Latidos cautivos

Mar Fernandez · Capítulo 19 de 37

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Latidos cautivos

Capítulo 19

Una semana después

Cuando Adler bajó a desayunar, descubrió a su madre en la cocina, cosa poco habitual en ella a esas horas de la mañana. Lorraine estaba metiendo una bandeja en el horno y la encimera estaba repleta de cacharros.

—Buenos días, mamá, ¿qué haces levantada tan temprano? —

preguntó, aunque de sobra sabía de qué se trataba.

Lorraine se sobresaltó y se giró para clavar su mirada en su hijo.

—Nada, tenía cosas que hacer —respondió mientras su cabeza trabajaba a toda velocidad—. ¿Y tú?, ¿no deberías estar ya en el campo?

—Sí, pero hoy he decidido dormir algo más. Además, tengo que ir a Hidden Valley para hacer un recado —dijo mientras cogía una taza y se servía café antes de echar un último vistazo a las encimeras—. ¿Y para que estás preparando tanta comida? —preguntó con una sonrisa divertida, porque sabía a qué se debía tanto alboroto.

—Nada, es para el comedor social. Esta semana me tocaba a mí hacer el almuerzo —mintió Lorraine.

—¿Necesitas ayuda? —preguntó Adler servicial.

—No, tranquilo, hijo. Tu sigue con tus cosas.

—Hola hermanito —sonó una voz cantarina, y al girarse se encontró con su hermana Harper, que se lanzó contra él—. ¡Feliz cumpleaños! —

exclamó antes de besar sus mejillas.

—Gracias, pequeñaja —dijo Adler abrazándola contra su pecho.

Lorraine se acercó a ellos y besó también las mejillas de su hijo.

—Lo siento, hijo, se me había pasado —mintió.

—No te preocupes, mamá —la tranquilizó Adler.

—¿Y a qué hora comeremos la tarta? —preguntó Harper inocentemente.

Lorraine puso los ojos en blanco al percatarse de que la pequeña iba a dar al traste con la sorpresa que tenía preparada para aquella tarde noche.

Una carcajada de Adler rompió el tenso momento, y al final los tres acabaron riendo. Así los encontró Pepper, que bajaba en ese momento por las escaleras. Desde las sombras observó la escena y no pudo evitar sentir una emoción triste y alegre a partes iguales. Recordó entonces muchos de sus cumpleaños, donde solo estaban su madre y ella junto a una tarta de nata y fresas.

—Vamos, que es una escalera de paso —le sobresaltó una voz, y al girarse descubrió que se trataba de Tiger, que estaba unos escalones por encima de ella.

—Lo siento —se disculpó Pepper, que ahora se veía obligada a descender los últimos peldaños para entrar en la cocina.

—¡Ah!, y felicidades, pelirroja —dijo Tiger antes de darle un fuerte y entrañable abrazo a la joven.

—Gracias —replicó Pepper, aún cohibida por el impulsivo gesto.

—¡Maldita sea, entre todos vais a dar al traste con mi…! —exclamó Lorraine frustrada, pero se silenció a tiempo. Luego se acercó a Pepper, ya liberada del abrazo de oso de Tiger, y también la estrechó entre sus brazos

—. Feliz día, mi niña.

—¡Felicidades, Pepper! —exclamó Harper uniéndose al abrazo.

Adler observaba la escena desde su posición. No le había gustado nada ver cómo su primo engullía a Pepper contra su pecho, y se sintió mal por no haber podido ser el primero en felicitarla, pero aún quedaba mucho día.

—Adler —le llamó la voz cantarina de su hermana—, ¿no vas a felicitar a Pepper? —preguntó la niña con sorpresa.

—Sí, claro —afirmó el aludido mientras acortaba la distancia que le separaba de la joven. Cuando estuvo a escasos centímetros dudó, sintiéndose incómodo ante tanto espectador, pero finalmente reaccionó—.

Feliz cumpleaños, Pepper —dijo antes de inclinarse y besar sus mejillas castamente.

—Feliz cumpleaños, Adler —replicó Pepper tan incómoda como él.

—Y ahora que todos están felicitados —intervino Lorraine con las manos en las caderas—, ¿podéis despejar mi cocina?

Cuatro pares de ojos se clavaron en su persona, pero la estancia no tardó en quedar vacía, para alivio de Lorraine.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Harper preocupada cuando llegaron al salón—. Yo no he desayunado —y para corroborar sus palabras su estómago comenzó a emitir un quejido gutural.

—Pues yo creo que deberíamos ir a desayunar al pueblo —dijo Tiger—. Seguro que Adler nos invita, es su cumpleaños. Es lo menos que puede hacer.

—¡¿De verdad?! —preguntó Harper girándose para clavar su mirada en el rostro de su hermano, situado a pocos pasos.

—Supongo que no tengo otra opción —afirmó Adler mientras comprobaba que llevaba las llaves de la pick up en el bolsillo—. En cinco minutos os espero fuera.

—A sus órdenes —afirmó Harper teatralmente mientras rozaba su frente con los dedos en un gesto militar.

Diez minutos después, la camioneta salía del rancho en dirección a Hidden Valley. Adler permanecía con los ojos fijos en la carretera, a pesar de que en un par de ocasiones su mirada se había encontrado con la de Pepper a través del espejo retrovisor. Harper y Tiger, por su parte, no dejaron de hablar durante todo el camino.

Cuando llegaron al pueblo, Adler aparcó frente a la cafetería y, no sin cierto esfuerzo, logró escaquearse unos minutos alegando que tenía que hacer un recado urgente. Sin más, los dejó en la puerta y se fue por la calle mayor.

Pepper, que se había hecho ilusiones de desayunar por primera vez con Adler en el pueblo, se sintió algo desalentada, pero Tiger colocó su brazo sobre sus hombros y la obligó a entrar en la cafetería.

Tras sentarse en una mesa al fondo del local revisaron la carta para decidir qué tomar. En ese momento, alguien se situó junto a ellos. Cuando Pepper levantó la mirada descubrió que se trataba de Kinsley Gray y no pudo evitar que su gesto se torciera.

—Tiger, qué sorpresa —dijo mientras se inclinaba para besar su mejilla de una forma que a Pepper le pareció asquerosa, incluso estuvo tentada de tapar los ojos de Harper—. No me habías dicho que hoy pensabas venir.

—Y no pensaba hacerlo, pero mi primo ha sido tan considerado de invitarnos hoy a desayunar —respondió Tiger—. Hoy es su cumpleaños —

añadió.

—Vaya, no sabía nada —alegó Kinsley—. ¿Dónde está? —preguntó oteando a su alrededor.

—Ahora vendrá —dijo él.

—¿Puedo sentarme para esperarle? Me gustaría felicitarle —alegó Kinsley, con la única intención de alargar el tiempo con Tiger.

«Podías irte al infierno», pensó Pepper interiormente, pero se mordió la lengua para no decir nada.

—Lo siento, pero esto es un desayuno familiar —soltó Harper, sorprendiendo a todos los presentes. La expresión de su rostro denotaba molestia.

—¡Harper! —exclamó Tiger sorprendido—. Seguro que tu madre te ha enseñado modales —la reprendió.

—Sí —afirmó la aludida elevando su rostro altaneramente—, por ejemplo, a no irrumpir en una mesa e intentar sentarse sin ser invitada.

Pepper observó el rostro de Kinsley, enrojecido por la rabia. Luego giró la cabeza y clavó sus ojos en Tiger, que parecía estupefacto. Tuvo unas ganas irrefrenables de reírse, pero fue capaz de controlarse. El momento se alargó unos minutos, pero finalmente Kinsley habló.

—Tiger, nos vemos en otro momento —dijo con esfuerzo antes de girarse y caminar con paso firme hacia la salida.

—Esto no te lo voy a perdonar —expresó Tiger señalando a su prima pequeña con un dedo acusador.

—No sé cómo puedes tener tan mal gusto con las chicas —replicó Harper sin inmutarse.

Pepper tuvo que elevar su mano para cubrir su boca, y Tiger giró su rostro para fulminarla con la mirada cuando escuchó su risa.

—Esta te la guardo —la amenazó.

—¿Qué sucede aquí? —preguntó Adler, que había llegado justo en ese momento.

—Nada —farfulló Tiger.

—Que el primo se ha enfadado con nosotras porque he logrado librarme de esa chica tan tonta —contestó Harper.

Adler observó uno a uno los rostros antes de sentarse junto a Pepper.

Tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no reírse él también. No quería enfadar más a Tiger, que ya parecía a punto de explotar.

—¿Habéis pedido ya? —preguntó para cambiar de tema.

—No, lo estábamos decidiendo ahora —dijo Tiger, y ocultó su rostro tras la carta.

***

Pepper comenzó a arreglarse, aunque teóricamente no sabía nada de la fiesta que había organizado Lorraine. Se había puesto una falda vaquera corta y una blusa sin mangas de cuadros rojos y blancos que había atado a su cintura. Estaba segura de que con ese modelito no desentonaría en el rancho. Por último, se calzó unas Converse de color rojo y comprobó que la coleta que sujetaba su larga melena estaba en su lugar. Cuando estuvo conforme con su aspecto, salió al pasillo.

Estaba a punto de dirigirse a la escalera cuando una mano cubrió su boca y un brazo aferró su cintura para arrastrarla por la alfombra. No tenía miedo, sabía que era Adler, hubiera reconocido su olor en cualquier parte, pero nunca habría imaginado que se atrevería a «secuestrarla» en el interior de la casa.

Adler miró a izquierda y derecha en el pasillo para asegurarse de que nadie le había visto cogiendo a Pepper. Luego la metió en su dormitorio y cerró la puerta a su espalda antes de soltar el cuerpo de la joven.

—¿Estás loco? —exclamó Pepper tras girarse para enfrentarle.

Adler hubiera querido decir algo inteligente, pero se había quedado sin palabras cuando había clavado sus ojos en ella. Pepper siempre le había parecido una chica preciosa, sexy y adictiva, pero aquella tarde, con aquel aspecto sencillo y sereno, le había dejado sin respiración.

—Sí, por ti —dijo Adler antes de acortar los pasos que le separaban de ella para besarla con toda la pasión que había encendido su cuerpo.

Pepper se dejó llevar por las vertiginosas sensaciones que el beso de Adler estaba despertando en ella, pero entonces recordó que estaba en su dormitorio y que la casa era un pulular de gente que iba y venía. Colocó las manos sobre su pecho y le apartó unos milímetros para poder hablar.

—No deberíamos seguir haciendo esto, cualquiera podría entrar —le advirtió.

—Sí, lo siento, tienes razón —afirmó Adler mientras se peinaba el cabello con los dedos de su mano derecha—. Es que quiero darte mi regalo a solas —confesó mientras se giraba y se dirigía a una cómoda, de donde

sacó un pequeño paquete que al regresar depositó en su mano—. No es gran cosa, pero espero que te guste —añadió sintiéndose algo avergonzado.

Pepper notó que su corazón se aceleraba y cogió el pequeño envoltorio forrado con papel de regalo entre sus dedos temblorosos. Cuando lo abrió descubrió un pequeño saquito de donde extrajo un colgante de plata con el símbolo del árbol de la vida.

—Es precioso —expresó emocionada.

—Pensé que te gustaría, me pareció simbólico. Espero que te ayude a recordar que, aunque tu madre no está con nosotros, mi familia es ahora la tuya.

—Gracias —dijo Pepper elevando su mirada y clavándola en el rostro de Adler conteniendo la emoción.

—¿Te lo pongo?

—Sí, por favor —rogó Pepper girándose para que él colocara el colgante.

—Entonces, ¿te ha gustado? —preguntó Adler con nerviosismo.

—Mucho, pero yo también tengo algo para ti —afirmó Pepper mientras rebuscaba en el bolsillo trasero de su falda.

—¡Pepper, no hacía falta! —exclamó Adler sonrojándose.

—Sí que lo hacía —afirmó ella con rotundidad, y le entregó un pequeño paquete envuelto en papel marrón.

Adler lo cogió y rasgó el papel con celeridad para descubrir una preciosa muñequera de cuero marrón con su inicial grabada.

—¿Te gusta? —preguntó Pepper—. Lo ha hecho un artesano del pueblo especialmente para ti.

—Es preciosa —afirmó Adler mientras la colocaba en su muñeca—.

Nunca me la quitaré —aseguró antes de elevar su rostro y dedicarle una maravillosa sonrisa.

—Eso espero —dijo ella con humor—, y ahora será mejor que bajemos antes de que nos echen en falta.

—Sí, es verdad.

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