Latidos cautivos
Capítulo 33
Pepper estaba con la mirada fija en la pantalla de su portátil. Estaba mandando a su jefe las últimas fotos que había tomado en las montañas, aunque estaba segura de que a él no le interesarían demasiado, acostumbrado como estaba a grandes campañas con firmas importantes.
Una vez enviadas las últimas instantáneas apagó el ordenador y cerró la tapa, dejando su mirada clavada en la ventana.
Llevaba en el rancho C varias semanas y en ese tiempo muchas cosas habían cambiado en su vida, pero sus vacaciones se estaban acabando y tenía la sensación de que el sueño que había vivido en los últimos días estaba a punto de terminarse. Chascó la lengua molesta cuando notó que el pánico nuevamente se adueñaba de ella, y estaba a punto de abandonar la silla situada tras el escritorio cuando la puerta se abrió para dar paso a Lorraine, que parecía confusa.
—Perdona, Pepper, ¿te interrumpo? —preguntó la mujer amablemente.
—No, para nada —replicó Pepper—. ¿Sucede algo?
—No, solo que tienes una visita —dijo Lorraine.
—¿De quién? —preguntó Pepper confusa.
—De un abogado, el señor Gere.
—¡Oh, maldita sea! —exclamó Pepper removiéndose en la silla—.
Me había olvidado de él por completo.
—¿Quién es ese hombre? —preguntó Lorraine sin poder contenerse.
—El abogado de mi abuelo. Me ha nombrado en su testamento —
comentó Pepper escuetamente, no quería dar demasiadas explicaciones—.
Siento no habértelo contado antes, pero con tanto lío… —intentó excusarse.
—No te preocupes, lo comprendo, yo tampoco estaba con la cabeza en su sitio hasta que ha llegado Harper. Pero tenemos una charla pendiente
—advirtió Lorraine.
—Claro.
—¿Le hago pasar?
—Sí, gracias, tía Lorraine.
Unos segundos después el señor Gere entró en el despacho y ocupó una de las sillas situadas frente al escritorio. Luego colocó su maletín sobre la mesa y se recostó contra el respaldo de la silla antes de hablar.
—Buenos días, señorita Young. Siento no haberle avisado de mi visita, pero no es fácil dar con usted —se excusó con una sonrisa amable.
—Sí, ya le comenté sobre los problemas de la familia, pero esta mañana le han dado el alta a mi prima —respondió Pepper, porque así era como veía a Harper.
—Me alegra saberlo, enhorabuena. Y siento molestarla nuevamente, pero como le dije, necesito su respuesta con urgencia. La semana que viene tengo que dar por concluido este asunto. ¿Ha tomado una decisión? —
preguntó directo.
Pepper suspiró pesadamente mientras se frotaba las sienes. Un dolor se estaba gestando en su cabeza y no tardaría en estallar. Comprendía al señor Gere, que solo estaba haciendo su trabajo, pero la verdad era que no había tenido ni un minuto para pensar en el tema de la herencia.
«Está bien, tienes que acabar con esto, eres una mujer adulta», se ordenó mentalmente antes de ponerse recta sobre la silla y dirigir su mirada al rostro expectante del señor Gere.
—De acuerdo, sí, he tomado una decisión. ¿Podemos acabar con esto ahora?
—Sí, por supuesto —afirmó el señor Gere mientras abría el maletín y sacaba una carpeta—. Precisamente tengo aquí toda la documentación necesaria. Luego solo tendrá que ir a un notario para ratificar su deseo.
—Perfecto, pues empecemos —dijo Pepper mientras cogía los papeles que él le tendía.
***
Adler entró en la cocina y agradeció el frescor que le recibió. Estaba siendo un día demasiado caluroso, y pasarse varias horas moviendo ganado no ayudaba demasiado. Cuando Tiger al fin le relevó, el único pensamiento que le acompañaba mientras cabalgaba hacia casa era el de beberse una cerveza helada y encontrar a Pepper para poder saciarse con su boca.
Estaba abriendo la botella de cerveza, para darle el primer trago, cuando su madre entró en la cocina y Adler se quedó quieto, como cohibido por su aparición. Nuevamente se sintió como un adolescente al que su progenitora descubría haciendo algo que no debía.
—Como no te la bebas ya se te va a calentar —dijo Lorraine al descubrir a su hijo con el brazo elevado, con la botella a medio camino de sus labios.
—Tienes razón —replicó Adler con una sonrisa y sintiéndose estúpido. Dio un largo trago a la bebida y se sintió mucho mejor. Estaba a punto de dar un nuevo sorbo cuando descubrió en el rostro de su madre la preocupación y no pudo evitar ponerse en alerta.
—¿Harper está bien? —preguntó.
—Sí, perfectamente —replicó Lorraine.
—Entonces, ¿por qué estás preocupada? —cuestionó Adler achicando los ojos.
Una sonrisa entre tierna y divertida se dibujó en los labios de Lorraine al percatarse de que su hijo se había dado cuenta de su inquietud. Aunque era normal, ahora era todo un hombre, no un niño al que ella misma solía leer la mente.
—Es por Pepper —confesó finalmente.
—¿Qué le sucede a Pepper? —preguntó Adler exaltado mientras se acercaba a su madre, situada frente a la encimera mientras comenzaba a pelar patatas.
Las manos de Lorraine se detuvieron en su acción y elevó la cabeza para clavar la mirada en el rostro de su hijo. «¿Qué pasa ahora?», se preguntó mientras podía ver el nerviosismo en la expresión de Adler.
—¡Mamá! —exclamó Adler perdiendo la paciencia—. ¿Qué pasa?
—Nada, solo que ha venido a verla un abogado, el señor Gere. No me ha contado demasiado, pero si tiene que ver con los Young, seguro que no es nada bueno —afirmó Lorraine convencida—. Ahora están reunidos en el despacho.
—¡Ah, es eso! —exclamó Adler aliviado.
—¿Tú sabes algo sobre ese asunto? —preguntó Lorraine sorprendida.
No era estúpida y sabía que Pepper y su hijo llevaban varios años sin querer verse. Entonces, ¿cómo era que Adler sabía lo que le sucedía a Pepper y ella no?, se preguntó contrariada.
—Sí, algo sé —confesó Adler mientras se rascaba la nuca con los dedos—. Me lo comentó el otro día —añadió escuetamente.
—¿Y me vas a contar de qué se trata? —preguntó Lorraine muerta de la curiosidad.
—No creo que deba, es un asunto de Pepper. Y ahora tengo que irme
—replicó Adler antes de encaminarse al pasillo.
—Está claro que no pinto nada en esta casa —afirmó Lorraine morruda antes de seguir con su tarea.
Adler llegó hasta la puerta del despacho y dudó unos segundos. No estaba seguro de que debiera entrar, ni de cómo se lo tomaría Pepper si lo hacía. Conociéndola, estaba seguro de que se enfadaría con él por meterse donde no le llamaban. Pero a su vez, no podía aguantar las ganas de asegurarse de que ella estaba bien.
Estaba a punto de llevar su mano al pomo de la puerta cuando esta se abrió para dar paso al señor Gere, que lo miró sorprendido.
—Perdone, pase por favor —dijo Adler apartándose para que el hombre pudiera llegar a la salida. Una vez el abogado desapareció pasillo adelante, no dudó en entrar al despacho y cerrar la puerta a su espalda.
Cuando se giró, descubrió a Pepper frente a la ventana, dándole la espalda mientras se abrazaba a sí misma. Algo en su interior se removió y, preocupado, caminó hasta ella a grandes zancadas. Pero no se atrevió a poner una mano sobre ella, se quedó a unos pasos y habló.
—Pepper, ¿estás bien?
La aludida, que no se había percatado de su presencia, se giró y clavó su mirada en él. Una sonrisa triste se dibujó en sus labios y parpadeó para evitar las lágrimas que poblaban sus ojos.
—Sí, lo estoy —confesó con valentía.
—No, no lo estás —afirmó a su vez Adler mientras la cogía en sus brazos al descubrir la humedad en sus ojos—. ¿Qué ha sucedido? Aún estoy a tiempo de alcanzar a ese tipo y…
—Vamos, Adler, no es necesario. El señor Gere solo hace su trabajo
—dijo Pepper mientras disfrutaba de tener apoyada su cabeza sobre el pecho de Adler—. Solo he cerrado un capítulo de mi vida que seguía abierto.
—Comprendo —dijo Adler mientras acariciaba su cabello.
—Pero quieres saber lo que ha pasado, ¿verdad? —replicó Pepper mientras se apartaba de su abrigo y apoyaba el trasero sobre el alféizar de la ventana.
—Sí —afirmó Adler tras unos segundos de duda.
—Bueno, pues lo que ha pasado es que he renunciado a la herencia de los Young, y si pudiera, me desharía de su apellido —afirmó Pepper con rotundidad.
—¿Y eso era lo que querías hacer? —preguntó Adler con cautela.
—Por supuesto —dijo Pepper—. No quiero nada de esa gente que rechazó a su hija en el peor momento de su vida. Por no hablar de que nunca quisieron saber de mí a pesar de vivir en el mismo pueblo. No necesito su dinero, necesitaba su amor, y eso nunca me lo dieron. —
Nuevamente se le empañaron los ojos.
Adler sintió un nudo en la garganta al ver una vez más las lágrimas enturbiando su mirada. Y aun así se obligó a hablar.
—Estoy muy orgulloso de ti —afirmó mientras enmarcaba su rostro entre sus manos—. Creo que eso fue lo que me enamoró de ti; esa fuerza, esa nobleza y sobre todo tu orgullo.
Pepper notaba el corazón cabalgando sobre su pecho. Podía ver en el rostro de Adler la verdad de sus palabras, pero sobre todo el amor que desprendían sus maravillosos ojos azules. ¿De verdad el seguía amándola?, se preguntó emocionada.
—Gracias —dijo cuando pudo hablar—, aunque mucha gente piensa que el orgullo no es precisamente una virtud —añadió con humor.
—Bueno, depende de para qué. Si el orgullo es la fuerza que te ayuda a seguir adelante pese a las adversidades, pues bendito orgullo —dijo Adler con cierto humor.
—Eres incorregible —afirmó Pepper tras escuchar sus palabras—. Y
supongo que eso fue lo que hizo que me enamorara de ti —repitió el discurso de él.
Adler no respondió nada, simplemente la cogió entre sus brazos y la besó con toda la pasión y el amor que llevaba años conteniendo en su pecho.
***
Hidden Valley
Dos días después
Adler notaba que los nervios recorrían cada poro de su piel. Llevaba tres noches sin dormir, y estaba seguro de que si no hacía lo que había pensado se volvería completamente loco, aunque quizás ya lo estaba. Al alba de ese mismo día había tomado una decisión, y tras desayunar un café bien cargado le mandó un mensaje a Cayden para que comiera con él. Su plan ya casi estaba perfilado en su cabeza, pero necesitaría toda la ayuda posible para llevarlo a cabo. Podía haber recurrido a Tiger, o a Harper, pero quería que lo que planeaba fuera una sorpresa para todos.
A media mañana, tras acabar su trabajo en los pastos del sur, regresó a casa y se duchó antes de cambiarse y dirigirse al pueblo. Como habían acordado, Cayden le esperaba en la puerta del restaurante de Alf, y cuando la camarera les sirvió la comida, decidió soltar la bomba a su amigo. Unos minutos después de concluir su monólogo, descubrió en el rostro de Cayden la sorpresa y la confusión.
—¿Qué opinas? —preguntó Adler, expectante.
—¿Estás seguro de que es una buena idea? —cuestionó su amigo con la mirada clavada en él.
—Pues no lo sé, pero si no lo intento me arrepentiré, de eso sí estoy convencido—afirmó Adler con rotundidad—. Joder, Cayden, eres mi mejor amigo. Si te he contado esto a ti es porque espero tu ayuda y comprensión
—añadió molesto.
—Y las tienes —afirmó Cayden sintiéndose mal—. Dime qué necesitas y estaré encantado de colaborar.
—¿A pesar de que piensas que es una completa locura? —dijo Adler enarcando su ceja derecha mientras daba vueltas a la ensalada de su plato.
—¿Y qué es la vida sin locuras? —replicó Cayden con humor.
—Bien, así me gusta.
—Pero tengo una objeción —dijo Cayden.
—¿Cuál? —preguntó Adler. Estaba seguro de haber tenido todo en cuenta.
—Que te guste o no, necesitaremos la ayuda de una mujer en este asunto.
—Podemos hablar con Leanna —propuso Adler.
—No, tiene que ser alguien del rancho —objetó Cayden rotundo.
—¿Y tienes un nombre? —preguntó Adler frustrado.
—Harper —contestó Cayden.
—¡Eso es imposible! —exclamó Adler molesto—. Mi hermana aún se está recuperando. No es una opción.
—¿Quieres que todo esto salga bien? —preguntó Cayden con cabezonería.
—Sí —afirmó Adler escuetamente.
—Pues Harper es nuestra mejor baza —afirmó Cayden tajante.
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