Latidos cautivos

Mar Fernandez · Capítulo 26 de 37

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Latidos cautivos

Capítulo 26

Pepper cogió las llaves de la pick up y salió al exterior. A primera hora de la tarde ya había hecho todas las tareas que tenía pendientes y había decidido ir a Hidden Valley para ver a Olivia, a la que no había podido visitar desde su regreso. Leanna le había hablado de ella, y la dejó noqueada cuando le confirmó que era la sheriff del pueblo.

Cuando llegó, aparcó junto la comisaría y entró por las puertas abatibles. El silencio reinaba en el lugar, solo interrumpido por un tecleo constante. Parecía que la persona que estaba usando aquel pobre ordenador estuviera enfadado, y no pudo evitar que una sonrisa se dibujara en sus labios.

La sala de espera estaba desierta, y tras dudar unos minutos, se acercó al mostrador de recepción. Tras él estaba la persona que tecleaba, un hombre mayor, calvo y orondo, que parecía concentrado en su trabajo.

—Disculpe —dijo Pepper para llamar su atención.

El hombre elevó su mirada de la pantalla y la clavó en ella antes de hablar.

—¿En qué puedo ayudarla? —preguntó servicial.

—Quería ver a la sheriff Miller.

—¿Para qué? —preguntó con seriedad.

Pepper, que no se esperaba su pregunta, tardó unos minutos en reaccionar.

—Es un asunto personal —respondió finalmente.

—Está bien, ¿su nombre? —dijo el desconocido, cogiendo una libreta y un bolígrafo para anotar.

—Pepper Young.

—Espere aquí, voy a ver si puede recibirla —dijo antes de abandonar su asiento y caminar con paso cansado hasta una puerta situada a su espalda.

Unos minutos después regresó y le indicó que le siguiera por un estrecho pasillo. Luego abrió una puerta y la invitó a entrar antes de cerrar a su espalda. Pepper descubrió que el despacho de Olivia no era demasiado

grande, pero sí luminoso gracias a un gran ventanal que daba a la plaza frente al ayuntamiento. Clavó su mirada en su amiga y descubrió que no había cambiado nada en todo ese tiempo.

—¡Pepper! —exclamó Olivia al verla. Dejó los papeles que tenía dispersos por la mesa y caminó hasta ella para abrazarla—. Pensaba que no ibas a venir a verme —le reprocho.

—¿Cómo puedes pensar eso? —replicó Pepper—, lo que pasa es que me turno con la tía Lorraine para cuidar a Harper y vengo días sueltos aquí. Por favor, no te enfades conmigo —rogó mientras unía las palmas de sus manos en señal de súplica.

—Está bien, no te lo tendré en cuenta, pero nos debes a Leanna y a mí una noche de chicas como las que solíamos montar antes —expresó con la nostalgia latente en su voz.

—Eso está hecho —dijo Pepper ilusionada.

—Bueno, siéntate —la invitó Olivia antes de situarse tras su escritorio.

—Gracias —Pepper obedeció, clavando nuevamente su mirada en ella—. Te veo, pero aún me cuesta asumir que seas agente de la ley.

—A mí también me cuesta, cuando éramos unas crías mi meta era ser modelo o influencer o algo por el estilo, sin saber que mi verdadera vocación era esta. Mi padre habría flipado —afirmó con un deje de tristeza en la voz.

—Tu padre habría estado orgullosísimo de ti, estoy segura —afirmó Pepper con rotundidad.

—Gracias —dijo Olivia, parpadeando para deshacerse de las lágrimas que se negaba a dejar caer—. Pero bueno, cuéntame cómo estás tú.

—Muy bien, la verdad, en este nuevo trabajo me siento valorada y me han dado mayor libertad… —comenzó Pepper, pero Olivia la cortó con un gesto de mano.

—Me refiero a cómo ha sido reencontrarte con Adler —soltó Olivia.

—Qué incisiva —exclamó Pepper.

—Es parte de mi trabajo. Lo siento, a veces no me doy cuenta de que no estoy hablando con un sospechoso —se disculpó Olivia con una sonrisa culpable.

—Tranquila, pero bueno, vayamos al grano como te gusta a ti. Adler me mira con odio, parece que me perdona la vida cada vez que nuestros

caminos se cruzan y lo peor sucedió ayer. Estábamos discutiendo en la cocina cuando apareció el tío Scott, que había escuchado nuestra conversación, y resulta que ya sabía que había habido algo entre nosotros.

Nunca había pasado tanta vergüenza en toda mi vida —confesó Pepper mortificada.

—¡No fastidies! —exclamó Olivia sorprendida.

—Sí, y nos echó un buen rapapolvo. Después se fue hecho un basilisco. No entiendo por qué Adler me odia tanto, si fue él quien se alistó en el ejército dejándome tirada —dijo con evidente enfado.

Olivia observaba a su amiga, poniendo atención a cada uno de sus gestos. Cuando eran unas crías, Pepper regresó con el corazón roto tras conocer a su padre, quien no quiso saber nada de ella, y luego descubrió que Adler se había marchado. En ese momento pensaba que tenía razón para estar enfadada y dolida. Pero de eso habían pasado diez años, y, meditando sobre el asunto, ahora tenía una opinión muy diferente.

—Os estáis comportando como unos críos —dijo sin importarle la mirada sulfurada que Pepper le dedicó—. No se trata solo de vosotros, si no de la gente que os rodea. Lorraine, Scott, Harper y Tiger no tienen la culpa de que no llegarais a entenderos, pero se merecen respeto y armonía, y más ahora.

Pepper hubiera querido rebatir sus palabras, pero en el fondo de su ser sabía que Olivia tenía razón.

—¿Y qué propones? ¿Qué me disculpe con él? —preguntó. Aunque no estaba dispuesta a darse por vencida.

—No hace falta que te disculpes, solo que busques el momento para que habléis de lo que sucedió en el pasado. No digo que de la noche a la mañana podáis olvidar el dolor y las afrentas mutuas, pero sí que la convivencia para todos sea algo más agradable. Piensa en Harper.

Pepper meditó sobre las palabras pronunciadas por Olivia. Aunque sabía que su amiga estaba en lo cierto, era muy difícil enfrentarse a esa situación.

—Solo puedo decirte que lo pensaré —respondió.

—Al menos es un comienzo —replicó Olivia con una sonrisa.

—¿Y desde cuándo te has vuelto tan sabia? —preguntó Pepper.

—Desde que tengo que poner paz en un pequeño pueblo de Texas

—dijo Olivia guiñándole un ojo, divertida.

—Y ahora que ya me has echado un buen sermón, es mi turno. ¿Qué pasa en la vida privada de la sheriff de Hidden Valley?

—¿Vida privada? ¿Qué es eso? Desde que llevo este uniforme he espantado al género masculino.

Pepper, al escuchar sus palabras, intentó contener la risa, pero cuando la propia Olivia se puso a reír no pudo evitar contagiarse.

***

Cayden entró en casa tras un largo día de trabajo. A mediodía se había pasado por casa y descubrió que la nevera estaba vacía, así que había decidido ir a la compra cuando terminara con el ganado.

Entró por la puerta trasera de la cocina y dejó las bolsas sobre la encimera antes de empezar a vaciarlas para colocar cada cosa en su lugar.

Estaba acabando cuando escuchó ruido de golpes en las escaleras y se dirigió allí preocupado. Cuál no fue su sorpresa cuando descubrió algunas cajas de cartón marrón junto a la pared y una maleta. Giró su rostro y descubrió a su padre bajando los peldaños.

—¿Qué pasa aquí? —preguntó cuando su progenitor llegó a su lado.

—Creo que es bastante evidente —contestó Kennett colocando los brazos en jarras.

—Pues para mí no, ¿de quién son esas maletas?

—Son mías, me marcho —contestó Kennett.

—¿Pero por qué? —preguntó Cayden notando que un sudor frío recorría su espalda.

—No aguanto más a la loca de tu madre. La muerte de Finn la ha terminado de rematar. No estoy dispuesto a malgastar lo que me resta de vida con ella. Y, por favor, no me preguntes a dónde voy...

Cayden pasó del terror al enfado en una milésima de segundo y no pudo contenerse, cortando a su padre con un gesto de mano.

—Lo sé perfectamente, te vas a casa de tu amante ¿verdad? —

preguntó con voz dura, aunque ya sabía la respuesta.

Kennett se quedó sin palabras. Había tenido mucho cuidado desde que había empezado su relación con Melissa, pero parecía que no había sido tan discreto como pensaba. Cayden sabía la verdad y no tenía sentido mentir.

—Sí, me voy con la mujer que amo —dijo con la valentía nacida de alguien que no tenía nada que perder.

—¿Y mi madre? ¿Y el rancho? —preguntó Cayden.

—Puedes hacer con tu santa madre lo que te venga en gana, y, respecto al rancho, he puesto mi parte a tu nombre. Estuve ayer en el abogado, solo tienes que ir a su oficina y firmar los papeles.

—¡Maldita sea, joder! —gritó Cayden furioso, con la imperiosa necesidad de estampar su puño contra el rostro de su padre—. No necesito miserias, solo que te responsabilices de la mujer con la que has compartido tu vida.

—No son miserias —rebatió Kennett. Aunque entendía el enfado de su hijo, ya había tomado una decisión—, es tu futuro. Sé que amas este rancho más de lo que lo amé yo nunca. Espero que algún día puedas entender por qué hago esto y perdonarme.

Kennett hizo el amago de acercarse para dar un último abrazo a su hijo, pero Cayden, al ver sus intenciones le propinó un empujón.

—¡Vete al infierno! —gritó antes de darse la vuelta y caminar a grandes zancadas hacia la puerta trasera de la casa.

***

Adler aparcó frente al pub de Nelson, situado a las afueras del pueblo, y, como esperaba, divisó la pick up de Cayden. Una hora antes había sonado su teléfono, y dada la hora tardía, lo cogió, preocupado, temiendo que algo le hubiera sucedido a Harper, pero resultó ser el propietario del pub. Al parecer, Cayden llevaba allí varias horas bebiendo y Nelson temía que armara alguna bronca con unos vaqueros que estaban jugando a los dardos.

Cuando la línea se quedó libre, Adler tardó unos minutos en reaccionar, sorprendido por la noticia, pero no dudó en salir de la cama y vestirse para ir a buscar a su amigo y averiguar lo que le sucedía.

—¿Qué coño habrá pasado? —se preguntó mientras abandonaba su vehículo y caminaba con paso resuelto al local.

Cuando entró se dirigió directamente a la barra, donde el dueño parecía entretenido secando unos vasos. Al verle, Nelson dejó su tarea y se acercó a él antes de apoyarse en la barra gastada.

—Menos mal que has venido, Cayden lleva aquí un buen rato y creo que ha bebido demasiado —dijo Nelson, aliviado al verlo.

—¿Dónde está? —pregunto Adler mirando a su alrededor.

—Allí —dijo el barman, señalando el fondo del local.

—Gracias, Nelson.

Adler caminó hasta el lugar y descubrió a Cayden sentado solo en una mesa con un vaso y una botella de whisky sobre la mesa. Permanecía con el codo clavado en la madera y su mejilla apoyada sobre la palma de la mano. Tenía la mirada perdida. Adler frunció el ceño con inquietud, nunca había visto a Cayden tan decaído.

—Cayden, ¿por qué no me has avisado de que ibas a salir? —

preguntó antes de sentarse en la silla frente a él.

El aludido elevó la cabeza y clavó su mirada en Adler, pero parecía desorientado, como si no le reconociera. Tras unos segundos le enfocó.

—Adler, ¿qué haces aquí? —preguntó Cayden con esfuerzo y la lengua pastosa.

—He venido de casualidad —mintió—, y me ha dicho Nelson que estabas aquí. Ya sabes que no me gusta beber solo.

—Pues a mí sí, no estoy de humor para gilipolleces, ¿Por qué no te vas? —preguntó Cayden antes de acabar de un solo trago su vaso y volver a llenarlo.

—Cayden, no me voy a ir hasta que no me cuentes qué coño te pasa.

Y, por favor —dijo elevando su mano para que no le interrumpiera—, deja de beber ya.

Cayden hubiera querido mandar a la mierda a Adler, pero la verdad era que si no se desahogaba se iba a volver loco.

—Mi padre se ha largado con su amante —soltó sin anestesia.

—¿Qué? —boqueó Adler incrédulo.

—Sabía que tarde o temprano eso podía suceder —confesó Cayden

—, pero no esperaba que fuera tan cruel como para hacerlo cuando Finn aún está caliente en su tumba.

—Lo siento, tío —dijo Adler cuando fue capaz de reaccionar. Estiró su brazo y le puso la mano sobre el hombro—. Pero los dos sabemos que esto es lo mejor, aunque ahora no lo creas.

—¿Y mi madre? —preguntó Cayden desesperado—. ¿Qué coño voy a hacer con ella ahora? Desde lo de Finn no sale de su dormitorio, y ha

acabado con todo el alcohol de la casa. Está enferma, y cuando se entere de lo de papá ¿qué pasara?

—Lo primero que tienes que hacer es dejar de beber —dijo Adler apartando la botella del alcance de su amigo—, mírate en el espejo de tu madre.

—¿No te parece demasiado cruel? —replicó Cayden molesto.

—Pero bastante realista. Y lo segundo, te ayudaré a buscar ayuda para ella, me temo que tendrás que ingresarla.

—¿Y cómo coño voy a pagar eso? —cuestionó Cayden hundiendo los hombros.

—Ya te dije que tengo un dinero ahorrado… —comenzó Adler.

—No puedo aceptarlo —replicó Cayden.

—Para mí eres como un hermano, y quiero ayudarte. Además, sé que me lo devolverás en cuanto puedas.

Cayden sintió el escozor de las lágrimas, emocionado por las palabras de Adler, y tuvo que parpadear varias veces para deshacerse de esa molesta sensación.

—Gracias, amigo —dijo con la voz cargada de emoción.

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