Latidos cautivos
Capítulo 25
Al día siguiente
Pepper decidió preparar comida para varios días antes de volver al hospital. Tenía los ingredientes que había comprado el día anterior y comenzó a sacar ollas y sartenes que dispuso sobre las encimeras. Una sonrisa se dibujó en sus labios al percatarse de que se parecía más a su tía de lo que había pensado. Recordó con añoranza los momentos en que Lorraine se preparaba para una celebración especial, siempre trajinando entre fogones.
Comenzó con un guiso de ternera y patatas al que añadió bastante verdura para que fuera más saludable, y continuó con una sopa de pescado. Estaba a punto de meter la carne, que previamente había sazonado, en el horno cuando escuchó el sonido de la puerta. Pensando que se trataba del tío Scott o de Tiger, no dudó en pedir algo de ayuda con la bandeja.
—Por favor, ¿puedes meter eso en el horno? Pesa demasiado —dijo mientras sacaba el pescado de la olla para luego poder desmigajarlo.
Adler, que no esperaba que Pepper estuviera en la cocina, se quedó quieto en el sitio, observando su espalda, donde reposaba su larga melena rojiza. Dudó durante interminables segundos, deseando huir de allí, pero una voz en su cabeza le recordó que no era un cobarde. Se acercó hasta la isla y cogió la bandeja para meterla en el horno, como le había pedido ella.
Pepper dejó el escurridor en el fregadero para que se enfriara su contenido y reparó en que la cafetera ya había terminado su ciclo.
—¿Quieres un café…? —la pregunta casi murió en sus labios cuando se giró y descubrió quién era la persona que había entrado en la cocina.
Adler también se quedó quieto, sin poder evitar que sus ojos se clavaran en el rostro de Pepper. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que la había visto y tenía que reconocer que apenas había cambiado. Estaba tan guapa como recordaba y eso hizo que su corazón se acelerara. «Deja de mirarla como un tonto y habla», se ordenó mentalmente.
—No me vendría mal —respondió a la pregunta de ella.
Pepper estudió el rostro masculino ávidamente. Adler seguía siendo delgado, aunque parecía más musculado, suponía que por el duro entrenamiento militar. Llevaba su cabello castaño más largo de lo habitual, lo que provocaba que se formaran algunos rizos díscolos en su nuca. Fue entonces cuando se percató de las pequeñas arrugas que ahora acompañaban a sus ojos azules, que no recordaba tan intensos.
—Claro, ahora te lo pongo —dijo para no sentirse como una completa idiota mientras se giraba y buscaba dos tazas en la alacena.
Desde que había llegado, Pepper había imaginado una docena de veces cómo sería el momento en que se encontrara con él frente a frente. Pero lo que estaba sucediendo no se parecía a ninguno de aquellos escenarios figurados. Había esperado gritos o reproches (conocía bien el mal carácter de Adler), pero nunca que acabaran tomándose un café juntos.
Adler, por su parte, decidió colocar el azúcar y unas cucharas sobre la mesa redonda donde solían comer. Incluso sacó la botella de leche de la nevera porque recordó que a Pepper le gustaba el café con unas gotas. «¿Cómo te puedes acordar de eso?», se preguntó confuso, aunque conocía de sobra la respuesta: no había podido olvidar a Pepper en todos esos años, a pesar de que había intentado odiarla. Quizás ese era el motivo por el que siempre había evitado encontrarse con ella, aunque para eso había sacrificado muchas reuniones familiares excusándose en su trabajo.
Pepper caminó hacia la mesa y, tras unos segundos de duda, colocó la taza frente a Adler. Luego ocupó la silla frente a él y le dio un sorbo a su café. Durante varios minutos permanecieron en silencio, intentando ignorarse mutuamente, pero era demasiado
incómodo para ambos. Finalmente, Pepper decidió romper ese tenso silencio que amenazaba con volverla loca.
—Me ha comentado Leanna que has dejado el Ejército recientemente —expresó, intentando entablar una conversación trivial, pero cuando los ojos de Adler se clavaron en su rostro supo que no había elegido un buen tema de conversación.
—No lo he dejado —respondió Adler con voz dura—, más bien me han echado tras tener un accidente. Ahora soy poco más que un minusválido.
Pepper sintió que su corazón se aceleraba al escuchar sus palabras.
—Lo siento mucho, no lo sabía —dijo con pesar.
—¿Y cómo lo ibas a saber? —replicó Adler furibundo—.
Hace años que decidiste que no te importaba.
La ira se encendió en su interior al escuchar el reproche. Se había prometido actuar con normalidad, pero Adler había dado al traste con sus buenas intenciones. Y si se pensaba que iba a permitir que le hablara así estaba muy equivocado.
—¿Por qué sacas eso ahora? —preguntó elevando su rostro con altanería—. Te recuerdo que fuiste tú el que decidió alistarse sin avisar a nadie.
—Y yo te recuerdo que si tomé esa decisión fue empujado por lo que tú hiciste. Me traicionaste. Me abandonaste como si fuera un trasto viejo que ya no te servía —replicó Adler, dejando la taza con fuerza sobre la mesa, haciendo que el líquido se derramara sobre la superficie.
—¿Perdona? —exclamó Pepper abandonando su asiento y colocando las palmas de las manos sobre la mesa, inclinándose hacia delante hasta quedar a escasos centímetros del rostro endurecido de Adler. Parecía muy enfadado, pero no se dejó impresionar—. Yo no lo recuerdo así, más bien yo creo que fuiste tú el que me traicionó. Cuando regresé, ya te habías ido —le soltó.
—Si tú no te hubieras largado a buscar a tu bendito padre nada de esto hubiera pasado. ¿Acaso pretendías que, después de irte sin decirme nada al día siguiente de que te confesara mi amor, te esperaría? Tú no tuviste en cuenta mi opinión, lo que se traduce
en que lo nuestro solo era un divertimento para ti. Entonces, ¿por qué iba yo a sacrificar mi sueño por una niñita malcriada?
—Me parece que tienes una percepción de la realidad muy distorsionada.
—¿De verdad? —preguntó Adler echándose hacia adelante, quedando sus rostros a escasos milímetros, mientras elevaba sus cejas—. ¿Acaso esperabas que me quedara para consolarte?
—¡Yo no he dicho eso! —exclamó Pepper molesta.
—No, pero me pregunto qué hubiera pasado si él no te hubiera rechazado. ¿Te habrías mudado a su casa dejándonos atrás? Yo no quería quedarme para averiguar lo que pasaría.
Pepper sentía que su corazón sangraba como el día en que regresó y descubrió que Adler se había ido de la noche a la mañana para alistarse, dejándola sola y destrozada tras el rechazo del hombre que le había dado la vida, pero que nunca la quiso. Fue la peor etapa de su vida y tardó meses en recuperarse. Ahora, con la perspectiva del tiempo, entendía que lo que más le había dolido era la desaparición de Adler, al que le había entregado el corazón. Lo de su supuesto padre lo habría superado, pero perder el amor de su vida había sido la más dura prueba que había tenido que superar nunca.
—¿Podéis dejarlo ya? —se escuchó una voz a su espalda.
Ambos giraron su rostro y se quedaron callados y asustados cuando descubrieron que quien había entrado no era otro que Scott Conway, cuyo rostro mostraba tristeza y agotamiento.
Pepper se apartó de Adler y puso su trasero en la silla.
Sintió que sus mejillas se coloreaban al ser descubiertos por el tío Scott. «Por favor, que no haya escuchado nuestra conversación», rogó con temor. Durante años se había cuidado mucho de guardar el secreto que compartía con Adler para no dañar a la familia.
—Papá, no pasa nada, solo le decía a Pepper que había dejado el café demasiado flojo y se ha enfadado —dijo Adler con la intención de desviar la atención de su padre, pero cuando este clavó sus ojos en él supo que no había tenido demasiado éxito.
—Por favor, ya sois lo suficientemente mayores como para seguir con esta mentira que nadie se cree. ¿Acaso pensabais que
nadie se daría cuenta de cómo os mirabais hace diez años?
Adler quiso decir algo, negar las palabras de su padre, pero era absurdo. Durante ese tiempo había pensado que su secreto era eso, un secreto que solo conocían unos pocos.
—Tío Scott, lo siento —se disculpó Pepper abatida.
—¿Qué sientes? —preguntó el hombre mientras se acercaba a la encimera y apoyaba su trasero en ella antes de cruzarse de brazos—. ¿Haberte enamorado de mi hijo o mentirnos a pesar de que te dimos un hogar? También podemos hablar de cuando te fugaste para encontrarte con tu padre. ¿Por qué tema empezamos? —preguntó duramente.
Adler, al escuchar las palabras de su padre sintió que la ira ascendía por su cuerpo. No es que Pepper fuera la persona a la que más apreciara en el mundo, pero tampoco se merecía que la trataran así. De lo sucedido diez años antes ella no era la única responsable.
—Papá, creo que te estás excediendo —expresó sin poder contenerse—. Si Pepper no dijo nada de lo que estaba surgiendo entre nosotros fue porque yo se lo pedí.
«Al final, después de tanto tiempo, la verdad aflora entre tanta oscuridad», pensó Scott mientras intercalaba su mirada entre uno y otro. Por supuesto que no había pretendido hacer daño a Pepper, la quería como a una hija, y aunque su pregunta había sido dañina, había logrado lo que pretendía: ver si su hijo seguía sintiendo algo por aquella joven. Parecía que no se había equivocado. Ahora era el turno de Pepper y debía ser ingenioso.
—¿Entonces fuiste tú el que sedujo a una pobre chica que acababa de perder a su madre? Pensaba que te había educado mejor, no me extraña que todos estos años hayas estado solo.
—Tío Scott, esto no es justo —exclamó Pepper, algo más recuperada del impacto que habían supuesto sus duras palabras y la defensa de Adler, que había sido aún más sorprendente—. Él no me sedujo, yo… simplemente me enamoré. Ninguno de los dos somos culpables por dejarnos llevar por lo que nuestros corazones nos dictaron.
—Podéis seguir disfrazando con palabras lo que sucedió, estoy demasiado cansado para esto —dijo Scott separándose de la encimera y caminando hacia la puerta que daba al pasillo—. Y, por cierto, hoy no me esperéis para comer —añadió antes de desaparecer.
Durante unos minutos Adler y Pepper permanecieron en silencio, con la mirada fija en la superficie de madera de la mesa.
Cada uno parecía perdido en sus propios pensamientos, intentando asimilar lo que acababa de suceder.
Pero finalmente Adler fue el primero en reaccionar, necesitaba aire fresco o se ahogaría en aquella cocina.
—Me voy —dijo abandonando su silla—, tengo cosas que hacer —alegó antes de salir como alma que llevaba el diablo por la puerta trasera de la estancia.
Pepper le vio marcharse, y aunque la olla con el guiso estaba burbujeando, necesitó unos minutos más para poder levantarse y apagar el fuego.
Aún no podía creer lo que acababa de suceder. No sabía si la habían impactado más las crueles palabras de Scott, al que quería como al padre que nunca tuvo, o que Adler la defendiera a pesar de que cuando se habían enfrentado minutos antes parecía odiarla. Todo aquello parecía una completa locura.
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