Latidos cautivos
Capítulo 3
DFW International Airport, Texas
Adler tamborileaba sobre el volante del coche con nerviosismo. Por enésima vez comprobó la hora en su reloj, aquel que le regaló su abuelo siendo un niño y que siempre le acompañaba. Llevaba cerca de media hora esperando la llegada de su madre y eso le retrasaría en sus tareas en el rancho, y esa noche había quedado con sus amigos.
Estaba a punto de salir de la pick up para ir al interior del aeropuerto cuando vio aparecer a su madre cargada con varias maletas, cosa que le sorprendió porque era una persona a quien le gustaba ir ligera de equipaje.
No dudó en salir del vehículo y caminar con paso acelerado hacia ella con la intención de ayudarla.
—¿Dónde vas tan cargada? —preguntó mientras cogía una de las pesadas maletas.
—Menos mal que has venido —replicó Lorraine con una sonrisa—.
Encárgate de todo esto, aún quedan unas cuantas.
—¿Qué? —preguntó Adler sin comprender.
—Ahora lo verás —dijo Lorraine mientras se giraba y caminaba aceleradamente hacia las puertas de cristal, que se abrieron a su paso.
Adler chascó la lengua, molesto, pero no dudó en seguir las indicaciones de su madre. Había colocado en la caja trasera de la pick up las dos maletas y la bolsa y decidió seguir a su madre, pero se quedó quieto a pocos pasos cuando vio salir a su progenitora junto a una joven de aspecto frágil y cabello flameante. «No puede ser», se dijo mentalmente mientras ellas avanzaban hasta él.
—Adler, ya está todo —afirmó Lorraine cuando descubrió la alta silueta de su hijo—. ¿Te acuerdas de Pepper? —añadió señalando con un gesto de cabeza a la chica.
—Sí, claro que me acuerdo —respondió el aludido sin apartar la mirada de la joven situada junto a su madre.
Por supuesto que recordaba a Pepper, la hija de Maggie, aunque hacía varios años desde la última vez que la vio. Entonces era una niña desgarbada con el pelo corto que siempre estaba haciendo alguna travesura cuando visitaba el rancho.
—Pues me alegro, porque a partir de ahora Pepper vivirá con nosotros —soltó Lorraine mientras le tendía una nueva maleta—. Toma, esta pesa mucho —alegó antes de girarse hacia Pepper—. ¿Vamos? —le dijo para instarla a caminar, dejando a su hijo unos pasos por detrás.
Adler tardó varios segundos en reaccionar. No sabía si sentirse frustrado, molesto o simplemente perplejo ante la noticia de que Pepper viviría en el rancho a partir de aquel momento. ¿Cómo era que su madre había tomado una decisión de tal repercusión en la familia sin tan siquiera consultarlo?, se preguntó mientras seguía a ambas hasta el coche.
Cuando todo estuvo cargado en la parte trasera de la furgoneta, Adler abrió la puerta y apartó el asiento para que Pepper pudiera pasar a la parte trasera. Luego se sentó frente al volante y esperó a que su madre ocupara el asiento del copiloto.
—El vuelo se ha retrasado —explicó Lorraine, suponiendo que el malestar de su hijo se debía a su tardanza—. ¿Cómo van las cosas en el rancho? —preguntó seguidamente.
—Bien, aunque en la última semana hemos atendido varios partos al día —expresó Adler escuetamente mientras se concentraba en la conducción.
Pepper era testigo de la conversación desde la parte trasera. A través del espejo retrovisor tenía la visión parcial del rostro de Adler, que no parecía el mismo chico que recordaba de su infancia, aunque había algo que no había cambiado: sus intensos ojos azules y malhumorados. No había esperado que la recibieran con una pancarta, pero sí con algo de amabilidad, pensó mientras bajaba la mirada y la clavaba en sus manos, que reposaban en su regazo, con abatimiento.
La decena de dudas que la habían acompañado durante el viaje se agudizaron en ese momento. Tras la muerte de su madre y el entierro, tuvieron que ir al abogado que solía llevar las cosas legales de la familia.
Allí fue donde descubrió lo que su madre había dispuesto: que, si algo llegaba a sucederle, designaba como persona responsable de su única hija a Lorraine Conway.
No podía negar que la noticia la dejó noqueada, pero también era verdad que aquella mujer había sido como una hermana para su madre. Y a pesar de que quería a Lorraine, y sabía que el sentimiento era mutuo, no estaba segura de querer vivir en aquel lugar alejado de la mano de Dios. Su vida estaba en Nueva York, el único lugar que conocía y amaba. Tendría que cambiar de instituto y dejar a sus amigos atrás, y la idea de conocer a gente nueva simplemente la aterraba.
—Pepper, ¿estás bien? —preguntó Lorraine preocupada.
Si no fuera porque no quería montar una escena, ya le habría dado un pescozón a Adler por su insensible comportamiento, pero ya mantendría una larga conversación con él cuando llegaran a casa.
La aludida elevó su cabeza con sobresalto y clavó su mirada en el rostro de Lorraine, que se había girado sobre el asiento.
—Sí, gracias—replicó cohibida.
—No tengas en cuenta la mala educación de mi hijo, que ni tan siquiera te ha dado el pésame —replicó la mujer.
—¡Mamá! —exclamó Adler sulfurado.
Se sentía abochornado por las palabras pronunciadas, pero sobre todo porque eran ciertas. Se había centrado tanto en su desconcierto y enfado que no había pensado en la reciente pérdida de aquella pobre muchacha.
—¿Qué? —replicó Lorraine desafiante.
—Pepper, siento mucho lo de tu madre —expresó Adler con esfuerzo, procurando ignorar a su madre, que tenía la capacidad de avergonzarle en los peores momentos.
—Gracias, eres muy amable —replicó la joven con educación.
—Bueno —intervino Lorraine, que se sentía algo mejor tras las palabras de su hijo, que parecía haber reaccionado, aunque tarde—, cielo, tranquila que poco a poco te adaptarás a vivir en un rancho lleno de hombres. Mañana, si quieres, podemos ir al instituto para ver cómo podemos trasladar tu expediente y así podrás asistir lo antes posible. No quiero que pierdas más clases, tienes unas notas excelentes. Y también tendremos que ver el tema de tu habitación. La primera opción es que la compartas con Harper, pero no creo que estés por la labor de convivir con sus unicornios y peluches —comentó Lorraine con humor.
—No te preocupes, cualquier lugar estará bien —aseveró Pepper.
Adler seguía la conversación sin apenas inmutarse, aunque no se perdía ni una sola palabra. Todavía estaba intentando asimilar lo que suponía la presencia de Pepper en Texas y los cambios que se producirían en el rancho.
En los días que su madre había estado fuera su padre les había informado diariamente del estado de salud de Maggie y el triste final acontecido dos días antes. Recordaba bien a Maggie, que siempre había estado presente en su vida, y no pudo evitar sentir un nudo en el pecho cuando supo de su muerte, incluso se permitió llorar por la pérdida en la intimidad de su dormitorio. Sabía que esa mujer era para su madre como una hermana, y para él había sido como la tía que nunca tuvo. Había sido una parte muy importante de sus vidas, y podía comprender cómo se sentía su madre al respecto, pero eso no quería decir que tuvieran que acoger a Pepper, o al menos eso pensaba él.
Años antes ya se habían tenido que hacer cargo de su primo Tiger cuando su padre murió tras una larga enfermedad. La madre de Tiger, que los abandonó cuando su primo era solo un bebé, no quiso saber nada del asunto y su padre decidió hacerse cargo de su sobrino. Luego llegó Harper, su adorada princesa, y también se tuvo que adaptar a ella. Era un hombre comprensivo, y apreciaba el enorme corazón que tenían sus padres, pero no era el mejor momento para añadir un nuevo miembro a la familia. El año anterior habían tenido una epidemia en el rancho que había acabado con más de un tercio de las cabezas de ganado y la subida del pienso tampoco ayudaba. Las cosas se estaban poniendo feas y la llegada de Pepper solo significaba un nuevo problema que añadir a la lista.
—Hijo, ¿va todo bien? —preguntó Lorraine, que tenía clavada la mirada en su perfil. Lo conocía bien, y sabía que estaba rumiando algo en su cabeza.
—Sí, todo bien —mintió Adler.
—¿Seguro? —insistió Lorraine, sabiendo que era un gran embuste.
—Sí, mamá, no seas pesada —replicó Adler mientras subía el volumen de la música para intentar silenciar a su madre.
Lorraine arrugó el ceño, molesta con su hijo, pero se obligó a mantener la calma. Aquel no era momento para un interrogatorio, pero cuando estuvieran solos tendría una conversación muy seria con él.
***
Rancho Conway, Hidden Valley
Tiger bajó del caballo y se sacudió los pantalones del polvo que había recogido durante su recorrido por los cercados. Había tenido que atender a una de las vacas que se había puesto a parir, pero gracias a Dios no hubo complicaciones y el ternero sería uno más a sumar a las crías que proliferaban en esas fechas.
Estaba a punto de entrar en la casa, cuando el sonido de un motor aproximándose le anunció la llegada de alguien. Retrocedió sobre sus pasos y esperó hasta que descubrió que se trataba de la pick up de su primo y sonrió. Le había visto marcharse horas antes y no parecía de muy buen humor por haber tenido que dejar sus tareas en el rancho.
Ese era el problema de Adler, que era demasiado estricto y cuadriculado. A pesar de que solo se llevaban un par de años, Adler no parecía un chico de veinte años que lo único en lo que tenía que pensar era en pasarlo bien, conocer chicas y, en resumidas cuentas, divertirse.
Sin dudar, se acercó hasta la puerta del acompañante y la abrió.
Ayudó a su tía a bajar antes de estrecharla fuertemente entre sus brazos.
—Tía, te hemos echado mucho de menos estos días —confesó con sinceridad antes de apartarse y dedicarle una sonrisa—. Harper me ha vuelto loco con los juegos de mesa, ya sabes que los odio.
—Pues tranquilo, ya estamos aquí para relevarte.
—¿Estamos? —preguntó Tiger confuso.
—Vamos, niña, baja ya —expresó Lorraine girándose para apartar el asiento y que Pepper pudiera salir.
La aludida dudó, pero finalmente salió del vehículo. Frente a ella encontró a un chico alto y fornido. Sus ropas estaban sucias y su cabello castaño salía por debajo de su sombrero, pero lo que de verdad llamaba la atención eran sus ojos verdes y su sonrisa pícara.
—¿Pepper? —preguntó Tiger fijando su mirada en el hermoso rostro de la joven. Luego su sonrisa se ensanchó—. Pero si es la pequeña pícara que solía robarme los caramelos del bolsillo de mi cazadora.
—Tiger —replicó Pepper con una sonrisa al recordar las peleas que habían protagonizado no muchos años antes, aunque él siempre tenía las de ganar porque era más grande y fuerte que ella.
—Pequeña brujita, ¿no vas a darme un abrazo? —expresó Tiger abriendo los brazos para que ella se entregara.
Pepper sonrió tímidamente al escuchar sus palabras, pero finalmente se animó a acercarse, sorprendiéndose cuando él la abrazó y casi la alzó en alto. Tiger y ella se habían encontrado en más de una ocasión en Nueva York, y aunque hacía mucho tiempo de eso, guardaba un buen recuerdo de él.
—¡Ya está bien! —explotó Adler molesto.
No le había gustado nada la mirada que su primo había dedicado a la recién llegada y mucho menos la familiaridad que parecían mantener. De nuevo pensó que la llegada de Pepper solo traería problemas y maldijo a su madre por su genial idea de traer a esa chica al rancho.
—¿Sigues de mal humor? —preguntó Tiger prestando atención a su primo.
Cuando fijó su mirada en su rostro descubrió la expresión intensa y reprobatoria que solía utilizar cuando estaba ligando con alguna chica, aunque no entendía el porqué, Pepper era como una prima pequeña para él.
—¿Has hecho lo que te mandé? —preguntó Adler, ignorando su pregunta.
—Al pie de la letra, pero si quieres puedes revisar mi trabajo —
respondió Tiger, al que no solía afectar la actitud de Adler.
—Voy a comprobarlo —afirmó Adler, deseando alejarse de allí para poder aplacar el mal genio que parecía haberle poseído.
—Tiger, ¿nos ayudas con las maletas? —solicitó Lorraine, intentando aparentar normalidad, pero si hubiera podido habría ido tras los pasos de su hijo para cogerle por las orejas y amonestarle.
—Claro, tía Lorraine —aceptó el aludido mientras se acercaba a la parte trasera de la pick up, de donde cogió un par de pesadas maletas—.
¿Os habéis traído medio Nueva York? —preguntó con humor mientras se encaminaba a la casa, seguido por Pepper y su tía.
—Solo las cosas de Pepper, ahora este será su nuevo hogar —
replicó Lorraine.
—¡Vaya, qué sorpresa! —expresó Tiger—, pero me alegro —añadió girando ligeramente su cabeza para encontrarse con el rostro de Pepper—.
Bienvenida.
—Muchas gracias —replicó Pepper, agradecida de encontrar un aliado en aquel lugar, ya que parecía que a Adler no le había hecho mucha gracia su aparición.
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