban paso a la amplia buhardilla. Al llegar al final de la escalera se quedó parado en el sitio. Tenía recuerdos de aquel lugar, había subido muchas veces, siendo un niño se había convertido en su fuerte. Había pasado muchas tardes lluviosas jugando allí con el scalextric que unas Navidades le había regalado papá Noel. Pero aquel lugar sombrío y misterioso ya no parecía el mismo.
Las ventanas ya no estaban ocultas con telas y la luz entraba a raudales por sus cristales limpios. Las paredes, antaño amarillentas, ahora parecían resplandecer gracias a la pintura rosa claro que las cubría y el suelo de madera parecía brillar.
La habitación estaba vacía, y tuvo que recorrerla para descubrir a Pepper subida en una escalera. Su mano estaba extendida con la brocha, y parecía querer alcanzar el recoveco que formaba una de las vigas del techo.
Sin dudar, se aproximó a ella a grandes zancadas y aferró la escalera por temor a que se tambaleara.
—Te vas a caer —soltó de improvisto, logrando que Pepper se sobresaltara.
Pepper, que no se esperaba su aparición, soltó la brocha y se aferró a la escalera con el corazón acelerado.
—Es normal, con el susto que me has dado —expresó molesta girando su cabeza y clavando su mirada en el rostro masculino.
—Baja, déjame a mí —replicó Adler tajante.
—No es necesario —replicó Pepper molesta mientras descendía por la escalera con movimientos bruscos—. Me las estaba apañando perfectamente hasta que has llegado tú —le reclamó.
Adler apenas le prestó atención. Inconscientemente, su mirada estaba fija en su redondeado trasero enfundado en unos jeans cortos mientras la
joven descendía por la escalera. Cuando se percató de lo que hacía, chascó la lengua con desagrado y se apartó. Luego se agachó y cogió la brocha.
—Dámela —ordenó Pepper alargando su mano.
—Te he dicho que lo haré yo —replicó Adler.
—Yo he empezado esto —dijo Pepper abarcando con su mano las paredes a su alrededor—, y yo lo acabaré —añadió tozudamente mientras intentaba alcanzar la brocha que Adler había puesto sobre su cabeza.
—¿Y si te caes y te rompes una pierna? —alegó Adler, que no estaba acostumbrado a ceder.
—No soy tan torpe —replicó Pepper con la mirada brillante por la ira.
—Pero si eso sucede, solo lograrás complicarnos aún más la vida a todos. —Nada más que esas palabras salieron de sus labios, Adler se arrepintió de haberlas pronunciado, más cuando descubrió en el rostro femenino el dolor. «Soy un gilipollas», se reprendió mentalmente.
—¿Es eso lo que piensas de mí? ¿Por eso te has comportado de una forma tan desagradable conmigo? —preguntó Pepper mientras abandonaba la idea de recuperar la brocha que Adler sostenía entre sus dedos.
—Lo siento, no quería decir eso —intentó excusarse él, arrepentido.
—Sí, si lo querías decir —replicó Pepper elevando su rostro para encontrarse con sus ojos azules—. Pues te diré una cosa: yo no decidí venir a esta casa, ni mi intención era amargaros a todos la vida. Hablaré con Lorraine…
—No, no hagas eso —le rogó Adler, que por nada del mundo quería que su madre se enterara de lo que había dicho—. Por favor, perdóname —
rogó, aunque no estaba acostumbrado a ello.
—¿Y qué sentido tiene que me quede aquí sí solo soy una carga? —
preguntó Pepper, que notaba el escozor de las lágrimas en sus ojos, aunque parpadeó para intentar que no salieran.
—Oye, de verdad que lo siento, soy un bruto —reconoció Adler—, por favor, olvida lo sucedido y empecemos de cero —rogó a la desesperada mientras sentía una opresión en su pecho cuando descubrió que los ojos marrón claro de la joven estaban vidriosos—. Si quieres, puedo patearme el culo —añadió.
Pepper, que tenía los ojos clavados en él con intensidad, al escuchar sus últimas palabras no pudo evitar imaginarse la escena y una ligera sonrisa curvó sus labios sin que se percatara.
—¿Y cómo piensas hacer eso? —preguntó.
—Bueno, la verdad es que no soy demasiado flexible —confesó Adler mientras se rascaba la nuca—, pero puedes darme tú la patada que me merezco —añadió mientras giraba ligeramente su cuerpo para que ella tuviera acceso a su trasero.
Pepper fijó fugazmente allí su mirada y, avergonzada, la apartó antes de hablar.
—No, déjalo, no quiero que seas tú el que acabe con una pierna escayolada —replicó Pepper con una sonrisa—. Y bueno, ¿a qué habías venido? —preguntó curiosa. Estaba segura de que Adler no habría subido hasta allí por nada.
—Quería avisarte de que ya vinieron los de la mudanza. Las cosas de… vuestro piso de Nueva York ya están aquí —dijo evitando nombrar a Maggie.
Pepper, por unos segundos se quedó quieta como un poste, incapaz de reaccionar. Había temido esa situación, pero sabía que en algún momento tendría que enfrentarse a ella y no tenía más remedio que ser fuerte.
—Si quieres, lo puedes dejar para más adelante. Las coloqué bien apiladas y a resguardo en el granero —dijo Adler al ver su expresión atormentada—. ¿Acabamos antes de pintar esta habitación? —propuso amablemente.
—Sí, será lo mejor —replicó Pepper.
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