Latidos cautivos

Mar Fernandez · Capítulo 32 de 37

Páginas del PDF

Latidos cautivos

Capítulo 32

Leanna miró por quinta vez su reloj de muñeca, maldiciéndose. Había sido una blanda al acceder a la extraña petición de Pepper. Cuando la había llamado estaba a punto de cerrar la peluquería tras un largo día de trabajo, y aunque cuando le había pedido que le dejara su casa unas horas había estado a punto de mandarla a la mierda, algo le dijo que estaba con Adler y no pudo negarse.

Cortó la llamada y se dejó caer sobre el viejo sillón de su peluquería.

Luego buscó en su agenda un número. Gracias a Dios, Olivia no tardó en coger la llamada.

—Leanna, ¿sucede algo? —dijo nada más descolgar, preocupada.

—No, tranquila, solo me preguntaba si habrías cenado.

—No, todavía no, acabo mi turno en media hora —respondió Olivia, que no sabía a dónde quería llegar su amiga.

—Te invito a cenar —ofreció Leanna—. Ya sé que debería haberte avisado, pero la idea ha surgido de la nada.

—Me parece un buen plan, pero no voy a negar que me sorprende.

Podemos pedir una pizza y ver una peli en tu casa —ofreció un plan alternativo.

—No puedo, tengo la casa ocupada —confesó.

—¿Ocupada? —preguntó Olivia confusa—. No comprendo.

—Pepper me ha pedido que se la deje un par de horas o tres.

—¡¿Qué?! —exclamó Olivia excitada—. Quiero todos los detalles —

exigió.

—No te puedo contar mucho, Pepper fue muy misteriosa, pero apostaría la recaudación de la peluquería de un mes a que está con Adler.

—¿Qué me he perdido? —cuestionó Olivia.

—No lo sé, pero ya nos enteraremos. ¿Vamos a cenar? —preguntó Leanna nuevamente, en ese momento su estómago comenzó a protestar.

—Por supuesto, voy a llamar al italiano a ver si tienen mesa. Hoy es viernes y debe de estar hasta arriba.

Cuando Leanna terminó de recoger se cambió de ropa y luego salió a la calle. Pensó en coger el coche, pero estaba a poca distancia del restaurante por lo que decidió ir andando. No le vendría nada mal que le diera algo el aire tras un día largo y caluroso.

Estaba a punto de cruzar la calle para entrar en el callejón donde se encontraba el italiano cuando alguien la llamó. Al girarse descubrió que se trataba de su hermana, y fue incapaz de moverse durante unos segundos.

Kinsley sonrió al descubrir el rostro desconcertado de su hermana.

Hacía dos años que no pisaba aquel maldito pueblo, desde la muerte de su madre, y si no fuera porque necesitaba dinero nunca habría regresado.

—Kinsley, ¿qué haces aquí? —preguntó Leanna cuando logró que su voz saliera de su garganta.

—Necesitaba hablar contigo, tenemos un asunto pendiente —dijo Kinsley acortando la distancia que las separaba.

—Ahora no estoy de humor —confesó Leanna algo más repuesta.

—¿Y crees que me importa? —replicó Kinsley enarcando una ceja.

—Supongo que no —dijo Leanna con voz fría—, pero tengo planes y no pienso cancelarlos por tu culpa. Te veo mañana en la peluquería —

añadió antes de darse media vuelta para seguir con su camino.

—Muy bien, hermanita —dijo Kinsley mientras se ondulaba el pelo con el dedo con una sonrisa en los labios—. Si no me acoges tú esta noche, buscaré a alguien que estoy segura de que no me rechazará —concluyó mientras buscaba su móvil en el bolso que colgaba de su brazo.

Veinte minutos después, una de las pick up del rancho Conway aparcaba frente al banco donde Kinsley esperaba con la mirada clavaba en la pantalla de su móvil.

—Ya estoy aquí —escuchó una voz profunda, y cuando elevó la mirada descubrió que era Tiger, que tenía cara de pocos amigos.

—Sabía que no me defraudarías —afirmó Kinsley abandonando su asiento y caminando hasta el vehículo con un zigzagueante movimiento de cadera.

—Has tenido suerte, no tenía nada mejor que hacer —afirmó Tiger, aunque en el fondo de su ser sabía que había sido un blandengue, y más después de cómo aquella mujer le había dejado tirado en el pasado.

***

Unos días después

Pepper comprobó que la carne que había guisado estaba blanda y apagó el fuego de la cocina. Luego se lavó las manos en la pila y se quitó el delantal al percatarse de que los tíos, Tiger y Harper debían estar a punto de llegar. Salió al exterior para comprobar que la mesa estaba puesta, cuando de repente unas manos se posaron en su cintura y la hicieron girar. De un momento a otro estaba frente a Adler.

—¡Me has dado un susto de muerte! —protestó mientras posaba sus manos sobre sus anchos hombros para no perder la estabilidad.

—Llevo toda la mañana pensando en ti —afirmó Adler antes de besar sus labios con pasión. En pocos minutos sus cuerpos parecieron encenderse y tuvo que hacer un soberano esfuerzo para apartarse de ella—. ¿Sabes a qué hora llegan? —preguntó soltando su cintura para clavar su mirada en la mesa.

—Deben de estar a punto —respondió Pepper.

—¿Necesitas que te ayude en algo? —preguntó Adler sintiéndose mal al saber el trabajo que había realizado Pepper sola—. Quería haber llegado antes, pero como he tenido que ocuparme de las cosas de Tiger…

—¿Qué le pasa últimamente? —preguntó Pepper interesada. Hacía varios días que apenas había visto a Tiger y empezaba a preocuparse.

—Creo que se ha reencontrado con una novia del pasado. Cada noche se marcha y no aparece hasta el alba —contestó Adler con el ceño fruncido.

—¿Sabes de quién se trata? —preguntó Pepper con sospecha. El día anterior había hablado con Leanna y estaba que echaba humo. Al parecer Kinsley había regresado a Hidden Valley unos días antes, y no con buenas intenciones.

—No, no tengo ni idea —replicó Adler, pero al ver la expresión del rostro femenino supo que ella sabía más de lo que decía—. Pero estoy seguro de que tú sí. Anda, desembucha —le ordenó tajante.

—Yo no sé nada —dijo Pepper fingiendo inocencia mientras caminaba aceleradamente hacia la puerta de la cocina, pero no llegó a entrar. Adler la volvió a coger por la cintura y la empotró contra la hoja de madera antes de susurrar unas palabras a escasos centímetros de su boca.

—Los dos sabemos que estás mintiendo —dijo con voz suave—, quiero que me cuentes lo que sabes o te torturaré muy lentamente hasta que me confieses la verdad —concluyó antes de mordisquear su garganta.

—¿Y piensas torturarme de este modo? —preguntó Pepper entre jadeos—, porque si es así creo que no me vas a sacar ni una palabra hasta que me hagas el amor —añadió mientras acariciaba la espalda masculina.

—Soy un mal jugador, y estaría encantado de follarte, pero no me da tiempo. Esta noche te complaceré con sumo gusto.

—¿En el granero, como siempre? —preguntó Pepper, que ya notaba sus bragas humedecidas y sus pezones duros.

—Sí —dijo Adler mientras se apartaba para dejar distancia entre ambos antes de cambiar de opinión—. Y ahora, por favor, cuéntame quién es esa mujer misteriosa. Ya sabes que Tiger tiende a meterse en líos —

añadió frustrado.

—Está bien, pero solo es una sospecha. Kinsley Gray ha regresado.

—Maldita sea —exclamó Adler sin poder contenerse—. ¿Por qué mi primo tiene tan mal ojo para las mujeres?

—No lo sé, pero al menos sabemos que ella no pasará aquí más de dos semanas. Solo ha venido a reclamarle a Leanna su parte de la herencia de su madre. Según ella, no le dio lo que le pertenecía cuando falleció la señora Gray —expresó Pepper molesta.

—Es una sanguijuela —escupió Adler.

—No lo sabes tú bien. Cuando era más joven lamentaba no haber tenido hermanos, pero viendo lo visto…

Adler iba a replicar a sus palabras cuando el sonido de unos coches que se acercaban se lo impidió. Clavó su mirada en el atractivo rostro de Pepper antes de darle un ligero beso en los labios y acto seguido caminó hasta la parte delantera de la casa para dar la bienvenida a su hermana.

Harper aún estaba débil por lo que Adler la tomó en sus brazos y la llevó al balancín del porche trasero mientras el resto de la familia organizaba lo que faltaba para comer. Poco después todos degustaron la carne preparada por Pepper, que se ganó por parte de Lorraine un piropo hacia sus habilidades culinarias. Para postre había preparado una tarta de queso y por último Scott preparó un café bien cargado, como a él le gustaba.

Tiger se excusó, titubeante, antes de subirse a su pick up. Adler y Pepper intercambiaron una mirada, ambos sabían a dónde podía dirigirse, pero no era asunto de ellos; si Tiger quería malgastar su tiempo con Kinsley era problema suyo.

Adler estaba a punto de llevar a su habitación a Harper para que descansara tras una mañana ajetreada, pero en ese momento llegó un invitado inesperado.

—No quería molestar —se excusó Cayden cuando llegó al porche y descubrió la celebración familiar—. No sabía que te habían dado el alta —

dijo acercándose hasta la silla que ocupaba Harper, que elevó su mirada y la clavó en él—, me alegro mucho.

—Gracias —replicó Harper con una sonrisa sincera—. Sí, esta mañana, pero aún no puedo salir corriendo —comentó divertida.

—Bueno, sé que más pronto que tarde lo harás —afirmó Cayden, incapaz de apartar la mirada del dulce rostro de la joven. De nuevo, esa sensación extraña y desconocida atravesó su cuerpo.

—Sí, y seguramente acabe colándome en tu rancho para dar el biberón a algún ternero despistado —comentó Harper, recordando lo sucedido el verano anterior, y cómo Cayden se había enfadado antes de saber que la vaca había rechazado a su cría.

—¿Y a qué habías venido? —preguntó Lorraine mientras le tendía una taza de café humeante que él no rechazó.

—Quería hablar de un asunto con Adler —confesó Cayden algo cohibido.

—Por supuesto —afirmó Adler dejando su taza sobre la mesa—.

¿Quieres que vayamos a los establos?

—Hijo, podéis ir al despacho —intervino Lorraine contrariada.

—No se preocupe, señora Conway, me gusta más el establo —

replicó Cayden con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

—Lorraine, deja a los chicos en paz —intervino Scott, que pudo notar la incomodidad de su hijo—. Querrán hablar de sus cosas sin orejas que escuchen de más.

—¿Estás insinuando que soy una chismosa que escucha tras las puertas? —preguntó la aludida con el ceño fruncido.

—No, por supuesto que no mi amor… —intentó arreglarlo él.

—Vámonos de aquí antes de que sea demasiado tarde —aconsejó Adler a su amigo.

—Tienes razón —afirmó Cayden dando él último sorbo a su taza para dejarla sobre la mesa.

Unos minutos después ambos estaban en el amplio pasillo del edificio. Adler aprovechó para comprobar que los animales tenían agua y luego se giró para clavar su mirada en el rostro preocupado de Cayden.

—¿Qué sucede? —preguntó directo.

—Es sobre la clínica que visité en Texas. He conseguido una plaza.

—¡Cuánto me alegro! —afirmó Adler contento.

—Y yo, pero antes de llevarla tengo que realizar el primer pago —

comentó Cayden avergonzado.

—Claro —dijo Adler sintiéndose culpable. Había estado tan distraído con Pepper que ni se había acordado del problema de su amigo—, ahora te hago un cheque.

—Te prometo que en cuanto pueda te devolveré hasta el último centavo —afirmó Cayden cabizbajo.

—Lo sé, y no hace falta que me lo repitas a cada momento. ¿Cuándo pueden ingresarla? —preguntó interesado.

—En una semana como mucho. No va a ser fácil convencerla para que vaya, pero tampoco me veo llevándola a rastras.

—¿Y por qué no dejas a mi madre que hable con ella? —preguntó Adler.

—¿Estás loco? —exclamó Cayden notando cómo sus mejillas se teñían de rubor. Si antes se había sentido avergonzado, ahora estaba abochornado—. No quiero que tu madre se entere de la situación de la mía.

—Cayden, no te sientas responsable de lo sucedido —intentó calmarlo Adler mientras colocaba una mano sobre su hombro—. Además, mi madre no es estúpida, estoy seguro de que sospecha algo. Recuerda que ellas eran amigas.

Cayden se apartó de Adler, dándole la espalda, y dejó su mirada vagar a través de la puerta hasta las montañas. En el fondo de su ser sabía que él tenía razón, pero lo que realmente temía era que su madre, en el estado en que se encontraba, pudiera tratar mal a la señora Conway. Pero

¿qué otras opciones tenía?, se preguntó frustrado.

—Está bien, habla con tu madre —resolvió finalmente antes de darse la vuelta para encontrarse con la mirada de Adler—. Y gracias por todo.

—Hoy por ti, mañana por mí —replicó Adler guiñándole un ojo—.

Y ahora regresemos, quiero subir a Harper a su dormitorio. Debe de estar agotada.

—Sí, claro —aceptó Cayden siguiéndole al exterior del edificio.

OceanofPDF.com