Linguæ Vasconum Primitiæ
Coplas de casados
IV.- COPLAS DE CASADOS
¡Dios mío! borra de mi mente a la mujer ajena. Ella es cautiva y yo cautivo por ella.
La que me tiene a mí cautivo es cautiva de otro. Mi destino ha querido que yo sea cautivo de dos. De una lo seré encantado, mientras dure mi vida, pero del otro jamás, a no ser por la fuerza.
El que se enamora de mujer ajena
tendrá más veces desdichas que comentos.
Los encuentros serán pocos y llenos de miedo, pues la desgracia puede surgir cuando menos lo espera.
Es enorme locura amar a la mujer ajena.
Por una satisfacción recibirá mil sinsabores.
Puedo verla, no hablarla, ¡qué tortura la mía!
Y al acostarse con su marido, yo a tomar vientos.
No podré ir donde ella sino con grave riesgo
y entonces ella tal vez, no dispone de tiempo.
Aunque disponga, tal vez, tema y se retraiga al punto, y cuando yo más la desee, la tenga otro en sus brazos.
Aunque llegue yo a depositar la semilla en su terreno y sean míos así la paja como el grano,
no podré disponer de la una ni del otro;
cosecharé ingratitud por mi acción y perderé lo ganado: mis derechos vendrán a parar a manos de otro.
¡Más adelante tal vez el hijo se case con la hija!
Nadie está dispuesto a compartir su amante.
No sé lo que ocurre a los demás, pero yo en esto peco. ¡Es tanto mi sentimiento de verla con su marido! Ellos gozan, yo me consumo, y con ello muero de rabia.
No seré yo quien censure jamás a los celosos.
No querría que nadie tocara a quien yo amara.
Una vez estuve enamorado de mujer ajena
y, la verdad, casi desespero por celos de su marido.
El amor no se deja gobernar por ningún razonamiento; se enamora muchas vetes de quien menos debiera.
Es capaz de embriagar a la persona más que el vino; sujeta presto al que prende, y tarda en soltar.
El amor es ciego y no conoce lo que es justo.
Cree que no existe más que aquella a quien ama. Es capaz de abrasar al hombre más que el fuego y no hay océano que pueda extinguir aquel incendio.