Latidos cautivos

Mar Fernandez · Capítulo 21 de 37

Páginas del PDF

Latidos cautivos

Capítulo 21

Diez años después

Pope Field, instalación militar,

condado de Cumberland, Carolina del Norte

Adler notó cómo su pierna se tensaba y el sudor recorría su espalda.

El fisioterapeuta, pese a que él estaba apretando los dientes, no dudó en seguir con los ejercicios que llevaban seis meses realizando, desde que había tenido el fatídico accidente.

—Vamos, sargento Conway, que usted puede con esto —le intentó animar el fisioterapeuta.

—¡Y una mierda! —escupió Adler, cansado de aquella situación.

—No sea nenaza —replicó el otro divertido.

Adler estaba a punto de contestar con palabras más groseras cuando alguien entró en la sala. El soldado se situó a su lado y, tras hacer el saludo militar, le tendió una carta.

—¿Qué es esto? —preguntó Adler mientras cogía el sobre.

—Señor, no lo sé —respondió el soldado incómodo antes de volver a saludar para salir del lugar con paso firme.

—Lo dejaremos por hoy —dijo el fisioterapeuta mientras se secaba las manos con una toalla. Luego metió sus cosas en una bolsa, se despidieron y se marchó, dejando a Adler solo.

Observó el sobre con cierta desconfianza, y finalmente lo abrió. Al desplegar la hoja descubrió que sus peores temores se estaban cumpliendo.

Llevaba en el ejército diez años, dejándose la piel en su trabajo, y todo para nada.

—Conway, ¿ya has acabado? —preguntó Ferguson, que acababa de entrar y se había situado junto a la camilla.

—Pues eso parece —dijo tendiéndole la hoja que sostenía entre sus dedos.

Ferguson frunció el ceño mientras cogía la carta y la leyó con celeridad. La expresión de su rostro cambió en una milésima de segundo.

—¡Cabrones! —exclamó sin poder contener su ira—. Solo somos números prescindibles.

—Eso parece.

—En fin, pensemos en positivo. Muchos en tu lugar estarían encantados de que les dieran la baja —replicó Ferguson intentando animar a su amigo.

—Sí, pero yo no —afirmó Adler.

—Lo sé, tío, pero más te vale que lo asumas. Al menos tú tienes un lugar al que regresar —dijo Ferguson, pensando en su propio caso. Él no tendría adónde ir si el ejército decidía prescindir de él.

—Tienes razón —admitió Adler sintiéndose culpable.

—Bueno, si quieres te invito a una cerveza, a ver si levantas esa moral —dijo Ferguson mientras le ayudaba a bajarse de la camilla.

Adler se secó el sudor con una toalla que había cogido de su bolsa y luego dio un largo trago a su botella de agua. Después recogió todo y se colgó la mochila al hombro antes de caminar hacia la puerta.

—Tampoco entiendo por qué se quieren deshacer de ti, si apenas cojeas un poco —dijo su amigo con humor.

—Ferguson, vete a la mierda —replicó Adler furibundo.

Tras tomar unas cervezas con su amigo, Adler regresó al pabellón donde estaba su habitación. Subió las escaleras, a pesar de que había un ascensor, con la única intención de obligar a sus músculos a recuperarse.

Cuando iba por el tercer piso notó que la piel le ardía, pero aún tenía que llegar hasta su habitación.

Cuando entró tiró la bolsa que cargaba en una esquina y se dejó caer sobre la cama. Su mirada se clavó en el techo, dejando de nuevo a su cabeza regresar al asunto que le preocupaba. La sola idea de dejar aquel lugar, que se había convertido en su hogar en esos años, le causaba un pánico que no sabía cómo iba a enfrentar.

—¿Y ahora qué? —expresó en voz alta, aunque no esperaba que nadie respondiera aquella pregunta.

En pocas horas tenía que presentarse ante su superior para hablar sobre el asunto, y en días tendría que abandonar la base. Hacía diez años que había decidido dedicarse en cuerpo y alma a su carrera militar, convirtiéndose esta en el eje de su vida. Ahora, aquel mundo que se había construido saltaba por los aires y tenía que empezar de cero.

Frustrado y dolorido se giró sobre el colchón y se colocó la almohada encima de la cabeza. Luego cerró los ojos y se ordenó dormir. Al día siguiente sería otro día, y esperaba ver la vida desde otra perspectiva. Como le había dicho su amigo Ferguson, podía ver aquella tragedia como una oportunidad de volver a empezar.

Al día siguiente Adler salió del despacho de su superior con una carpeta bajo el brazo y los hombros caídos. En unos días tenía que dejar la base y empezar a buscarse la vida de otra forma. Estaba a punto de llegar a su pabellón con la única intención de meter en cajas sus escasas pertenencias cuando se encontró con Ferguson, que había terminado su turno poco antes.

—¿Cómo ha ido? —preguntó su amigo esperanzado. Desde el día anterior no había podido sacarse el problema de Adler de la cabeza, estaba preocupado por él.

—El viernes debo dejar libre mi habitación —respondió Adler con voz apagada.

—Joder, qué putada, ¿y has pensado a dónde vas a ir?

—Pues creo que solo tengo una opción.

—¿Cuál?

—Regresar a Hidden Valley. Aparte de mi carrera militar, no tengo muchas más habilidades. Pero he trabajado en el rancho desde que tengo uso de razón y me gusta.

—¿Y ya has hablado con tus padres? —preguntó Ferguson interesado.

—Sí, con mi padre, y está encantado.

—Bueno, como dice el dicho: «No hay mal que por bien no venga».Quizás ha llegado el momento de enfrentarte a tus fantasmas.

Además, ella ya no está allí —le recordó al ver que el rostro de Adler se tensaba.

—Si eres mi amigo, te pido que me ayudes, no que me agobies más

—replicó Adler, que aceleró el paso a pesar de su cojera.

—Está bien, cerraré mi bocaza, pero vamos a comer. Estoy hambriento y puede que sea una de las últimas veces que nos veamos.

—Ya sabes que puedes venir al rancho cuando quieras.

—Puede que lo haga —replicó Ferguson agradecido.

Media hora después ocupaban una mesa en un pequeño restaurante cerca de la base militar donde solían ir alguna vez. No era muy lujoso, pero se comía bien, que era lo que importaba. La camarera les tomó nota y poco después les sirvió unas cervezas que Adler y Ferguson agradecieron.

***

Nueva York

Seis meses después

Pepper fijó su mirada en la modelo que mostraba una prenda de alto diseño, pero la lente no captaba la luz correctamente e hizo una señal con la mano a uno de sus ayudantes para que moviera una de las lámparas hasta que logró el efecto óptico que buscaba. Fue entonces cuando elevó su pulgar para dar el ok. Luego giró el anillo de enfoque de su cámara y accionó el botón, que comenzó a lanzar fotos en ráfaga. La modelo colaboró, moviéndose al son de cada flash.

Tras varias docenas de fotos, apartó el visor de su rostro y dejó la pesada cámara sobre una mesa cercana.

—Señores, ¡hemos acabado! —exclamó, y una sonrisa se dibujó en sus labios cuando todo el equipo aplaudió.

No era para menos, llevaban cerca de siete horas de sesión que luego se resumiría en un book de fotos que entregaría a la empresa de moda que había encargado el reportaje a la agencia donde trabajaba.

Cuando terminó de despedirse de toda la gente que había participado en el proyecto, se quedó sola en el estudio, guardando su equipo cuidadosamente en su estuche, que luego se cargó al hombro. Fue entonces consciente de su dolor de espalda. Tras abandonar la sala se dirigió a las escaleras.

Cuando salió al exterior del edificio ya había anochecido, y aun así se sintió agradecida cuando una cálida brisa acarició su rostro. Estaba en el centro de la ciudad, y como a cualquier hora del día estaba abarrotado. Oteó la carretera con la esperanza de avistar algún taxi, pero no vio ni uno solo y resopló molesta.

Resignada emprendió el camino por la amplia acera para dirigirse a la parada de metro. Estaba a punto de bajar las escaleras de la entrada cuando su teléfono comenzó a sonar con insistencia.

—¡Mierda! —exclamó, dudando durante unos segundos entre responder o no. Finalmente, y haciendo malabares, logró sacar el aparato de su bolso y dio al botón verde sin tan siquiera comprobar quién estaba al otro lado de la línea.

—Pepper Young —dijo mientras ajustaba precariamente el maletín de la cámara en su hombro, junto a su bolso.

—Cielo, soy Lorraine —escuchó al otro lado de la línea.

Una sonrisa se dibujó en los labios de Pepper y se alegró de haber cogido la llamada.

—¡Hola, Lorraine! ¡Qué alegría oír tu voz! —Hacía meses que no la llamaba y ahora se sentía culpable por ello.

—Yo también me alegro —replicó Lorraine.

Pepper frunció el ceño al escuchar su tono, algo extraño, y fue cuando un mal presentimiento la recorrió.

—Lorraine, ¿qué sucede? —preguntó pensativa.

—Harper ha tenido un accidente —confesó Lorraine finalmente.

—¿Qué? —boqueó Pepper al escuchar sus palabras. Tuvo que hacer un soberano esfuerzo para evitar derrumbarse en plena calle—. ¿Cuándo ha sucedido? ¿Está bien? —preguntó algo más repuesta.

—Fue hace un par de días. Gracias a Dios el servicio de emergencias llegó a tiempo, pero está en coma —concluyó Lorraine antes de que el llanto la asolara de forma descontrolada.

Pepper abrió ampliamente los ojos y notó cómo perdía parte del equilibrio, pero se ordenó mantenerse en pie.

—¿Lorraine? —la llamó cuando fue capaz de hablar.

—Pepper, soy Tiger —le sobresaltó una voz masculina.

—Tiger, ¿qué demonios ha ocurrido? —preguntó Pepper con la imperiosa necesidad de saber.

—Ya te lo ha dicho la tía, Harper tuvo un accidente de tráfico hace unos días.

—¿Y por qué nadie me ha avisado antes? —preguntó molesta.

—Lo siento, pero con todo lo sucedido se nos pasó. Ayer fue el entierro de Finn Sanders. Él era el que conducía, y hoy ha sido el de Ava —

añadió Tiger con esfuerzo.

—¡Dios Santo! —exclamó Pepper mientras se cubría la boca impactada. Sabía que Ava y Finn eran los mejores amigos de Harper.

—Pepper, ya sé que no te gusta venir al rancho —prosiguió Tiger—, pero necesito que me ayudes con todo esto. La tía Lorraine está destrozada, no quiere salir del hospital, y el tío Scott parece en estado de shock. La verdad es que estoy desbordado con toda esta situación —confesó Tiger.

Pepper comenzó a hiperventilar mientras intentaba asimilar tantas malas noticias. A su vez valoraba lo que Tiger le pedía, teniendo en cuenta que era un hombre que no solía pedir nunca nada, pero la sola idea de volver al rancho hacía que su cuerpo se descompusiera.

—¿Pepper? —preguntó Tiger tras un largo silencio.

—Sí, sí, perdona —se disculpó cuando fue capaz de reaccionar.

—¿Vas a venir? —insistió Tiger.

—Sí —aceptó no demasiado segura—, cogeré un vuelo lo antes posible, pero tengo que avisar a mi jefe y dejar todo organizado.

—Gracias, Pepper, no sabes lo que te lo agradezco —confesó Tiger

—. Ahora tengo que dejarte, es la hora de la visita del médico —informó con urgencia.

—Vale, tranquilo, te mandaré un wasap para confirmarte a qué hora llego.

—Perfecto —replicó Tiger.

—Cuida de todos, pronto estaré allí para ayudarte —afirmó Pepper antes de cortar la llamada.

Durante varios minutos Pepper permaneció donde se encontraba, ajena a la gente que pasaba frente a ella. Lo único que intentaba era asimilar lo que había sucedido. Ni siquiera era consciente de las lágrimas que comenzaron a rodar por sus mejillas.

—Señorita, ¿se encuentra bien? —preguntó una voz, y al elevar su mirada descubrió el rostro de una amable mujer.

—Sí, gracias —respondió algo más repuesta.

—¿Seguro? —insistió la mujer.

—Sí, de verdad, muchas gracias —afirmó Pepper apartándose de la pared para caminar hacia las escaleras con la única intención de llegar a su pequeño apartamento lo antes posible.

Necesitaba desesperadamente dar rienda suelta a toda la angustia que se había apoderado de su cuerpo en la intimidad de su casa, pero aún le faltaba recorrer un largo camino hasta llegar a su hogar.

Una hora después abrió la puerta de su pequeño apartamento y encendió la luz. Dejó el maletín sobre la mesa de la entrada y caminó hasta su dormitorio. Se desvistió y se metió en el baño para darse una ducha.

Mientras un potente chorro de agua caía sobre su cabello, cerró los ojos y en su cabeza se materializaron todos los recuerdos vividos con Harper. Desde el mismo día que llegó al rancho, cuando era una niña, Harper se ganó su corazón, y con el paso del tiempo se habían hecho amigas; los años de diferencia entre las dos habían dejado de tener importancia y muchas tardes lluviosas se habían pasado horas hablando por teléfono, unas veces desahogándose, otras riendo a carcajadas.

—Harper, tienes que volver, te necesito —dijo en voz alta mientras se apoyaba contra la pared y se dejaba caer hasta quedar sobre el frío suelo de la ducha. Sus ojos no dejaban de derramar lágrimas y se abrazó a sí misma con desesperación.

OceanofPDF.com