Latidos cautivos

Mar Fernandez · Capítulo 6 de 37

Páginas del PDF

Latidos cautivos

Capítulo 6

Pepper aferraba fuertemente contra su pecho la mochila que sostenía.

Había llegado el día más temido desde que había llegado a Hidden Valley.

No había sido fácil el cambio que se había producido en su vida, además de la muerte de su madre. Tampoco había ayudado tener que dejar atrás a sus amigas, su ciudad y todo lo que amaba para mudarse a un pequeño pueblo de Texas.

—Pepper, ¿estás preparada? —le sobresaltó la voz de Lorraine, situada en el asiento del conductor.

—Sí, creo que sí —respondió la joven con la mirada clavada en el instituto.

Era un edificio de dos pisos de ladrillo rojo y a la entrada había un gran letrero: Instituto de Hidden Valley.

—Pues vamos, vas a llegar tarde —la alentó Lorraine dedicándole una sonrisa.

Pepper asintió con un gesto de cabeza y abrió la puerta. Luego caminó hasta la acera y se giró para despedirse con la mano de Lorraine, que pareció más tranquila al ver que la joven le sonreía.

Pepper vio el coche alejarse y se giró para caminar hasta la entrada del edificio. No fue ajena a las miradas curiosas clavadas en ella y no pudo evitar revisar su vestuario, consistente en unos jeans, unas Converse blancas y una camiseta negra. ¿Qué narices pasaba? Era una indumentaria sencilla, no destacaba entre el resto, entonces: ¿se trataba de su pelo?

—¡Hola! No te preocupes, en una semana dejarás de ser el bicho raro.

Pepper se sobresaltó, y cuando giró la cabeza para ver quién había hablado descubrió a una chica delgada, de largo cabello castaño y bonitos ojos verdes que le dirigía una mirada amigable.

—Soy Leanna Gray —se presentó extendiendo la mano.

Pepper dudó unos instantes, pero finalmente la estrechó antes de presentarse.

—Pepper Young.

—Si quieres te puedo enseñar esto —se ofreció Leanna.

—Gracias —replicó Pepper agradecida.

El resto de la mañana la cosa no fue tan mal, o al menos eso pensó Pepper. Había coincidido en casi todas sus clases con Leanna, pero todo se torció cuando entró en clase de literatura. De nuevo las miradas se clavaron en ella, y un grupito de tres chicas que se sentaban al fondo de la clase no hacían más que cuchichear mientras la estudiaban con descaro y prepotencia.

—Buenos días, clase —dijo el profesor, que acababa de entrar. Se dirigía hacia su mesa, pero cuando reparó en Pepper se detuvo y revisó algo que llevaba en su carpeta.

—Y usted debe de ser Pepper Young —dijo antes de llegar a su escritorio y dejar la carpeta en la mesa para colocarse correctamente las gafas sobre el puente de su nariz.

—Sí, soy yo —dijo Pepper escuetamente.

—Bien, pues háblenos un poco de usted —solicitó apoyando el trasero en el borde de la mesa y cruzando los brazos.

«Maldita sea», pensó Pepper, que se sentía avergonzada. Creía que esas cosas ya no se hacían, pero parecía que se equivocaba.

—Señorita Young, estamos esperando —insistió el profesor.

—Bien —dijo Pepper resignada—, mi nombre es Pepper Young —

comenzó, pero no tardó en ser interrumpida por el chico que estaba sentado a su lado.

—Eso ya lo sabemos.

—Ya —replicó Pepper notando cómo sus mejillas se teñían de rubor

—. Bueno, llegué a Hidden Valley hace dos semanas…

—¿Y de dónde viene? —preguntó el profesor.

—De Nueva York —contestó Pepper.

—¡Oh, vaya, una urbanita! —exclamó una de las chicas del trío situado al fondo de la clase—. Seguro que está deseando enseñarnos cómo es la moda de la Gran Manzana a los «paletos» de Hidden Valley.

Pepper giró su rostro con virulencia y clavó su mirada en la chica de larga melena que la miraba desafiante.

—Señorita Gray, por favor, compórtese —ordenó el profesor molesto.

«¿Ha dicho Gray?», se preguntó Pepper sorprendida. Si no se equivocaba, aquella chica debía ser familia de la única persona que había sido amable con ella en aquel lugar y no pudo evitar sentirse deshinchada.

—Lo siento, profe —replicó Kinsley, que así se llamaba la muchacha, pintando en su rostro una expresión angelical.

—Bueno, pues empecemos con la clase —dijo el docente mientras comprobaba la hora en su reloj.

Pepper se sintió agradecida cuando la clase acabó y al fin sonó la alarma que indicaba el fin de su horrible día. El pasillo se volvió un gallinero, con gente que iba y venía mientras Pepper caminaba entre tanto revuelo. Al fin salió del edificio y los rayos del sol acariciaron su cara, dándole las fuerzas que parecía necesitar para llegar al lugar donde había quedado con Lorraine con objeto de volver al rancho.

—¡Eh, Pepper! —dijo Leanna, que se había situado a su lado—. ¿Qué tal te ha ido el primer día? —preguntó interesada.

—Pues iba bien hasta que apareció una tal Kinsley en clase de literatura. ¿La conoces? —preguntó con cautela antes de meter la pata.

—¡Oh, vaya! —exclamó Leanna con lástima—, siento que hayas conocido a mi hermana tan pronto.

—Entonces es tu hermana —afirmó Pepper, confirmando sus sospechas.

—Sí, es dos años mayor que yo, pero ha repetido un par de veces. Mis padres están furiosos, pero a ella no parece importarle lo más mínimo. La verdad es que no nos llevamos demasiado bien —confesó Leanna con tristeza.

—Lo siento mucho —replicó Pepper—. Yo siempre quise tener una hermana —confesó.

—Pues no te has perdido nada, habría preferido ser hija única.

—No digas eso, suena fatal —dijo Pepper sorprendida.

—Créeme, sé de lo que hablo. Además, ahora que vives en el rancho Conway, tienes tres casi hermanos. ¡Y qué hermanos! —

añadió guiñándole un ojo divertida.

—¿A qué te refieres? —preguntó Pepper confusa.

—Casi todas las chicas del instituto están locas por los Conway.

—¿Qué? —exclamó Pepper confusa.

—¿Acaso no tienes ojos en la cara? —cuestionó Leanna.

—Claro, pero…

Sus palabras se vieron silenciadas por el sonido de un claxon, y al girarse descubrió la pick up del rancho. En el asiento del conductor estaba

Tiger, que le hacía un gesto con la mano para que fuera a su encuentro.

—¡Oh, es mi preferido! —exclamó Leanna emocionada.

—¿Tiger? —Pepper alzó las cejas, sorprendida.

—Sí, pero sé que no tengo ninguna oportunidad, no sabe ni que existo.

—¡Eh, Pepper, vamos! —gritó Tiger, que tenía que volver al rancho para acabar con sus tareas.

—Mañana hablamos —dijo a modo de despedida a Leanna, que apenas se percató, ocupada como estaba en absorber la imagen de Tiger.

***

Pepper se encerró en la que ahora era su habitación para empezar a estudiar, ya que tenía trabajo atrasado y no quería que sus notas bajaran.

Estaba cerrando el libro de álgebra, dispuesta a descansar un rato, cuando unos golpes la sobresaltaron. Cuando la puerta se abrió y descubrió de quién se trataba, esbozó una sonrisa. La pequeña de la casa asomaba su cabeza en la habitación.

—Pepper, mamá dice que bajes a ayudar con la cena —dijo Harper.

—Ahora voy —dijo Pepper mientras organizaba su escritorio.

—Dile a mamá que he ido a dar de comer a los gatitos —añadió Harper antes de desaparecer tras la puerta trotando.

—¡Eh, granuja! —exclamó Pepper mientras la seguía por el pasillo—.

Hoy te toca a ti poner la mesa.

—¡Lo haré mañana, te lo prometo! —replicó Harper mientras desaparecía por la escalera.

Pepper no pudo evitar sonreír de nuevo mientras la seguía por las escaleras. Cuando llegó a la cocina descubrió a Lorraine escurriendo la pasta en un colador.

—Hola —saludó Pepper acercándose a la isla—, ¿en qué puedo ayudar?

—Puedes ir haciendo la ensalada —dijo Lorraine mientras dejaba la pasta en una fuente y removía la salsa boloñesa en la sartén.

—Claro —dijo Pepper aproximándose a la nevera para coger los ingredientes necesarios antes de caminar hacia la pila.

Lorraine la observó durante largos minutos, dudando una y otra vez antes de atreverse a preguntar lo que llevaba todo el día preocupándola.

—Pepper, ¿qué tal ha ido tu primer día? —inquirió finalmente.

La aludida sintió que su cuerpo se tensaba al recordar las miradas curiosas que la habían hecho sentir como un bicho raro. Por no hablar del grupito de la hermana de Leanna. Estaba claro que aquellas chicas iban a ser un problema.

—¿Pepper? —insistió Lorraine al ver el silencio de la joven.

—Sí, todo bien —respondió escuetamente.

Lorraine, al ver que la espalda de la joven se tensaba, supo que no era cierto y los nervios comenzaron a bullir en su interior.

—¿Has hecho amigos? —insistió.

—Alguno.

—¿No me vas a contar nada más?

Pepper, que había tenido un día de mierda, perdió toda la paciencia con la que contaba, y llevada por el mal humor se giró y clavó su mirada en Lorraine.

—¿Quieres que te diga la verdad?

—Sí —dijo Lorraine, que no esperaba esa reacción por parte de la joven.

—Pues ha sido un día de mierda —explotó Pepper, soltando toda la presión que había almacenado a lo largo de la jornada—. Echo de menos mi casa, mi instituto y mis amigos. ¿Por qué has tenido que traerme aquí?

—Por tu bien —respondió Lorraine.

—¿Por mi bien? —preguntó Pepper con sarcasmo—. Y una mierda, lo has hecho para tener tu conciencia tranquila después de no haber estado con mi madre —le reprochó dañinamente.

—¿Cómo te atreves? —se escuchó una voz masculina furiosa, y cuando Pepper se giró descubrió que se trataba de Adler, que la miraba con enfado.

—Adler, por favor —rogó Lorraine, que sabía del mal carácter de su hijo. No quería que las cosas se complicaran más de lo necesario.

—No, mamá, esto es el colmo —replicó el aludido, decidido a ignorar a su madre mientras daba dos zancadas y se situaba frente a Pepper—. ¿Con qué derecho tratas así a mi madre? Si no fuera por ella Dios sabe dónde habrías acabado. ¿Cómo puedes ser tan egoísta?

—Nadie se lo pidió —replicó Pepper, que estaba demasiado enfadada para medir las consecuencias de sus actos, o del dolor que podía provocar—. ¿No tiene bastante con ocuparse de vosotros? Sobre todo, de ti, seguro que tiene trabajo extra.

Adler sintió cómo la ira ascendía por todo su cuerpo. Ahora estaba más seguro que nunca de que la llegada de Pepper iba a traer problemas. Y

si su madre no estaba dispuesta a hacer lo que tenía que hacer, él sí.

—Pepper, deja de comportarte como una niña malcriada e inmadura.

Deberías estar agradecida de que la decisión no dependa de mí, de lo contrario ya estarías haciendo la maleta y saliendo del rancho. Así podrás regresar a tu amada Nueva York y dejar a atrás a estos paletos. ¿No es así?

—preguntó con mirada afilada.

—¡Yo no he dicho eso! —exclamó Pepper furibunda mientras apretaba los puños a los costados. Deseaba estampar la palma de su mano contra la mejilla de él, pero se contuvo mientras apretaba los dientes.

—No, pero es lo que piensas, admítelo —replicó Adler, que no estaba dispuesto a amilanarse.

—Adler Conway, no te atrevas a poner en mi boca palabras que yo no he dicho.

—¿Acaso no es verdad que quieres regresar a Nueva York como una niña asustada en vez de enfrentarte a tu nueva realidad?

—¡Ya es suficiente, los dos! —grito Lorraine situándose entre ambos.

—Pero, mamá, ¿le vas a permitir que te trate así? —preguntó Adler dolido.

—Ya hablaremos más tarde tú y yo, pero ahora ve a buscar a Tiger y a tu padre —ordenó Lorraine con voz tajante.

—¡A la mierda! —exclamó Adler frustrado, pero no dudó en seguir la orden de su madre, saliendo de la cocina a grandes zancadas.

Pepper fue testigo del intercambio de palabras entre madre e hijo y no pudo evitar sentirse mal por lo que estaba sucediendo. Todo lo que había pasado era por su causa y ahora se sentía mucho peor que antes.

—Lo siento, Lorraine, todo esto ha sido culpa mía —se disculpó mientras bajaba la cabeza y clavaba su mirada en el suelo con angustia.

—Tranquila, no pasa nada —replicó Lorraine mientras se aproximaba a ella. Cuando estuvo a un paso, colocó el dedo índice bajo su

barbilla para obligarla a elevar su rostro—. Sé por lo que estás pasando, y sé que no eras tú quien hablaba, si no tu ira.

—Es que yo… —intentó hablar, pero las lágrimas se lo impidieron.

—Tranquila, niña todo pasará —afirmó Lorraine antes de acogerla entre sus brazos para darle el consuelo que parecía necesitar.

OceanofPDF.com