Latidos cautivos

Mar Fernandez · Capítulo 7 de 37

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Latidos cautivos

Capítulo 7

Ya había anochecido cuando Adler llegó junto al establo. Desmontó de su caballo y cogió las riendas para entrar en el edificio. Aunque estaba cansado y sudoroso no dudó en liberar al animal de su silla y cepillarlo antes de meterlo en su apartado y alimentarlo. Luego salió al exterior y durante unos minutos estudió el firmamento repleto de estrellas, aunque hacía mucho que no lo hacía. La verdad es que solo había intentado ganar tiempo, alargando su jornada de trabajo, para no encontrarse con nadie cuando llegara.

Después de lo sucedido había salido de la casa con el cuerpo tenso y el corazón latiendo a su máxima capacidad. Estaba furioso, nunca en su vida había estado tan enfadado como en ese momento. Cuando había descubierto a Pepper tratar así a su madre la ira había crecido en él como un fuego avivado con acelerante. Pero ahora, unas horas después, estaba más tranquilo, aunque eso no quería decir que no siguiera pensando que Pepper era una niñata ingrata que no valoraba lo que su madre estaba haciendo por ella.

—Bueno, mañana será otro día —se dijo en voz alta antes de dirigirse a la casa.

Como esperaba, cuando entró por la puerta trasera descubrió que la cocina estaba en penumbra.

Encendió la luz y se acercó a la nevera, donde se vio recompensado al descubrir que aún quedaban restos de la cena. Sirvió la pasta en un plato y lo metió en el microondas. Mientras se calentaba colocó la servilleta, los cubiertos y una botella de agua sobre la encimera de la isla. No era la primera vez que comía allí, aunque a su madre no le hacía mucha gracia.

Estaba sentado sobre una banqueta alta, y estaba a punto de meter el tenedor en el plato cuando una voz a su espalda le sobresaltó.

—Ya era hora, llevo mucho tiempo esperándote.

—¡Mamá! —exclamo Adler, clavando su mirada en Lorraine, que había aparecido de la nada en el quicio de la puerta.

—¿Pensabas que ibas a librarte de mí? —preguntó Lorraine mientras se aproximaba. Cogió otra banqueta alta y se sentó frente a él—.

¿Y bien? ¿Me vas a contar por qué te has comportado así con Pepper?

Adler dejó el tenedor sobre el plato, seguro de que se le enfriaría antes de que su madre creyera concluida aquella conversación.

—¿De verdad necesitas que te lo explique? —replicó Adler molesto.

—Sí, lo necesito —contestó Lorraine, que no estaba dispuesta a amilanarse a pesar de la mirada furiosa que le dedicaba su hijo mayor.

—Está bien —dijo Adler derrotado. Cuando su madre quería, se podía convertir en un perro de presa—. No me ha parecido bien cómo te ha tratado, culpándote de lo que ha sucedido. ¿Acaso tú decidiste que Maggie debía morir?

—Adler, eso es cruel —dijo Lorraine.

—¿Y la vida no es cruel?

—Sí, demasiado, por eso no necesitamos más dolor, reproches o disputas. ¿Crees que es fácil para Pepper ver apagarse a su madre, verla morir? Pues yo te contesto: perder a un padre o una madre es el dolor más grande que se puede soportar. Pepper apenas es una niña que ha tenido que asumir muchas cosas en muy poco tiempo. ¿Eres capaz de empatizar, ponerte en su lugar? Pensaba que eras lo suficientemente maduro para entenderlo, pero parece que me equivocaba.

—No, no te equivocas, solo es que me puse furioso cuando te trató así —intentó excusarse, aunque las palabras de su madre estaban haciendo mella en su interior.

—No era Pepper quien hablaba, sino su ira, algo comprensible.

Adler elevó su mano y se peinó el cabello con las manos. Se sentía frustrado y nervioso porque sabía que en el fondo su madre tenía razón. Él se había enfurecido en más de una ocasión y había metido la pata, entonces:

¿Quién era él para juzgar a Pepper?

—Está bien, tienes razón y yo me equivocaba, otra vez.

—¿Y qué piensas hacer para solucionarlo?

—¿Quieres que le pida perdón? —preguntó Adler nuevamente exaltado. Podía cambiar de opinión, meditar y llegar a asumir que se equivocaba, pero de ahí a pedirle perdón a Pepper… era mucho pedir.

Lorraine intentó ocultar una sonrisa al descubrir la expresión de su rostro. Conocía a su hijo como a sí misma, y sabía que uno de sus peores

defectos era el orgullo.

—Tranquilo, hijo mío, eso no es lo que te estoy pidiendo. Solo quiero que a partir de ahora seas más amable con ella.

—Es demasiado —replicó Adler ceñudo.

—Al menos inténtalo.

—Está bien, lo haré —aceptó Adler derrotado.

—Bien, y ahora cena y acuéstate. Mañana va a ser un día muy largo, recuerda que vendrá el veterinario para la vacunación.

—Sí, lo había olvidado con todo esto.

Lorraine abandonó su banqueta y se acercó a Adler. Luego le obligó a reclinarse y besó su coronilla con amor.

—Que descanses —dijo antes de caminar a la puerta.

—Y tú, mamá. Te quiero —replicó Adler.

—Y yo a ti, mi gruñón favorito —dijo Lorraine antes de perderse en la oscuridad del pasillo.

—Muy graciosa —expresó Adler antes de abandonar su asiento y coger el plato para colocarlo en el microondas.

Mientras degustaba la pasta boloñesa de su madre no dejaba de darle vueltas a la conversación que habían mantenido. Había comprendido todos los razonamientos que le había dado ella, y ante sí mismo podía admitir que se había comportado como un verdadero gilipollas. Aun así, estaba seguro de que eso no cambiaría nada en la relación que mantenía con Pepper; solo lograban chocar el uno contra el otro como dignos adversarios.

Tras acabar de cenar recogió y comenzó a subir las escaleras con paso cansado. Estaba agotado, pero tenía que darse una ducha, odiaba meterse entre las sábanas sucio y sudado. Fue a su dormitorio, se quitó las botas, los calcetines, los pantalones y la camisa, y luego se dirigió al cuarto de baño situado en el pasillo.

Abrió la mampara de cristal, giró el grifo y esperó a que el agua se calentara para entrar. Cuando el vaho empezó a inundar el cuarto de baño no dudó en quitarse los calzoncillos y meterse en la ducha.

La cascada de agua cayó sobre su cabeza y mojó su piel. Sus músculos doloridos y cansados agradecieron el efecto del calor, y por primera vez en el día, Adler se sintió en la gloria.

Pepper contenía la respiración, incapaz de apartar sus ojos del cuerpo masculino. Sabía que debía apartar la mirada, pero era como si una fuerza

invisible se lo impidiera. Desde su ancha espalda plagada de músculos, a sus brazos cuyos bíceps estaban tensos al estar apoyados contra los azulejos de la ducha. Luego fue descendiendo por su espina dorsal hasta llegar a su redondeado trasero. «Dios mío», exclamó mentalmente. Estaba tan impactada que el vaso que llevaba en la mano, y que había cogido de la mesilla para llenarlo en el lavabo, se escapó de sus dedos y acabó estrellado contra el suelo, provocando un estruendo que hizo que Adler se girara con rapidez para clavar su mirada en ella.

—¡Maldita sea! —exclamó Adler mientras cubría su masculinidad con la mano—. ¿Qué demonios haces aquí? —preguntó mientras buscaba con la mano libre una toalla.

—Lo siento, lo siento, lo siento —replicó Pepper cubriéndose los ojos con los dedos, sintiéndose más abochornada que en toda su vida.

—¡Sal! —gritó Adler mientras se colocaba la toalla en la cintura.

Pepper no dijo nada, simplemente dio un paso hacia atrás, y luego se giró para salir corriendo a toda velocidad hasta la seguridad de su dormitorio. Cuando llegó allí se tumbó sobre la cama boca arriba, clavando su mirada en el techo.

—Pero ¿qué ha pasado? —pensó mientras intentaba borrar la imagen del cuerpo de Adler, aunque era algo imposible.

Adler cerró el grifo y salió de la ducha. Recogió la ropa sucia y la metió en el cesto, luego tiró los restos del vaso en la basura, antes de caminar con paso firme hasta su dormitorio. Allí comenzó a vestirse con movimientos bruscos, intentando olvidar lo que acababa de pasar, pero cuando se metió en la cama y cerró los ojos, ante sí apareció la imagen del rostro de Pepper. Su cabello rojizo y revuelto enmarcaba su piel blanquecina, solo resaltaban sus mejillas coloreadas, pero lo que más captó su atención fueron sus ojos color ambarino, que le recordaron a la dulce miel que alguna vez había recolectado con su abuelo.

—Olvídate de lo que ha pasado —se ordenó antes de dar una vuelta en la cama tapándose la cara con las manos, con la esperanza de que aquel hermoso rostro desapareciera de su cabeza, junto a la excitación que había recorrido su cuerpo cuando la había descubierto espiándole.

***

Leanna se vistió y comprobó su aspecto en el espejo. Se había puesto unos pantalones cortos de color negro, unas sandalias de cuero y una camiseta blanca. Finalmente se decidió a recoger su larga melena castaña en una trenza. Sabía que le quedaba mejor el pelo suelto, pero resultaba incómodo. Cuando estuvo contenta con el resultado no dudó en coger su mochila y bajar a la cocina.

Se estaba sirviendo un café, que su madre había dejado listo antes de irse a trabajar, y cogió unas magdalenas de la cesta situada en el medio de la mesa. Estaba dando el primer sorbo a su taza, cuando escuchó el rumor de pasos en la escalera.

«Perfecto, lo ideal para empezar la mañana» se dijo antes de ver aparecer a su hermana Kinsley.

—Buenos días —murmuró con desgana.

—Buenos días —replicó Kinsley con esfuerzo mientras abría la nevera y cogía la botella de zumo de naranja. Luego se sirvió un vaso y se sentó frente a Leanna en la mesa. Entonces clavó la mirada en ella y frunció el ceño—. Si sigues comiendo eso, acabarás gorda como una vaca.

—Tan agradable como siempre —replicó Leanna, cansada de sus pullas.

—Vaya, hoy la pequeña Leanna se ha levantado guerrera, pero ya sabes que a mí no me impresionas.

—¿Por qué no te limitas a ignorarme? Es lo que hago yo—

respondió Leanna sin poder contenerse, aunque sabía que eso solo le traería problemas.

—Pero entonces me aburriría —replicó Kinsley antes de soltar una carcajada.

Leanna no dijo nada, bebió un sorbo más de su café antes de abandonar su asiento y encaminarse a la pila para dejar la taza. Luego cogió la mochila y caminó hacia la puerta. Era pronto, pero no tenía ánimos para seguir aguantando a su hermana, que desde primaria parecía haber convertido en un deporte el meterse con ella.

Abrió la puerta de su viejo Ford rojo y tiró su mochila en el asiento del acompañante antes de sentarse y cerrar la puerta. Luego giró la llave que había sacado de su bolsillo y arrancó el coche.

Tras mucho dudar se dirigió al parque centenario, situado en el centro del pueblo, enmarcado por el ayuntamiento y la biblioteca. Era una

gran extensión de tierra en forma cuadrada donde altos nogales daban sombra en las calurosas tardes de verano. En el interior de aquella frondosidad había una estatua de Mary Lewis junto a su esposo, John, quienes habían sido los fundadores de Hidden Valley más de un siglo antes.

Había pequeños caminos de grava que delimitaban macizos de flores, y en el centro se alineaban dos filas de bancos de madera enfrentados entre sí.

Leanna decidió sentarse en uno y colocó su mochila sobre sus rodillas.

—¿Qué haces aquí tan temprano? —le sobresaltó una voz, y al girarse descubrió que se trataba de Olivia Miller, una de sus mejores amigas.

—¡Olivia! ¿Cuándo has vuelto? —preguntó Leanna levantándose para poder abrazar a su amiga.

—Ayer quise ir a verte, pero mi madre quería que estuviera descansada para mi regreso al instituto —contestó Olivia apartándose de ella y estudiando su rostro—. ¿Qué pasa? —preguntó al descubrir una pequeña arruga en su entrecejo.

—Nada —dijo Leanna, que quería olvidar lo sucedido.

—No mientas —replicó Olivia con una expresión severa.

—Vamos, Olivia, no seas pesada, por favor —solicitó Leanna mientras se colocaba la mochila en el hombro y caminaba hacia su coche.

—Ha sido tu hermana, ¿verdad? —preguntó Olivia, que la seguía de cerca.

—Sí, Kinsley no descansa nunca en todo lo que se refiere a mí, ya la conoces, disfruta atormentándome —confesó Leanna.

—Sí, menos mal que me tienes a mí, tu hermana de no-sangre —

dijo Olivia mientras se ponía a su lado y colocaba su brazo sobre sus hombros—. Pero bueno, con suerte en unos meses Kinsley desaparecerá para irse a la universidad.

—Yo no estoy tan segura de eso —replicó Leanna con el ceño fruncido—. Este trimestre sus notas dejan mucho que desear, y si no saca buenos resultados ya puede decir adiós a la beca, y yo a que Hidden Valley se convierta en el paraíso.

—Encenderé unas velas cuando vaya a misa.

—Muy graciosa.

—Y bueno, dejemos a tu hermana para otro momento y ponme al día de lo que ha pasado en estas semanas.

—Pues he encontrado una nueva amiga.

—Leanna, ¿tengo que ponerme celosa? —preguntó Olivia, aunque una sonrisa adornaba sus labios.

—No, por supuesto que no, además sé que Pepper te encantará.

—¿Quién es? —preguntó Olivia curiosa.

—Te pondré al día mientras llegamos al instituto.

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